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—Cuando lo conocí era
nuevecita y mis 20 años
soñaban con el amor.
Yo había oído sobre él,
pero no sé… Tal vez por
sus hazañas, lo imaginé
alto, fuerte, trigueño y
muy serio. Y mira qué
cosa. Cuando me tropecé
con él, resultó todo lo
contrario: ni alto, ni
bajo, mediano, de barba
y pelo sobre lo claro, y
alegre, tremendamente
alegre.
—¿Lo nuestro? Amor a
primera vista.
A Rosalba Álvarez no le
resulta fácil hablar con
la periodista aquella
tarde lluviosa de 1989.
Las manos le temblaban.
Sí, porque conversar de
Camilo le trae a esta
mujer mil recuerdos de
aquellos momentos
felices, mas cuando
trata de revivirlo en su
memoria quiere que el
final sea otro y esa
historia —ella lo sabe
mejor que nadie— no
podría cambiarse aunque
cientos de amaneceres le
caigan encima.
Ella estaba frente a mí
y mientras yo saboreaba
un humeante café,
trataba de imaginármela
cómo sería aquel 11 de
octubre de 1958, cuando
a Camilo se le
encendieron los ojos al
contemplarla por primera
vez.
Entonces ella vivía con
su padre y hermanos en
un bohío del pequeño
poblado de Juan
Francisco, en la antigua
provincia de Las Villas.
Militante de la Juventud
Socialista y desde marzo
de ese año, audaz
mensajera del 26 de
Julio.
Cuentan quienes
conocieron a la
“maravillosa Rosalba”,
como la llamó el
guerrillero en una
misiva, que era una
joven muy admirada por
su belleza: trigueña, de
pelo largo y cintura muy
fina, acentuada aún más,
por el generoso busto y
las amplias caderas.
—Desde el principio me
llamó Guajira. Claro, se
dio cuenta de que el
apodo no me gustaba. Así
de jodedor era él.
Nuestro encuentro
ocurrió en Vergara. Yo
venía a caballo desde
Camajanes con mi padre y
al llegar al bohío de
Julián Martínez, lo
recuerdo muy bien, me
tropiezo con Albis
Ochoa. Le pregunto por
Camilo y me dice que es
él. Me doy cuenta de que
es una broma. Entonces
me indica hacia un
bohío.
Camilo viene a nosotros
y me ayuda a bajar de la
bestia. Me digo: ¡Qué
simpático es! Por allí
anda también Sergio del
Valle, y Camilo me
advierte: “No te vayas a
fijar en él. Aquí el
único soltero soy yo”.
Esa misma tarde nos
hicimos novios.
De puro nervios, se le
cae el plato
Las miradas de los dos
jóvenes se cruzan con
insistencia, aunque a
ella los colores le
tiñan la cara. Camilo
confecciona el mensaje
que ella llevará después
oculto bajo la amplísima
falda.
La muchacha viaja entre
nubes. Camilo es una
leyenda y se le ve tan
atractivo con su rostro
risueño y varonil, su
pelo, su barba, su
uniforme de campaña y la
canana a la cintura. A
Rosalba le parece un
sueño y él, habla que te
habla, hasta que por fin
mirándola a los ojos, la
interroga. “Guajira,
¿tienes novio?”
—Jamás lo olvidaré.
En eso, llega la hora
del almuerzo. Los
enamorados se sientan
solos sobre unas
piedras, en un montecito
que hay detrás del
bohío. El guerrero
también anda nervioso,
tanto que se le cae el
plato de las manos, tal
vez sea en ese momento,
al recogerlo que se
percata de que ella
tiene una herida en una
pierna. Él se empeña en
curársela con mercuro
cromo, no sin
preguntarle, dada su
hermosura, si tiene algo
de gallega.
—Para él, mis piernas y
mis dientes eran
perfectos.
No resulta sencillo
revelar cosas tan
íntimas que se han
guardado durante tanto
tiempo, pero que ahora
brotan como un torrente
ante la insistencia de
la periodista.
—De Camilo atesoro
muchas imágenes, algunas
tan sencillas, que quizá
a algunos les parezcan
sin importancia, mas
para mí son hermosos
capítulos de nuestra
historia de amor como la
vez que me pidió le
hiciera una natilla y él
mismo me ayudó a
prepararla. ¡Cómo le
echó huevos! Decía que
le gustaba bien
amarillita, o cuando
grabó con un palo la
inscripción Hospital
Militar 26 de Julio, al
tirarse el piso de
cemento en ese rústico
lugar.
—Me acuerdo, pues al
escribirlo se quitó la
camisa y ese día le vi
la espalda por primera
vez. La tenía toda llena
de pecas…
Aquel deslumbrante joven
Rosalba se siente muy
enamorada, pero le teme
a ese amor. Huérfana de
madre, criada en el
campo por un padre muy
severo en asuntos del
corazón, ella se muestra
insegura de las
intenciones de aquel
deslumbrante joven,
cuyos inquietantes besos
la trasladan hacia
mundos desconocidos.
Y es que los estrechos
criterios de Rosalba en
aquel momento —ella
misma lo reconoce— le
hacían pensar que Camilo
era un impenitente
enamorado porque el
héroe se comporta
también como un genuino
cubano de todos los
tiempos: dicharachero,
bromista, apasionado,
bullanguero, celoso,
romántico, que aún en
los instantes más
difíciles, es capaz de
ver el lado alegre de la
vida y de las cosas.
—Por eso, a mí me
acorralaba el miedo.
Diez hijos, por lo menos
Camilo es también la
ternura. Le escribe
poemas a la novia, la
dibuja, le hace cartas.
En el monte, en el
bohío, dondequiera se
sienta a conversar con
ella y le confía sus
anhelos.
—Él quería tener diez
hijos, por lo menos.
La gente los deja solos
y la claridad les llega
sin sentirla. A veces,
al anochecer, él se pone
a escribir, mientras
ella, adormecida, le
sostiene la luz.
—Mi novio supo de mis
dudas. Por eso pidió mi
mano oficialmente en
Juan Francisco. Una
noche, medio en broma,
medio en serio,
levantaron un acta en mi
casa donde se
formalizaba el
compromiso.
Un adiós contemplando el
mar
Cuando él entra
triunfante en la
capital, Rosalba en su
humilde bohío, mordida
por la nostalgia, se
pregunta una y otra vez
si en la gloria, Camilo
se olvidará de la
guajirita que lo espera
ansiosa en Juan
Francisco.
En los primeros días de
enero, el Comandante
rebelde la manda a
buscar y la recibe con
tantos besos y abrazos
que de la pena, ella no
sabe qué hacer delante
de tanta gente.
Sin embargo, la joven no
está preparada —ella
después se lo explica
con hondo dolor— para
ser la novia de un
hombre tan admirado. Y
no es que él le
incumpliera. Pero la
envenenan los celos.
—En febrero decidí
pelearme con él. Nuestro
adiós fue en una casa
desde donde se
contemplaba el mar, y
él, apesadumbrado, me
dijo: “Guajira, tú tan
linda en La Habana, de
seguro, ahora te haces
novia de un médico”.
—Rosalba, ¿qué era lo
que más te gustaba de
Camilo?
—Sus ojos. Hablaba con
ellos y, por supuesto,
su sonrisa, esa que hoy
todos conocen por fotos,
pero que en aquel
entonces era solo para
mí. |