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Espero morir antes que
se abandone la práctica
de editar libros que se
elaboran con materias
próximas a la
naturaleza. Es algo que
deberán perdonarme los
ecologistas a ultranza.
Por eso siempre disfruto
desde el público y a
veces, como en esta
ocasión, desde la mesa,
la presentación de un
nuevo volumen de
filiación
tradicionalmente
guttenberguiana que, al
hojearlo, exhala aromas
de bosque con las que se
entremezclan insólitas
alquimias de tintas y
pegamentos. Cuando es un
nuevo texto, a ese
placer, decididamente
sensual, se sumará el
misterio de lo que nos
depara su lectura.
Entonces, si el libro
es, además, uno de esos
que ya viven en el vasto
mar del saber
compartido, y sobre todo
si lo poseemos ya en
alguna edición anterior,
tal vez no nos asalte de
inmediato el deseo de
poseer el fresco volumen
pero, inevitablemente,
veremos si esta nueva
edición contiene otras
informaciones con que la
nuestra no cuenta:
prólogo, notas,
correcciones a
impresiones anteriores,
si el papel es de mejor
calidad, si el diseño
editorial es
estéticamente más
atractivo y en fin
acabamos por adquirirlo
para que después de
leído, releído o
estudiado engrose las
metástasis
bibliográficas que ya se
nos han producido en el
comedor, el balcón, la
cocina, para no hablar
del amontonamiento de
nuestra biblioteca, si
la poseemos, de las
colinas y hasta de las
montañas con que
cohabitamos en nuestro
dormitorio y hasta de
pequeños receptáculos y
rincones de menor
prestigio de que casi
siempre disponen
nuestros domicilios.
Es el caso del texto que
hoy presentamos. Se
trata de uno de esos
libros que no pierden su
indiscutible actualidad.
Al respecto, estudiosos
mejor preparados que el
que les habla han
puesto, ponen y pondrán
de manifiesto durante el
transcurso de esta
semana las excelencias
de este primer opúsculo
de Frantz Fanon que,
parafraseando a
Corneille, es un autor
para quien les coups
d’essai equivalen a
des coups de maître,
dado que, desde su
primera publicación
se convirtió de uno
de esos textos de los
que una época no puede
prescindir y que ya
desde esos instantes
iniciales el lector
menos avezado pudo
constatar que sus
páginas venían para
quedarse, no ya
sepultadas en librerías
y bibliotecas o en las
abundosas bibliografías
de múltiples ensayos
consagrados a los
encuentros y
desencuentros entre
grupos raciales, sino
para formar parte de
nuestro diálogo
cotidiano.
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La primera edición
cubana tuvo lugar en
1968, diez años después
de que viera la luz en
Francia. Los jóvenes
lectores de entonces,
que nos iniciábamos en
las lecturas más
comprometidas
provenientes de África o
del Caribe francófono,
las obras de Senghor,
Césaire y Glissant entre
otros, y con la
experiencia de una
discreta producción
literaria de inspiración
afrocubana producida en
nuestro propio país
desde la primera mitad
del siglo pasado,
recibimos el impacto de
este violento volumen
que nos estaba dirigido
a todos por igual. Fue
muy provechosa entonces
su lectura y creo que
también supimos
aquilatar su valor en
medio de las
circunstancias de aquel
momento.
Unos 20 años después de
la primera edición
francesa y diez después
de la cubana, estando en
un país africano
cooperando con el
Ministerio de Educación
y Cultura, un día tuve
que hacer una gestión en
la biblioteca de la
universidad de la
capital para trasladar
una gran cantidad de
libros. Cuando abrí la
puerta del vehículo que
me transportaba, observé
una pequeña víbora de
intenso y reluciente
color negro, que
transitaba entre el
contén y el asfalto; le
pregunté al chofer,
oriundo del país, si era
peligroso salir del auto
en ese momento y me
respondió que podía
hacerlo sin cuidado. Una
vez en la acera, a unos
30 centímetros del
animalito, le pedí al
chofer que me
acompañara, pues debía
ayudarme a cargar los
muchos libros que
necesitaba.
Tranquilamente me
respondió: “yo no puedo
salir pues la serpiente
sigue ahí”. “Pero —le
respondí al mismo tiempo
que me alejaba
prudentemente del no
menos cauto ofidio— me
aseguraste que no habría
peligro”. Y el chofer me
afirmó con toda
convicción: “Es que la
serpiente solo muerde a
los negros”.
Contra esa mentalidad
colonizada del africano
reacciona Fanon, pero
también contra la
mentalidad de aquellos
que no evidenciamos
físicamente nuestros
vínculos de índole muy
diversa con África y, en
ese sentido, este, su
primer texto, se
recomienda por sí solo.
Además, la Editorial
Caminos ha sabido hacer
una hermosa edición
enriquecida con el
interesante prólogo de
Roberto Zurbano. En él,
tanto el lector más
joven, como el de más
experiencia encontrarán
informaciones muy
pertinentes sobre la
vida y la obra de este
autor, así como acerca
de su actualidad, puesto
que se nos habla de
Un manifiesto de la
esperanza revolucionaria
también para el siglo
XX, opinión que, por
supuesto, comparto
en el sentido, no ya
de su asimilación
pasiva, sino de su
interpretación creadora
en las circunstancias
actuales, idea
esta implícita en el
prólogo. Es cierto que
hoy las condiciones en
que se produce esta
reedición son
diferentes, por lo que
el lector de estos días,
a más de medio siglo de
la aparición del libro,
podrá realizar una
lectura enriquecida por
el contexto social en
que vivimos, en el que
acaso podamos contar con
algún que otro avance en
el conflicto medular que
plantea, pero en el que
también queda mucho por
hacer tanto en nuestro
ámbito caribeño como en
una dimensión espacial
mucho más amplia que
implicaría a toda la
humanidad. |