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Rock colombiano en cuba

Café, fútbol y rock n’ roll

Abel Sánchez • La Habana

Sábado en la noche, ya suena la banda. Lo he visto más lleno al Maxim, pero es temprano y los frikis son una especie nocturna, pronto llegarán. Entre los madrugadores hay un grupo que salpica entusiasmo: estudiantes colombianos que corean, saltan y chocan entre sí. Se ven felices, y tienen motivos para ello. Sobre el escenario, aquí en La Habana, casi al roce de la mano, hay una banda de Medellín.

“Hola, yo soy Juan Carlos Sánchez (Gallina), baterista de Nepentes” —le dice a mi grabadora un músico de uno de los grupos colombianos que nos visitan. Allá afuera, en el patio de la Casa del ALBA, sus coterráneos Tr3deCorazón suben al escenario y van a empezar a tocar en cualquier momento. Es viernes pasadas las ocho y Juan Carlos Sánchez, baterista de Nepentes, acaba de dar su primer concierto en Cuba:

“Para nosotros estar acá tiene un sentido que va mucho más allá del escenario, del concierto musical —exclama todavía jadeante, mientras se seca el sudor con la misma mano que sostiene el cigarro—. Estamos interesados en conocer las dinámicas culturales cubanas, hemos sabido del gran potencial que tiene la Isla en los temas deportivo y cultural. Ustedes son un gran referente para nosotros desde lo musical, sobre todo en cuanto a composición e interpretación. Además, queremos saber cómo se encuentra la Isla desde el punto de vista organizativo. Quizá en Medellín no lo tengamos todavía, pero en Cuba sí existe lo que llamamos un desarrollo cultural. Por eso decidimos venir, reconocerlo, mirar qué aprendizajes podemos llevar hacia Colombia. También queremos contarle a la gente en Cuba sobre nuestras bandas, contarles a nuestros amigos del sector cultural qué es lo que hacemos en Medellín para desarrollar este tipo de iniciativas alrededor de los proyectos culturales. Sentimos un gran orgullo de estar en esta tierra, tenemos una gran emoción por la calidad de su gente, llevamos dos días en Cuba y ya nos sentimos como en casa”.


Banda de rock Nepentes, Colombia

Camino por el patio de la Casa del ALBA, aún no ha anochecido. Esparramados entre los árboles y las esculturas de José Rodríguez Fuster, una veintena de asistentes esperan a que empiece el concierto. Al fondo, sobre la tarima, hacen pruebas de sonido. La expectación es evidente, el rock colombiano se dejará escuchar por primera vez aquí, en vivo, y por si fuera poco, vino con dos bandas.

El representante de Tr3sdeCoraZón me presenta a Felipe Muñoz, el baterista. Nepentes tocará primero, tenemos tiempo. Adentro, en una especie de backstage improvisado, descansan otros dos músicos: Jorge Botero, bajo, y Julio Osorio, guitarra. Botero lee una antología de poesía cubana. Después me enteraría de que también se agenció un libro sobre nuestra música tradicional, la trova, el son, el bolero… Pero eso será después, ahora, Muñoz me explica los motivos del viaje:

“A Cuba la vemos como un escenario fuera de lo común, porque no se trata de una gira comercial en la que obtengamos dividendos económicos, que es por lo que uno normalmente hace este tipo de giras en otros países. Se trata más bien de un intercambio cultural y de visitar un país diferente, esa es la idea de la gira. Bandas amigas nos dijeron: ‘¿Por qué van a ir allá si comercialmente no tiene ningún sustento?’ Pero en realidad nos interesa algo más en eso. Para nosotros significa mucho tocar acá, tiene que ver con vivencias personales individuales. Cuando éramos niños en Medellín la principal influencia que teníamos de Cuba era a través de músicos como Silvio Rodríguez o todo el movimiento de la Trova Cubana, después conocimos el son cubano con el Buena Vista Social Club. Pero siempre tuvimos la expectativa de conocer sobre bandas netamente rockeras. De modo que cuando descubrimos que aquí se podía hacer un circuito con características especiales para nosotros fue muy grato, por eso aun cuando la apuesta era venir invirtiendo, nos pareció muy interesante”.

Y agrega: “Digamos que Cuba es un país que siempre ha estado muy presente en Colombia por muchas circunstancias, y una de ellas es la música. Hay muchos colegas colombianos que se vienen a estudiar música a Cuba o cineastas. Nosotros tenemos carreras paralelas al rock y tengo compañeros que mientras yo estudiaba Psicología ellos estudiaban música y se vinieron acá a especializarse. También sucede con muchos médicos. Incluso a nivel deportivo, es interesante ver cómo un país con características diferentes a muchos otros logró sacar deportistas de muy alto nivel, eso fue algo que a mí me llamó mucho la atención, pues soy aficionado al deporte. Entonces son muchas cosas que van más allá del universo del rock n’ roll y es paradójico que todas esas circunstancias nos hayan traído a estar aquí muy contentos de poder tocar y presenciar en vivo y en directo todo lo que nos habían contado”.

Aunque su nombre asegura que son tres, un conteo básico lo desmiente arrojando cuatro. Sucede que Julio Osorio, guitarrista invitado, toca junto a Tr3sdeCorazón desde hace bastante tiempo, pero oficialmente siguen siendo tres en la alineación regular. Igual, aquí en el Maxim Rock, eso parece importar poco. Los estudiantes colombianos, únicos del público que conocen la canción, corean junto al vocal Sebastián Mejía: “Y paso lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Todos los días pensando que empiece el partido”.


Banda de rock Tr3sdeCorazón, de Colombia

El punk, rápido, simple, directo, se transforma en cántico de tribuna, himno que lanza la hinchada hacia el terreno, al escenario, en este caso. Una muchacha lleva una bandera de Colombia amarrada en bandolera, se abraza a los suyos, salta y grita: “Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Con una cerveza brindando porque es carnaval… ¡Carnaval!”.

“En todos nuestros discos hemos incluido canciones futboleras” —me explica Muñoz. Todavía no ha empezado el concierto. Los otros dos músicos han salido al patio. El baterista sostiene en sus manos una copia de No hay tiempo que perder, uno de los cuatro discos que ha grabado la banda.

“Por ejemplo, este tema, ‘Carnaval’ —señala la contraportada—, habla de la fiesta barrial, de que todos los días de la semana estamos pensando en nuestro equipo. Somos conocidos en Colombia por ser una banda que canta sobre fútbol y que no le da miedo, hay muchas bandas de rock que son temerosas de cantar de fútbol y nunca he entendido por qué, pero igual nosotros lo hacemos. Finalmente lo que hemos tratado de hacer es reconocer que tanto el rock como el fútbol son fenómenos de identidad barrial y popular y eso nos gusta. Hoy en día hemos logrado que la gente lleve a nuestros conciertos banderas futboleras y entone cánticos o incluso se tatúen, que es algo poco común en Colombia. Desde que comenzamos con el grupo siempre tuve la idea de que nuestro público se volviera como una hinchada futbolera y ya lo hemos logrado. Esto es un orgullo para nosotros, porque hemos mezclado dos formas de vivir la vida que en realidad para nosotros es una sola.”

De entre los árboles llegan los primeros acordes de Tr3sdeCoraZón que ya ha comenzado a tocar. Gallina suelta otra bocanada de humo y me cuenta lo duro que es hacer rock n’ roll en Colombia. Se trata de un país donde predominan los ritmos tropicales como el vallenato y la cumbia, sin mencionar los otros que han llegado de importación, como el famoso reguetón. Estos, acaparan la mayoría de los espacios. Es una historia que me resulta bastante familiar. Explica, además, que en los 90 hubo un momento en que en las emisoras promocionaban mucho más la música internacional que la producción local. Fue justo ahí cuando los grupos de rock, abotargados en una crisis creativa, se mostraron incapaces de mostrar nuevas propuestas al público:

“Hay que entender la música como una empresa audiovisual —asegura—. La gente quiere ver show, quiere encontrar emociones. Después de esta crisis, en el año 2002, comenzaron a gestarse en Medellín iniciativas importantes para que las bandas se dieran cuenta de que son empresas culturales. Que no son bandas como hobby de tocar el sábado, sino asumirlas como una empresa cultural donde había que tener en cuenta desde la imagen hasta las redes sociales, las finanzas, la vestimenta, la importancia de una buena iluminación, un buen ingeniero de sonido, todo para que el público se sienta mejor. Ha mejorado mucho la profesionalización del músico, pero sigue siendo muy difícil penetrar los mercados latinoamericanos.”

En el Maxim Rock se ha detenido la música. Sebastián Mejía amordaza su guitarra y se dirige al público. En un impulso docente, intenta explicar de qué va la canción “El circo nocturno”. Se remonta allá, a las discotecas de Medellín, donde el reguetón se pavonea y el infeliz del rock queda relegado en un rincón. Habla de unas fiestas muy aburridas, donde la gente va con zapatos, vestidos y máscaras hipócritas, no a divertirse, sino a encandilar con lo que tiene. No son como nosotros, afirma, que con una botella de ron y escuchando buen rock n’ roll nos lo pasamos bien. Puede que se haya granjeado más de una simpatía, pues a los frikis cubanos, en temas de diversión económica, no hay quien les gane.

“De todos los músicos colombianos el único que no puede vivir de su música es el rockero —me dispara Felipe a bocajarro, hubiese podido pensar que se trataba de un lamento, pero los ojos duros bajo la gorra y la voz seca ahuyentan tal suposición, es un hecho objetivo, nada más—. “Allá tenemos Rock al Parque, un festival gigantesco y que tiene su paralelo en Medellín llamado Altavoz. Algo que otros géneros no tienen. Sin embargo, sí cuentan con un circuito bien organizado para tocar en fiestas privadas o conciertos pequeños y los rockeros, a pesar de tener muchas otras cosas, no tenemos garantizados medios de subsistencia.”

Me siento en la obligación de decir algo, algún marcador que denote que conozco a la perfección el cuadro, solo atino a asentir, compasivo. Él continúa:

“Además, se ha configurado otra situación y es que el espectador rockero colombiano se acostumbró a un virus letal: el virus de lo gratuito. De modo que llenamos Rock al Parque con 130 mil personas, pero de esos 130 mil que corean una canción, ninguno ha comprado un disco o pagado un concierto fuera de esos festivales, entonces la banda en realidad no puede decir que llenó un lugar con 130 mil personas ella sola. Algo diferente a lo que ocurre en países como Argentina donde de la misma manera que miles de personas van a un festival a ver a las bandas, también pagarían un boleto y compran sus discos. Eso en Colombia no ocurre, lo que nos convierte a nosotros los rockeros en los únicos músicos que no tenemos un circuito para poder vivir de él.”

La pista ha ido creciendo a medida que la noche del sábado se avejenta. Sebastián Mejía dice que la próxima canción se llama “Por siempre” y espera que nosotros recordemos, por siempre, que Tr3sdeCoraZón estuvo aquí en el Maxim Rock. Es el último tema que van a tocar. Sin embargo, los primeros acordes son prestados, se trata del Padre Nuestro del rock n’ roll, el mismísimo intro de “Smoke on The Water”, de Deep Purple. Las columnas del local se arquean, la gente, en plena catarsis, forma un círculo en el centro del que difícilmente alguien logrará salir ileso. En unos minutos subirá Nepentes al escenario y ahí sí que saldrán humo y chispas del medio del agua.

“Nosotros tenemos la fortuna de haber grabado cuatro discos —me dice Juan Carlos Sánchez a tiempo que bota la colilla de cigarro—, de los dos últimos se han vendido todas las tiradas y hemos fidelizado al público. Pero preferimos hacerlo de manera independiente, alguna vez trabajamos con un sello discográfico y económicamente no es rentable. De modo que tenemos nuestros propios canales de distribución con tiendas especializadas, vendemos en los conciertos, tenemos ventas a domicilio. El gancho es tener una relación directa con el público, que nosotros mismos se lo vendamos, así ellos se sienten más contentos, porque también podemos autografiárselos o tomarnos fotos, eso los hace sentir más emocionados. Esta ha sido nuestra estrategia para que las ventas se activen.”

Ya debe haber anochecido, pienso, es imposible saberlo desde aquí adentro, en el backstage. Tampoco quiero perderme a Nepentes, el primer concierto en Cuba de un grupo de rock colombiano. Pero disimulo mi preocupación, porque Felipe me explica las alternativas que buscan las bandas para sobrevivir, descontando, por supuesto, a aquellas que prefieren quedarse en el underground para no arriesgarse a fracasar en el mercado:

“Otras, como nosotros o Nepentes, hemos decidido que eso no nos importa y que queremos explorar con fórmulas de mercadeo. Ninguno de nosotros es estudiante de marketing, pero tenemos nociones de cómo hacer que la gente compre nuestros discos, vaya a los conciertos, lograr que se interesen por nosotros en otras ciudades. No solamente acudiendo a medios de comunicación netamente rockeros, porque no hay tantos, sino yendo a medios donde se difunden todo tipo de noticias pero que tienen un espacio para la cultura. O en medios deportivos donde nosotros, que le cantamos al fútbol, nos hemos insertado para que otro tipo de espectadores se enteren de que existimos. También contactando con publicaciones escritas que no necesariamente son de rock pero que nos incluyen como parte de la oferta cultural. Y, por supuesto, venir a Cuba para que esto repercuta en Colombia y entonces digan: ‘Fueron a Cuba, tal vez compre un disco y los escuche, porque si allá obtuvieron la atención de la gente, puede que sea un buen producto’”.

La segunda banda acaba de subir al escenario. Nano, vocalista de Nepentes, grita: “Habana, buenas noches”. Poco después se escucha un sonido bien cargado. Algo que recuerda a Rage Against the Machine, pero en versión tropical. Y mientras la batería de Gallina, la guitarra de JuanK y el bajo de Caliche golpean, bulle el pogo, o como quiera llamársele a esa añeja costumbre popularizada por Sid Vicious de chocar los cuerpos.

“Somos una banda que técnicamente tocamos punk rock en español —me comenta Felipe Muñoz refiriéndose a Tr3sdeCoraZón—. Tradicionalmente este es un género que ha tenido dos vertientes: una contestataria, tal vez con un discurso ya demasiado trillado, postizo, de protestar sin verdaderas convicciones. Pero hay otra vertiente de punk cotidiano, con experiencias de vida, personales, también reflexivo, pero más introspectivo. Nosotros nos hemos inclinado más por esta segunda, y a través de ella hemos involucrado un poco el mensaje movilizador que no suena tan forzado, sino un poco más espontáneo, porque formamos parte de una sociedad que nos obliga a hablar de ello. Entonces nuestro mensaje es sobre todo de la cotidianidad, son canciones muy simples, pero pensamos que probablemente tenga más movilización hacerlo a través de un mensaje cotidiano que hacerlo desde una postura que en Colombia ya está muy gastada”.

Poco después agrega: “Siempre damos mensajes en los medios de comunicación, en el escenario y hemos logrado crear un poco de conciencia en muchos jóvenes de Medellín, que tristemente es la ciudad más violenta de Colombia. Pero sabemos que para los jóvenes podríamos representar un mensaje movilizador. No solo en nuestras letras, sino además en nuestro discurso fuera de las canciones y en nuestra actitud como personas”.

Las paredes del Maxim queman, las luces hieren los ojos y el sonido, violento, empuja a unos contra otros. Nepentes toca “Duro”, un tema que definitivamente lo es. Dos muchachos salen afuera, a la calle. Uno va desembarazándose del pulóver, tiene una imagen de Dimmu Borgir y seguramente no quiere arruinarlo. Los siguen un grupo de curiosos. Nano canta: “Vamos a darnos duro, duro”.

“Nosotros somos conscientes de que el arte y la cultura pueden ser herramientas de transformación —le grita Juan Carlos Sánchez a mi grabadora, tiene que hacerlo para que su voz se escuche sobre el punk rápido de Tr3sdeCoraZón, que toca a pocos metros de nosotros, en el patio de la Casa del ALBA—. Mientras seamos más bandas o proyectos culturales como la danza, el teatro, la pintura, que estén articulados, el desarrollo desde lo cultural logra penetrar a toda la sociedad. Esa siempre ha sido nuestra consigna: arte herramienta de transformación. Entre más jóvenes en Medellín, en Colombia o en Cuba tengan un instrumento musical en la manos se alejarán más fácilmente de comportamientos violentos. Creo que la música puede ser un camino de la paz y el desarrollo”.

Han dejado de tocar, Nano le habla al público que tiñe la pista gris del Maxim Rock. Primero, le ha pedido a La Habana un grito de rabia, al principio salió un poco tímido, como de niño que abre la boca para que le revisen las amígdalas; pero luego, cuando insistió, la gente hizo vibrar la consola, allá arriba en el palco. Después, el vocalista de Nepentes pregunta por las mujeres: “Ningún sexo débil, señores. El rock n’ roll no se hizo solo para los hombres. ¿Quién dijo eso? Ellas también pueden estar aquí”. Segundos más tarde, suena un tema que dice algo así como: “Los hombres quieren pelear, las naciones quieren pelear, los animales quieren pelear, el mundo quiere pelear. Pero las chicas quieren rockear, quieren rockear, quieren rockear”.

Tr3sdeCoraZón sigue sonando allá, entre los árboles. Gallina, por su parte, me comenta sobre las actividades sociales que organiza Nepentes en Medellín: “Hemos tratado de llegar a varias comunidades dando talleres, capacitaciones, permitiendo que las bandas y los proyectos culturales traten de organizarse, aprendan a entender la parte organizativa de un proyecto cultural, cómo se gesta, cómo se planifica, cómo se formula y cómo se ejecuta. También el tema financiero, el tema económico, el tema del trabajo en equipo. Hemos visitado a varios grupos culturales en varias comunidades para que entiendan la importancia de visibilizar los procesos, de generar circuitos, de compartir experiencias con otras regiones del país, con otras ciudades, con otros países. También desarrollamos clínicas de bajo, desde nuestra poca experiencia. No nos consideramos músicos virtuosos, pero creemos que hay gente que le hace falta un empujoncito para aprender a tocar mejor su bajo, a leer mejor, a tener una mejor postura en escena. Hemos tratado de compartir este mensaje con todos los proyectos de organización juvenil en Medellín”.

Luego, habla de la violencia en su ciudad a finales de los 90, cuando fundó Nepentes. Una historia que, de tanto repetirse, ha perdido originalidad: balas, sicarios, amigos muertos, todo mezclado con la falta de espacios para el rock n’ roll, el cero apoyo institucional y los dedos de la sociedad señalando. No obstante, parece haber esperanza. Hace unos minutos, en el patio de la Casa del ALBA, Nano, su vocalista, le confesaba al público: “La música nos salvó”.

Los cuerpos se arquean por las fuertes sacudidas que provoca el sonido; los pies se mueven hacia atrás, como raspando el suelo; las melenas, ya sin freno, sablean el aire. Nano vuelve a detener la música, necesita pedirnos un favor, uno pequeño: que lo ayudemos a reventar el lugar. Todos se miran sorprendidos. Nano, muy gentilmente, pide que nos agachemos, por favor es solo un momento, así, los de allá atrás también, por favor, será un instante. Pasan unos segundos algo incómodos, rodilla en tierra. Después, el Maxim, la gente y el tema de Nepentes, vuelan en un solo estampido. Qué sabía Sid Vicious lo que era un buen pogo.

 
 
 
 
   
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