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El investigador boricua
Agustín Lao-Montes,
quien ha dedicado
interesantes líneas de
estudio a las
identidades y
desigualdades sociales,
la diáspora africana y
latina y la crítica
poscolonial, presentó en
La Habana durante el
Coloquio Actualidad de
Frantz Fanon, el libro
Los condenados de la
tierra, publicado
por el Fondo Editorial
Casa de las Américas, un
volumen que circuló por
primera vez en Cuba en
1965.
En conversación con
La Jiribilla, Lao-Montes,
responsable de uno de
los prólogos del texto,
descubre elementos
imprescindibles para
comprender el
pensamiento de Frantz
Fanon en su época y
marca algunos aspectos
para dialogar desde los
presupuestos de Los
condenados… con las
condiciones particulares
de nuestra
contemporaneidad. Esta
entrevista, como su
intervención en el
evento de Casa de las
Américas, más que
transitar por el camino
de su introducción al
libro, se propone añadir
algunas notas al margen
para explorar la
producción intelectual
de Fanon y su
continuidad hasta
nuestros días.
¿Cuáles apuntaría como
las principales claves
para lo que usted
considera que debe ser
un nuevo modo de
entender a Fanon en el
siglo XXI?
Fanon es una figura
fronteriza que, por un
lado, representa la
época de finales de los
años 50 y principios de
los 60, donde se produjo
una efervescencia de los
movimientos
anticoloniales, conocida
como la segunda ola de
descolonización. La
primera ola
descolonizadora se había
producido en el siglo
XIX con las luchas de
independencia de
América, luego de la
Revolución Francesa y la
Revolución Haitiana.
Esta última, la más
importante y profunda de
su época, significó
realmente la invención
de la descolonización
como un gesto histórico
significativo.
En la siguiente etapa de
la descolonización,
luego de la Segunda
Guerra Mundial, Frantz
Fanon fue una figura
medular, pero esto no
significa que su
pensamiento haya que
ubicarlo solamente en
ese lapso de tiempo. Él
trasciende su época,
porque es pensador
revolucionario
anticolonial con más
honda visión y lucidez
de aquel momento, lo
cual hace que muchos de
sus análisis tengan
vigencia hoy día.
Sus ideas, en primer
lugar, tuvieron grandes
repercusiones
inmediatamente después
de su muerte, cuando se
estaba gestando una gran
ola de movimientos
antisistémicos que tuvo
su clímax entre 1967 y
1968, con millones de
estudiantes movilizados,
las huelgas en las
universidades, etcétera.
Se estaba produciendo lo
que Marcuse atendió como
la realización y
potenciación de una
diversidad de
movimientos en contra de
todas las formas de
opresión. Por tanto,
Fanon se volvió una
figura medular, era una
lectura de cabecera de
las Panteras Negras, los
Young Lords y otros
movimientos en todo el
mundo; se convirtió,
como plantea Jean Paul
Sarte, en la biblia del
Tercer Mundo.
Una de las primeras
claves consiste,
precisamente, en
entender su condición de
pensador fronterizo,
porque cruza límites de
tiempo y espacio con la
profundidad de su
propuesta de
descolonización. Este
concepto, a su juicio,
no se queda simplemente
en la independencia, y
por ello critica el
nacionalismo a la vez
que lo asume como
necesario siempre que
sea posible
trascenderlo. Por otro
lado, plantea la
necesidad de conjugar
liberación con
descolonización, al
concebir a la última
como un proceso continuo
y complejo.
Fanon fue un pensador,
un político y un
revolucionario
descolonial. Si
entendemos que la
modernidad capitalista
se define a partir de la
noción de Quijano de
colonialidad del poder,
que conjuga las formas
diferentes de
colonización (de raza,
de género, cultural y
epistémica), vemos que
tanto su analítica como
su política constituyen
la teoría de la
liberación más lúcida de
su momento y continúan
siendo actuales. Esto se
demuestra con el hecho
de que los jóvenes
afrodescendientes en
toda América Latina leen
a Fanon y que su obra
sigue recorriendo todos
los continentes. En esto
que yo llamo un nuevo
tricontinentalismo,
Fanon es cardinal. En
una edición reciente de
Piel negra, máscaras
blancas, el
intelectual egipcio
Samir Amin apunta que
Fanon tiene gran
relevancia en Asia y
África, pero en el mundo
andino, donde se están
produciendo algunos de
los movimientos sociales
más importantes como el
movimiento indígena, se
lee también con avidez a
Fanon. Su crítica
visceral del racismo, su
manera de sentirlo
cotidianamente hasta la
comprensión del racismo
estructural a nivel
mundial, interpela a
mucha gente hoy y cobra
sentido nuevamente.
Estamos en un momento
fanoniano. De la misma
manera en que hubo una
gran ola de movimientos
antisistémicos que
sacudieron el mundo e
hicieron tambalear al
sistema capitalista
mundial, puede
considerarse que en el
presente hay una nueva
oleada, en la cual es
necesaria una visión
clara de las bases de la
opresión y el sentido de
la liberación. Las ideas
de Fanon apelan
claramente al sentido
común de lo político.
¿En qué reside la
especificidad del
pensamiento emancipador
de Fanon con respecto a
la lógica de liberación
asumida o preconizada
por los movimientos
independentistas?
Emancipación y
liberación son dos
términos que pueden
referirse a lo mismo,
pero me interesa apuntar
que cuando hablamos de
liberación en Fanon, el
significante, por lo
general, se asocia solo
al momento histórico de
la liberación nacional,
cuando la política de
liberación y
descolonización primaba
en el proyecto que venía
desde las periferias,
los colonizados, los
sujetos racializados
como inferiores, desde
lo que él llamaba “los
condenados de la
tierra”.
Una de las grandes
contribuciones de Fanon
es el haber planteado
una nueva teoría de la
agencia histórica
revolucionaria. Ya no es
simplemente el
proletariado el actor
protagónico en el cambio
revolucionario a nivel
global, sino una
diversidad de individuos
que tiene que ver con la
pluralidad de formas de
dominación.
En ese sentido, sí es
pertinente hablar de
liberación, junto con
una gran tradición
latinoamericana de
pensamiento en la cual
destacan figuras como
Enrique Dussel y Paulo
Freire, que hablan de
filosofía de la
liberación y pedagogía
como práctica de la
liberación
respectivamente. Aquí
puede relacionarse el
término con Fanon,
porque se trata de su
mismo lenguaje.
Se dice que el esfuerzo
analítico de Fanon
dedicado a la violencia,
parece haber eclipsado
el resto de su obra…
Uno de los ensayos más
controversiales de Fanon
es el que aborda la
violencia, pero estoy de
acuerdo con lo planteado
durante el Coloquio de
Casa de las Américas,
donde se observó que el
tono y el argumento del
prólogo de Sartre a
Los condenados de la
tierra no es
exactamente el mismo del
capítulo que abre el
libro de Fanon.
El texto de Sartre en
Los condenados de la
tierra expresa una
ira muy bien fundada en
contra de su propia
civilización occidental,
porque él era un ser muy
valiente, y su osadía le
valió el ser considerado
“enemigo número uno” de
Francia. En ese interés
de expresar de manera
dramática su furia en
contra de la violencia
constitutiva de la
modernidad occidental,
de la violencia
cotidiana y de la
relación entre humanismo
y terror, ha hecho a
algunos entender que el
libro plantea una
estética o una política
de la violencia. Sin
embargo, no es eso lo
que pretende Fanon.
El capítulo de la
violencia es una teoría
de la descolonización y
la liberación, donde la
violencia que es central
para el sistema
capitalista hasta la
actualidad: deshumaniza
al colonizado al no
reconocer su humanidad y
al colonizador, por
convertirlo en un
bárbaro violento, en un
criminal. Lo planteado
por Fanon sobre el caso
no se queda en su
momento histórico. En la
descripción de trabajo
de los presidentes de
EE.UU. están contenidos
el crimen, el asesinato,
la lógica de guerra, la
lógica de exterminio y
terror, que son
fundamentales en los
regímenes de poder de la
modernidad capitalista.
Fanon entiende que para
que tenga lugar una
liberación es necesaria
una contraviolencia
descolonizadora y
liberadora. No hay una
respuesta permanente o
fija a lo que esto
significa, sino que
depende de las formas de
violencia y de lucha, de
las tácticas y
estrategias de
liberación. Pero sobre
todo, el sentido de
estas reflexiones es el
de la importancia de una
nueva humanidad.
Hay un humanismo
claramente expresado,
que tiene una historia,
como plantea también
Aimée Céssaire, y con el
que coinciden el
pensamiento y la
política afrodiaspóricos.
Desde la esclavitud se
ha hecho evidente que
para liberar a la
humanidad es necesaria
una ruptura radical con
la deshumanización del
esclavizado y con la
manera en que el amo se
deshumaniza a sí mismo a
través de ese proceso.
No es más que la
dialéctica del amo y el
esclavo presente en
Hegel, pero también en
Piel negra…,
explicada con una lógica
distinta que trasciende
la del reconocimiento.
Es la reconstrucción de
un individuo que ha sido
reducido a objeto, a
cosa… ¿cómo puede verse
este fenómeno en
nuestros días?
Estoy pensando en una
frase de Foucault que me
gusta mucho, que habla
de la liberación de los
saberes subyugados. Una
de las claves de cómo
releer a Fanon y su
hermenéutica es no
asumir la noción de
violencia literalmente:
Fanon no habla de la
violencia física ni del
crimen político del
imperio, sino de la
violencia epistémica,
cultural, de la negación
de la historia, la
memoria, la identidad,
los conocimientos y
saberes de un grupo
humano.
Entonces las formas de
autoafirmación, de
recuperación de esta
historia, de
diversificación de lo
que es la memoria
histórica colectiva, se
traducen en políticas
concretas, de educación,
por ejemplo, que son
demandas de los
movimientos sociales de
hoy día; lo que
Boaventura Soussa Santos
llama “la justicia
cognitiva”, aquello de
defender que nuestros
saberes no son menos
importantes, menos
teóricos o filosóficos
que los saberes
occidentales.
Aquí ya se está dando
esta dialéctica de
lucha, de liberación,
que se traduce en una
afirmación de mi
humanidad, en el
restablecimiento de una
nueva universalidad que
no es la europea, sino
una universalidad
múltiple, lo que el
pensador martiniqués
Edouard Glissant
entendía como “diversalidad”,
que muchos de nosotros
hemos llamado la “pluriversalidad”.
O sea, entender que el
mundo es un lugar plural
y diverso, que si
realmente queremos crear
un nuevo orden de
justicia y equidad en
todos los renglones de
la vida
—desde
la subjetividad hasta la
cuestión económica,
política, cultural y del
conocimiento—
ello implica una
liberación de esas
formas de subyugación,
subalternización y
marginalización.
Justamente podríamos
decir que ese es uno de
los aspectos
fundamentales de Piel
negra, máscaras blancas:
encontrar, crear quizá,
ese hombre liberado del
“trampolín que es la
resistencia del otro y
cavando en su carne para
encontrarse un sentido”…
En Fanon hay un
humanismo en esa
dirección también, sobre
la condición del sujeto,
sobre lo íntimo, sobre
el cuerpo. Es un
pensamiento bien
complejo que explora
desde dimensiones como
la corporalidad o la
afectividad, hasta el
orden mundial;
dimensiones que entran
dentro de un discurso de
opresión, dominación y
liberación, y de una
política, porque, como
decía el ensayista
cubano Aurelio Alonso,
Fanon fue, sobre todo,
una figura
revolucionaria.
¿En qué consiste la
perspectiva
afrodiaspórica con la
cual Fanon analizó su
tiempo?
Fanon habla del hecho de
la negritud y la
dinámica de la opresión
racial y colonial,
fenómenos que se toman
de la mano. Es
fundamental este término
para entenderlo como
sujeto, porque en su
obra hay una
reflexividad
autobiográfica, no una
negación como en otros
intelectuales que se
adhieren al falso
criterio de la
objetividad. En sus
textos hay un sujeto
hablante y actuante
—por
eso es un revolucionario—
que ha sufrido en carne
viva el racismo, y es a
partir de esa
experiencia de vida que
entiende el mundo y
actúa.
Habiendo dicho esto,
Fanon tiene una relación
ambigua con la negritud
como movimiento y con la
estigmatización de lo
negro como si fuera lo
“otro”, con el concepto
mismo de negritud, a
partir de esa
subjetividad, de esa
fenomenología
existencial que parte de
haber sido catalogado
como inferior, como
cosa, como negro. Esto
necesariamente se asume
como punto de partida
para cualquier gesto,
teoría y accionar contra
la opresión y a favor de
la liberación, para
cualquier política de
descolonización.
En ese sentido, es un
intelectual de la
diáspora africana. Una
vez que Fanon se define
políticamente, durante
el proceso que escribe
Piel negra… pide
ir a Senegal pero
Senghor nunca le
contesta, y una vez en
Argelia se acerca a la
revolución argelina y
una de sus tareas más
importantes es ser
embajador de la
república argelina en
Ghana. Fanon tiene
conciencia de la
negritud como un mundo
importante, tiene
sentido racial, y eso es
clave en su identidad
como intelectual y
revolucionario, en su
proyecto de accionar
intelectual y político.
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