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No cabe duda de que las
revoluciones en el
Tercer Mundo son
procesos de ruptura, no
solo de lazos políticos,
jurídicos, económicos
con la metrópolis, sino
también en la esfera del
saber. Hay que romper
con los nexos que han
hecho mimetizar, e
impugnar incluso los
propios fundamentos del
conocimiento, su
validez, así como las
condiciones de acceso a
él, pues no solo ha
habido expropiación de
áreas geográficas,
mudanzas a nuevas áreas
productivas, sino
también expropiación
epistémica de sus
habitantes e imposición
de las verdades
metropolitanas. Y este
podría ser tal vez una
de las batallas más
complejas.
Pongamos el caso de la
independencia de las
islas británicas en el
Caribe y el papel de los
jóvenes investigadores
sociales que se reunían
con avidez en la recién
creada Universidad de
las Indias Occidentales,
en Mona, Jamaica. Ellos
estaban convencidos de
que el problema también
estaba en las certezas.
Había “carencia de
certezas”, se necesitaba
una especie de
“soberanía epistémica”,
y se imponía una
“decolonización
epistémica”
—como
refiere Norman Girvan.1
Y en estrecha relación
con esta, se encuentra
la crítica a las formas
eurocentradas del
conocimiento, a las
academias europeas con
sus dinámicas y sus
modos de organización.
El propio J. P. Sartre,
con vehemencia ante la
lectura del manuscrito
entregado por Fanon y
aun considerando
innecesario un prefacio
para lo que sería Los
condenados de la tierra,
decía: “En las colonias,
la verdad aparecía
desnuda; las
‘metrópolis’ la
preferían vestida,
(pues) era necesario que
los indígenas las
amaran”. Se dieron a la
tarea de formar elites
indígenas, de
adolescentes a los que
les marcaban en la
frente con hierro
candente, ‘los
principios de la cultura
occidental’ y les
introducían en la boca
‘mordazas sonoras’ y
‘grandes palabras
pastosas’. Los llevaban
a la metrópoli y los
regresaban falsificados
a su tierra. Pero ya
aquello se acabó
—reconoce
Sartre, y las bocas se
abrieron solas, esta vez
para hablar de humanismo
y para reprochar a
Europa por su impiedad,
de convertirles en
monstruos con ese
humanismo suyo que
pretende ser universal,
mientras se les
particulariza con sus
prácticas racistas”2.
La obra de Frantz Fanon
es una obra de rupturas.
Él, un militante de la
lucha revolucionaria
contra toda forma de
explotación, de
inhumanidad, de
enajenación, primero en
Francia imputa el
racismo antinegro y el
mundo invisibilizado de
la enajenación por el
color de la piel, que ha
generado un mundo
fracturado y
neurotizado. Luego,
desde el campo de
batalla en la guerra de
Argelia contra el
colonizador francés,
expone aun de modo más
convincente sus ideas,
sus modos de
conceptualizar y de
enfrentar todo lo que
significa el
colonialismo,
particularmente en la
esfera del saber y sobre
la validez de la
perspectiva dominante.
Su obra deviene
paradigmática, pues se
cuestiona tanto las
dinámicas de la
academia, a las que se
enfrenta personalmente,
como critica las teorías
ajenas al mundo colonial
y sobre todo el falso
humanismo occidental.
Si el propósito es
revelar esta perspectiva
en la obra de Fanon, su
crítica y su rompimiento
con lo establecido, su
búsqueda de un
fundamento distinto del
saber en función de la
transformación del mundo
colonial, hagámoslo
poniendo a hablar al
propio autor a través de
sus textos principales,
para hacer visible
justamente su crítica y
su ruptura.
Frantz Fanon está
convencido de que hay
cegueras al ver, como
que hay incapacidad para
aprehender y conocer las
realidades del sur, sin
embargo, de Europa no se
puede esperar ya más
—asevera. Sus ideales
son incompletos e
inválidos. Desde el
Tercer Mundo, desde los
pueblos del sur, siempre
excluidos de poder
decir, se desmonta ese
viejo edificio, se
muestran las fallas de
sus cimientos. No son la
razón clásica ni el
método de la ciencia
hasta entonces
conocidos, las garantías
de saberes valederos
para todo tiempo y
realidad.
Las últimas páginas de
Los condenados de la
tierra3
devienen conmovedoras:
Compañeros: hay que
decidir desde ahora un
cambio de ruta. La gran
noche en la que
estuvimos sumergidos,
hay que sacudirla y
salir de ella… Debemos
olvidar los sueños,
abandonar nuestras
viejas creencias… No
perdamos el tiempo en
estériles letanías o en
mimetismos nauseabundos.
Dejemos a esa Europa que
no deja de hablar del
hombre al mismo tiempo
que lo asesina
dondequiera que lo
encuentra, en todas las
esquinas de sus propias
calles, en todos los
rincones del mundo. (p.
286)
Toda la obra de Fanon se
distancia de una
pretensión absoluta de
saber, así como rehúsa
aceptar las
verosimilitudes
establecidas. Siempre
pretende aguijonearlas,
al mismo tiempo que
reconoce no estar
“cargado de verdades
decisivas”, ni poseer
una conciencia “transida
de resplandores
esenciales” (p. 11). Sin
embargo, pone siempre en
solfa las verdades
hechas, hurgando
minuciosamente en los
complejos modos de darse
los fenómenos que
refiere, los cuales no
son entelequias ni
objetos distantes, sino
aquellos de su entorno
inmediato, visto en sus
contradicciones
dialécticas, en sus
múltiples formas. Ellos
son: el problema de la
enajenación por el
color, la discriminación
y el problema de la
revolución, la
descolonización, la
violencia, el sujeto que
se incorpora, el hombre
nuevo, los modos de
conducirla, como las
alternativas posibles.
Piel negra,
su primer libro,
descubre ya una
perspectiva diferente,
tanto para la ciencia
establecida, regida por
sus normas en la
academia francesa, como
por su aproximación
transdiciplinar. Ella no
le valió como tesis de
grado, sin embargo, le
interesaba revelar en su
trabajo aquellas ideas
que queman y que
profiere sin fiebre.
¿Cuántas nuevas
certidumbres están de
esta parte del mundo?
¿Cuántas veces se han
tomado en cuenta? Fanon
revela, aquellas del
hombre negro, tras tanta
verdad del hombre
blanco, de falsas
pretensiones históricas
de encaminarse en pos
de:
hacia un nuevo
humanismo…
la comprensión entre los
hombres…
nuestros hermanos de
color…
Yo creo en ti hombre…
(p. 11)
Y es que siendo lector
“de decenas y
centenares” de páginas
de filosofía y de
ciencia de su tiempo
—entiéndanse
occidentales—, percibe
que solo “una línea”
bastaría. Sin embargo,
pretende decir para
desatar, para salir del
no ser al ser, para
encontrar y poblar ese
espacio vacío,
“estéril”, “árido”, esa
“cuesta esencialmente
despoblada”, que es el
de la antinomia en la
que ha coexistido el
mundo blanco y el mundo
negro. Y estas verdades
serán disueltas un día,
y se liberará al hombre
del color de sí mismo,
pues de lo que se trata
es “de desamarrar y
soltar al hombre”, (p.
11), sacar al blanco de
su blancura y quitar al
negro sus máscaras.
Su denuncia es un
análisis psicológico,
según él mismo reconoce,
pero atípico, pues
recurre a las raíces
económicas y sociales, a
la sociogénesis del
problema que intenta
“curar”, deviniendo un
análisis que va más allá
de la ciencia exacta.
Tampoco acepta la
metodología propia de la
psicología. “Dejamos el
método a los botánicos y
a los matemáticos”, pues
hay un momento “en que
los métodos se
reabsorben”. (p. 13)
Para Fanon, habitamos en
un mundo de
esquizofrenia y estamos
suspendidos de las
verdades que nos
circundan, vivimos
mirando mal, viendo a
través del prisma de
aquellas nociones fijas,
de lo dado, por una
perspectiva que
atendemos como si fuesen
axiomas. Habría que
invertir, descubrir sus
formas falsas, limpiar
las lentillas, pues la
luz nos ha tendido sus
trampas y necesita de
nuevo ser alumbrada.
Vemos y no vemos, al
mismo tiempo
invisibilizamos. Por
eso, muchos no se verán
aludidos con su
denuncia, ni blancos, ni
tampoco negros, “no se
descubrirán a sí mismos
en la páginas que
siguen”. (p. 13) Por
eso, el autor de Piel
negra quiere ayudar
a sacudir con la mayor
energía el lamentable
caparazón de servidumbre
construido durante
siglos de incomprensión.
Y para ello alude a la
temporalidad, al tiempo,
a la historicidad de los
fenómenos que
estudiamos, no a las
verdades perennes, pues
el presente ayuda a
construir el porvenir,
que no es abstracto
—dice Fanon— que no es
el futuro del cosmos,
“sino el de mi siglo, mi
país, mi existencia” y
“mi época” (p. 13)
—precisa a
continuación.
Fanon es crítico del
drama que significa lo
que se ha dado en llamar
“ciencias del hombre”
que pretenden una
realidad humana tipo.
“Para decirlo todo, yo
afirmo mi narcisismo a
manos llenas y abomino
la abyección de quienes
quieren hacer del hombre
una mecánica”. (p.16)
Él considera que ni la
filosofía ni las
ciencias han salvado al
hombre y lo mantienen
dentro de un mundo
partido en dos: blanco y
negro, que se hereda de
una perspectiva
establecida con el mundo
colonial. “No hay
problema negro”. (p. 18)
Este es un problema para
el blanco. El reparto
racial de la
culpabilidad se sustenta
sobre ciertas
estructuras montadas y
la weltanschauung,
la ontología, deja de
lado la existencia,
sobre todo la existencia
colonial, la existencia
de un mundo sumergido,
el mundo del negro en
las colonias, pues “…el
negro no plantea el
problema del ser negro,
sino el de serlo para el
blanco” (p. 48) y “su
metafísica, o mejor
dicho sus costumbres y
las instancias a las que
se remitían, quedaron
abolidas por estar en
contradicción con una
civilización que
ignoraban y que se les
imponía” que era la
mirada blanca, el mundo
blanco, las verdades
blancas. Y todo ello
mientras lo negro es
inmanente, está ahí, y
no se modela, y “yo no
tengo que buscar lo
universal”.
Pero al igual que su
maestro Césaire, no
puede cruzarse de brazos
en actitud estéril de
simple espectador,
“porque la vida no es un
espectáculo, porque un
mar de dolores no es un
proscenio, porque un
hombre que grita no es
un oso bailando […]” (p.
77). Por eso viene a
escribir, a gritar esas
verdades al lado del
camino, invisibles,
valiéndose de la
psicología
contemporánea, de Freud,
de Jung, de Addler, de
las ideas de Jasper,
Hegel, Marx, Sartre,
para cuestionarse ese
inconsciente colectivo
de Jung, que no sale de
Europa, y que deviene
sencillamente el
conjunto de prejuicios,
mitos, actitudes
colectivas, que no es
herencia cerebral, sino
un inconsciente
colectivo cultural,
adquirido, donde lo
negro significa “el mal,
el pecado, la miseria,
la muerte, la guerra, el
hambre” (p. 78). Y ese,
es el inconsciente que
se le impone al
antillano, para hacer de
él un mundo partido,
ambiguo y neurotizado.
El mito moderno, dice
Fanon, se basa en “el
progreso, la
civilización, el
liberalismo, la
educación, la luz y la
finura”, pero este mito
encuentra su
culpabilidad, su “cabeza
de turco” en el negro.
(p. 79) En apariencias
ingenuo, estos ideales
son ideales blancos,
ideales burgueses,
ideales esclerotizados,
cerrados, que impiden
toda marcha y todo
progreso. Son los
ideales occidentales,
hasta ahora hegemónicos,
dominantes. Y tanto unos
como otros —critica con
certeza Fanon—
encerrados en estos
ideales, en esta
perspectiva hecha
hegemónica, hace de su
investigación algo
carente de objetividad
científica.
Siempre inquieto,
obsesionado por un
elevado ideal de
justicia fue a trabajar
a Argelia. En el
hospital de Blida
revolucionó tanto las
terapias como el orden
mismo del hospital.
¿Cómo tener imágenes
europeas en un mundo de
pacientes musulmanes?,
¿por qué atar a los
enfermos que padecen
distinto su enfermedad
debido a su condición
social? Fanon se vincula
al Frente de Liberación
Argelina, y desde allí
tanto con un fusil, como
con la obra de un
clásico del pensamiento
europeo, hurga en cada
detalle de la guerra
revolucionaria, en la
práctica nueva que
involucra a sujetos
colonizados y vapuleados
por la opresión, como
les da nuevos bríos y
perspectivas. Es
incansable en su trabajo
teórico e ideológico.
Para él, la
descolonización es un
proceso que no pasa
inadvertido, este
“afecta al ser”, lo
modifica en lo
fundamental y le
introduce un ritmo
propio, “pues realmente
es creación de hombres
nuevos, que poseen un
nuevo lenguaje, una
nueva humanidad, surgida
del propio proceso por
el cual se libera. (p.
35)
El mundo colonial es un
mundo en
compartimientos, es un
mundo cortado en dos,
con una línea divisoria,
con fronteras, cuarteles
y delegaciones de
policías. Repetidamente
afirma que este mundo se
da partido, que es un
mundo dual, habitado por
especies diferentes; y
es maniqueo, inmóvil, es
“un mundo de estatuas”
impuestas por las
victorias coloniales.
Mientras una zona es
habitada por los
colonos, y su ciudad “es
una ciudad dura, toda de
piedra y hierro; es una
ciudad iluminada,
asfaltada, donde los
cubos de basura están
siempre llenos de restos
desconocidos, nunca
vistos, ni siquiera
soñados; es una ciudad
harta, perezosa, su
vientre está lleno de
cosas buenas
permanentemente.
Sin embargo, la ciudad
del colonizado, la
ciudad indígena, la
ciudad negra, la
“medina” o barrio árabe,
la reserva, es un lugar
de mala fama, poblado
por hombres de mala
fama, donde se nace en
cualquier parte y de
cualquier manera. Se
muere en cualquier parte
y de cualquier cosa. Es
un mundo sin intervalos,
los hombres están unos
sobre otros, las
casuchas unas sobre
otras. La ciudad del
colonizado es una ciudad
hambrienta, hambrienta
de pan, de carne, de
zapatos, de carbón, de
luz. La ciudad del
colonizado es una ciudad
agachada, una ciudad de
rodillas, una ciudad
revolcada en el fango.
(p. 38)
La impugnación de este
mundo de cosas no es una
confrontación racional
de puntos de vista. “No
es un discurso sobre lo
universal, sino la
afirmación desenfrenada
de una originalidad
formulada como
absoluta”, (p. 40) de
lucha por el valor más
esencial, por lo más
concreto, que es
primordialmente la
tierra: la tierra que
debe asegurar el pan y,
por supuesto, la
dignidad, pues el
colonizado descubre que
su vida, su
respiración, los
latidos de su corazón
son los mismos que los
del colono. (p. 43)
Con la revolución se
dinamiza el mundo
colonial, el Tercer
Mundo, muere el
narcisismo y desaparece
el intelectual
colonizado, con sus
esencias eternas, las
esencias occidentales.
Durante la lucha de
liberación, ese
centinela ficticio
“vigilante encargado de
defender el pedestal
grecolatino” se
pulveriza. Todos sus
argumentos parecen
ensambles de palabras
muertas. Esos valores
que parecían ennoblecer
el alma se revelan
inutilizables porque no
se refieren al combate
concreto que ha
emprendido el pueblo.
(p. 45).
El intelectual
colonizado asiste, en
una especie de auto de
fe, a la destrucción de
todos sus ídolos: el
egoísmo, la
recriminación orgullosa,
la imbecilidad infantil
del que siempre quiere
decir la última palabra.
Ese intelectual
descubrirá igualmente la
consistencia de las
asambleas de las aldeas,
la densidad de las
comisiones del pueblo,
la extraordinaria
fecundidad de las
reuniones de barrio y de
célula, donde no se
pretende “la verdad”,
pues el fellah,
el desempleado, el
hambriento, no pretende
“la verdad” en sí, sino
la tierra y el pan. (p.
47)
“No hay verdades
absolutas”, demuestra el
proceso violento de la
descolonización. No
podríamos asumir
lecturas foráneas para
explicar la realidad
colonial. El campesino
conceptualizado en
Europa es otra fuerza
aquí, y también el
lumpen proletariat.
No hay proletariado ni
clases en ese mundo, a
semejanza de la Europa
industrial. Los partidos
políticos son secuela de
la influencia
metropolitana en este
mundo. La noción de
partido es una noción
importada de la
metrópolis. Se trasladan
esquemas clásicos que se
desquician en esta parte
del mundo. Si asumimos
el concepto de
proletariado, y si bien
existe, su papel
difiere. Ellos son el
núcleo del pueblo
colonizado más mimado
por el régimen colonial.
En esta parte del mundo,
el proletario es
privilegiado. En los
países coloniales tiene
mucho que perder, y
representa la buena
marcha de la de la
maquinaria colonial,
conduciendo tranvías,
estibando, siendo
enfermeros, etc. A su
vez se convierten en
partidarios fieles de
los partidos
nacionalistas, que
desconfían de las masas
rurales como de los
marginales de la
periferia de la ciudad
colonial. Estos errados
presupuestos, algunas
veces de los partidos
comunistas en estos
países, hizo que tanto
la Revolución Cubana,
como para Fanon en
Argelia, hicieran
también variar sus
nociones de pueblo,
clases, partido, etc.
Fanon nos muestra que
las verdades cambian de
sitio y se adecúan al
suyo. Aquí el lumpen
proletariat sería
una cohorte de
hambrientos
destribalizados,
desclanizados, y
constituye la fuerza más
espontánea y
radicalmente
revolucionaria de un
pueblo colonizado.
Al mismo tiempo, todo es
complejo. La realidad
impone riesgos y se
viven amenazas que Fanon
advierte en la
conducción de los
procesos de emancipación
y de descolonización,
los cuales se ven
minados por las verdades
foráneas, por el juicio
blando del intelectual
colonizado, la coartada,
el ensordecimiento del
líder, el rapto de lo
esencial y la
frustración. Las
revoluciones tienen sus
riesgos en los partidos
nacionalistas, en la
falsa comprensión de la
cultura nacional, en los
líderes, en los
compromisos y las
trampas.
Un hombre nuevo se
forja, se libera de los
miedos y lo onírico, de
su estatus de indigencia
y fractura, se libera de
ensueños y se suma en
ese proceso nacional,
universal, que es el
acto mismo de la
revolución y la
descolonización
violenta. Por ello Fanon
trata de lograr, y
aclama, por inventar al
hombre total que Europa
ha sido incapaz de hacer
triunfar, pues “la
humanidad espera algo
más de nosotros que esa
imitación caricaturesca
y en general obscena”.
Es así como en su línea
final de Los
condenados, Fanon
exalta: “Por Europa, por
nosotros mismos y por la
humanidad, compañeros,
hay que cambiar de piel,
desarrollar un
pensamiento nuevo,
tratar de crear un
hombre nuevo”. (p. 290)
Tras él, y juntos a él,
¿cuántos como el Che,
Fidel, Césaire, los
jóvenes cientistas
sociales del Caribe
Anglófono, reunidos en
el Grupo Nuevo Mundo, no
se cuestionaron las
verdades y la democracia
de Westminster o
Washington? Las certezas
de Occidente no son
suficientes. Las
perspectivas del
desarrollo nacional son
insatisfactorias, cuando
no desacertadas. Por
ello hay que romper como
garantía de la
independencia, y hay que
conocernos para poder
echar a andar. De ello
Frantz Fanon es un
arquetipo. Va a la
indagación de una
episteme enraizada en
las coordenadas
argelinas, del Caribe y
del Tercer Mundo.
Este es parte de su gran
legado para las ciencias
sociales, para la
filosofía de la ciencia,
la epistemología, que se
cuestiona esa pretensión
universal y única y que
observa la universalidad
como la confluencia de
muchas formas,
justamente aquellas que
provienen desde
realidades diferentes,
del sur.
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