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Cuando se tiene delante
a Mireille Fanon, luego
de haber escuchado
durante casi cuatro días
toda clase de
disertaciones académicas
sobre el pensamiento de
su padre, no puede
evitarse la indagación
personal: la pregunta
incómoda que busca al
hombre detrás de la
obra. Termina un cigarro
y me advierte, entre
risas, que solo contará
una anécdota pequeñita:
“cuando nací, alguien le
preguntó cómo era, y
contestó: ‘blanca, de
piel negra’. Y mírame…”.
La ironía se comprende
cuando percibimos,
curiosamente, que
Mireille bien pasa por
hija de Francia.
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Apenas unas horas han
transcurrido desde que
en la sala Che Guevara
de la Casa de las
Américas se escuchara la
voz de Frantz Fanon, en
el discurso “Racismo y
cultura” que ella misma
hizo llegar a este
coloquio. Ahora habla
Mireille de los mismos
temas que el martiniqués
presentó a los “hombres
de cultura” reunidos en
París, en 1956. La
seguridad al esgrimir
argumentos sobre
procesos en pleno
desarrollo, cuando pocos
se atreven a ser
rotundos, sugiere una
conexión directa entre
esta hija y su padre: en
un mundo de blancos,
ambos han sabido
pedirles a sus cuerpos
―blancos o negros― que
siempre hagan de ellos
sujetos que interroguen.
Desde el año 2008,
tiene a su cargo la
Fundación Frantz Fanon.
¿Cuáles son sus
objetivos, los
horizontes temáticos que
le conciernen?
La Fundación fue creada
justamente ese año. La
idea inicial era acceder
a los archivos, a los
documentos originales de
Fanon, para
recolectarlos y
juntarlos también con
textos escritos sobre su
obra. De inmediato, se
trató de ir rescatando
las notas que Fanon fue
escribiendo durante la
guerra en África, los
documentos originales
que también dejó en las
Antillas. No obstante,
el ejercicio de seguir
el mismo periplo
intelectual que él hizo
en vida, determinó que
la Fundación se fuera
interesando por los
estudios contemporáneos
sobre Psiquiatría y por
el ámbito tan complejo
de la unidad africana.
Es decir, la Fundación
sigue cada una de las
interrogantes que Frantz
Fanon se planteó en su
tiempo. Y ese
seguimiento,
lógicamente, implica un
trabajo fuerte en el
ámbito del pensamiento.
Por ejemplo, ¿cómo
operar hoy con el
concepto de “unidad
africana”? ¿Qué sentidos
tiene para nuestros
días? Son planteamientos
que también nos
interesan.
Por supuesto, uno de los
temas que más nos
inquietan son las nuevas
formas de racismo: la
xenofobia de estado, por
ejemplo. También
seguimos muy de cerca el
tema de la educación y
la formación, iniciado
con un seminario en
Haití. Además, nos
interesan la solidaridad
y las relaciones entre
jóvenes que se aproximan
a estudios sobre
procesos que Fanon
defendió en su momento,
como el antirracismo o
la descolonización: es
el caso de los procesos
de emancipación de los
pueblos y su evolución
en el contexto actual.
Usted se refiere a
las “nuevas formas de
racismo” como uno de los
fenómenos que centran el
trabajo de la Fundación,
al mismo tiempo que los
estudios sobre el tema.
Según su criterio, ¿qué
elementos distancian
esos acercamientos
académicos de resultados
concretos de la lucha
antirracista en el marco
de la legalidad, de la
política, de la
organización social de
las sociedades
contemporáneas?
Cuando hablamos de
nuevas formas de
racismo, estamos claros
de que no se trata del
racismo que se expresaba
en tiempos de Fanon como
un fenómeno anclado a la
colonización. Hace medio
siglo, las estructuras
sociales se organizaban
de modo que unos hombres
asumieran una supuesta
supremacía sobre otros,
desde el punto de vista
genético. De esta forma,
proliferaron clichés
como la pretendida raza
inferior o la también
pretendida estupidez del
hombre antillano. Las
representaciones de este
calibre anidaron con
mucha fuerza en los
imaginarios coloniales.
Sin embargo hoy, cuando
hablamos de nuevas
expresiones de ese
fenómeno, hay que tener
en cuenta de que nos
situamos en un tiempo
que ha visto nacer
conferencias y acuerdos
internacionales contra
todo tipo de racismo. Se
trata, por tanto, de
formas más sutiles; pero
existen, como existen
las dicotomías
intrínsecas en las
distinciones entre
“occidente” y el “Tercer
Mundo”.
Hablamos de un mundo
completamente
globalizado, sujeto a la
dominación de los
grandes centros
financieros; por tanto,
una forma de dominar en
el plano económico es
atar a las poblaciones a
estructuras que son, ni
más ni menos, las
estructuras del racismo.
Esto viene a demostrar
que un racismo asimilado
asegura el camino de las
instituciones
financieras
internacionales.
Claro, en ese contexto,
existen iniciativas como
las de la UNESCO; pero
no podemos dejar de
reconocer que la visión
que sostiene esas
propuestas es una visión
occidental del racismo y
de las poblaciones
marginadas. Al interior
de la conferencia de
Durban, por ejemplo, la
cuestión de la
discriminación racial se
asumía en una
polarización como la
siguiente: de un lado,
la esclavitud; del otro,
las matanzas de judíos.
Eran vistos como
expresiones antinómicas.
Desde ese punto de
vista, aparentemente,
solo el horror las une;
pero cuando
verdaderamente se les
examina con juicio
crítico, encontramos
muchas coincidencias. De
conjunto, son el origen
de nuevas formas de
racismo. Quedamos
entonces ante la
peligrosa contradicción
de que una conferencia
contra el racismo
produzca racismo.
Podemos dedicar todo un
año a afirmar que los
afrodescendientes son
discriminados en todas
partes del mundo, pero
eso no cambia en nada el
funcionamiento de los
estados que producen
racismo. El pensamiento
occidental busca la
manera de reducir los
argumentos visibles del
racismo, tratando de
defender la idea de que
no hay diversidad de
razas: eso es imposible,
solo es una manera de
allanar el camino para
dominar al otro.
Mucho se ha hablado
en estos días del
pensamiento humanista de
Fanon. A 50 años de su
muerte, ¿cree que se ha
avanzado en función de
ese “hombre nuevo” que
—como el Che, una feliz
conexión— proponía su
padre como sujeto
histórico de los tiempos
por venir?
Hoy prevalece el modelo
de humanismo europeo;
pero ¿quién puede, a
estas alturas, presumir
de portador exclusivo de
un modelo de humanismo o
de civilización
universal? La
colonización lo intentó
en su tiempo.
De lo que se trata es de
asumir que, como existe
un humanismo “a la
europea”, existe un
humanismo inherente a la
América Latina, al
Caribe, a África, a
Asia. Desconocerlo
implicaría admitir que
también existe un modelo
único de colonización.
El peligro mayor, a mi
juicio, radica en que
los procesos de
emancipación no pueden
perder de vista sus
propios modelos, para
asumir los de otros. En
definitiva, por ejemplo,
si la revolución árabe
logra cambiar paradigmas
—yo aún me siento un
poco pesimista en
relación con eso—, habrá
de buscar otro camino
que no sea el del
mercado y la dominación
financiera; de otro
modo, estaría rehusando
a sus posibilidades de
reencontrarse con su
propio destino.
Emanciparse de un modelo
“humanista” de la
colonización solo será
posible si implica la
construcción de un
humanismo a la medida de
ese pueblo que se
emancipa.
Cuando se aborda el
humanismo en Fanon,
suelen referirse también
sus conexiones
intelectuales y hasta
espirituales con Ernesto
Guevara. ¿Coincide con
ese paralelo?
Plenamente. Se trata de
dos intelectuales que se
preocuparon por el
hombre del mundo, al
mismo tiempo. Aunque
esta es mi primera vez
en la Casa de las
Américas, vine a La
Habana hace 30 años y me
convencí de esas
múltiples conexiones.
Pasando al otro tema
central de los debates
contemporáneos sobre la
obra de Fanon, la
violencia: ¿cree que
podemos hacer una
lectura, a partir de su
visión, de los contextos
contemporáneos donde la
violencia ha comenzado a
erigirse como signo?
Pienso que si vamos a
ver estas expresiones
desde Fanon, no podemos
disociar la violencia
del colonizado de la
violencia del
colonizador. Es una
especie de articulación
problemática, que hace
que si analizamos una
sin la otra obtengamos
un cliché. La
colonización produce la
violencia y el
colonizado reacciona, no
es una violencia por la
violencia. La violencia
es de resistencia y
emancipación, anclada a
procesos de liberación.
No es el caso de Libia,
por ejemplo, donde se ha
producido una
intervención extranjera,
exterior, con el
pretexto de una
liberación interior.
Diría que ahí los
occidentales han
permitido que se ejerza
una violencia gratuita.
Eso es otra cosa.
La lectura desde Fanon
sería más correcta, por
ejemplo, en Egipto,
donde la gente que ha
terminado con la
dictadura lo ha hecho
con la ayuda de los
occidentales. En el
norte de África, no se
han construido los
movimientos contra
Mubarak o Gadaffi sin la
ayuda de los
norteamericanos o
europeos, de modo que no
permite la construcción
interna. De ahí el
pesimismo que siento
hacia el devenir de esa
so cold liberation.
Fuente: La Ventana |