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Retomando temas
inicialmente abordados
en el Aula Bartolomé de
las Casas en el Convento
de San Juan de Letrán y
más tarde en el Aula
Manuel Sanguily en la
Facultad de Filosofía e
Historia de nuestra
Universidad de La Habana
en la que me tocó más
que cerrar reabrir
encuentro entre
creyentes y
no-creyentes, término en
que me siento más cómodo
a diferencia del
entonces utilizado. El
del ateísmo. Es que no
puedo olvidar las
reflexiones del Obispo
de Milán o las de
Umberto Eco, publicadas
como En qué creen los
que no creen. Y esto
de detenerse en “el
creer” resulta un reto
más excitante que
hacerlo en la
negatividad de “ateo”.
Afortunadamente, y es lo
que retengo de los
encuentros en las dos
Aulas, las del Convento
y la Facultad, que quedó
en suspenso o “en el
aire suspendida” y como
exigiendo nueva y más
extendida reflexión otra
pregunta ¿si es tanto lo
que nos une qué será lo
que nos separa?
En aquella ocasión con
la pregunta me daba la
respuesta e incitaba a
quienes presentes a
encontrarla en su alma y
acaso en su práctica si
conservaban equilibrio,
serenidad y objetividad
potencial para hacerlo.
El Aula estaba repleta
de estudiantes y
profesores, unos y otros
muy jóvenes y por eso
seguramente frescos,
abiertos, buscadores
todavía no marcados por
verdades eternas o
doctrinas de tan
perfecta estructura que
ahorran “el pensar”, ese
noble ejercicio a que
nos incitaba el Padre
Félix Varela.
Estudiando sus textos y
tratando de situarme en
la época y en este
espacio que fue el
Seminario y queriendo
saber de los libros de
que disponía en su
biblioteca personal
encontré una especie de
inventario posiblemente
sumario que alcanzó a
hacer Monseñor Martínez
Dalmau, Arzobispo de
Cienfuegos. No encuentro
ahora aquel fascículo
pero me atrevo a
asegurar que era tan
amplia y moderna,
actual, su formación
que, anclada en tanto
talento y sensibilidad,
no podían sino intuir y
buscar fundamentos
racionales probables a
cuanta incógnita quedase
abierta en el
tratamiento de la
realidad, en la
inmediatez de las
ciencias naturales y del
experimento y en la
ilímite inmensidad del
Universo. La Miscelánea
Filosófica nos revela su
carácter antidogmático,
desentrañador del
escolasticismo que
paraliza el desarrollo
de las ideas; visión de
apertura que transmitía
a sus alumnos y, hoy, a
nosotros. Y que no
suponía impugnación de
doctrina, sino de formas
cristalizadas y
deformantes al paralizar
el curso de la vida.
Entiendo que no estaría
de más recordar que nos
adentramos a veces en
campos en que la
terminología deviene
imprecisa y sujeta a
interpretaciones cuando
se trate de situar en la
historia, en la
Filosofía, en la
Teología, por separado,
entrelazadas, a veces
una misma.
Por Siglos y por Siglos
encontramos a unos y
otros empeñados en
explicarse el Orden del
Universo y, cuando menos
en la Filosofía, de
descubrir aquel indicio,
y probarlo, de la
presencia en el Todo-Uno
de un Supremo Ordenador
infinitamente diviso,
diverso en infinito y en
cada partícula presente.
Especulaciones y
sistemas, cálculos,
observaciones e
investigaciones, la
Matemática en ayuda, la
Física esperando, la
tecnología sofisticando
instrumentos de apoyo y
hoy, filósofos y
científicos, inmersos en
la nanología mientras
más desarrollada más
imprecisa. Por todos los
caminos llegamos a la
abstracción total, a la
Matemática cuando más no
se puede. Y cuando
descubre el límite es
que ya se descubre en lo
ilímite inmersa. Decenas
de filósofos, decenas
para ajustarme a los que
importan, y no me
atreveré a decir seguro
de mí, decenas de
teólogos; sistemas
cerrados, inquietudes,
interrogantes
abrumadoras, ortodoxias
que se quiebran y
herejías quemadas
reivindicadas y
convertidas en Campos de
Flores. Siempre por allá
y por acá y por doquier
una Idea inmóvil
petrificada y que se
sobrevive a veces medio
siglo. Pero pueden ser
muchos y a veces al
milenio llegar. Solo el
tiempo, ese cruel
personaje que todo lo
tritura y a veces
magnifica; solo el
tiempo es árbitro porque
en su curso la Memoria,
selectiva y filtrante va
escribiendo la
Historia.
Me ha tocado saber y
observar y vivir y no
estoy solo, formo parte
de las generaciones
fundadoras, que en
camino de la Revolución
Martiana inspiradora
hemos querido construir
un valladar al Imperio y
puentes de rasgos
socialistas y encontrado
que moldes y rutinas
programados han
lastimado el sueño que
soñamos. No ha logrado
sin embargo el dogma, el
cuerpo teórico que
petrificado quiso
dominarnos, impedir que
el Programa inicial
fuese cumplido y
desbordado. Ya desde muy
temprano niños y
adolescentes, jóvenes,
marcharon al campo y la
montaña decididos a
protagonizar la otra
gesta liberadora
alfabetizando al pueblo
todo, campesinos,
marginados de las
ciudades, pescadores; a
cuantos nunca
importaron. Cuba
territorio libre del
analfabetismo abría con
el camino de la
instrucción generalizada
la potencialización de
un más alto nivel y para
mí, hoy y ahora, con más
de un millón de
universitarios, aquel
instante que José Martí
señalaba como condición
primera de la libertad
real “ser cultos para
ser libres”. El instante
en que ciudadano
partícipe, posible
decididor reflexionante,
dueño de cada paso, de
verdadera autonomía,
puede darse en esta
sociedad que se renueva.
Y ciudadano es ser
protagonista.
La Sociedad que sueño,
en la que quiero
participar de veras, no
importa si tan pequeño
que apenas perceptible,
participar no como
observador desde
Academias reales o
invisibles sino como
Protagonista; esa que
sueño será aquella en la
que ya no será necesario
rediscutir redefinir
términos que ayer
sirvieron a aceptar o
excluir apasionadamente
el Dogma o su
Escolástica o el Manual
que todo para comodidad
resume alejando el
pensar porque
parece-parecía que su
ejercicio resultaba
siempre reto. La
ortodoxia de ayer se
torna hereje y de
aquella herejía nace
ortodoxia, un nacer y un
nacer, búsqueda que no
cesa.
Y en este clima
espiritual, cambio de
perspectiva y con la
obra inicial, el núcleo
duro de la Revolución
bien cimentado, emerge
esa otra visión del
ciudadano que alcanza a
serlo no por dación, por
derecho, ese que lleva
implícita la obligación
moral de fundar y
fundar, la de encontrar,
si posible, solución a
todo lo inconcluso y la
de abrir caminos y
puentes y, entre ellos,
algunos invisibles. Será
entonces, va pasando,
que la imaginación
reencuentra su lugar y
despliegue para que
siempre desde el saber,
siempre desde el rigor
intelectual y ético, si
falta la eticidad falta
el derecho, puedan,
deban abrirse muy
diversas puertas;
siempre el ojo avizor y
lúcido y por un tiempo
bayoneta a mano. Esta
frase de alerta queda
aquí situada en esta
introducción, resumen de
ciertas convicciones,
porque conviene saber
que la mano fraterna y
extendida debe ser
respetada. No se trata
de dejarse arrastrar a
posiciones en que
reconciliar resulte en
verdad entrega. Y
tampoco se trata de
cultivar el miedo al
primer paso. Ese que ya
se ha dado y se va dando
y que acaso pudiera
acelerarse. Los caminos
están y otros habrá que
inventarlos. La audacia
y la prudencia no son
incompatibles si es que
nos remitimos a su
esencialidad. De lucidez
política se trata y de
ella que, combinada en
la imaginación, potencia
la inteligencia
creativa.
¿Alcanzaremos realmente
la
desburocratización
del Estado diseñada y
programada y la
reaparición en la
Sociedad
productores-reproductores
de la vida material e
igualmente de la
espiritual, del
pensamiento autónomo en
su enriquecedora
diversidad?
¿Será que no anda lejos
tiempo en que
estudiosos, pensadores y
sabios potenciales y
claro cuantos influyen
en la vida social,
redescubran que Carlos
Marx situó y analizó las
formas de producción
precapitalistas,
no-capitalistas, las que
el capitalismo liquidó
para extender fetichando
la mercancía y
reproduciendo la
esclavitud, la
enajenación del
productor, total o
parcialmente robotizado?
Nadie como Charles
Chaplin en su filme
Tiempos modernos ha
logrado sintetizar en
imágenes, en una
secuencia
cinematográfica
inolvidable lo que Marx
y Engels expresan en
sintéticos y expresivos
párrafos del Manifiesto
Comunista.
Me he permitido afirmar
sin descanso y repetiré
ahora que cualesquiera
fueran los instrumentos
científicos, de
análisis, históricos,
fundamentados en la
realidad, en la prueba,
la inspiración primera
de Carlos Marx es ética,
ética primero, ética
siempre. La compartió
con sus colaboradores y
la inculcó en sus
discípulos. Ética de la
libertad. Marx y toda su
obra y ante todo El
Capital parte de una
obligación moral;
denunciar y romper a
partir de la praxis
revolucionaria la
alienación del hombre
que resulta de la
apropiación-robo de su
potencialidad material
y, de este modo, de esa
potencialidad otra, la
del despliegue
espiritual de la
persona, y de las
personas en fraterno
plural.
En mi conciencia, no
pido a nadie que
confirme o que comparta
y pese que salte
milenios, siento la
cercanía moral del
Evangelio. Y estoy
convencido de que la
sintieron los primeros
socialistas que llamamos
utópicos.
Seguro estoy pero
prefiero siempre
preguntarme. ¿Será
llegado el tiempo en que
toda esa urdimbre, ese
tejido de organizaciones
sociales e instituciones
profesionales y
especializadas y las
que, con todo su valor
restituido, forman y
estructuran el Poder
Popular en tanto brazo
del andar
revolucionario, logren
con posibilidades y
eficiencia reales,
aplicar e inventar
soluciones si posibles
en clima de fraternal
comprensión, diálogo y
tolerancia en marco de
principios?
¿Será tiempo llegado de
este modo en que la
democracia socialista
encuentre para su rostro
esa sonrisa nueva porque
devuelta a sus orígenes;
y porque a sus orígenes
devuelta, revolución
martiana y entonces
socialista, alcance dos
maneras entrelazadas de
afirmarse?
Apenas esbozada. La idea
me fascina porque va
siendo realidad y es
esperanza. Saber que lo
posible ya es posible,
resultante de un paso
muy largo y necesario y
que está dado. No
intentaré esbozar,
reseñar los hitos de ese
tiempo y menos abordar
la imposible tarea de
sintetizarlos. Repetiré
tan solo que lo posible
ya es posible.
¿Será entonces llegado
el día, tengo la
convicción que va
llegando, en que la
diversidad se haga
principio, que encarne
en la vida real, escuela
misma de la libertad y
de su encanto, ese
saberse todos Uno en
relación fraterna, y sin
embargo cada uno?
Llegará creo con la raíz
anclada en la conciencia
de otro principio que la
hará posible, sin el que
la diversidad no puede
desplegarse en todo el
esplendor de su belleza.
Ese principio en el que
tendremos que afirmarnos
como hermanos humanos es
el de la tolerancia.
Tolerar será intentar
comprender; comprender,
en este territorio, es
saber entrar y aprender
a mirar-mirarnos desde
la piel del otro. Me
detengo y pregunto y
mejor me pregunto,
¿estaré sin saberlo
hablando del amor,
inspiración de vida, de
la humanización del
hombre, de su
esencialidad espiritual
profunda? Y me
sorprendo.
Retorno al Aula
Bartolomé de las Casas
del Convento de San Juan
de Letrán y al Aula
Manuel Sanguily de
nuestra Universidad y
vuelvo a preguntarme,
esta vez con
Fina
(García Marruz) con la
que, cuando conversamos,
este tema, retorna y
retorna, “¿si es tanto
lo que nos une que es lo
que nos separa?”.
Ella es poeta y sabe del
alma, viaja por esos
mundos serenos o
inquietantes, inundada
de imágenes, y cuando
retorna y traduce o
perfila, descubre en
cada trazo una presencia
que irrumpe en el
lenguaje transformando
sus códigos para decir
otro, el otro mensaje.
Sospecho que ella sabe.
No logro de otro modo
concebir “al poeta”, ese
viajero que, en
privilegio, se sirve de
una forma de alcanzar el
misterio que, para mí,
resulta “la gracia”.
¿Será que la Belleza es
un destello, una
revelación, para algunos
de Dios he querido
decir?
No sé quién soy del todo
y es que saber es
privilegio de quien lo
ejerce en la otra
orilla. Esta es aquella
en la que quedamos sin
respuesta y casi sin
pregunta. Unos creen
saber, tal vez saben,
ustedes, soy solo por mi
parte interrogantes.
He recorrido un largo
trecho construyéndome un
alma; ha sido goce moral
y estético y hasta
práctico. Diseñar es
soñar pero en el
modelaje son muchas las
desgarraduras. “No hay
amor a la vida sin
desesperación por la
vida” escribió Albert
Camus. Ese amor que me
transita o mejor me
atraviesa e impulsa
hacia la vida también me
hace sangrar. Soy algo,
o muy, aunque no
exageradamente
cartesiano,
racionalista, y el
racionalismo permite no
pocas certezas pero en
general deja el alma
entre interrogaciones
que laceran y que, como
el dolor a veces por
sorpresa ilumina.
Al referirme a Fina
reseñé con perogrullesco
desenfado “ella es
poeta”. No son solo los
místicos, escritores,
poetas a veces, los
únicos que han logrado
parece, apresar el
Universo todo en un
instante ese Uno-Todo
que, en su igualmente
infinita, ilímite
diversidad todo penetra.
¿Será tan solo ese
Misterio Misterio
impenetrable? ¿Será
Dios, el nuestro u otro?
¿Será verdad que lo han
logrado los que sentirlo
en su persona dicen?
¿Será un sueño? ¿Será el
metzcal que alguna vez
lo fue seguramente, sé
de quienes lo intentaron
y no solo de algún
surrealista? Aun si no
lo hubiese sido nunca,
si el Milagro Misterio
quedara inalcanzado, un
logro es innegable,
siempre la Belleza, la
presencia de formas que
deslumbran, de la
Iluminación, a la
Iluminación se hace
referencia obligada. Es
Iluminación que ciega
han dicho tantos. Y más
tarde en Rimbaud la
encontraremos y entre
los poemas que
Iluminaciones reúne,
Genio.
Era 1950, la inmediata
posguerra, nos rodeaban
Sartre desde Les
Temps Modernes y
desde Esprit,
Mounier y siempre el
pensamiento existencial
bordeando desde Husserl-Heidegger.
Radical-ateo, exaltante
pero afirmándose en el
tiempo y la
aniquilación, el hueco,
el no-ser en el
existencialismo
sartreano y esperanzador
en un existencialismo de
raíz católica del que
diré para sintetizar e
involuntariamente
reductor, un
existencialismo que no
renuncia a la
trascendencia. Mounier
por eso prefería
referirse a “los
existencialismos”. Y
para su reflexión “la
persona se gana
perdiéndose; se posee
dándose”. Ser persona
sin dejar de ser
individuo. Esa
concepción de la persona
quedó en mí para
siempre. En la época me
sentía más cerca de
Gabriel Marcel que de
Sartre, y más de Marx
que de Marcel. Éramos
aquellos jóvenes de ese
París convulso nada
confusos sin embargo, y
de eso estoy seguro,
abiertos
enriqueciéndonos a todo
pulmón. Y en mi caso,
libertario y socialista,
buscaba respuestas,
confirmaciones,
resquicios para cuanto
en la otra Iglesia no
encontraba; perdón por
así decirlo sin
licencia, porque me
refiero al Partido. En
ese ámbito bastaban para
el alma unas cuantas
verdades absolutas y “a
otra cosa”; no hay que
perder el tiempo. Se ha
pagado muy cara esa
filosofía de la
cerradura; no hay modo
de decir no pienses, no
sufras, no te inquietes.
El existencialismo nos
rodeaba e invadía
nuestras vidas pero al
mismo tiempo el Frente
Popular, la potencia
real del PC francés y su
hábil inmersión en todos
los sectores nos ataba.
En la época era
Vicepresidente de la
Unión Internacional de
Estudiantes por América
Latina y representando a
la FEU cubana pero por
determinadas razones de
visado atendía las
organizaciones
estudiantiles francesas
e italianas y a la
Asociación de
Estudiantes
Anticolonialistas de
París. Y claro buscaba
apoyo en los residentes
cubanos de la Sorbonne,
Moreno Fraginals,
Victoria González,
Gustavo Davidson, Piñera
Llera (este último ya
existencialista
católico). Conocía a
Victoria González desde
el Instituto de La
Habana, cuando decidimos
participar en la Campaña
de Armas para los
Guerrilleros Españoles y
nuestra amistad continuó
su curso mientras
estudiábamos Filosofía
en nuestra Universidad.
Seguíamos el camino
hacia el socialismo
seguros pero conservando
áreas de la intimidad;
la prudencia intelectual
obligaba; y también la
política. Nunca calculé
sin embargo que esas
reservas compartidas,
dudas y más dudas, me
llevaría a vivir
experiencia tan
desconcertadora. Un
privilegio. Estábamos
como cualquier noche
conversando en un café
de la Plaza de Saint
Michel, tal vez el lugar
menos propicio para una
revelación que
desbordaba toda la
realidad descrita, la
atmósfera espiritual
intelectual que tocó a
aquellos jóvenes cubanos
(y a los otros) en ese
París de los años 49, 50
y 51. No importa el
cómo, el tiempo; me tocó
escuchar algo que no
podía comprender
entonces “he sido tocada
por la Gracia” y
“entraré a una Orden
Religiosa”. Reaccioné
como autómata, debemos
buscar un psiquiatra
cuanto antes. Debo haber
parecido tan estúpido
como ignorante y también
seguramente perdonado.
Leyendo a Gabriel Marcel
encontré la descripción
de ese encuentro que no
sé si llamar místico en
que un ser alcanza a
sentir la Gracia,
presencia de Dios.
Marcel escuchaba absorto
una Sinfonía, creo que a
Mahler y perdido, lejos
de sí o muy dentro, se
dio en él la experiencia
de la Gracia la que un
día casi que por azar me
tocó vivir de modo muy
cercano.
Leyendo, releyéndole,
más cultivado y más
sereno el lector, supe,
esta vez aceptar esa
doble testimonial
experiencia como parte
de la complejidad
inmensa del ser. Y
descubrir para la música
otras virtudes.
Einstein amaba la música
y parece buscaba en ella
o en ella encontraba el
encanto de un descanso
inspirador. También
interpretaba. Es la
música la más libre, la
más abstracta de las
artes y la más cercana,
creo, a la física y la
matemática. Tal vez este
impulso hacia formas que
nos adentran en la
abstracción provoquen
como se observa en el
testimonio oral o
literario de los
místicos ese instante de
la Iluminación que
llamaré poético y que lo
es también, o ante todo,
encuentro de la Belleza
toda esplendor (frase
que puede parecer picúa,
redundante, etcétera,
etcétera, pero en la que
insistiré); Belleza toda
llenante, llenando el
infinito, acaso en la
urdimbre secreta, en el
misterio de sonidos que
inundan el aire en
secuencia y permanecen y
se disuelven, se revelan
claves a quien se
estrega en plenitud,
claves de la intuición.
Cuando Heisënberg busca
solución en principios
de la física cuántica a
realidades y
experiencias en que
podía constatarse
imposibilidad y solo y
acaso constatación
estadística, Einstein se
reserva. No impugna,
espera. Es que para
Einstein, para su
búsqueda intelectual, el
camino que marca la
intuición, que la
desencadena, parte de su
convicción de que la
armonía del Universo es
real y, por tanto, punto
de partida.
El matemático inglés
Whitehead afirmaba que
cuando verdades
matemáticas
indubitables, probadas,
descubren un día la
excepción, rotura de un
encadenamiento jamás
violentado, no hay que
lamentarlo. Es el
momento más fructífero.
¿Será porque al sembrar
nuevas interrogantes
obliga a profundización
y rigor de
investigación, a
reiniciar y recorrer
desde la reflexión
nuevos senderos? ¿Será
porque irrumpen otras
verdades o un instante
irrepetible de locura
poética?
Desde la Antigüedad
encontraremos siempre en
pensadores sobre todo en
los filósofos, la
búsqueda para definición
de respuesta a las
interrogaciones
primeras: el ser, el
existir, el otro, el
entorno, la naturaleza,
el universo, lo finito,
lo infinito, la
diversidad. De un modo u
otro eran igualmente
físicos, igualmente
matemáticos. Y no pocos
buscaban por esos
caminos explicarse la
creación y descubrir, o
justificar, acercarse de
este modo a Dios y
cuando religiosos,
probar su existencia. Y
así fue, continuó siendo
y no pocas veces dándose
en la Edad Media y más
tarde entrelazadamente
entre la Alta Edad Media
y el Renacimiento. Los
filósofos que la
precedieron y cubrieron
aquellos años eran
físico-matemáticos,
astrónomos y filósofos
por eso mismo. En los
Siglos que nos preceden
esta presencia
continuada del
pensamiento filosófico
hermanado a la
investigación
científica, encuentra
excepcional ejemplo en
Descartes en quien se da
el renacer renovado
afirmativo de la prueba
y el culto a la Razón y
del poder casi
omnipresente del
racionalismo. El
matemático Descartes, no
tendríamos que obviarlo,
se entregó al empeño de
probar la existencia de
Dios.
No seguiré citando
aunque pudiera ir de
apoyo en apoyo. Doy un
salto sirviéndome de una
frase de Condorcet:
“Según crecen las luces
el espíritu humano
parece igualmente
acrecentarse y los
límites alejarse”
resumo así cuanto costó
no pocos años y algunas
veces libertades y
vidas. No cita apenas el
Padre Varela nombres de
referencia pero
encontraré un día el
opúsculo que he perdido
con la reseña de los
títulos de la Biblioteca
que le pertenecía y
aunque esa lista no
fuese exhaustiva, algo
indicará sobre sus
lecturas. Era la justeza
de la irrupción de la
razón y de la búsqueda
por vía de la
experimentación para la
eventual comprobación de
la hipótesis. Y todos
sabemos porque todos
hemos leído los textos y
en ellos los argumentos
de Monseñor Carlos
Manuel de Céspedes que
prueban su amor y
devoción por la Iglesia.
No se trataba, sabemos
de contradicciones sino
de acercarse a la
modernidad, a la época,
a los descubrimientos
útiles a la patria
cubana. El primero en
pensarla. En realidad
bastaría detenerse en
sus escritos
doctrinarios de carácter
polémico del período
estadounidense para
apreciar esa ortodoxia a
la que antes hago
referencia.
Pero es que quería
llegar a “las luces”, y
de ahí la cita de
Condorcet. Las “luces”
otra vez iluminantes y a
como aquellas ideas
recorrieron América y
prepararon desde este
Seminario a nuestra
floración de pensadores
patriotas. Varela y Luz
y Caballero sus
maestros. Claro que el
Padre Bartolomé de las
Casas, el primer
anticolonialista
europeo, lúcido y
combatiente en medio de
la barbarie,
pensador-filósofo
renacentista hizo llegar
a nuestra Isla por vez
primera desde la
conquista la palabra
libertad, y tal vez
llegó también en algún
barco con algún viajero
un día un ejemplar de
El Quijote, y con
él, subyacente, el
espíritu erasmiano y
ahora de otro modo el de
libre-arbitrio y la
polémica que le
acompañaba. Pero era ya
el Siglo XIX y eran los
reflejos para América de
las ideas e ideales
defendidos por la
Revolución Francesa, los
que llegaban de forma
nítida y armando a
nuestro pueblo
intelectual,
espiritualmente para su
liberación. Alejo
Carpentier escribió y
publicó para el lector
de nuestras generaciones
latinoamericanas El
Siglo de las Luces.
Quien de las nuevas
generaciones alcance a
leerla se apasionará por
el valor
estético-literario de la
obra carpenteriana,
también por su
estructura dramatúrgica
y comprenderá mejor cómo
y por qué la libertad es
nuestro signo.
Entenderán mejor por qué
no fue lograda
plenamente, por qué las
ideas enraizaron en lo
más profundo, por qué
tendrán que realizarse
inevitablemente, por qué
siempre retornan frescas
y entusiasmantes y
definen la
contemporaneidad.
El
33 Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano,
rendirá homenaje
conjunto a Alejo
Carpentier y a Humberto
Solás con la
presentación de la
versión completa de
El Siglo de las Luces,
solo exhibida en nuestro
país y América Latina en
su reducción empobrecida
por esa sinrazón que
obliga, el tiempo en
pantalla. Se trata de
una de las obras más
importantes de Humberto
Solás, realizada para el
Bicentenario de la
Revolución Francesa.
Será ocasión para
homenajear igualmente a
su más estrecho
colaborador en la
adaptación y la edición,
Nelson Rodríguez.
El Siglo de las Luces,
los pensadores,
filósofos que le
antecedieron y los que
acompañaron la
Revolución Francesa y
sus principios,
iluminaron el pensar y
promovieron las ideas e
ideales más avanzados de
la época en toda América
Latina y en Cuba, y
llevaron a
revitalizarlos en la
realidad criolla frente
a la opresión colonial y
la esclavitud de los
trabajadores. Eran
ellos, los esclavos
africanos de origen o
nacidos en la patria,
los verdaderos creadores
de riqueza y desarrollo,
fuera como fuese que se
alcanzara. Esto explica
que cuando la conciencia
patriótica
independentista cubana
alcanzó su madurez y
Carlos Manuel de
Céspedes proclamó la
Independencia y el
levantamiento armado
para lograrla las
Campanas llamaron
también a la Abolición
de la Esclavitud. La
Revolución Cubana,
esta, la nuestra, nació
así revolución nacional
y social al mismo
tiempo. Como la había
soñado el Padre Varela
que no concebía posible
Cuba sin la igualdad de
todos los cubanos,
comprendidos los hasta
entonces expoliados
mediante la esclavitud.
Hace unos días
precisamente en ocasión
del Aniversario de La
Demajagua, el 10 de
Octubre, el Dr. Torres
Cuevas disertó sobre esa
fecha y significado. En
esa ocasión describió
cómo en el mayor secreto
se prepararon
condiciones y fueron
reclutados combatientes
para la insurrección.
Las Logias Masónicas
jugaron entonces papel
decisivo, agrupaban a
hombres de ideas
avanzadas, las más
liberales, en el sentido
original de la
expresión. Protegidos
por el secreto
juramental se organizó
el que sería primer
esfuerzo generalizado
para la acción
independentista y
modernizante de nuestra
sociedad hasta entonces
escindida. La ruptura de
esa escisión dio doble
valor revolucionario a
aquellos combatientes y
a sus ideales. La
formación intelectual,
el nivel de información
para la época, la
complejidad y elevación
espiritual alcanzada,
esa inspiración moral
que impulsaba al
combate, a la acción y
al sacrificio, permite
decir y debo subrayarlo
que las jefaturas en
aquella insurrección,
región por región y
globalmente, constituían
ejemplo para la historia
de una dirección que se
sabía protagonista
pensante de los
destinos de la patria. Y
el ejemplo que parecía
eficaz por definición no
lo fue pese a todo. La
complejidad del primer
esfuerzo generalizado
dio lugar a las
fracturas conocidas y en
las que no me detendré
ahora. Diré tan solo que
la historia, que es
memoria y lección dejó
evidencia del valor
irremplazable de la
unidad, a veces tan
difícil de lograr. José
Martí fue su artífice.
Poeta-filósofo y
seguramente por poeta y
por filósofo supo
conjugar el ideal con la
práctica organizativa y
unificar tratando ante
todo de localizar y
comprender la diferencia
si legítima o irreductible para
inmediatamente llamar a
situar cuanto separaba
en plano subalterno y,
en primer plano, situar
la unidad revolucionaria
independentista.
Entonces, como ahora,
cuanto une a los cubanos
es bastión real de
salvación de la patria.
Diría y no soy quién
para afirmarlo en casa
de quienes dominan
cuanto concierne al
quehacer eclesiástico,
que la Iglesia
seguramente preocupada
por el racionalismo tan
en expansión y casi
omnipresente, quizá,
quizá por ello, fijo con
toda claridad un día, y
en Concilio, que “El
trabajo de la Razón
precede al acto de la Fe
y prepara al hombre para
ésta con la ayuda de la
Revelación y de la
Gracia”.
No será entonces
diferencia entre Fe y
Razón lo que pudiera
separar a un verdadero y
verdadero tendría que
ser, verdadero
socialista, de un
verdadero cristiano,
cristiano verdadero. Y
porque estoy entre
ustedes precisaré
católico, cristianos en
la Iglesia Católica que
es intelectualmente
también casa de la que
me apropio. Es que no se
puede estudiar
Filosofía, con
mayúscula, sin detenerse
muy en serio en el largo
proceso en que la
civilización antigua o
clásica se fue
cristianizando, la
patrística toda y San
Agustín, la relación
estrecha entre filosofía
y teología y la
separación formal
no-real como creo y
fundamenta genialmente
Alexander Koyre y
prueban en su obra a más
de los místicos, tal vez
hasta José Martí y
seguramente Miguel de
Unamuno y mi cercana con
dolor María Zambrano,
con dolor porque en la
época en que fui su
alumno no supe apreciar
en hondura sus
lecciones.
Como sabéis soy
revolucionario
socialista marxista
ortodoxo, hereje ayer y
ortodoxo según dicho
pese a que en nada he
cambiado. Ha cambiado la
perspectiva para decirlo
de algún modo. Es otra
vez la luz, la lucidez
intelectual, ética y
práctica, la que se
impone y barre el error
y la tiniebla
obnubilante. Es la
revolución que sabe
revolucionarse. Y que
puede hacerlo apoyada en
cuanto ya fundado, en la
Sociedad y en la
conciencia.
Algún día, sueño, las
Facultades de Filosofía
serán de Filosofía y de
este modo rendirán el
mejor y más productivo y
legítimo homenaje a
Carlos Marx que antes de
escribir sus obras
estudió a fondo e
investigó sin fatiga
cuanto le había
precedido en la
filosofía y su historia,
en la economía, en la
realidad que le era
contemporánea y en lo
que la hizo posible. En
particular cuanto
referido a las formas de
producción y el papel
del hombre. Quien
estudie con sus obras
fundamentales la
correspondencia y
artículos, verdaderos
ensayos, podrá
comprender que no hay
Marx, ni marxismo, ni
modo de estudiar
filosofía marxista sin
seguir los pasos de Marx
y sus métodos de estudio
e investigación,
situándose y situándolo
en el marco de todo el
saber acumulado, del que
le precedió y del que se
sirvió para que
sabiéndose él por
entonces tan solo Marx
hoy podamos proclamarnos
marxistas.
No hay que remitirse a
Carlos Marx para
descubrir método tan
eficaz y seguro, rigor
intelectual tan
gratificante. El rigor
intelectual es asunción
ética. En nuestro Siglo
XIX Mendive, Saco y
Félix Varela que cito
como ejemplos entre los
que no fueron pocos.
Solo así puede
explicarse que se fuese
fundando la patria,
quiero decir la Nación.
Y que si fuese tanta (y
lo era) la urgencia,
cuando moría el Padre
Varela nacía José Martí,
en 1853. Él había
pensado Cuba, José Martí
la hizo posible. Es que
como ha probado Fina
(García Marruz) “el amor
era en José Martí,
energía revolucionaria”.
Lo será siempre.
El Siglo XX confirma en
no pocas ocasiones que
el saber, la vocación
enciclopédica, el rigor
intelectual que organiza
y fundamenta y el camino
que se recorre en
términos de autenticidad
ética, inspira obras y
acciones que afirman la
identidad cubana. Es un
rasgo de nuestra
intelectualidad de las
artes y letras que se
dobla en la ciencia
tanto en la
investigación como en la
práctica. En el campo
que nos corresponde
citaré a Alejo
Carpentier y Lezama
Lima, Elías Entralgo y
Fernando Ortiz y Roig de
Leuchsenring, Raúl Roa,
Wifredo Lam y Carlos
Enríquez o Harold
Gramatges y Lydia
Cabrera y Cintio Vitier
y José Luciano Franco o
Moreno Fraginals. Como
apreciáis no agoto la
relación posible; son
solo algunos a título de
ejemplos preclaros de
entre los que nos
acompañan en este
entrelazado de dos
Siglos que se funden
para la historia en uno,
la segunda mitad del XX
y los años que apenas
inician el XXI. Y no
cito a los espontáneos,
fenómeno tan común en la
música; a los que
afloran en esta
atmósfera de lo
maravilloso
extraordinario, en este
deslumbre de la patria
que es y que siendo será
para desconcertándonos,
desarmar toda defensa
interior como sucede en
el amor. Es que la
patria exige entrega y,
a cambio, da Belleza
tanta, tan deslumbrante,
que en temblor de
enamorados la adoramos.
Esa veneración, especial
sentimiento repetido, no
importa ya buscarle
explicaciones, deviene
invisible puente de
espiritual unión aún en
lo disímil.
Pero quiero aprovechar
este instante para
recordar al primer
socialista cubano, al
santiaguero Paul
Lafargue. Pablo Lafargue,
hijo de cafetalero y
francesa trimestiza como
debía de ser para
cargarnos de símbolos ya
que descendía de
franceses, de africanos
y de indígena. Total que
nació acompañado de una
cierta trinidad
caribeña. Cuando
adolescente sus padres
llevaron a nuestro
Pablo-Paul a Burdeos
para que continuara
estudios y, como
predestinado, terminó
envuelto en luchas
estudiantiles parisinas
mientras cursaba
estudios de Medicina;
expulsado temporalmente
debió marchar a Londres
para terminar la
carrera. Por entonces
medio social-anarquista
con algo de prudhoniano,
se acercó a Marx que
como era de esperar
terminó conquistándole,
a él y a Longuet, su
compañero de exilio y de
estudios. Uno y otro
entraron a formar parte
de la familia Marx
casados con dos de sus
hijas, Paul Lafargue con
Laura. Este santiaguero
que me fascina, sobre el
que trabajo e investigo
y acerca de quien espero
publicar dos libros y
uno cuanto antes,
resultó tan brillante
socialista y eficaz
revolucionario que llevó
más de una vez las ideas
y proposiciones de Marx
a las reuniones de la I
Internacional, participó
en la Comuna de París y
en la de Burdeos y
perseguido tras escapar
a España fundó con Pablo
Iglesias y otros el
Partido Socialista
Obrero Español miembro
entonces de la I
Internacional.
Tocó a Vladimir Ilich
Lenin despedir el duelo
de Pablo y Laura, ella
también activa
combatiente socialista.
Dijo Lenin de nuestro
santiaguero maravilloso
y de Laura:
“Ya en el período de
preparación de la
revolución rusa, los
obreros conscientes y
todos los
socialdemócratas de
Rusia, aprendieron a
estimar profundamente a
Lafargue como a uno de
los propagandistas más
aptos y profundos del
marxismo.
“En el espíritu de los
obreros socialdemócratas
rusos, dos épocas se
juntaban en la persona
de Lafargue, la época en
que la juventud
revolucionaria de
Francia marchaba con los
obreros franceses, en
nombre de las ideas
republicanas, al asalto
del Imperio, y la época
en que el proletariado
francés, dirigido por
los marxistas, sostenían
la lucha de clases
consecuente, contra todo
el orden burgués,
preparándose para la
lucha final contra la
burguesía y por el
socialismo.”
La vida de Paul Lafargue
es un poema y en su
Derecho a la pereza,
el más conocido de sus
ensayos sitúa un
fragmento que como acaso
podréis apreciar anda
impregnado de ese
santiaguerismo que
transita la isla de
Maisí a San Antonio. Es
la vida misma de Paul
Lafargue, que quiero
también Pablo, la que me
permite retornar a
poesía, es tan
fascinante su aventura
desplegada toda para
proponer al hombre
conquistar combatiendo
ese tiempo libre que le
permitirá desalienado
cultivar la inteligencia
y elevar y refinar la
sensibilidad, y gozar,
goce criollísimo. El del
trópico ardiente, que a
Marx preocupó en un
primer encuentro. Esa
expresión irrumpe en la
teoría marxista con un
toque que, para mí
aligera y poetiza.
En los días de La
Comuna, en esa
atmósfera, Arthur
Rimbaud escribió Las
Iluminaciones. No
creo que hayan
coincidido y no existe
referente alguno pero
recibieron impresiones
cercanas. Y si en los
poemas de Rimbaud se
aprecia rebeldía y
rebeldía, rupturas que
buscan otros mundos y
rechazo del espíritu e
insensibilidad burgueses
y si para el poeta el
exilio voluntario en
Londres entre
excomuneros y entre
ellos su amigo Paul
Verlaine, no significa
hasta donde se sabe
militancia especial, no
hay duda de que
refugiado en los sueños
repugnaba la
restauración
archirreaccionaria
impuesta por Thiers. Los
años que siguen, el
final de Rimbaud dicen
mucho de esto.
En su poema Genio,
Rimbaud, nos
devuelve un acento que
diré inesperadamente
bíblico en la estructura
y muy de retorno en las
imágenes a ese espíritu.
Citaré unos pocos versos
“Él… ha hecho la casa
abierta al invierno
espumoso y al rumor del
estío…”. Él, Él,
Él “repite” Él es el
amor, medida perfecta y
reinventaba, razón
maravillosa e imprevista
y la eternidad… “Y
después” ¡Oh fecundidad
del espíritu y
fecundidad del Universo!
(me sirvo de las
traducciones de Cintio
Vitier).
No he podido investigar
en París y el tiempo
escapa y aprisiona, se
va sin tregua y con él
nos vamos. Y por eso es
porque hay apuro que no
he podido saber si entre
las fotografías de La
Comuna y de los
comuneros acaso pueda
encontrarse alguna de
Paul Lafargue. Si así
fuese, si alguna
existiera aun y pudiera
encontrarse
apreciaríamos que los
cubanos parecemos
Iluminados porque si por
primera vez la
fotografía reseñó un
acontecimiento de la
magnitud de La Comuna y
de su lugar en la
Historia, y es lo
cierto, con un cubano
(claro que
cubano-francés), el
primer socialista
cubano, protagonista
siempre, la primera
ocasión en que el cine
reseñó un hecho
histórico trascendental
fue la derrota y
destrucción de la flota
española frente a
Santiago de Cuba en
nuestra Guerra Nacional
de Independencia y el
asalto al Monte de San
Juan, en las entonces
afueras de la ciudad,
por la infantería
norteamericana. Con
aquellas imágenes y
algunas que hoy se sabe
fueron truqueadas nació
el primer Noticiero
Cinematográfico.
En alguna escala la
fotografía pero
definitivamente el cine
y hoy en escalada los
medios de tecnología
digital y otros soportes
que lo completan pero
siempre presente la obra
cinematográfica e
inevitable su lenguaje,
resulta que nuestro
arte, el mío, ha
devenido sin cálculo
inicial “el otro
historiador”.
Historiador de muy
especiales cualidades,
calidades y posibles
recursos. Esta vez para
poder mirar la realidad
en su imagen, imagen que
perdura, que puede
duplicarse y desde el
montaje encontrar
referentes que explican
y hasta sugieren
futuros. La
inteligencia, la
honestidad ese
componente de la ética,
el talento y
profesionalismo es decir
dominio del código
lingüístico y de su
utilización, hacen del
cine documental en
cualquier soporte
testimonio de excepción.
No revive pero no da
paso a la muerte, la
hace retroceder quién
sabe cuánto. En nuestros
días hemos tenido que
reencontrar aristas,
significantes nuevos y
matices de variado
alcance para el concepto
“virtual”. Los nuevos
medios le han regenerado
como versión
técnico-científica otra
inmortalidad que incluye
retornos continuados
según se complican los
recursos-soportes-transmisores.
En esa inmortalidad otra
se confunden lo valioso
y lo banal y hasta lo
pútrido sin posibilidad
de evitarlo hasta ahora.
“Paradiso” e Infierno.
Solo que cuando Dante
recorre el Purgatorio se
hace acompañar por
Virgilio, la cultura
clásica pagana de la más
alta distinción y juntos
van descubriendo y
describiendo. Hoy solo
el hombre instruido y
culto, ilustrado, con un
Virgilio dentro de sí
mismo puede servirse
limpiamente de esa
cloaca plena de tesoros
intelectuales y
morales.
Pero vuelvo a ese otro
valor testimonial
histórico que la obra
ante de introducirse en
tan contradictorios
Medios tiene y
conservará en toda
circunstancia.
No lo propongo, solo
provoco, incito a
reflexión, a repensar
quien somos ¿será
necesario acaso
habilitar en la Academia
de Historia lugar para
aquellos que han hecho
perdurar “la imagen”
excepcional de nuestra
Revolución y de sus
héroes y de sus mártires
y cuando posible de sus
hazañas y de sus vidas
ejemplares? El lenguaje
cinematográfico en el
instante o más tarde lo
hace posible. Solo
citaré un nombre porque
innovador y potenciador
fue de ese lenguaje,
instrumento
inmortalizador de esa
manera, diré, de lo
visible. El de
Santiago
Álvarez que bien merece
en símbolo “el Sillón”
primero a historiador de
nuevo tipo.
Mis amigos franceses me
informan que han llegado
los técnicos y equipos
que dedicarán los
próximos meses a
rescatar, restaurando
cuando sea necesario,
los números de esa
pequeña enciclopedia o
historia por la imagen
que resulta ser la
Colección del
Noticiero
ICAIC Latinoamericano
que logró perfil propio,
desenfadado, audaz,
directo, fascinante y
eficaz, desde la
imaginación y el tesón y
arte de Santiago
Álvarez.
El cine es un milagro.
No importa quien filmara
si queda en un archivo
el testimonio y es así y
no habría que dudar de
la íntima sensibilidad
del camarógrafo,
ejemplos que me sé y que
no son pocos. Lo
importante es que no se
perdió del todo la
imagen terrible del
Moncada. La de aquellos
sobrevivientes
masacrados, asesinados
bajo la orden criminal
del exterminio. Fue
filmada. No se perdió la
imagen del Granma
fondeado en Tuxpan y
camarógrafos audaces
lograron filmar la
guerrilla en movimiento
y gracias a aquellos
cineastas quedan
testimonios de
incalculable valor
histórico. El triunfo
encontró muchas cámaras
en acción y la entrada
de Fidel a La Habana,
aquel estallido de
alegría incontenible
quedará en la historia
en su plenitud real, el
hecho, como la apertura
de una nueva época, la
de la marea
revolucionaria,
transformadora en
América Latina. El hecho
en sí pero también la
imagen fotográfica y
cinematográfica. Mi
madre me contaba una y
otra vez, orgullosa, la
escena guardada en su
retina, en su alma, de
la entrada del Ejército
mambí en La Habana y del
General Máximo Gómez que
la encabezaba, a
caballo, por la Calzada
de Jesús del Monte, la
de gracia perdida, o
casi, pero eternizada
por Eliseo Diego.
Los niños, los
adolescentes, la
juventud de aquellos
años, los que siguieron
al 59 admiraron y
soñaron ser como los
guerrilleros, como los
clandestinos, como sus
héroes liberadores y
aquellos cumpliendo el
Programa del Moncada
desencadenaron la
Campaña de
Alfabetización. Niños,
adolescentes y jóvenes
mochila al hombro
invadieron el llano y la
montaña, los más
inaccesibles parajes y
generalizaron el
alfabeto y la lectura.
Las ciudades y campos
encontraron en el saber
un abrazo fraterno y
campesinos y citadinos
marcharon en una
dirección.
La generación de que soy
parte fue protagonista
y las nuevas
generaciones
entrelazadas pasaron a
serlo también. Debieron
nuestros milicianos
luchar contra bandas
armadas y el pueblo todo
resistir peligros acechantes, bombas,
sabotajes y la invasión
frustrada de Playa
Girón, la primera
derrota del Imperialismo
en América Latina. No
hubo persona alguna que
no se sintiese
participante más cerca o
más lejos, andaba en
juego la soberanía.
Girón, nos hizo a todos
protagonistas. No es
que idealice o encubra
el sueño frustrado de la
Zafra de los Diez
Millones. No pido a
nadie que acompañe la
convicción que tengo.
Fue aquel un gesto
desesperado, él, Fidel,
dijo que idealista. Eso
de
idealista-materialista o
de realismo-idealismo
exige detenerse en
reflexiones. Creo
firmemente que fue, ante
todo, ética y
políticamente un empeño
titánico de Fidel
empeñado en evitar y
romper ataduras,
conexiones que llamaré,
a mi sola
responsabilidad,
peligrosas. Razón de más
para que entonces
crecieran en mi persona
sentimientos de profundo
respeto. Una derrota sí,
una generalizada
frustración y sin
embargo todos
protagonistas de una
gesta, hito terrible,
porque no logrado, de
nuestra historia.
No fue Angola la batalla
primera que la
Revolución Cubana libró
en África para
consolidar la
independencia o apoyar
la lucha por la libertad
y la descolonización.
Pero en Angola
participaron cientos de
miles de cubanos, ya sin
raza, cubanos; Angola
fue salvada y el
Apartheid derrotado en
su raíz. ¿Qué familia
cubana no se sintió
concernida, un hijo, un
hermano, un amigo, un
vecino? ¿Quién no es
capaz hoy, pasados los
años, de sentir el
orgullo justo de haber
contribuido a esta
primera liberación
africana (¡tanto falta!)
y a la definitiva del
Apartheid? África del
Sur es hoy una de las
llamadas potencias
emergentes y hasta se
habla de que con China,
India y Brasil pudiera
salvar Europa de la
ruina económica. Cuando
Mandela dice ¡hermanos!
aquel momento, años de
combate y sacrificios
revive en los
protagonistas directos
el orgullo de serlo. Y
en los demás emoción.
Elián fue secuestrado.
No intentaré ni en
síntesis recordar
circunstancias,
anécdotas y permanentes
movilizaciones que
hicieron vibrar a
nuestro pueblo y
lograron quebrar
resistencias que
parecían inconmovibles.
Salvar y rescatar a
Elián fue tarea del
pueblo todo. Y todos
fuimos protagonistas.
Hoy decenas y decenas de
miles de médicos(as) y
enfermeras,
profesionales y técnicos
de la salud; docentes
que apoyan la lucha
contra el analfabetismo,
unos y otros extienden
la solidaridad
científico-educativa por
el continente y las
islas y en otra escala
más allá de los océanos,
en otros continentes. Es
una realidad, una
presencia de
protagonistas que no
se divulga en mi
criterio, como se
debiera. Encontré en una
ocasión en nuestra
prensa y en primera
página cifras
impresionantes de a
quienes nuestros médicos
habían devuelto la
vista. Miles y miles de
niños salvados de la
muerte. Y así en
continuidad cifras y más
cifras pero siempre
alrededor de resultados,
sin adjetivos, sin
frases de valoración o
comparación alguna:
resultados, resultados y
más resultados. Si la
divulgación se hiciese
con más profesionalidad,
incluyendo con las
cifras valoraciones,
seguramente la operación
milagro sería apreciada
como lo que es, una
hazaña de nuestro pueblo
y prueba real de su
espíritu fraterno. Y sin
abandono de ese énfasis
en las cifras.
Siempre ando buscando
ese valor
simbólico-poético que
supone tan real y total
inmersión que permita
considerar virtual
protagonista a todo
aquel que resulte
verdaderamente
concernido.
He querido relacionar el
hecho real e histórico
ya, a veces, con el
símbolo, la poesía
intrínseca en este, o
ese valor poético que
resulta de tocar, ser o
hundirse en la esencia y
entonces ese elan
que todo lo transita y
que nos vuelve ese
protagonista que ahora
anhelo y busco porque
estamos en el
equivalente a medio
siglo, y ahora ancianos,
queriendo ver esa
Sociedad distinta y más
compleja que siempre
hemos soñado.
Aquel
llamado de Fidel
un 17 de noviembre no
parecía tener respuesta
y al fin, en
circunstancia aun más
difícil comenzó a
tenerla y la tiene en
este proyecto de
transformaciones
radicales que ha
iniciado Raúl con su
equipo y más y más
compañeros a veces de
primer plano y otros
especialistas
calificados reunidos en
grupo de trabajo.
Se ha abierto una época
que he querido otra vez
llamar de lo posible. Es
la época en que la
diversidad se recobra
conceptualmente y para
la vida real en la
Sociedad real y en marco
definido por el saber y
la ética y la elevación
de la persona a rango
que es el suyo.
Diversidad no
teatralizable, no
espectáculo; en lo
esencial auténtico y
profundo. Esa diversidad
de cosmovisiones en las
que la diferencia puede
ser evidente, innegable
o en nada o casi nada
excluyente, puede y debe
continuar, ahondar y
complejizar el diálogo,
diálogo verdadero y que,
por verdadero, no
importe si un día fuese
amargo. Como en el café
habrá acaso para
entonces que doblar la
cucharilla de azúcar que
por bien cubana llevara
entonces marca a
cultivar, tolerancia.
Será siempre el
patriotismo, la pasión
por la independencia y
derecho a
espiritualmente
enriquecernos
mutuamente, entre
nosotros, sin
interferencia alguna,
quien dará valor al
gesto.
Este encuentro en el
Centro Félix Varela
parte de una
conversación en que
expresé criterios
referidos a vuestra
revista Espacio
Laical. En ella
vengo encontrando
artículos a veces
ensayísticos,
entrevistas o montaje de
entrevistas basadas en
ellas, encuestas con la
participación de
jóvenes, etcétera,
etcétera, y puede el
lector descubrir
talentos y tendencias y
hasta intenciones y
preguntarse si es igual
o distinto el límite o
también preguntarse ¿qué
límite? ¿Y después? ¿Y
por qué ilímite?
Es lo que trato de
incorporar, en tanto que
conocimiento, a partir
de los análisis,
críticas,
insatisfacciones,
esperanzas y
proposiciones o del
esbozo de eventual
solución. Coincidentes o
no con mis ideas o
interpretaciones suponen
en principio diálogo
enriquecedor, por ahora
“virtual” y cada vez
virtual de otra manera,
pudiera ser en casos,
táctil.
Claro que ha sido
siempre la Iglesia
Católica cubana centro
de pensamiento y
criterio como parte de
la Sociedad y que con la
inspiración de sus
principios ha fijado
posiciones en
situaciones precisas. Su
influencia en parte de
la población, siempre a
respetar y tomar en
cuenta es un hecho.
Sería absurdo entonces
fundamentar este
fragmento de mis
reflexiones en el
ejemplo de Espacio
Laical como
presencia de diversidad.
Es que descubro entre
sus autores la
participación de
jóvenes, muy jóvenes de
mente abierta, cultura y
estilete a veces
punzante. Solo el
talento puede ser motor
real o devenir, si
enrarecido, destructora
mandarria. Y recuerdo
entonces mis años
juveniles y a polémicos
compañeros
universitarios, Andrés
Valdespino, inteligente,
abierto, dialogante y al
archirreaccionario y
falagistoide José
Ignacio Rasco. No les
olvido porque eran
honrados (no sé si
viven). Eran expresión
viva de sus ideas y
merecían respeto. Y
merecían respeto porque
en dos extremos eran
representantes
coherentes de una
concepción de la
Sociedad y de la Vida.
No lo eran en
equivalencia del
anexionismo, aún
actuante; o de
politiqueros sin ideas y
sin ética, en lo uno lo
otro. Como entonces, soy
alguien que respeta y
hasta es entusiasmado
por ese otro que se
prueba probándote y
obliga a que afines el
pensar, consolides la
convicción y prepares
mejor la defensa del
ideal, el que fuera. Ya
he afirmado que el que
me llena el alma, es el
Socialismo aún no
realizado, no visto, no
tocado, el que es
nuestra tarea (la mía) y
que sé, eso sí, que
persigue y va logrando
aunque sea lentamente,
la desalienación del
hombre, un bienestar
posible, su elevación
espiritual, instruido,
educado a veces,
propicio a alcanzar un
refinamiento de la
sensibilidad y la
cultura y en
consecuencia a
trascenderse, a ser
verdaderamente. Nadie
podrá negar, negarme,
que al parecer por
bordes distintos
recorremos el mismo
camino. Y esa impresión
me maravilla.
Tengo una tarea y una
angustia. Acordamos los
Lineamientos previamente
discutidos en casi
referéndum y por este
camino modificados. La
Conferencia del Partido,
del Partido de que soy
parte, mi Iglesia, más
parecida a la vuestra en
su estructura de lo que
pueden ustedes calcular,
parece que, como en los
Concilios deberá adoptar
acuerdos que permitan
dar mejor ritmo a todo
el Plan que, económico
en su primera fase, nos
da algo nuevo y mejor en
el documento que sirve
de base a la
Conferencia. En él va
delineándose la imagen
(virtual) de la Sociedad
que resultaría de su
aplicación. Comencé este
párrafo afirmando “Tengo
una tarea”; sé que no
puedo mucho pero soy y
quiero subrayarlo
protagonista y no-observador,
“¡ciudadano!” Y que, por
poco que pueda dar, “ese
poco” será siempre para
la Revolución
Socialista, para
revolucionarla y para
revolucionar la
Sociedad.
¡Qué bien nos vendría
una Liturgia
embellecedora como las
vuestras! ¡Un incienso
envolvente que llegase
al alma y movilizase
cuerpos hacia la acción
inteligente! ¡Un inmenso
fraternal abrazo que
fuese como juramento! ¡Y
que se cumpliese!
No sé cuál será, va a
ser la fórmula pero la
Belleza, la Iluminación,
la Poesía, tienen que
encontrar lugar en
nuestra Iglesia, nuestra
digo porque insisto la
mía, la Socialista.
Si a mi alcance
estuviese me haría
rodear de los Servando
Cabrera Moreno y los
Raúl Martínez de esta
época, e igualmente de
los Alejo Carpentier y
los Lezama y Raúl Roa y
de los Gutiérrez Alea,
Titón, y de los Humberto
Solás; quiero decir de
los creadores del texto
y la imagen, de los
fascinadores y con ellos
inventaría una inmensa
Catedral imaginaria y
entonces llamaría a Leo
Brouwer que está aquí y
con él, a Silvio y Omara
y en esa inmensa inmensa
Catedral, inmensa
siempre porque sería la
patria, llamaría a
iniciar otra Campaña de
Alfabetización de la
Conciencia en la que
todos todos, con todos y
para todos, martianos
hasta la médula, nos
comprometiéramos
juramentados sin
necesidad de juramentos,
a salvar la patria
fortaleciéndola desde la
unidad y la acción
renovadora. Cada quien
en, desde su Iglesia,
estas, las que he
mencionado, también las
otras, pero no
observadores desde un
margen u otro,
protagonistas. De eso
se trata, de
protagonizar “la nueva
hazaña” Esa que para mí,
pretencioso en profeta,
tendrá que generar en lo
más hondo, esencial del
alma, la solidaridad
fraterna, fijar la
mirada en el otro, dar
sitio a la bondad y a la
justicia, que
entrelazados pudieran
ser Amor y siempre La
Belleza, que resume como
Iluminación Iluminante.
Les hago un guiño que
develo mezclando tantas
cosas, la trinidad
neoplatónica, de Plotino
y de la Academia
Florentina y Ficino, con
los Lineamientos de
Raúl, las proposiciones
que contiene el texto en
circulación para la
Conferencia del Partido,
la de mi Iglesia, menos
Renacentista de lo que
quisiera fuera y además
en medio del Trópico, en
medio de una tormenta
que amenaza y un
anticiclón que dicen nos
protege; es un ajiaco…
Recuerdo ahora una
observación de Lezama
que invitaba a mirar la
Catedral desde un ángulo
en que parece construida
con o desde las olas,
así de ondulada y
marítima, parece que en
homenaje a la Caridad
del Cobre. Un blanquito,
un negrito y un indito,
unidos se salvaron.
Siempre un símbolo en un
pequeño destartalado
bote, todo unido,
mestizado nos define.
Espiritual mestizaje que
del espíritu, no de las
pieles que no importan.
Y por eso es que, para
terminar, me serviré
distorsionándole de una
frase del mensaje de
Fernando Martínez a
nuestra joven
intelectualidad. No
debiéramos aceptar dos
Cubas en la cultura. Es
que la cultura es la
nación, la identidad, la
patria. Y entonces, ese
recurso repetido de
Silvio, Ojalá.
No sé, me pregunto si en
el Concilio-Conferencia
de mi Iglesia-Partido se
encontrará ocasión de
que entre sus
Conclusiones aparezca
fórmula que haga
apreciar que es posible
un Socialismo juvenil,
desenfadado y bello, el
único que puede lograr
la eficacia que solo se
da en el saber aplicado
a partir de la Persona,
Persona realizándose. No
en los supuestos cuadros
a menudo, no siempre,
seleccionados sin esta
cualidad. Cada vez me
convenzo más de que vale
la pena recuperar,
estudiar, exaltar a Paul
Lafargue discípulo
temprano-cercano de Marx
y cultor de vida plena e
introductor del trópico
nuestro en menos
templadas aguas. La
liberación desalienante
para cultivar lo
espiritual y reservar,
alguillo, para gozar.
No habría modo de
refundar el Socialismo
sin desterrar la
fealdad, la miseria y la
ignorancia enemigas
imperialistas, que se
empeñan en invadirnos y
que andan infiltradas. E
insisto, habrá que
desterrar la fealdad con
la miseria cuando esté
presente y
definitivamente la
ignorancia que resiste;
son rasgos incompatibles
con el Socialismo. El
Socialismo tendrá que
ser definitivamente
Neorrenacentista cultor
de la Belleza. Es el
Socialismo en que creo,
el que quiero.
Y como debo terminar en
el estilo de las
películas simplemente
digo FIN.
Conferencia pronunciada
en el Centro Cultural
Félix Varela, octubre
2011. |