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Con el 14 Festival de
Teatro de La Habana,
vuelve María Antonia
a la escena cubana: la
obra y el personaje, al
cuidado de su autor.
Como el destino de la
negra republicana que le
protagoniza, asistimos
al regreso de una pieza
que sentenció su propio
recorrido desde el 29 de
septiembre de 1967,
aquella noche en que el
texto de Eugenio
Hernández Espinosa y la
puesta exquisita de
Roberto Blanco
sorprendieron y
escandalizaron al
público del Mella. “La
verdad vuelve loca a la
gente de este mundo”,
explicaba el autor.
María Antonia, el
personaje y la obra,
resultaba así
predestinada a portar no
solo la verdad de los
conflictos de raza en la
Cuba revolucionaria,
sino también, por la
universalidad de su
propuesta artística y
filosófica, a encubar
eternamente el signo de
la exclusión en
cualquier escena del
mundo.
¿Por qué vuelve María
Antonia, no
obstante, luego de casi
cuatro décadas de su
segunda resurrección?
¿Por qué regresa a
nuestro aquí y ahora,
cuando ella misma abrazó
la muerte como única
redención posible? La
explicación es precisa.
Y quizá, para ello, sea
necesario preguntar más
allá: ¿por qué regresa
una tradición? ¿Por qué
vuelven los clásicos,
aun cuando lo sean
justamente por su
capacidad de resurgir?
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Primera puesta
en escena de
María Antonia |
No pocas veces se
advierte el rescate de
la tradición como un
camuflaje: la vuelta al
clásico usada como
pretexto de lo que
queremos decir en el
presente. En el arte, no
obstante, la tradición
puede funcionar también
como un revival:
los clásicos, como
unidades que han
trascendido el paso de
los años y las
generaciones, hablan un
lenguaje reconocible,
reconstruyen símbolos,
proporcionan lecturas
sobre el pasado e
imaginan el futuro a
partir de lo que hemos
sido. La tradición nos
recuerda que, en
últimas, no estamos
solos.
He ahí, quizá, lo que ha
hecho de esta nueva
entrega de María
Antonia un acto
digno de la mayor
celebración. Como la
propia frase de V. S.
Prichet que le sirvió de
exergo en el programa de
mano, Eugenio Hernández
Espinosa ha concebido un
teatro vivo. Aun cuando
haya sido pensada esta
vez para la escena tal y
como lo fue hace 40 años
—intención que a fuerza
de exponer la
permanencia de ciertos
tejidos que le dieron
origen, termina por
alejar a los
espectadores más
jóvenes— la María
Antonia de 2011 es
un alto en el camino
para preguntarnos de
dónde venimos, en medio
de una cotidianidad que
insiste en los presentes
eternos.
La María Antonia de
Eugenio
Cansada de cantar, de
rumbear, de tanta
miseria que la pudre, de
un cuerpo que lo único
que sabe es dar deseo,
de ser como todo el
mundo quiere que sea y
de sentir lo que siente.
Cansada de ser María
Antonia y cumpliéndole
hasta el final, ha
regresado al mismo
escenario que Roberto
Blanco concibió para su
nacimiento en 1967.
En la primera fila,
Hilda Oates aplaude a
Montse Duany y a Meilyn
Cabrera, en los roles de
la negra. A esta mujer
hoy anciana, impaciente
por soplarles a las
jóvenes actrices los
textos del próximo
parlamento, María
Antonia le puso en las
manos una carrera
brillante. Para
retribuirle, como a su
santo, Hilda le marcó el
rostro con sus señas, de
modo que ninguna actriz
ha podido jamás
interpretarla de otra
manera que no sea
tributando a aquella
encarnación mítica.
Las jóvenes que esta vez
asumen el rol, no
obstante, han sabido
encontrar su propia
María Antonia. Montse,
acreedora de una carrera
no exenta de momentos
felices y Meilyn, un
poco más a la sombra que
paradójicamente
representa el Teatro
Caribeño, devolvieron a
la heroína trágica de
Eugenio tal como muchos
la recordaban: con una
poderosa fuerza vocal
capaz de transmitir los
contrastes de un
personaje
tridimensional, cuya
biografía conocemos por
sus maneras tanto como
por sus textos. Ambas
actrices, físicamente
imponentes y hermosas,
en la fuerza de sus
rasgos, se mostraron
ante el público con
pleno dominio sobre la
escena y con una
organicidad tal que el
espectador no echa de
menos la larga cola que
en la versión de Roberto
Blanco prendía del
vestido de María
Antonia: el peso sobre
una mujer cómplice y
víctima de un mundo
sumergido, aflora desde
la asunción misma de
tales fracturas por
parte de las actrices.
El resto de los
personajes fueron
encarnados por actores y
actrices de experiencias
múltiples. De entre los
clásicos Julián, Carlos,
la Madrina, Cumanchela,
Yuyo, Batabio y Chopa,
en los roles
principales, merecen una
atención especial las
actuaciones de Arbey
Ortega y Luis Francisco
Cruz ―jóvenes que
personifican al boxeador
en los dos elencos― por
la elegancia con que
caracterizaron este
homme fatal que supo
vivir la vida hasta
reventarla a golpes.
Otra vez la maestría de
Norah Hamze y Caridad
Gutiérrez, como las
Madrina, y del
poliédrico Nelson
González, como el Yuyo y
Batabio.
Justo como sucedió en
las puestas dirigidas
por Roberto, la obra de
Hernández Espinosa se
tradujo en un gran coro
de deidades que ocuparon
cada porción del
escenario con bailes, a
la manera de los grandes
espectáculos musicales.
Cual orishas que acuden
al llamado del artista,
la música de Sergio
Vitier y la asesoría
coreográfica de Manolo
Micler y Santiago
Alfonso, al frente de
las interpretaciones
vocales y danzarias del
Conjunto Folclórico
Nacional, incorporaron
nuevamente a las
deidades afrocubanas en
la cotidianidad del
entramado social:
religión-hombre,
mitología-motivaciones
humanas básicas.
Elemento de
universalidad que abre
la propuesta de
Hernández Espinosa a
cualquier geografía o
contexto cultural de
representación.
Otra vez Eduardo Arrocha
concibe la visualidad de
una puesta teatral
cubana. Pensada en
función de la constante
movilidad de ambientes,
en la entrada y salida
de personajes a la
escena, el diseño de
María Antonia se
acomodó no solo a los
requerimientos del
género, sino además a la
recreación del contexto
social que le sirve de
materia. Sin embargo,
algunos podremos argüir
sobre el hecho de que al
ya polémico del montaje
calcado de la obra
escrita, viene a
concurrir la solución
escénica de las
apariciones religiosas
con un diseño retórico,
cuya eficacia es
cuestionable si pensamos
en la voluntad expresa
de disolver las
fronteras entre la
experiencia ritual y la
cadena de acciones.
Acentuado por una
inmensa cortina de
elementos amorfos, el
orisha entra en escena
como un arquetipo.
La pertinencia de una
obra que ha trascendido
en la escena cubana por
sus connotaciones
sociales y artísticas,
no obstante, vuelve a
poner sobre la mesa las
cartas de las minorías.
Cuando se impone —y
propone― la revisión de
estructuras sociales y
mentales en un país que
se debate en una nueva
especie de hora cero, el
rediseño de nación
cuenta otra vez con las
María
Antonias,
como hiciera también en
la eclosión de los 60.
Aun desde la apropiación
de los recursos
expresivos occidentales
como el coro, ahora
compuesto por voces
afrocubanas, los mundos
sumergidos irrumpen
porque no les basta esta
vida, no la quieren.
Necesitan otro mundo y
no temen gritar: ¡¿dónde
está?! Como el Yarini o
la Santa Camila, en sus
contextos, el negro
emerge en María
Antonia encarnando
conflictos de raza,
clase y género. El amor
como el sentido de
posesión que insiste,
como lo haría un blanco
o un mestizo, en amarrar
la voz del amante al
fondo de una
entrepierna, vuelve a
escena para recordarnos
que la persistencia de
los males que agobiaron
a María Antonia no han
desaparecido, sino que
han tomado formas
diferentes en nuestra
sociedad: vive María
Antonia en expresiones
de prejuicio racial y
cultural, en las
mentalidades coloniales,
en actos sexistas, en
modos alienantes de (des)dibujar
políticas culturales.
Para la investigadora
cubana Inés María
Martiatu, quien hace
seis años intentaba
reunir visiones sobre
esta pasión compartida,
escribir entonces sobre
María Antonia no
era lo mismo que
escribir sobre la pieza
en 1967. Si en el
momento en que Roberto
Blanco la subió a la
escena del Mella, los
espectadores conocieron
la tragedia de la negra
republicana a una
distancia de apenas tres
años respecto a su
nacimiento como obra
literaria, quienes la
vemos hoy representada
estaríamos asistiendo a
un acto casi
contemplativo... Si no
fuera, claro está, por
la fuerza aglutinadora
del clásico: ese valor
indiscutible que nos la
devuelve fresca, para
alistarla en la hora
nuestra. |