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Pocas cosas sabemos los
cubanos de la cultura
finlandesa. Ni siquiera
el célebre dibujante y
artista plástico Tom of
Finland, de obra tan
reconocida en otras
latitudes, cuenta entre
nosotros con tantos
admiradores como
merecería un creador que
rebasó con sus
provocaciones las
fronteras de ese pequeño
país. Afortunadamente, a
este 14 Festival de
Teatro ha llegado
BläkPox Colective, una
agrupación que viene a
aportar otra imagen
desde esas tierras, y a
convencer a los
incrédulos de que la
figura animada es, en
realidad, un objeto
capaz de cobrar vida en
todas las dimensiones y
realidades posibles.
Incluida la del sueño
más sugerente.
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A través de una serie de
escenas interconectadas
por la atmósfera
poética, la música y el
trabajo de luces,
Coincidencias es un
espectáculo que deja en
el recuerdo del
espectador una secuencia
visual en la que
rostros, cuerpos,
detalles y metáforas se
mezclan para alzar una
mirada al hombre del
mundo contemporáneo,
mediante asociaciones
que recuerdan las claves
del mejor surrealismo,
como si se inspirasen en
el ámbito de un René
Magritte. El punto de
partida que eligió el
breve núcleo de artistas
finlandeses fue la
novela Incidentes,
del narrador ruso Daniil
Kharms. De ahí emanan
personajes, situaciones,
delirios, que alimentan
al espectáculo. Tres
animadores, enfundados
en ropas oscuras que en
algún momento
desaparecen tras piezas
de vestuario más
colorido, se confunden
con los cuerpos de las
figuras que manipulan,
las cuales “roban” a los
titiriteros sus manos y
otras extremidades para
corporizarse en ese
ámbito de penumbra
poética. Con una
sincronización precisa,
y un trabajo de notable
humildad ante las
figuras a las que dan
vida, Susanna Hemmilä,
Anna Sastre y Teemu
Öhman despliegan las
cadenas de acciones que
hacen aparecer a una
pareja de borrachos, a
un anciano que se
empecina en salir a la
calle, a la mujer de la
limpieza que muestra sus
medias rojas y sueña con
ser aplaudida como
cantante, una señora que
espera en una cita
imposible, y otros
personajes que,
indudablemente, podemos
reconocer en nuestra
propia realidad,
impulsados por
inquietudes y estados de
ánimo que siguen
caracterizando al ser
humano en cualquier
punto del orbe. Por ello
es que Coincidencias
no necesita de las
palabras para hacerse
entender, y encuentra en
una excelente banda
sonora otro soporte
comunicativo que
sensibiliza al
espectador, al punto de
arrancarle aplausos bien
merecidos por el eficaz
desempeño de esta
agrupación.
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Asimismo, el espectáculo
es un tributo a ese
hombre que fue Daniil
Kharms, uno de los
nombres más curiosos de
la literatura rusa,
famoso por su ingenio y
su ironía, quien terminó
sus días en un hospital
siquiátrico, durante los
años del poder
stalinista, en el cual
fue recluido y aislado
de toda acción
literaria. Pagó así la
extrañeza y el gozo de
sus escritos, que
volvieron a ser
publicados en su país
solo en la década de los
80, cuando empezaron a
esfumarse ciertas
brumas. Recupera el
delicado humor de este
hombre tan peculiar (de
ahí quizá el instante de
juego circense), en un
empeño que revive su
comprensión de lo que
somos, a través de un
juego de texturas
apagadas en las que el
color viene a ser,
justamente, esa sonrisa,
o ese ambiente
nostálgico que desatan
estas viñetas. Si bien
la puesta tuvo que
enfrentar aquí la
carencia de un
equipamiento de luces
mucho más avanzado del
que poseen nuestras
salas, el que
Coincidencias haya
convencido por encima de
tal obstáculo demuestra
lo acertado de este
conjunto de estampas,
que logra un raro
instante de poesía
escénica. Es, por lo
demás, un proyecto que
emplea todos los
recursos de lo
titiritero para
asumirlos desde una
escala de reflexiones
que se extraña entre
nosotros, y que devuelve
al espectador adulto las
ganancias de lo que esta
expresión puede invocar
sin necesidad de clisés
ni conceptos
reduccionistas acerca de
la intensidad que una
figura animada bien
puede confirmarnos como
acto de teatralidad.
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Breve como un sueño que
tuviéramos con los ojos
abiertos,
Coincidencias nos
traslada a un bar, a un
parque, a la habitación
de un señor solitario, y
al abismo donde flota,
como un misterio entre
otros misterios, el
rostro arrugado de un
hombre-niño con cuyos
primeros pasos, en la
noche del universo,
puede volver a comenzar
todo. Incluso, un
momento de buen teatro.
Gracias a BläkPox,
Finlandia es ahora un
paisaje habitado por
estas figuraciones en
nuestra memoria. Y en
nuestro aplauso: un país
que gana otros contornos
por obra y gracia del
escenario y la poesía. |