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Santiago, ¡ay,
Santiago!
Santiago de Cuba,
fundada en 1515 y
capital de la Isla entre
ese año y 1576, llamada
solamente Cuba por
algunos compatriotas
hasta comienzos del
siglo
xx —figura como
parte del título de
algunos periódicos
locales y así se refiere
a ella Luisa Pérez de
Zambrana en uno de sus
poemas— gozó del
privilegio de poseer una
imprenta en el año 1792
gracias al navarro
Matías Alqueza, que
además de impresor fue
cantante de buena voz,
conocía cinco
instrumentos musicales,
llegó a fundar en 1795
una capilla de música en
la iglesia de Santa
Lucía e integró la
agrupación musical de la
catedral de la ciudad,
como cellista, bajo la
dirección de Esteban
Salas. También animó con
el fagot y la trompa la
orquesta de Juan París,
algunas de cuyas obras
imprimió en su taller.
Fue además el impresor
oficial del Colegio de
San Basilio el Magno.
De verdaderamente
hemorrágica puede
calificarse la aparición
de periódicos en esta
ciudad a comienzos del
siglo
xix. El primero
lo inauguró la Sociedad
Económica de Amigos del
País, fundada poco
después de la
establecida en La Habana
en 1793 gracias a la
iniciativa, en ambos
casos, de los ilustrados
criollos. La de Santiago
decidió fundar un
periódico, al igual que
se había hecho en la
capital con la
aparición, en 1790, del
Papel Periódico de la
Havana.
Surgió así, el 15 de
agosto de 1805,
El amigo de los cubanos,
redactado por José
Villar, José Joaquín
Navarro y el propio
Alqueza, del cual no hay
apenas noticias. Pero a
partir de 1811 hubo algo
así como una
incontinencia, a la cual
se asocia un nombre
importante de la
literatura nacional: el
poeta neoclásico
santiaguero Manuel María
Pérez y Ramírez, uno de
los tres Manueles de la
literatura cubana, junto
con Manuel de Zequeira y
Manuel Justo de
Rubalcava. Él fundó,
hacia 1811, El Eco
Cubense, impreso por
Alqueza, pero mayor
éxito alcanzó
Ramillete de Cuba,
salido también de las
prensas del navarro en
1812. Prometía publicar,
cada miércoles, noticias
políticas. Pero los
suscriptores cada vez
eran menos, aunque se
reproducía lo más
selecto de la prensa
extranjera. Como refiere
la historiadora Olga
Portuondo, los abonado
querían que el periódico
se adaptara al gusto y
fantasía de cada cual,
de manera que el
satírico prefería el
estilo corrosivo, el
afeminado un erotismo
hechicero y el patriota
radical solo disfrutaba
de sus victorias y el
descalabro de los
contrarios. “El mozo
repartidor de la prensa
—dice Portuondo— cada
día oía a los afiliados
a El Ramillete:
‘Bórréme Ud. de la
lista, no quiero más
Ramillete, mi dinero
merece más’. Y unos se
quitaban por elección,
otros por solidaridad y
los terceros por seguir
el mal ejemplo”.
Desapareció en
septiembre de 1813.
Pérez y Ramírez era
persistente: fundó El
Canastillo el 5 de
marzo de 1814, que en su
número del 1º de julio
de ese año daba en su
primera página un poema
precedido de este breve
comentario: “Señor
impresor, van esos
hierros para marcar
errores que un Cubano
pobre ofrece al público,
y a él la imprenta, si
le agradan”. Los versos
indican una total
devoción al monarca
Fernando
vii:
Si el troyano
monarca sumergido,
entre conceptos graves
los destrozos
de cien refería
lastimoso,
en la presencia de la
Reina Dido.
Fernando amado.
Fernando defendido
España sus desastres
venturosos,
los da por bien
empleados: por reposos
que a tu Madre Nación,
has conducido.
Miscelánea de Cuba,
salido también de la
imprenta de Alqueza e
igualmente Pérez y
Ramírez a él vinculado,
apareció el 13 de
noviembre de 1813, y al
año siguiente comenzó a
circular con una viñeta
coronada de plumas de la
que pendía el escudo de
la ciudad.
Por breve tiempo
circularon El
Preguntón, el
Discurso patriótico
y uno titulado,
simplemente Periódico,
de carácter oficial, en
tanto que Pérez y
Ramírez asumió la
publicación de las
Actas capitulares de
Cuba, con Alqueza
como impresor. De uno
titulado La Sabatina,
aparecido hacia 1812, ha
llegado solamente hasta
hoy su prospecto, donde
leemos datos de interés:
[...] estos antecedentes
fomentan la idea de
presentar al público
cada sábado del año, las
producciones que se
crean convenir a la
ilustración en toda
clase de literatura, y
al estado de
civilización en común;
las cuales daremos en
medio pliego de papel,
por una peseta al mes,
sin otras miras que las
de solicitar el
bienestar de este pueblo
y subvenir con el
producto de las
suscripciones a los
gastos indispensables de
la prensa.
En el citado periódico
Ramillete de Cuba
del 9 de diciembre de
1812 se leen unos
deliciosos versos
dedicados a La
Sabatina:
Del efímero concurso
De gacetas y de
hablillas
Hace treinta y dos
semanas
Que voy pasando mi vida.
Ramillete solterón
Me apellidaban las
niñas,
Cuando en estas
circunstancias
Nació Doña Sabatina.
He visto su hermosa cara
Dos ocasiones. ¡Qué
linda!
Qué decidora y salada,
¡Y qué dotada es la
chica!
Iba a proponerle boda
Mas soy pobre, y ella es
rica,
Ella es joven, yo caduco
Y no haremos buena vida.
Conque Sabatina
bella
El Ramillete os
invita
Con que su amor, no con
su ramo,
Si quieres... si no...
papilla.
El Ramillete
Otros periódicos hubo en
Santiago de Cuba durante
las efímeras etapas de
libertad de imprenta,
como La Miscelánea
Liberal de Santiago de
Cuba (1812),
considerada continuación
de Miscelánea de Cuba,
otra titulada La
Miscelánea de Santiago
de Cuba y otro
llamado Extracto
Político, que se
anunciaba saldría los
domingos “siempre que
pueda reunirse algún
número de abonos capaces
de cubrir los gastos de
papel y demás”. También
los titulados El
Observador de
Cuba (1816) y El
Noticioso Observador,
sobre los cuales se han
pronunciado distintos
historiadores afirmando
o negando su existencia.
También hay referencias
de uno, satírico,
titulado El
Dominguillo.
Entre 1821 y 1823 se
publicó el “Periódico
político, científico y
literario” titulado
La Minerva, iniciado
en el mes de enero. Era
redactado por el
dominicano Francisco
Muñoz del Monte. Se
cuenta que el segundo
número fue mandado a
secuestrar por el Jefe
Superior Político,
siendo absuelto por el
tribunal de imprenta
llamado
‘Mesa Censoria’,
declarando que no es
subversivo ni abusivo de
la libertad de
imprenta”. Para Antonio
Bachiller y Morales
constituye “uno de los
mejores por su contenido
y sus formas elegantes”;
y otro estudioso, José
M. Labraña, lo juzga
como “uno de los mejores
de la época, cuyos
trabajos eran
reproducidos por los
demás periódicos de la
isla”. Al parecer, el
incansable publicista
Manuel María Pérez y
Ramírez fue su redactor.
De estos años son
también Periódico
Nacional de Santiago de
Cuba (1822),
Diario de
Santiago de Cuba,
El Látigo de Cuba y
El Cubano Oriental,
vinculados igualmente a
la intensa faena
periodística de Pérez y
Ramírez, quien siempre
expresó en ellos ideas
liberales.
Con El Redactor de
Santiago de Cuba,
iniciado el 1º de enero
de 1833, se abre una
nueva etapa en la prensa
santiaguera. Dirigido
por Juan Bautista
Sagarra, eminente
educador, se considera
el más importante
periódico de esa ciudad
durante los primeros 50
años del siglo
xix. Unido a
otros dos redactores,
Domingo Martínez y
Agustín de la Tejera,
Sagarra elevó a un rango
literario más alto sus
páginas, al solicitar
colaboraciones de los
más notables escritores
de la provincia y del
resto del país. A lo
largo de su existencia,
concluida en noviembre
de 1866, adoptó
diferentes nombres:
El Diario Redactor y
El Diario Redactor de
Santiago de Cuba,
entre otros.
Una revisión de las
Crónicas de Santiago de
Cuba, de Emilio
Bacardí, nos aportará
nuevos títulos de esta
etapa inicial del
periodismo en Santiago
de Cuba. Lo dicho
demuestra que fue rico,
variado, se pronunció
contra la corona real en
tiempos de libertad de
imprenta y, sin duda,
trajo un nuevo sabor a
nuestra prensa. |