|
El Museo Nacional de
Bellas Artes de La
Habana —Meca del arte
cubano y sitial al que
todos los creadores
aspiran a llegar— ha
abierto sus puertas
desde el pasado julio y
hasta fines del presente
noviembre al quehacer
del pintor Rigoberto
Mena (1961), quien con
su muestra personal
Hablando en lenguas
no solo conmueve y
estremece, sino que hace
pensar y comunica.
Mena —quien confiesa que
como la mayoría de los
niños pintaba desde
pequeño— asegura que
llegó “un poco tarde” al
mundo de la plástica: “a
los 19 años comencé a ir
a la Casa de Cultura de
Marianao que
desarrollaba un
excelente trabajo con la
comunidad y esos fueron
mis primeros pasos”.
En reciente entrevista
exclusiva ofrecida a
La Jiribilla,
enfatizó Mena que
Hablando en lenguas
es una manera de, sin
ser pretencioso,
comunicarse con todo el
mundo: “sin ser Dios, sí
pienso que el artista
es como un puente y
tengo la convicción
romántica de que
nosotros somos un punto
de contacto y que el
arte tiene de divino y
que cuando un artista
expresa algo está en una
dimensión completamente
diferente”.
|

"Sacrificio",
2011 |
Para el contexto cubano
Hablando en lenguas
es una muestra de
pintura a gran formato
¿por qué?
La abstracción pide,
exige, el gran formato.
La manera de hacer está
condicionada por muchas
cosas y una de ellas
tiene que ver con los
espacios donde trabajas.
Recuerdo que tuve un
estudio en Cojímar que
era grandísimo —ha sido
el lugar de trabajo más
espacioso que he tenido—
y en una ocasión usé un
rollo de tela y lo
desplegué en el suelo y
comencé a pintar. La
idea inicial era picarlo
y hacer pequeños
segmentos, pero cuando
vi lo que había hecho,
consideré que no debía
de cortarse: era una
sola pieza. Estaba ante
la disyuntiva de
fragmentarla para que
cupiera en cualquier
lugar, pero no pude.
Salió una obra de más de
cinco metros, y mucha
gente me decía que era
una locura, que era poco
pragmático, que a nadie
le iba a interesar una
pieza de ese tamaño, que
dónde se iba a poner… al
final, siempre aparece
alguien interesado. Con
el tiempo aprendes que
no se puede ni se debe
crear preocupándose por
el lugar donde se
colocará la obra. No. La
obra se hace —quizá sea
un poco soñador de mi
parte— y luego veremos
qué pasa.
Es graduado de Diseño
Informacional en 1997…
Antes me hice técnico en
termoenergética, después
comencé a estudiar
diseño informacional.
¿Y esos conocimientos le
han servido?
El diseño está presente
en mi trabajo y algunos
críticos me han dicho
que hay equilibrio, pero
no me siento diseñador
—¡mi respeto para los
diseñadores, que son
grandes artistas!—. En
mi obra, hay cierto
equilibrio aunque no es
fácil detectarlo porque
a primera vista parece
un caos y no se aprecia
una racionalidad.
¿Cuándo es que apuesta
por el abstraccionismo?
Empecé a trabajar como
realizador en una
revista que tenía como
perfil la construcción.
El realizador es el
especialista que acomete
algunos trabajos que le
solicita el diseñador.
Es la primera vez que
hablo de este tema, es
decir, es algo que no
mucha gente conoce
porque casi todo el
mundo me vincula con el
trabajo en la Plaza de
la Catedral. En ese
lugar, se hacían ferias
de arte y artesanía y
allí fue donde comencé a
confrontar mi trabajo
con el público y
reconozco que, en lo
personal, fue una gran
escuela aunque sé que
hay quienes lo miran de
manera despectiva. Estoy
hablando de inicios de
los 90 en que la
situación económica del
país era muy difícil y
cada quien buscaba
maneras alternativas
para abrirse caminos. En
la Plaza de la Catedral
confluían muy buenos
artistas, incluso,
muchos graduados de las
academias de arte
pasaron por ahí. En ese
momento, mi gran
objetivo era trabajar y
vender.
|

"S/T", 2011 |
¿Cuál era su propuesta
en aquellos años?
Al principio hacía
mujeres desnudas sobre
bicicletas. Francamente,
no tenía aún una
propuesta estética
sólida y en ese momento
lo que más me
interesaba —al igual
que la mayoría— era
vender. No obstante,
también desarrollé
paralelamente una serie
de trabajos que tenían
que ver con las culturas
precolombinas. Recuerdo
que me apoyaba,
fundamentalmente, en los
libros de Antonio Núñez
Jiménez basados en sus
viajes a Perú. En ese
momento mi obra se
enrumbaba de manera
inconsciente hacia la
abstracción.
Estaba en un período de
búsquedas…
Así es. Por ese tiempo
conocí al señor Reynoso,
agregado cultural de la
embajada de México en
Cuba, quien organizó una
muestra de artistas
jóvenes titulada Arte
cubano contemporáneo
que se exhibió en la
sala José Antonio
Ximénez de las Cuevas en
la Universidad Autónoma
de Puebla en México. Ese
fue un viaje muy
importante porque
sucedieron hechos que,
luego, incidieron en mi
carrera.
¿Cómo se da su primer
encuentro con el Taller
Experimental de Gráfica
de La Habana?
Un gran amigo, el
también pintor Vicente
Rodríguez Bonachea, me
llevó a conocer al
entonces director del
Taller, José Omar
Torres, a quien le gustó
mi trabajo y me invitó a
trabajar allí. Ahí
comenzó una larga e
intensa relación con la
institución. De hecho,
me siento parte de ese
Taller.
El grabado está muy
cercano a las artes
gráficas, sin embargo,
se ha dicho que es “uno
de los pocos que ha
reivindicado el grabado
en favor de la
abstracción”. ¿Con qué
secretos manejó ambos
códigos?
Las primeras piezas que
hice, sinceramente, eran
bastante malas y no
tenían nada que ver con
el abstracto. El grabado
es difícil porque es muy
técnico y yo no sabía
absolutamente nada.
Tengo otro amigo,
Eduardo Guerra, quien
entonces trabajaba en el
Instituto Superior de
Arte (ISA) y fue quien
me enseñó los primeros
pasos. Empecé haciendo
aguafuertes, una de las
técnicas más complicadas
pero bonita y la que,
quizá, disfruto más. Iba
al ISA y ahí Eduardo me
daba clases y lo
reconozco como mi
maestro en esa
especialidad. Luego, en
el Taller de Gráfica me
acerqué al maestro José
Contino y a un grupo de
valiosísimos artistas.
Una de las cosas que más
recuerdo del Taller es
el espíritu de
solidaridad, de cómo
todo el mundo te
brindaba lo que sabía.
Luego, en México, en el
Taller de grabado “La
Siempre Habana” del
artista cubano Luis
Miguel Valdés he hecho
dos interesantísimas
carpetas.
El grabado limita en el
sentido del espacio —hay
quienes dicen que
“encajona” la obra—. Su
trazo es tremendamente
libre, ¿de qué manera
conjugó ese supuesto
amarre con su trazo?
El grabado es una
especialidad muy
difícil, pero hay
técnicas que te permiten
ser más espontáneo. Lo
que menos me gusta del
grabado es que tienes
que esperar a terminar
con una plancha para
comenzar con otra, es
decir, que hay que
aprender a ver la obra
por etapas y hacer
substracciones hasta
llegar a lo que quieres.
Para eso se necesita una
gran visión y una
tremenda disciplina. De
lo contrario no sale.
En el 2004 en la Galería
La Casona de La Habana
se expuso su muestra
personal De la nada
al infinito, ¿cómo
la evoca?
Una muestra muy
importante y fue la
primera exposición
personal que marcó un
giro en mi carrera.
Mucha gente en Cuba no
conocía lo que estaba
haciendo y De la nada
al infinito me dio
la oportunidad de
mostrarle al público
cuál era mi propuesta.
Venía trabajando muy
fuerte en México y en
Alemania, pero en mi
país no se conocía lo
que hacía.
Como que lo puso en el
espectro visual…
Sucede que cuando
muestras 12 o 14 piezas
de una sola vez, el
público se forma una
idea de tu trabajo. Las
obras de manera
individual se venden o
se regalan, es decir,
que muchas personas no
tienen acceso a ellas,
pero cuando se exhiben a
manera de exposición dan
una panorámica más
completa.
También en la Galería La
Casona, pero en el 2005,
se exhibió Cambio de
bola, ¿qué
diferenció ambas
muestras?
Eran obras distintas, y
Cambio de bola
la sentí como una
reafirmación. La obra
era diferente aunque el
formato era el mismo, es
decir, bastante grande
(1 x 2 metros, más o
menos). Siempre trato de
no repetirme, y la
abstracción me da la
posibilidad y el
disfrute de hacer
siempre cosas
completamente nuevas. A
veces, ni yo mismo sé
cómo hice lo anterior, o
sea que, incluso, para
mí es una sorpresa.
Como un aprendizaje
constante…
Exacto. No siempre lo
último que uno hace es
lo mejor. Aunque la
pintura en muchos
sentidos es oficio, uno
trata de olvidarse de él
y utilizar la
espontaneidad. Sin duda,
se van acumulando
experiencias y eso, de
alguna manera, sale y
está ahí y no se puede
negar.
|

"Buena suerte",
2011 |
¿Cómo fue su encuentro o
su choque con la
abstracción?, ¿cuál fue
el momento en que usted
dijo: esto es lo que
quiero hacer?
Era el año 1994 y yo
estaba en México.
Conocía a Osvaldo
Sánchez —que fue un
crítico muy importante
en los años 80 y
profesor de estética del
ISA—. En ese momento,
Osvaldo era el director
del Museo Cervantino en
México y tenía una
columna fija en el
periódico La Jornada.
Era una persona con
criterios muy respetados
en el mundo del arte en
Cuba, y en México se
había posesionado como
una plaza muy sólida.
Era una autoridad cuyo
criterio había que tener
en cuenta
Así es. El poeta Roger
Águila y yo coincidimos
en una oportunidad en
Galería Habana y luego,
en México, me lleva a
conocer a Osvaldo quien
tenía fama de ser un
tipo hipercrítico e,
incluso, ácido. Le
enseñé una carpeta y se
mostró respetuoso con mi
trabajo y me recomendó
visitar la galería de
Oscar Román —una de las
mejores de Ciudad de
México—. Ese encuentro
me satisfizo mucho
porque, sinceramente,
esperaba poco o ningún
interés hacia mi trabajo
y me prestó varios
libros. Esos libros,
creo, fueron el gancho,
el principio del cambio
hacia el
abstraccionismo. Él —
como crítico— apreció
cosas que yo no veía. Me
facilito un libro de
Philip Guston, un pintor
expresionista
canadiense-americano, y
en cuanto vi su obra me
dije: si alguien puede
hacer esto, es libre.
Ese encuentro me hizo
tener la certeza de lo
libre que uno puede
llegar a ser en pintura…
al igual que cuando
disfrutas las vacas que
el francés
Marc Chagall puso a
volar o en literatura lo
que hizo
Franz Kafka… Ese fue un
punto de partida
importante.
El abstraccionismo exige
un gran nivel de
síntesis y, a la vez,
sus detractores lo
subestiman e incluso
afirman que “son manchas
sin mucho sentido” ¿cómo
se plantea la obra?,
¿por series?, ¿por
temas?
Soy muy disperso y me
gustaría tener la
habilidad de organizar
cosas, pero nunca he
podido. Una serie
empieza en un momento
que nunca sé y termina
en otro que tampoco sé.
No me planifico; hay
artistas que dicen: esto
va a llegar hasta aquí y
luego voy a comenzar con
lo otro… a veces los
escucho hablar ¡hasta
con frialdad! y ese no
es mi estilo. Ocurren
situaciones en tu vida
que te condicionan para
hacer determinadas
cosas. En mi obra trato
de que todo fluya y que
no haya nada impuesto.
De pronto, lees un buen
libro o visitas una
exposición o un lugar o
conoces a una persona y
algo pasa en tu vida y
empieza a cambiar. O,
simplemente, de repente
te das cuenta de que una
serie caducó y empiezas
otra y, en ocasiones,
aún sin estar agotada,
comienzas una nueva.
¿Más que temas son
emociones lo que lo
mueve?
Exacto. El público me
pregunta por los títulos
o por lo que quiere
decir la obra —esa
interrogante se hace con
mucha frecuencia— y
siempre digo que no soy
descriptivo, sino que
trabajo con emociones.
Puede que parta de una
idea, pero es imposible
con la abstracción
expresar cosas que la
gente pueda entender
totalmente. Estoy
hablando del campo de lo
interior, de las
emociones, más que del
campo de la
racionalidad. Hay cosas
que no se pueden
explicar… si preguntas
qué es el amor, por
mucho que se explique
nunca se acercará a lo
que se experimenta, si
se habla de Dios siempre
te quedas por debajo.
Decía que la abstracción
le da la posibilidad de
no repetirse. ¿Cuál es
el peligro que corre un
artista al repetirse?
El primer problema es
contigo mismo, pero cada
cual tiene su forma de
ser; cuando haces lo
mismo, todo se convierte
en monótono y aburrido.
Hay artistas que hacen
lo mismo porque
comercialmente están
obligados y no se pueden
zafar o porque tienen
contratos o porque se
han acomodado… también
hacer cosas diferentes
entraña un riesgo y es
difícil. Hay gentes que
van repitiendo una obra
que, aparentemente es la
misma pero dentro se
mueven otros lenguajes.
No hay una regla, pero
el riesgo que se corre
es que tú mismo te
entristezcas y
espiritualmente dejes de
crecer y te estancas y
te quedas ahí. Esa es la
muerte de cualquier
artista.
En los años 50, se decía
que “el abstraccionismo
era escandaloso y
amenazante”. Al margen
de estar de acuerdo o no
con esa afirmación,
¿tiene su obra algo de
escandaloso o
amenazante?
Siempre pienso en los
que hicieron la obra
antes que yo. Si hoy en
día aún hay gentes que
piensan que la
abstracción es algo rara
y poco entendible y se
menosprecia, ¡imagínate
en los años 50! cuando
había una academia
férrea. Cuando aparecía
un artista haciendo algo
que se salía de todo
pronóstico, pues lo
primero que se pensaba
es que no sabía pintar o
que eso lo hace
cualquiera y ese tipo de
cosa, aún, se escucha.
Esos artistas de los 50
fueron muy
revolucionarios y para
ellos mi reverencia.
Al recorrer visualmente
su obra, uno siente que
ha habido un cambio de
color; ahora, por
ejemplo, están presentes
los ocres y los sienas,
¿es así?
Ha habido etapas, pero
siempre he sido cauto
con el color, aunque no
le temo. Por ejemplo, me
gusta mucho cuando otros
artistas usan toda la
paleta. No obstante, en
lo personal siento que
en ocasiones no necesito
los colores. Me sobran.
Si tuviera que definir
los temas esenciales que
le han acompañado a lo
largo de su carrera,
¿cuáles serían?
Superación interior y
aspectos que tienen que
ver con la meditación,
con el amor, con la
amistad, con la vida y
todos aquellos
sentimientos que
acompañan a uno, más que
cosas exteriores.
¿Me equivoco si aseguro
que La Habana, también,
ha sido un motivo en su
obra?
¡Por supuesto que lo
es!, e incluso en algún
momento mientras armaba
Hablando en lenguas
pensé dedicarla por
entero a La Habana y al
doctor Eusebio Leal.
Sinceramente, siento que
La Habana es un lugar
diferente, y toda
persona sensata aplaude
lo que se ha hecho y se
hace. La gente viene a
pasear a La Habana y, de
repente, descubre un
nuevo lugar que se
rescató. Por suerte para
mí, llevo muchos años
trabajando en La Habana
Vieja y las paredes de
esta ciudad me han dado
mucha materia prima.
Pictóricamente hablando,
hay lugares en los que
se asoman capas y capas
de pinturas y son de una
riqueza increíble:
siento que son
abstracciones.
En el contexto
contemporáneo cubano,
¿puede hablarse de un
movimiento de pintores
abstractos?
Pregunta difícil. Hoy
hay mucha gente haciendo
abstracción aunque nunca
se ha dejado de hacer
—igual sucede con el
paisaje que hubo un
momento que languideció
y ahora reverdece—. Lo
que requiere el
abstracto es un lenguaje
propio y nuevo: a nadie
le interesa ver lo mismo
que en los años 50 y
creo que en Cuba existen
actualmente las
condiciones para
emprender una obra
completamente diferente.
Eso solidificaría y
abriría un camino. Hoy
en todo el mundo se hace
abstracción y Cuba forma
parte de este planeta.
¿Se refiere a la
búsqueda de un lenguaje
cubano?
Eso de cubano o no
cubano es un tema
sumamente complicado. El
uso de las nuevas
tecnologías —la
computación, la
fotografía, etc.— ha
abierto nuevos mundos.
Se sabe que actualmente
existen vistas aéreas y
esa es una visión que
años atrás no existía;
igual sucede con el
mundo microscópico que
facilita imágenes que
antes, tampoco, se
podían apreciar y hay
artistas que han creado
obra a partir del ADN.
Las nuevas tecnologías y
los nuevos materiales,
sin duda alguna, ayudan,
pero somos cubanos y
vivimos en un contexto.
En Hablando en
lenguas hay una
pieza titulada
“Sacrificio” y la gente
trata de encontrar algo
detrás de ese nombre,
pero lo cierto es que se
llama así porque tuve
que sobrepintar dos
obras porque no tenía
más material para
trabajar. Fue una
decisión difícil y hasta
desgarradora, pero hubo
que tomarla y de ahí lo
de “Sacrificio”.
¿Planes?
Trabajar mucho y seguir
haciendo lo que en cada
momento deseo hacer: eso
es lo que más feliz me
hace. |