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Durante el mes de
octubre coincidieron en
la cartelera de estrenos
capitalina dos eventos
cuya relevancia debiera
quedar por escrito:
sendos ciclos de
películas procedentes de
Korea y China. En el
cine La Rampa tuvo lugar
un ciclo dedicado a las
mejores producciones de
Kim Ki-Duk, mientras que
el cine Charles Chaplin,
ya a finales de mes,
programó una semana de
cine contemporáneo
chino.
Aplaudido a rabiar, y
cuestionado hasta las
últimas consecuencias en
foros internacionales,
adorado por una secta de
fanáticos fieles y
conocedores, el coreano
Kim Ki-Duk se ha
convertido en uno de los
autores representativos
del cine asiático
realizado en la primera
década del siglo XXI. De
esta etapa nos llega
este ciclo, largamente
esperado, con siete de
sus mejores
largometrajes realizados
entre la controvertida
La isla (2000) y
la mucho más intrigante
Sueño (2008). En
el intermedio, el
realizador devino una
celebridad
internacional, con
premios máximos en los
festivales de Berlín y
Venecia, distribución en
el mercado
norteamericano, europeo
y asiático, cultivó un
estilo que se movía
entre el ímpetu del
montaje y la languidez
pictórica, y se dedicó a
relatar historias
dominadas por temáticas
como la alienación, la
soledad, el dolor
físico, el placer
sensual y extremo, la
brutalidad humana y los
largos silencios que
siempre suceden al
vértigo.
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Para comenzar por el
final, es decir, por la
película más nueva que
incluyó el ciclo,
Sueño juega con el
cine fantástico, y de
especulación en torno a
los mundos paralelos, en
tanto presenta a un
personaje que se
despierta de una
pesadilla, y de
inmediato percibe que la
realidad de la vigilia
replica el sueño, y se
deshacen las paredes que
separan verdad y
elucubración macabra.
Por supuesto, al centro
del filme hay un hombre
y una mujer enredados en
el desvelo de la
atracción, con sus
correspondientes cuotas
de sacrificio,
desasosiego y
sufrimiento. Iguales
sensaciones dominan
Tiempo (2006) aunque
se concentre más en el
mundo real de la pareja,
en las incertidumbres y
erosiones inherentes a
toda relación humana que
logre sobrevivir el
transcurso de los años.
En un jugoso Panorama
Internacional, de los
que propone del Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano de
La Habana, se vio El
arco (2005) que
puede ser contada con
los términos de un
cuento para niños, pero
con cierto matiz sórdido
y la fantasía
subordinada a personajes
muy concretos: Érase una
vez un viejo pescador
que crió a una niña para
desposarla cuando ella
cumpliera los 17, pero
la muchacha se deslumbra
con un joven
universitario que llega
al bote donde ha
transcurrido su vida, y
así llega el fin a los
delirios posesivos del
anciano. Dos mujeres
jóvenes, y las
relaciones de
dependencia entre ellas,
cuando una de las dos
decide prostituirse,
constituyen el centro
dramático de Por amor
o por deseo (2004)
conocida en inglés con
el mucho más sugestivo
título de Samaritan
Girl.
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Algo de cuento de hadas,
romántico y efectivo,
posee también la
silenciosa Hierro 3
(2004) que pudo llamarse
mejor Casas vacías,
atendiendo a la
traducción literal del
título coreano (según
aseguran los que saben
aquel idioma) y cuenta
una bella historia de
amor, quimérica e
infausta, como casi
todas las grandes
historias de amor. Pero
la perla de la corona,
la obra imprescindible
de una carrera
irregular, la constituye
Primavera, verano,
otoño, invierno… y
primavera (2003) oda
al inacabable ciclo de
la vida, himno budista
de inspiración pictórica
que glorifica el
estoicismo, la renuncia
y la abnegación como
únicos caminos para
arribar al mejoramiento
humano.
Mucho más
sensacionalista y
terrenal, a pesar de sus
mutilaciones
surrealistas en la
cuerda de Un perro
andaluz, es La
isla (2000) que
repite el intento del
autor por construir lo
que algunos críticos han
llamado “sexología
poética”. De todos
modos, la película está
protagonizada por los
mismos temas y
personajes que parecen
obsesionar al
prestigioso autor: las
frágiles prostitutas, la
violencia inherente a la
masculinidad, y la
redención posible para
hedonistas y brutales,
disolutos y canallescos.
En una clave mucho más
espectacular, vinculada
al cine de catástrofes
apareció la cinta china
Después del terremoto,
del director Feng
Xiaogang, que sirvió de
apertura a la Semana de
Cine Chino, integrada
por nueve filmes y que
constituye “un puente
importante para
fortalecer la amistad
entre ambos países y el
conocimiento mutuo de
las dos culturas”, según
aseguró en conferencia
de prensa el
viceministro de la
Administración Estatal
de Radio, Cine y
Televisión de China,
Zhang Pimi. También se
informó acerca de la
posición descollante en
los mercados
internacionales que
comienza a ganar el cine
chino sobre todo en
Asia, Europa y América
Latina.
A partir de hechos
reales, ocurridos
durante el terremoto que
destruyó la ciudad de
Tangshan en el verano de
1976, el filme inaugural
de la Semana de cine
chino apela a la
narración de una madre
que debe salvar la vida
de solo uno de sus hijos
mellizos, el varón,
atrapado en las ruinas
del terremoto.
Ganador del Premio al
Mejor Filme en los Asia
Pacific Screen Awards,
Después del terremoto
toca la cuerda del
melodrama filial de
dimensiones épicas en
tanto registra el
gigantesco sentimiento
de pérdida en una
familia y al nivel de
toda la nación.
En la semana se destacan
otros títulos, todos
realizados en el margen
de los últimos dos años,
como la versión nacional
de una historia
vernácula conocida
mediante el
cosmopolitismo de sello
Disney: Mulan,
premiada
en el Hong Kong Award,
el Hundred Flowers Award,
y por la Asociación de
Críticos de Shanghai a
la actriz Zhao Wei,
quien caracterizó
convincentemente a esta
suerte de Juana de Arco
de ojos rasgados.
Tampoco faltaron los
maestros consagrados
como Zhang Yimou y Chen
Kaige, el primero a
través de Bajo el
árbol de espino, que
explora una vertiente
más íntima, sentimental,
y mucho menos
espectacular que su
elogiada trilogía
iniciada con Héroe
y continuada con La
casa de las dagas
voladoras. De Chen
Kaige se pudo ver
Siempre cautivado,
en la cual el autor
regresa a una temática
ya tratada en Adiós a mi
concubina, la vida de
los intérpretes en la
tradicional Ópera de
Beijing. En figuras
reales del pasado, y
momentos históricos
precisos se concentra
también Confucio,
de Hu Mei, que relata la
última etapa de la vida
del más famoso e
influyente de los
filósofos chinos.
Se supo que para 2012
visitará China una
delegación de alto nivel
del Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos para
celebrar una semana de
cine cubano, firmar
proyectos de
coproducciones, y la
donación de equipos de
tecnología digital,
además de 20 cintas
chinas subtituladas en
español. |