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Después de una extensa
temporada de cuatro
meses en cartelera en el
teatro Bertolt Brecht y
una gira por las
provincias orientales en
los principales teatros
de las provincias de
Granma, Holguín,
Santiago de Cuba,
Guantánamo, Las Tunas y
Camagüey, Teatro Pálpito
llega a la 14 edición
del Festival
Internacional de Teatro
de La Habana con su
espectáculo Historias
con sombrillas, el
cual se presentó al
público en la sede del
Guiñol Nacional de Cuba
los días 1ro. y 2 de
noviembre. El Festival
fue un buen momento para
comprobar muchos de los
presupuestos seguidos
por esta agrupación
desde sus inicios, donde
las obras se convierten
en un pretexto para
transitar un camino de
exploraciones y cambios
en busca siempre de un
público diverso y una
manera de representar
que los distinga en el
panorama teatral
cubano.
Historias con sombrillas
se estrenó en el mes de
julio de 2011 en el café
teatro Bertolt Brecht.
La escritura de esta
obra fue resultado del
vínculo de trabajo que
ha sostenido siempre
Ariel Bouza con un
dramaturgo determinado.
Recordemos momentos
significativos dentro de
la historia del grupo
con este ejercicio de
intercambio en
espectáculos como El
pez enamorado, de la
autoría de Frank Daniel
Santos Suazo, o
Sácame del apuro e
Historia de una
muñeca abandonada,
de Norge Espinosa
Mendoza. Con Ariel he
tenido la suerte de ver
en escena una gran parte
de mis textos como
Con ropa de domingo,
Puerto de coral,
Aventura en Pueblo
Chiflado, Un mar
para Tatillo,
Pesadilla campesina,
entre otras. Esta vez la
experiencia no fue
distinta y significó un
momento importante para
dialogar directamente
con los actores y
estructurar la obra a
partir de los
presupuestos que quería
Ariel Bouza con este
espectáculo.
Lo primero que me pidió
el director fue
establecer un texto que
sirviera de apoyo para
trabajar con un grupo de
actores jóvenes que se
integraban a Teatro
Pálpito y donde
pudiéramos acercarlos a
la poética de trabajo
del grupo. Por eso es
que la estructura
dramática es heredera de
una fórmula efectiva de
construcción textual en
Pálpito donde unos
personajes llegan a un
sitio específico y ese
es el pretexto para
contar una historia. Tal
como pasa en El pez
enamorado donde dos
guajiros naturales
llegan a un patio y
cuentan la historia de
un pez que se enamora de
una flor y un buen día
decide tragarse el mar,
o lo veremos también en
Sácame del apuro
corporizado en la mulata
Teresa y el negrito
Estanislao que a las
orillas del río
Almendares cuentan las
peripecias de Loppi al
encontrarse un camarón
encantado y en
Historia de una muñeca
abandonada las
vedettes Lolita y
Paquita cuentan a modo
de retrospectiva en un
teatro un pasaje de su
niñez. En Historias
con sombrillas
veremos a siete hermanos
que van camino del
mercado, pero por arte
del azar o de la poesía
y valiéndose de todas
las licencias que a
estos medios les
concierne, llegan a un
teatro y es el punto de
partida a la
controversia para que
unos quieran contar y
otros no un cuento
africano que habla de la
vejez y de la
importancia del respeto
y la tolerancia.
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La inspiración tiene
caminos diversos, la
encontramos en varios
instantes de la vida
misma. Rápidamente
avizoramos entre
director y dramaturgo
que a muchos de los
actores que
representarían la obra
los unía una adoración
por sus abuelos, y
coincidentemente en esa
época se suscitaron
polémicas sobre la
experiencia que tienen
los mismos y lo
necesario que es
escucharlos en muchas
ocasiones. A partir de
aquí es que comenzamos a
trabajar la historia
siguiendo una tradición
en Teatro Pálpito que es
interconectar la vida de
los actores con la
historia que se cuenta.
Luego aparecieron las
viñetas de Manuel Cofiño
Las siete viejitas de
las sombrillas,
donde siete hermanas
caracterizadas cada una
con un color del arco
iris vivían juntas y se
dedicaban a labores
específicas; al final
desaparecen volando sin
saberse a qué sitio irán
(metáfora de Cofiño para
hablarles a los niños
sobre la muerte). Así es
como se estructura
inmediatamente una
fábula para el teatro
donde Eduviges de los
bordados confecciona
trajes extravagantes y
alocados con los colores
del arco iris, un color
para cada hermano, y
Fortunato de los niños,
devoto a contar
historias, decide trocar
el camino y llevarlos al
teatro para allí hacer
la historia de Tiarko y
su tribu africana donde
el jefe decide matar a
todos los que lleguen a
viejos.
Muchos han sido los que
han declarado que las
obras de Teatro Pálpito
no son para niños, y
tienen razón. Son obras
elaboradas para un
público diverso, siendo
fieles a una tradición
representacional que
bebe de los orígenes y
lleva a pensar el teatro
desde el interés por la
búsqueda del público y
hoy extiende su mirada a
la hora de dialogar con
niños y adultos sobre
problemas concretos. El
interés es que aquello
que no entienda el hijo
sea preguntado a su
padre en ese fenómeno
único de comunicación
que es el acto teatral.
Historias con
sombrillas sirve
como estímulo para
dialogar entre grandes y
chicos sobre temas tan
importantes en nuestros
tiempos como son la
tolerancia y el respeto.
Teatro Pálpito se ha
propuesto con este
espectáculo tratar el
tema de la muerte sin
prejuicios,
presentándolo tal cual
es nombrado, y de esta
manera concientizar a
los niños y a los
adultos sobre la
importancia del respeto
para la convivencia,
algo fundamental que nos
debería sustentar en
estos tiempos.
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El teatro una vez más
vuelve a mostrarnos que
una obra crece a medida
que pasan las
representaciones. Estas
nuevas funciones
mostraron una concreción
de algunos aspectos que
en el estreno no estaban
claros y que a medida
que se fue representando
la obra, pudimos ir
puliendo las
herramientas tanto en el
trabajo con los actores,
como en el texto y la
puesta en escena, por lo
que debo confesar que
Historias con sombrillas
ha servido también como
taller e intercambio de
experiencias.
Significativos aportes
tuvimos en el mismo,
como la dirección de
actores a cargo de
Corina Mestre, la banda
sonora compuesta
especialmente para el
espectáculo por David
Hernández y todo un
colectivo que nos
acompañó en la aventura.
Pero, sin lugar a duda,
uno de los recuerdos más
gratos que atesoraremos
por largo tiempo ha sido
ver cómo todos
construimos los muñecos,
los vestuarios, los
carteles, arreglamos las
sombrillas, dimos cuerpo
al espectáculo como si
fuese nuestro. Ese
sentido de pertenencia y
ese proceso de trabajo
es una manera importante
de ver también el teatro
que se hace hoy en Cuba.
Gracias a Pálpito por
brindarme siempre la
confianza y la seguridad
en que aún, a pesar del
sacrificio, vale la pena
hacer teatro. |