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La 14 edición del
Festival Internacional
de Teatro que tiene
lugar en La Habana por
estos días, exhibe,
entre las presentaciones
foráneas, algunas
características
singulares:
primeramente, una
tendencia al unipersonal
o al espectáculo de
pequeño formato, con dos
o a lo sumo tres actores
(acaso por la facilidad
de viajes y la reducción
de gastos) y en otro
orden, la insistencia en
dramas íntimos y
existenciales, más que
en grandes temas
colectivos.
Y si hubiera que
rastrear una tercera
peculiaridad, sobresale
también la presencia del
musical.
En tal sentido, llamó la
atención la actuación
del grupo Xel Arte, del
País Vasco, con su
espectáculo El
chupito de poesía,
dramaturgia de
Intxigu Bengoa y el
trabajo de las actrices
Rocío Mostaza y Gabriela
Sánchez con el trovador
Orlis Pineda. La
recreación de poemas
cubanos desde una
perspectiva escénica,
casi siempre mediante
mímica y gestualidad —a
veces solicitados por
los propios
espectadores, en una
suerte de “poesía a la
carta”— figura entre lo
mejor de este “traguito”
lírico, donde también
sobresale el simpático
trabajo con las
marionetas, y la feliz
combinación de música y
textos.
No corre la misma
suerte, sin embargo, la
pedante insistencia de
las actrices en el
“ritual del trago”,
sobre todo en un prólogo
absolutamente superfluo
y cargante, que por
suerte, mejora
extraordinariamente en
el corpus de la
representación.
También con la música de
componente esencial pudo
apreciarse Rosilyne,
la hija del Carnaval,
por Ruby-Theatre
(Francia), donde la
actriz Mirabell Wassef,
acompañada de un par de
músicos, interpreta
famosas piezas francesas
y cubanas,
fundamentalmente, que
alterna con textos de la
más diversa procedencia
(de Antonin Artaud y
Guillermo Cabrera
Infante a Kiki de
Montparnasse y Marilyn
Monroe). Justamente en
ese eclecticismo de
temas y tonos —que no
logran integración ni
coherencia— radica uno
de los problemas de la
obra, pero el más grave
no es ese: Wassef
detenta, sin lugar a
duda, gracia, sabe
moverse en escena y no
carece de elementos
requeridos para el
trabajo de una
comediante musical, pero
tiene un gran talón de
Aquiles: no puede
afirmarse lo mismo de
sus condiciones vocales,
mucho menos de la
afinación, y ya puede
imaginarse cuánto es de
imprescindible ello en
una puesta de café-concert
como pretende
ser Rosilyne…
El Grupo de Teatro
Carretero (Argentina)
trajo su obra De
vuelta bajo la
dirección de Fabián
Carrasco, donde un par
de personas que aguardan
la llegada de un tren
(hombre maduro, mujer
joven) entran en
comunicación ante la
perspectiva de tomar el
mismo destino; en el
desarrollo del diálogo
surge la posibilidad de
una fabulosa tournée
por el mundo entero.
Desde una alcanzada
mixtura de humorismo y
seriedad, el texto fluye
invitando a la reflexión
en torno al viaje como
perspectiva vital, la
relatividad de las
distancias y del tiempo,
y el intercambio de
sueños, frustraciones y
deseos, que los actores
Amalia Martín y Elian
Abatemarco encaminan
mediante trabajos
notables.
Las coproducciones son
también abundantes en
esta edición del
festival: Streptease,
pieza de la cubana
Agnieska Hernández Díaz,
fue la
obra ganadora en el
reciente festival
celebrado en Santiago de
Cuba “La escritura de la
diferencia”, y llega por
Calibán Teatro, de esa
ciudad cubana, y Le
Metec Alegre (Italia).
De nuevo un hombre y una
mujer, pero ahora en un
edificio protagonizan (des)encuentros
de todo tipo: soledades
y alienaciones que se
enfrentan y reciclan,
imaginaciones que pueden
(o no) tornarse
realidad, cotidianidades
y angustias que pesan
mas no impiden (o mejor,
estimulan) la capacidad
de soñar, erotismo
potencial que estalla en
cualquier momento y se
manifiesta en
ambigüedades y
sugerencias, se
entrecruzan y alternan
en diálogos donde la
poesía latente se
expresa no en
abstracciones, sino en
bien encauzadas cadenas
de acción dramática que
Agnieska manejó con
imaginación y
conocimiento de causa(s).
La puesta de Alina
Narciso potencia la
capacidad sugestiva del
libreto: los cruces
entre realidad y
fantasía(s) propician
soluciones escénicas de
gran imaginación
(empleando el animado,
la variedad cromática y
de iluminación, el
claroscuro cómplice
dentro de una
escenografía abundosa
desde su funcionalidad y
sencillez), el
acompañamiento
guitarrístico actúa tal
correlato eficaz, y las
actuaciones de Zonia
Morales y José Pascual (Pini)
asumen los complejos
roles con indudables
convicción y variedad de
matices.
El Festival
Internacional de Teatro
transcurre con gran
entusiasmo por parte de
un público diverso y
heterogéneo, con
predominio juvenil; es
una lástima que la
mayoría de las
propuestas interesantes
coincidan en horarios,
que no se hayan
aprovechado al máximo
las (nunca suficientes)
salas
—muchas
de ellas tienen una sola
función en las tardes
dejando las noches
vacías—,
que se carezca de
información (grupos,
sinopsis de las obras,
etc.) hasta llegar a los
teatros, y que no
siempre coincidan las
características de los
espectáculos con las
posibilidades de los
espacios asignados.
De cualquier manera, se
agradece y aplaude esta
oportunidad de
actualizarnos con
algunas de las
tendencias escénicas del
patio y —sobre todo— …el
traspatio. ¡Que no baje
el telón! |