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I
Hace solamente unas
semanas, revisando la
papelería que conservo
desde los años en que
estuve vinculado muy
directamente a la
Asociación Hermanos
Saíz, recuperé un
documento cuya lectura,
ahora, me ha deparado
unas cuantas alegrías y
otras tantas
desilusiones. En 1996,
al cerrar el Yorick,
evento de pequeño
formato que propusimos
desde la AHS en pro de
las nuevas tendencias
que emergían en la
escena cubana de aquel
entonces, los
participantes en aquella
cita firmamos una
declaración que hicimos
pública, y en la cual
manifestábamos nuestras
principales certezas y
angustias relacionadas
con el arte teatral que
nos es tan querido. Un
punto de dicho documento
reflejaba nuestra
ansiedad en relación con
los principales
festivales que se
activaban en el país
desde el Consejo de las
Artes Escénicas (CNAE).
En un párrafo puntual de
esa declaración puede
leerse lo siguiente:
“La descaracterización
del teatro cubano ha
sido precedida por la
descaracterización de
sus espacios
fundamentales: los
Festivales de Camagüey y
los Festivales
Internacionales de La
Habana. La ausencia de
diálogo en el teatro
cubano está precedida
por el diseño
equivocado de estos
eventos, que impide el
verdadero encuentro y
hasta el conocimiento
más superficial del
trabajo entre los
teatristas. La
proliferación de
eventos, talleres,
competencias a todos los
niveles sin una clara
conciencia del sentido
que portan, abaratan la
calidad de esos espacios
y neutralizan el rigor y
el alcance de los
mismos.”
Siendo ya no tan joven
(ni tan jóvenes todos)
como cuando suscribí esa
afirmación junto a mis
colegas, descubro que
más allá de la pasión y
verticalidad propias de
la edad, estas palabras
visibilizan cuestiones
de fondo que aún siguen
quedando pendientes. Del
´96 hasta acá ha llovido
ya bastante y, sin
embargo, exigencias muy
precisas que tienen que
ver con el concepto que
moviliza a algunas de
las principales acciones
que desde el CNAE se
emprenden para dar curso
a la vida teatral,
siguen arrastrando
demandas y defectos que
al tiempo que corren los
años, dan una imagen en
cierto sentido
paralizada de lo que
conseguimos. Y sobre
todo, de lo que no
conseguimos. A punto de
cerrar la 14 edición del
FTH, escribo estas
líneas para dar fe de mi
experiencia como
espectador, crítico,
dramaturgo y asesor ante
el panorama que, entre
el 27 de octubre y el 6
de noviembre, nos ha
lanzado a la calle. A
nosotros, parte misma
del corazón de todo
esto, y al público; ese
fluido sin el cual ese
propio corazón no podría
saberse palpitando.
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Inauguración del
14 Festival
Internacional de
Teatro de La
Habana |
Lo cierto es que el
Festival de Teatro de La
Habana, cuya historia
arranca en 1980 como un
acto que quiso
recomponer el
fragmentado mundo
teatral cubano, ha
demostrado seguir siendo
fiel a un concepto que,
edición tras edición,
sobre todo desde inicios
de los años 90, ya
demuestra ser
insatisfactoria. Esta
nueva vuelta hoja que
nos sorprende en el
2011, repite
inconsistencias y
demandas que ya debieran
haberse resuelto en
función de nuestra
realidad, no solo la
teatral, sino la del
país todo, si hablamos
de calidad no solo en lo
concerniente a los
tablados, dilatando tal
idea a un modo de obrar
que combine rigor,
jerarquía, impacto y
socialización de una
proyección donde lo
teatral, más allá de
estadísticas y
pretensiones, diga más y
mejor algo de lo que
somos y aspiramos a ser
en Cuba. Esta vez, la
convocatoria anunciaba
un llamado a favor del
“teatro urgente”,
queriendo traer a la
Isla propuestas donde lo
alternativo, lo
comprometido con la idea
de cambios y gestos que
sacudieran al teatro de
sus comodidades, nos
permitieran compartir
proyectos con artistas
de diversas partes del
mundo, en un discurso a
tono con las urgencias
más claras de estos
momentos de crisis
radicales. Si ese era el
eje temático (y puede
consultarse el texto de
dicha convocatoria para
que se vea que no
miento), algo debió
desviarse por el camino,
porque la enorme
cantidad de funciones, y
grupos traídos a La
Habana, tanto del patio
como foráneos, no dejó
mucho para ver en
sintonía con aquel ánimo
primario. El Festival de
Teatro de La Habana,
como se sabe, trae a
estos escenarios a
grupos que llegan
pagándose, por lo
general, los pasajes y
la estancia; que se
acercan a Cuba por
interés hacia su gente,
su historia y su
cultura, más que para
hacer currículos. Desde
ese concepto de
solidaridad se eleva su
plataforma, pero lo
cierto es que no siempre
está sostenida, con
idéntica fuerza, por la
calidad de lo que vemos
aquí, aunque, como ha
sido el caso, la prensa
anuncie a los visitantes
como “lo mejor del
teatro mundial
contemporáneo”. La
escala de humildad que
preside la realidad
logística del evento,
que no puede pagar
debido a nuestras
condiciones económicas a
las grandes compañías
que giran por el mundo
cobrando cachés
prohibitivos a nuestra
cotidianidad, se
contradice con la
arrogancia desde la cual
anunciamos un Festival
al que, seamos sinceros,
viene lo que puede. Y no
siempre es eso lo mejor.
El Festival de Teatro de
La Habana es así, pero
creo que ajustar el
concepto de la cita a
esa realidad, antes que
desbordarla en cientos
de funciones y en una
ambición que no se
corresponde con el
aprovechamiento real de
mucho de lo que nos
visita, es una demanda
impostergable… que ya
muchas voces han
reclamado desde hace
unos cuantos años, y
sigue siendo poco oída.
Así, en esta ocasión, la
escasa promoción previa
al evento quiso subrayar
las estadísticas y no
las calidades: cientos
de funciones, numerosas
sedes, participantes en
número insólito: ese era
el rostro del Festival
que alcanzaba a la
prensa. Poca precisión
se daba respecto a
grupos y estéticas
específicas, al sentido
de una selección que,
desde otro gesto de
arrogancia, se
autotitulaba
“curaduría”; cosa
difícil de creer si en
verdad el Festival no
puede darse el gusto de
escoger, sino de
recibir, entre las
propuestas que responden
al llamado, a las que un
grupo de especialistas
cree más apropiadas.
Aquí, otra vez, aquel
punto de partida inicial
(el teatro “urgente”, en
este caso) cedió paso a
propuestas que nada
tienen que ver con esa
voluntad anunciada,
abriendo un abanico que
asumía desde grupos
nacionales de reconocida
trayectoria y firme
calidad, hasta
ejercicios de iniciación
en estéticas y técnicas
que apenas pueden
justificar su aparición
en las carteleras. El
rigor y el compromiso
con una verdad estética,
esenciales en una
auténtica curaduría, se
desligaban aquí de lo
proclamado, llenando las
sedes con espectáculos
de resultados
desiguales, y
descaracterizando
espacios al colocar,
detrás de un montaje
exitoso, otros que no
tendrían igual poder de
convocatoria en los
mismos espacios. O
llegando al colmo de
ubicar un unipersonal,
de escasa acción y poco
atractivo visual,
presentado en una lengua
extranjera, en un
espacio tan amplio como
el Teatro Mella.
Creo que el FTH debe, de
una vez y por todas, ser
consecuente. Si se le
anunciase desde un
concepto de vitrina, que
pusiese a la vista lo
que hay sin ánimo de
discriminación rigurosa,
junto a quienes nos
visitan desde una escala
semejante, las demandas
que le hacemos hoy,
serían otras. Pero si el
evento insiste en
promocionar una línea
que pueda unificar los
espectáculos que acoge,
desde un sentido que lo
organice como discurso e
interconecte puestas,
estéticas, riesgos y
polémicas en el mismo
haz, algo entonces debe
variar en su médula. Por
ahora, eso no es lo que
ocurre. Y se sigue
repitiendo un esquema
donde la
representatividad, la
sobreabundancia, acaba
por desconcertar al
espectador más enterado,
al ver coincidir en la
cita a colectivos que
hace mucho no aportan
demasiado junto a otros
que sí pueden subrayar
el porqué de los
aplausos y elogios que
conquistan. Hasta el
jueves en la noche, día
en que escribo estas
impresiones, parece
haberse privilegiado
esto último, y de ahí la
desazón que ha coloreado
varios días del evento,
contaminando un recuerdo
vago de numerosas
puestas en escena, y
ofreciendo poca luz
sobre el teatro, urgente
o no, que puede llegar
en estos días,
sacrificios y buenas
intenciones aparte, a
esta capital en el
Caribe al que amenazan
lluvias, cataclismos y
ciclones.
II
Valdría preguntarse
entonces, cuál fue el
patrón para elegir lo
que llegó a este
Festival. Cómo se define
la balanza entre
intención estética y
resultado preciso que
es, en verdad, lo que
interesa al espectador.
Sobrepasar las
estadísticas, ceñirse a
la realidad de un país
que en las actuales
condiciones debería
promover modelos más
humildes de acción de
los cuales pudiera
sacarse un provecho más
limpio, creo que sería
lo ideal. Y dejar atrás
falsos compromisos,
intereses demasiado
obvios, huir de la
diversidad como simple
membrete y apelar a la
verdadera calidad como
emblema, nos haría bien.
No solo en lo
relacionado con este
evento. Si en el TRECE
FTH tuvimos la fortuna
de ver aquí a grupos
destacados, que
sorprendieron en varios
casos, y en otros, como
Teatro en el Blanco, nos
deslumbraron por el
excelente nivel de sus
entregas; se echa de
menos en este Ktorce a
grupos que logren el
mismo impacto. De Chile,
para continuar con el
ejemplo, hay apenas una
muestra muy reducida,
que abre dudas acerca de
si se mantuvo o no un
diálogo con las personas
e instituciones que
permitieron, hace dos
años atrás, que
supiéramos más del buen
teatro que se hace en
ese país. Y es que un
Festival no es tampoco
la simple sumatoria de
acciones durante diez
días, sino el resultado
cabal de un trabajo
constante que pone a
dialogar entidades,
talentos, y sostiene esa
conversación más allá de
las fechas de la cita,
para obtener de ellos lo
que podrá alimentarlo en
su presente y su futuro.
Prueba de ello lo dan el
Mayo Teatral y el Taller
Internacional de Títeres
de Matanzas, en los que,
desde un concepto claro
y arriesgado, pero
certero en su diseño, se
elige lo que está. Y
sobre todo, lo que “no”
está. Y se consigue una
secuencia que crece de
año en año, permitiendo
al espectador refrescar
su mirada sobre grupos y
fenómenos que pueden
influirnos en otras
maneras de entender
utopías y realidades.
|

Te estoy
mirando a los
ojos, contexto
social de
ofuscación.
Dirección: René
Pollesch;
Intérpretes:
Fabian Hinrichs/
René Pollesch |
De la muestra extranjera
de esta cita quisiera
recordar más, pero a
fuerza de ser sincero,
no puedo decir tal cosa.
Aplaudo, aunque no es un
espectáculo que haya
sido de mi gusto, una
obra como ¡Te estoy
mirando a los ojos,
contexto social de
ofuscación!, de Rene
Pollesch, que representó
a Alemania. Concebida
como una muestra de
antiteatro, ansiosa por
despertarnos de la
pereza con la cual
juzgamos ya
“burguesamente” mucho de
lo que vemos en escena,
el largo monólogo de
este actor que jugaba a
ser todo lo opuesto que
esperábamos de una
estrella de las tablas
(no cantar, no bailar,
no invitarnos al gozo de
una actuación ya
previsible), llegó a
hacerse aburrida y poco
feliz en tal intención,
que acaso de no
arrastrarse durante hora
y media hubiese sido más
efectiva. La
disquisición sobre temas
filosóficos caros al ser
alemán y su devenir, la
angustia ante lo efímero
de todos nuestros actos,
la relación política y
teatro en tanto
dispositivo de
subversión, disparan los
resortes de la puesta.
Ni el actor me pareció
tan interesante, ni el
ir y venir desquiciante
sobre los mismos
elementos llegó a
provocarme como tal vez
se esperaba, porque ya
desde el primer minuto
está todo resuelto desde
un desencanto obvio que
no llega a crecer en
otra dimensión. Pero es
un espectáculo que
invita a la polémica,
que fiel a lo que dijo
ser la convocatoria del
FTH impone un grito
urgente hacia todo esto,
y deja claras
insatisfacciones que de
un modo u otro se
empeñan en no dejar
indiferente a la
audiencia. Su extrañeza
quedó subrayada al
aparecer en la misma
cartelera donde tantos
otros montajes apelaban
a la convención, a ser,
exactamente, mucho de lo
que este proyecto
propone eliminar.
Los actores que trajeron
a Cuba Una noche con
Harold Pinter son
excelentes, y
demostraron que un
intérprete es capaz de
crear su realidad, su
espacio-tiempo, a través
del despliegue de una
técnica que se
desenvuelve como acto de
entrega y teatralidad.
Dirigidos por
Andy de la
Tour, propusieron poemas
y escenas del mejor
teatro escrito por el
Premio Nobel, y
escucharlos con ese
particular sentido
tonal, un timing
tan preciso en la
enunciación de diálogos
y parlamentos,
refiriéndose al hombre
común de una manera tan
universal en un inglés,
por supuesto, impecable,
nos dio una dimensión
verdaderamente útil de
lo que ese hombre amigo
de nuestro país y sus
luchas recientes legó al
teatro mundial. El único
detalle a deplorar (amén
de las cámaras
fotográficas que
hicieron a Roger Lloyd
interrumpir sus
parlamentos para
reclamar que fueran
apagadas: nuestro
público sigue creyendo
que un hecho teatral es
un concierto popular o
una fiesta de
quinceañeras), fue la
presencia de dos jóvenes
actrices encargadas de
leer textos en español
que sirvieran de guía al
público. Para tal misión
debió haberse invitado a
profesionales de
trayectoria segura, que
pudieran no quedar tan
por debajo del
espléndido quehacer de
sus colegas británicos,
y ofrecieran, sin el
tono descriptivo y
excesivamente didáctico
de lo que vimos por este
lado, un contrapunto más
interesante a esta
suerte de concierto de
voces “a lo Pinter”.
|

Coincidencias
(Sattumia).
Dirección:
BläkPox
Colective |
Si
Coincidencias,
de Finlandia, traído por
BläkPox, fue una
sorpresa muy grata, al
mostrar títeres en clave
de poesía fundidos a las
viñetas del ruso Daniil
Kharms; se debió al tono
sostenido de sus
intérpretes, a la
humildad con la cual se
entregaban a dar vida a
máscaras y figuras
animadas, presentando
personajes que, desde el
frío país, logran hallar
sus iguales en el
espectador de cualquier
latitud. Delicado y
sutil, fue un montaje
que logró aplausos
cerrados, desde una
sencillez que sus
intérpretes supieron
encarnar desde los
matices más sentidos. La
gran sorpresa, sin
embargo, fue The
Society, de la Jo
Stromgren Kompany, que
toma el nombre de su
director para proponer
espectáculos donde lo
actoral y lo danzario se
imbrican a un poderoso
sentido del humor. Tres
actores asumen a un
conjunto de amantes del
café, que al descubrir
una bolsa de té usada en
el local donde rinde
tributo a su bebida
predilecta, dan rienda
suelta a una
investigación para
descubrir al traidor
entre ellos. Dicho así,
podría pensarse en un
montaje banal, pero lo
cierto es que se valen
de canciones bien
conocidas de Charles
Aznavour y un sentido de
la comedia que proviene
del cine mudo para, al
tiempo que dialogan en
un francés que en verdad
es pura semejanza
fonética que recrea
chistosamente aquel
lenguaje, ir dando
progresión a una idea
que se torna perversa.
El té como símbolo de
una posible invasión
asiática desata acciones
que van creciendo en
delirio y alcanzan
tonalidades de fuerte
índole política. La
manera tan cuidada e
inteligente con la cual
la broma gana sus más
insólitas ramificaciones
debe mucho al soberbio
trabajo de los
actores-bailarines, y es
así que The Society
se convierte en una
puesta perturbadora,
enmascarada en la risa y
la gracia que parece
envolverla como celofán
alrededor de un fuerte
explosivo.
|

The last art-trophos |
Otras propuestas, como
André y Dorine,
del español Kulunka
Teatro, conmovieron al
público; mientras que
The last Art-thropos,
de Chipre, desencantó a
los espectadores. La
barrera idiomática es un
fuerte elemento que se
debe tener en cuenta
desde la organización
del Festival y aunque en
menor medida, se
convirtió en un
obstáculos para los
actores de Paz,
propuesta del Teatro
Estatal de Turquía. La
brevedad e
inconsistencia de
Consumiéndose, obra
de la francesa Charlotte
Simonot tampoco resultó
alentadora; y algo
parecido sucedió con
Juliette Juliette.
Ello crea la impresión
de que no se efectuó una
selección acorde a tales
características,
creándose un
desconcierto que impone,
en todo caso, como casi
única urgencia, la que
muestra el público al
correr hacia la puerta
de salida. Al no haberse
impreso un catálogo del
evento, y al circular
escasamente la cartelera
del evento, los
espectadores iban dando
tumbos a las sedes,
esperando que la buena
suerte los guiara en un
mapa poblado por grupos
de trayectoria por lo
general desconocida, lo
cual coadyuva a la
desorientación. La
prensa cubana, a
diferencia de lo que
suele hacer con otras
citas de magnitud
abarcadora, no publicó
diariamente el índice de
funciones que se podían
ver, lo que hubiera
ayudado mucho a
encontrar una brújula en
algo tan ambicioso como
disperso. Si de las
puestas nacionales puede
tenerse alguna
referencia obvia, ¿cómo
hacer ante los
extranjeros que llegan
acá sin un trabajo
previo de divulgación y
esclarecimiento de lo
que proponen, o sin
advertencias acerca del
idioma en que producirá
la representación? En
todo eso ha de pensarse
para la próxima cita, a
fin de que montajes de
valor no sean rechazados
por un público que
prefiere, ante tales
condicionantes, huir en
pos de algún otro
espectáculo cercano.
En cuanto al panorama
nacional, se hizo obvia
esa representatividad
que acumuló, sin ánimo
de novedad y
discriminación
auténtica, montajes ya
muy vistos y otros tan
recientes como para
haber llegado a estrenos
poco antes de que esta
cita diera su voz de
arrancada. Obras como
Talco y Jerry
viene del zoo, por
sus logros, deberían
haber estado más a la
vista, por ejemplo, pero
debieron irse de
cartelera para ser
sustituidas por otras
después de escasas
funciones. Si el
Festival pretendiera no
abarcar tanto
(recuérdese el viejo
dicho popular…), los
espectadores no
sentirían tanta presión,
y podrían no escaparse
algunos espectáculos
que, ante una cartelera
tan ambiciosa, hay que
sacrificar si se quiere
ver uno u otro. La
muestra para niños
ofreció títulos como
Mowgli, mordido por los
lobos; que marca un
punto de ascenso en el
trabajo de La Proa; a
grupos tan activos como
Nueva Línea, Papalote y
Pálpito, y al ya muy
reconocido desempeño de
Teatro de Las
Estaciones; junto con
otras que parecían estar
para dar una idea más
colorida, que no
exactamente útil
siempre, de este
segmento en nuestra
realidad teatral. Para
el fin de semana se
anuncia en el Mella a
Teatro de la Luna con su
loable propuesta de
El dragón de oro; y
en el Teatro Buendía
(que recuperó su
Charenton con
algunos nuevos actores),
estará el montaje que
dirigió el actor Mario
Guerra a partir del
texto del dramaturgo más
joven de la cita:
Rogelio Orizondo, autor
de Ayer dejé de
matarme gracias a ti,
Heiner Müller, obra
en consonancia con la
propuesta alemana y que
sí responde a ese
concepto de lo urgente
que la mujer del afiche
diseñado por Roberto
Ramos insiste en
querernos recordar.
Carlos Díaz desatará su
desaforada versión de
Noche de reyes en el
Trianón, donde abrió el
Festival con Si vas a
sacar un cuchillo, USAlo;
a partir de textos de
Beckett y con el actor
Carlos Miguel Caballero
ante la bailarina
Elizabeth Doud. Este
montaje, que vino desde
Miami gracias a FUNDarte,
activa canales de
diálogo con temas
candentes como el
bilingüismo, la
ecología, y las eternas
preguntas de Beckett a
través de una simbiosis
que rehúye lo
convencional para armar
sus diálogos: una cara
de este director que lo
remonta a sus días en el
Ballet Teatro y que
demuestra, una vez más,
su versatilidad.

Norge Espinosa
durante la
presentación de
Pinocho,
corazón de
madera por
Teatro de Las
Estaciones |
De lo demás: imágenes
sueltas, homenajes y
muchas interrogantes.
María Antonia, de
Hernández Espinosa; y
Las pericas, de
Nicolás Dorr, regresaron
tras sus estrenos por
Teatro Caribeño y el
ecuatoriano Teatro
Ensayo Gestus que
pudimos ver aquí a
inicios de año: dos
clásicos que demuestran
vitalidad así como la
necesidad de nuevos
replanteos. El género
musical estuvo
escasamente
representado, aunque
Canción de Rachel,
de Mefisto Teatro y
Esperando a Godot,
del Pequeño Teatro de La
Habana, mostraron dos
aristas de sus
posibilidades en nuestra
escena. Junto a ellos,
el concierto de los
Embajadores de Broadway
en la sala García Lorca
es un primer paso de
intercambio que muestra
lo mucho que tenemos que
aprender de
profesionales que ojalá
nos sigan trayendo
referentes útiles acerca
de un género tan arduo
como caro, defendido
aquí por muy dignos
cantantes que vienen
desde ese cardinal.
Propongo que la muestra
de audiovisuales sobre
figuras de nuestra
escena se coloque como
preFrestival para
ediciones anteriores,
para ir creando un
ambiente propicio a la
cita; en vez de
colocarla en un horario
tan impropio como el que
padeció ahora, alejado
de la vista del
espectador. Y en cuanto
a los eventos teóricos,
deberían estar
concentrados en ser
menos expositivos y en
crear más sinergia entre
nuestros creadores y
quienes nos visitan,
para que no quedemos
como oyentes pasivos de
algo que deberíamos
debatir. El Festival,
asimismo, debe
replantear la necesidad
un lugar de encuentro,
donde una vez terminadas
las funciones, puedan
encontrarse sus
participantes y amigos
de manera relajada. Ahí,
en el diálogo fraterno y
desenfadado, es que
nacen proyectos,
ligazones, estados de
ánimo que son también el
teatro: de ahí la
importancia de un
espacio que esta vez,
por reducciones
económicas y ciertas
estrecheces, no logró
ser un punto de
convocatoria. Le ahorro
al lector de este texto
ya largo una lista
minuciosa de las
decepciones que sufrí
ante otros espectáculos:
que mi silencio sirva,
ante de ellos, de
comentario elocuente.
III
Con la vista en las
palabras de aquel 1996,
sé que el mundo ha
cambiado tanto desde
entonces como para poder
entenderlas en otra
dimensión. El Festival
de Teatro de La Habana
es la puerta que los
cubanos amantes de la
escena tenemos,
justamente, hacia ese
mundo. Por ello, debiera
ser un reflejo nítido de
las tensiones y
aspiraciones de los
seres humanos que siguen
yendo a los teatros, a
ese sitio “para mirar”
en busca de una imagen
veraz, de un espejo que
nos haga reconocer en lo
cotidiano lo
verdaderamente
extraordinario. También,
por ello, es una cita
necesaria, a la que
estas demandas quieren
servir humildemente.
Creo que cerrar su
programación en una
escala menos pretenciosa
nos permitirá
des/gastar/nos menos al
tiempo que sacarle mejor
partido. La excesiva
abundancia de acciones
simultáneas termina por
agotar y despistar al
más enterado, y no se
puede estar a la vez en
un taller, en una
conferencia, en una
proyección, en un debate
y en una función: aunque
esto último deba ser,
según el carácter de la
cita, lo más importante.
La mayoría de los
grandes festivales del
mundo hoy se aferran a
una selección estricta
de lo que les interesa
mostrar. Las economías
en crisis y tantas otras
cosas han hecho más
radical esa voluntad de
lograr el máximo desde
una estructura menos
dilatada; aunque en
algunos exista un off
que, fuera de la
selección oficial,
quiera mostrarse
libremente a público,
productores, críticos,
etcétera. Definir, lo
dijo Lezama, es cosa
ardua. Pero Cuba se
encuentra ahora mismo en
un tiempo de
definiciones
imprescindibles. Es
cierto que todos los que
estamos vinculados al
evento hemos trabajado
mucho, y hay gran
cantidad de sacrificio y
empeños en esta idea:
envío mis respetos a
quienes, desde todos los
puntos, han hecho
posible muchas cosas que
podrían parecer
inalcanzables. Pero me
gustaría que el FTH
fuera, más allá del
estado de ánimo que une
mis diferencias y mis
aplausos a los de muchos
otros colegas que pueden
o no coincidir con mis
criterios, una voluntad
de ser que no culmine
apenas se cierre la
cita, sino que nos
acompañe en una labor
unificadora de
voluntades diversas, de
entidades y
personalidades diversas,
donde aprendamos, como
proponen ciertas
instancias del país, a
escuchar las sugerencias
de los otros y trabajar
desde una realidad muy
concreta, a partir de la
cual alzar el sueño en
su dimensión más
productiva. Creo que eso
le reclamábamos al
evento en 1996. Y ahora.
Tal y como se lo
reclamamos al cubano que
en este país quiera,
desde el teatro, saber
cómo anda el mundo. En
tiempos de lluvias,
ciclones, fumigaciones,
fuegos artificiales,
guerras, luchas contra
epidemias y
manifestaciones que
exigen con verticalidad
un momento de cambios.
Desde esa urgencia
debiera acompañarnos el
teatro. Espero que en un
Festival venidero, tal
idea nos acompañe no
solo desde el cartel que
hoy lo identifica.
Mañana me iré de nuevo a
los teatros. En alguno
de ellos, en alguna de
esas funciones cubanas o
extranjeras, espero
encontrar ese anhelado
espejo. |