La Habana. Año X.
5 al 11 de NOVIEMBRE

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Ktorce Festival de Teatro de La Habana:
De lo urgente y lo pendiente
Norge Espinosa • La Habana
Fotos: Maribel Amador y Abel Carmenate

I

Hace solamente unas semanas, revisando la papelería que conservo desde los años en que estuve vinculado muy directamente a la Asociación Hermanos Saíz, recuperé un documento cuya lectura, ahora, me ha deparado unas cuantas alegrías y otras tantas desilusiones. En 1996, al cerrar el Yorick, evento de pequeño formato que propusimos desde la AHS en pro de las nuevas tendencias que emergían en la escena cubana de aquel entonces, los participantes en aquella cita firmamos una declaración que hicimos pública, y en la cual manifestábamos nuestras principales certezas y angustias relacionadas con el arte teatral que nos es tan querido. Un punto de dicho documento reflejaba nuestra ansiedad en relación con los principales festivales que se activaban en el país desde el Consejo de las Artes Escénicas (CNAE). En un párrafo puntual de esa declaración puede leerse lo siguiente:

“La descaracterización del teatro cubano ha sido precedida por la descaracterización de sus espacios fundamentales: los Festivales de Camagüey y los Festivales Internacionales de La Habana. La ausencia de diálogo en el teatro cubano está precedida  por el diseño equivocado de estos eventos, que impide el verdadero encuentro y hasta el conocimiento más superficial del trabajo entre los teatristas. La proliferación de eventos, talleres, competencias a todos los niveles sin una clara conciencia del sentido que portan, abaratan la calidad de esos espacios y neutralizan el rigor y el alcance de los mismos.”  

Siendo ya no tan joven (ni tan jóvenes todos) como cuando suscribí esa afirmación junto a mis colegas, descubro que más allá de la pasión y verticalidad propias de la edad, estas palabras visibilizan cuestiones de fondo que aún siguen quedando pendientes. Del ´96 hasta acá ha llovido ya bastante y, sin embargo, exigencias muy precisas que tienen que ver con el concepto que moviliza a algunas de las principales acciones que desde el CNAE se emprenden para dar curso a la vida teatral, siguen arrastrando demandas y defectos que al tiempo que corren los años, dan una imagen en cierto sentido paralizada de lo que conseguimos. Y sobre todo, de lo que no conseguimos. A punto de cerrar la 14 edición del FTH, escribo estas líneas para dar fe de mi experiencia como espectador, crítico, dramaturgo y asesor ante el panorama que, entre el 27 de octubre y el 6 de noviembre, nos ha lanzado a la calle. A nosotros, parte misma del corazón de todo esto, y al público; ese fluido sin el cual ese propio corazón no podría saberse palpitando. 


Inauguración del 14 Festival Internacional de Teatro de La Habana

Lo cierto es que el Festival de Teatro de La Habana, cuya historia arranca en 1980 como un acto que quiso recomponer el fragmentado mundo teatral cubano, ha demostrado seguir siendo fiel a un concepto que, edición tras edición, sobre todo desde inicios de los años 90, ya demuestra ser insatisfactoria. Esta nueva vuelta hoja que nos sorprende en el 2011, repite inconsistencias y demandas que ya debieran haberse resuelto en función de nuestra realidad, no solo la teatral, sino la del país todo, si hablamos de calidad no solo en lo concerniente a los tablados, dilatando tal idea a un modo de obrar que combine rigor, jerarquía, impacto y socialización de una proyección donde lo teatral, más allá de estadísticas y pretensiones, diga más y mejor algo de lo que somos y aspiramos a ser en Cuba. Esta vez, la convocatoria anunciaba un llamado a favor del “teatro urgente”, queriendo traer a la Isla propuestas donde lo alternativo, lo comprometido con la idea de cambios y gestos que sacudieran al teatro de sus comodidades, nos permitieran compartir proyectos con artistas de diversas partes del mundo, en un discurso a tono con las urgencias más claras de estos momentos de crisis radicales. Si ese era el eje temático (y puede consultarse el texto de dicha convocatoria para que se vea que no miento), algo debió desviarse por el camino, porque la enorme cantidad de funciones, y grupos traídos a La Habana, tanto del patio como foráneos, no dejó mucho para ver en sintonía con aquel ánimo primario. El Festival de Teatro de La Habana, como se sabe, trae a estos escenarios a grupos que llegan pagándose, por lo general, los pasajes y la estancia; que se acercan a Cuba por interés hacia su gente, su historia y su cultura, más que para hacer currículos. Desde ese concepto de solidaridad se eleva su plataforma, pero lo cierto es que no siempre está sostenida, con idéntica fuerza, por la calidad de lo que vemos aquí, aunque, como ha sido el caso, la prensa anuncie a los visitantes como “lo mejor del teatro mundial contemporáneo”. La escala de humildad que preside la realidad logística del evento, que no puede pagar debido a nuestras condiciones económicas a las grandes compañías que giran por el mundo cobrando cachés prohibitivos a nuestra cotidianidad, se contradice con la arrogancia desde la cual anunciamos un Festival al que, seamos sinceros, viene lo que puede. Y no siempre es eso lo mejor. El Festival de Teatro de La Habana es así, pero creo que ajustar el concepto de la cita a esa realidad, antes que desbordarla en cientos de funciones y en una ambición que no se corresponde con el aprovechamiento real de mucho de lo que nos visita, es una demanda impostergable… que ya muchas voces han reclamado desde hace unos cuantos años, y sigue siendo poco oída. 

Así, en esta ocasión, la escasa promoción previa al evento quiso subrayar las estadísticas y no las calidades: cientos de funciones, numerosas sedes, participantes en número insólito: ese era el rostro del Festival que alcanzaba a la prensa. Poca precisión se daba respecto a grupos y estéticas específicas, al sentido de una selección que, desde otro gesto de arrogancia, se autotitulaba “curaduría”; cosa difícil de creer si en verdad el Festival no puede darse el gusto de escoger, sino de recibir, entre las propuestas que responden al llamado, a las que un grupo de especialistas cree más apropiadas. Aquí, otra vez, aquel punto de partida inicial (el teatro “urgente”, en este caso) cedió paso a propuestas que nada tienen que ver con esa voluntad anunciada, abriendo un abanico que asumía desde grupos nacionales de reconocida trayectoria y firme calidad, hasta ejercicios de iniciación en estéticas y técnicas que apenas pueden justificar su aparición en las carteleras. El rigor y el compromiso con una verdad estética, esenciales en una auténtica curaduría, se desligaban aquí de lo proclamado, llenando las sedes con espectáculos de resultados desiguales, y descaracterizando espacios al colocar, detrás de un montaje exitoso, otros que no tendrían igual poder de convocatoria en los mismos espacios. O llegando al colmo de ubicar un unipersonal, de escasa acción y poco atractivo visual, presentado en una lengua extranjera, en un espacio tan amplio como el Teatro Mella. 

Creo que el FTH debe, de una vez y por todas, ser consecuente. Si se le anunciase desde un concepto de vitrina, que pusiese a la vista lo que hay sin ánimo de discriminación rigurosa, junto a quienes nos visitan desde una escala semejante, las demandas que le hacemos hoy, serían otras. Pero si el evento insiste en promocionar una línea que pueda unificar los espectáculos que acoge, desde un sentido que lo organice como discurso e interconecte puestas, estéticas, riesgos y polémicas en el mismo haz, algo entonces debe variar en su médula. Por ahora, eso no es lo que ocurre. Y se sigue repitiendo un esquema donde la representatividad, la sobreabundancia, acaba por desconcertar al espectador más enterado, al ver coincidir en la cita a colectivos que hace mucho no aportan demasiado junto a otros que sí pueden subrayar el porqué de los aplausos y elogios que conquistan. Hasta el jueves en la noche, día en que escribo estas impresiones, parece haberse privilegiado esto último, y de ahí la desazón que ha coloreado varios días del evento, contaminando un recuerdo vago de numerosas puestas en escena, y ofreciendo poca luz sobre el teatro, urgente o no, que puede llegar en estos días, sacrificios y buenas intenciones aparte, a esta capital en el Caribe al que amenazan lluvias, cataclismos y ciclones.

II

Valdría preguntarse entonces, cuál fue el patrón para elegir lo que llegó a este Festival. Cómo se define la balanza entre intención estética y resultado preciso que es, en verdad, lo que interesa al espectador. Sobrepasar las estadísticas, ceñirse a la realidad de un país que en las actuales condiciones debería promover modelos más humildes de acción de los cuales pudiera sacarse un provecho más limpio, creo que sería lo ideal. Y dejar atrás falsos compromisos, intereses demasiado obvios, huir de la diversidad como simple membrete y apelar a la verdadera calidad como emblema, nos haría bien. No solo en lo relacionado con este evento. Si en el TRECE FTH tuvimos la fortuna de ver aquí a grupos destacados, que sorprendieron en varios casos, y en otros, como Teatro en el Blanco, nos deslumbraron por el excelente nivel de sus entregas; se echa de menos en este Ktorce a grupos que logren el mismo impacto. De Chile, para continuar con el ejemplo, hay apenas una muestra muy reducida, que abre dudas acerca de si se mantuvo o no un diálogo con las personas e instituciones que permitieron, hace dos años atrás, que supiéramos más del buen teatro que se hace en ese país. Y es que un Festival no es tampoco la simple sumatoria de acciones durante diez días, sino el resultado cabal de un trabajo constante que pone a dialogar entidades, talentos, y sostiene esa conversación más allá de las fechas de la cita, para obtener de ellos lo que podrá alimentarlo en su presente y su futuro. Prueba de ello lo dan el Mayo Teatral y el Taller Internacional de Títeres de Matanzas, en los que, desde un concepto claro y arriesgado, pero certero en su diseño, se elige lo que está. Y sobre todo, lo que “no” está. Y se consigue una secuencia que crece de año en año, permitiendo al espectador refrescar su mirada sobre grupos y fenómenos que pueden influirnos en otras maneras de entender utopías y realidades. 


Te estoy mirando a los ojos, contexto social de ofuscación.
Dirección: René Pollesch; Intérpretes: Fabian Hinrichs/ René Pollesch

De la muestra extranjera de esta cita quisiera recordar más, pero a fuerza de ser sincero, no puedo decir tal cosa. Aplaudo, aunque no es un espectáculo que haya sido de mi gusto, una obra como ¡Te estoy mirando a los ojos, contexto social de ofuscación!, de Rene Pollesch, que representó a Alemania. Concebida como una muestra de antiteatro, ansiosa por despertarnos de la pereza con la cual juzgamos ya “burguesamente” mucho de lo que vemos en escena, el largo monólogo de este actor que jugaba a ser todo lo opuesto que esperábamos de una estrella de las tablas (no cantar, no bailar, no invitarnos al gozo de una actuación ya previsible), llegó a hacerse aburrida y poco feliz en tal intención, que acaso de no arrastrarse durante hora y media hubiese sido más efectiva. La disquisición sobre temas filosóficos caros al ser alemán y su devenir, la angustia ante lo efímero de todos nuestros actos, la relación política y teatro en tanto dispositivo de subversión, disparan los resortes de la puesta. Ni el actor me pareció tan interesante, ni el ir y venir desquiciante sobre los mismos elementos llegó a provocarme como tal vez se esperaba, porque ya desde el primer minuto está todo resuelto desde un desencanto obvio que no llega a crecer en otra dimensión. Pero es un espectáculo que invita a la polémica, que fiel a lo que dijo ser la convocatoria del FTH impone un grito urgente hacia todo esto, y deja claras insatisfacciones que de un modo u otro se empeñan en no dejar indiferente a la audiencia. Su extrañeza quedó subrayada al aparecer en la misma cartelera donde tantos otros montajes apelaban a la convención, a ser, exactamente, mucho de lo que este proyecto propone eliminar. 

Los actores que trajeron a Cuba Una noche con Harold Pinter son excelentes, y demostraron que un intérprete es capaz de crear su realidad, su espacio-tiempo, a través del despliegue de una técnica que se desenvuelve como acto de entrega y teatralidad. Dirigidos por Andy de la Tour, propusieron poemas y escenas del mejor teatro escrito por el Premio Nobel, y escucharlos con ese particular sentido tonal, un timing tan preciso en la enunciación de diálogos y parlamentos, refiriéndose al hombre común de una manera tan universal en un inglés, por supuesto, impecable, nos dio una dimensión verdaderamente útil de lo que ese hombre amigo de nuestro país y sus luchas recientes legó al teatro mundial. El único detalle a deplorar (amén de las cámaras fotográficas que hicieron a Roger Lloyd interrumpir sus parlamentos para reclamar que fueran apagadas: nuestro público sigue creyendo que un hecho teatral es un concierto popular o una fiesta de quinceañeras), fue la presencia de dos jóvenes actrices encargadas de leer textos en español que sirvieran de guía al público. Para tal misión debió haberse invitado a profesionales de trayectoria segura, que pudieran no quedar tan por debajo del espléndido quehacer de sus colegas británicos, y ofrecieran, sin el tono descriptivo y excesivamente didáctico de lo que vimos por este lado, un contrapunto más interesante a esta suerte de concierto de voces “a lo Pinter”.


Coincidencias (Sattumia). Dirección: BläkPox Colective

Si Coincidencias, de Finlandia, traído por BläkPox, fue una sorpresa muy grata, al mostrar títeres en clave de poesía fundidos a las viñetas del ruso Daniil Kharms; se debió al tono sostenido de sus intérpretes, a la humildad con la cual se entregaban a dar vida a máscaras y figuras animadas, presentando personajes que, desde el frío país, logran hallar sus iguales en el espectador de cualquier latitud. Delicado y sutil, fue un montaje que logró aplausos cerrados, desde una sencillez que sus intérpretes supieron encarnar desde los matices más sentidos. La gran sorpresa, sin embargo, fue The Society, de la Jo Stromgren Kompany, que toma el nombre de su director para proponer espectáculos donde lo actoral y lo danzario se imbrican a un poderoso sentido del humor. Tres actores asumen a un conjunto de amantes del café, que al descubrir una bolsa de té usada en el local donde rinde tributo a su bebida predilecta, dan rienda suelta a una investigación para descubrir al traidor entre ellos. Dicho así, podría pensarse en un montaje banal, pero lo cierto es que se valen de canciones bien conocidas de Charles Aznavour y un sentido de la comedia que proviene del cine mudo para, al tiempo que dialogan en un francés que en verdad es pura semejanza fonética que recrea chistosamente aquel lenguaje, ir dando progresión a una idea que se torna perversa. El té como símbolo de una posible invasión asiática desata acciones que van creciendo en delirio y alcanzan tonalidades de fuerte índole política. La manera tan cuidada e inteligente con la cual la broma gana sus más insólitas ramificaciones debe mucho al soberbio trabajo de los actores-bailarines, y es así que The Society se convierte en una puesta perturbadora, enmascarada en la risa y la gracia que parece envolverla como celofán alrededor de un fuerte explosivo. 


The last art-trophos

Otras propuestas, como André y Dorine, del español Kulunka Teatro, conmovieron al público; mientras que The last Art-thropos, de Chipre, desencantó a los espectadores. La barrera idiomática es un fuerte elemento que se debe tener en cuenta desde la organización del Festival y aunque en menor medida, se convirtió en un obstáculos para los actores de Paz, propuesta del Teatro Estatal de Turquía. La brevedad e inconsistencia de Consumiéndose, obra de la francesa Charlotte Simonot tampoco resultó alentadora; y algo parecido sucedió con Juliette Juliette. Ello crea la impresión de que no se efectuó una selección acorde a tales características, creándose un desconcierto que impone, en todo caso, como casi única urgencia, la que muestra el público al correr hacia la puerta de salida. Al no haberse impreso un catálogo del evento, y al circular escasamente la cartelera del evento, los espectadores iban dando tumbos a las sedes, esperando que la buena suerte los guiara en un mapa poblado por grupos de trayectoria por lo general desconocida, lo cual coadyuva a la desorientación. La prensa cubana, a diferencia de lo que suele hacer con otras citas de magnitud abarcadora, no publicó diariamente el índice de funciones que se podían ver, lo que hubiera ayudado mucho a encontrar una brújula en algo tan ambicioso como disperso. Si de las puestas nacionales puede tenerse alguna referencia obvia, ¿cómo hacer ante los extranjeros que llegan acá sin un trabajo previo de divulgación y esclarecimiento de lo que proponen, o sin advertencias acerca del idioma en que producirá la representación? En todo eso ha de pensarse para la próxima cita, a fin de que montajes de valor no sean rechazados por un público que prefiere, ante tales condicionantes, huir en pos de algún otro espectáculo cercano. 

En cuanto al panorama nacional, se hizo obvia esa representatividad que acumuló, sin ánimo de novedad y discriminación auténtica, montajes ya muy vistos y otros tan recientes como para haber llegado a estrenos poco antes de que esta cita diera su voz de arrancada. Obras como Talco y Jerry viene del zoo, por sus logros, deberían haber estado más a la vista, por ejemplo, pero debieron irse de cartelera para ser sustituidas por otras después de escasas funciones. Si el Festival pretendiera no abarcar tanto (recuérdese el viejo dicho popular…), los espectadores no sentirían tanta presión, y podrían no escaparse algunos espectáculos que, ante una cartelera tan ambiciosa, hay que sacrificar si se quiere ver uno u otro. La muestra para niños ofreció títulos como Mowgli, mordido por los lobos; que marca un punto de ascenso en el trabajo de La Proa; a grupos tan activos como Nueva Línea, Papalote y Pálpito, y al ya muy reconocido desempeño de Teatro de Las Estaciones; junto con otras que parecían estar para dar una idea más colorida, que no exactamente útil siempre, de este segmento en nuestra realidad teatral. Para el fin de semana se anuncia en el Mella a Teatro de la Luna con su loable propuesta de El dragón de oro; y en el Teatro Buendía (que recuperó su Charenton con algunos nuevos actores), estará el montaje que dirigió el actor Mario Guerra a partir del texto del dramaturgo más joven de la cita: Rogelio Orizondo, autor de Ayer dejé de matarme gracias a ti, Heiner Müller, obra en consonancia con la propuesta alemana y que sí responde a ese concepto de lo urgente que la mujer del afiche diseñado por Roberto Ramos insiste en querernos recordar. Carlos Díaz desatará su desaforada versión de Noche de reyes en el Trianón, donde abrió el Festival con Si vas a sacar un cuchillo, USAlo; a partir de textos de Beckett y con el actor Carlos Miguel Caballero ante la bailarina Elizabeth Doud. Este montaje, que vino desde Miami gracias a FUNDarte, activa canales de diálogo con temas candentes como el bilingüismo, la ecología, y las eternas preguntas de Beckett a través de una simbiosis que rehúye lo convencional para armar sus diálogos: una cara de este director que lo remonta a sus días en el Ballet Teatro y que demuestra, una vez más, su versatilidad.  


Norge Espinosa durante la presentación de Pinocho, corazón de madera por Teatro de Las Estaciones

De lo demás: imágenes sueltas, homenajes y muchas interrogantes. María Antonia, de Hernández Espinosa; y Las pericas, de Nicolás Dorr, regresaron tras sus estrenos por Teatro Caribeño y el ecuatoriano Teatro Ensayo Gestus que pudimos ver aquí a inicios de año: dos clásicos que demuestran vitalidad así como la necesidad de nuevos replanteos. El género musical estuvo escasamente representado, aunque Canción de Rachel, de Mefisto Teatro y Esperando a Godot, del Pequeño Teatro de La Habana, mostraron dos aristas de sus posibilidades en nuestra escena. Junto a ellos, el concierto de los Embajadores de Broadway en la sala García Lorca es un primer paso de intercambio que muestra lo mucho que tenemos que aprender de profesionales que ojalá nos sigan trayendo referentes útiles acerca de un género tan arduo como caro, defendido aquí por muy dignos cantantes que vienen desde ese cardinal. Propongo que la muestra de audiovisuales sobre figuras de nuestra escena se coloque como preFrestival para ediciones anteriores, para ir creando un ambiente propicio a la cita; en vez de colocarla en un horario tan impropio como el que padeció ahora, alejado de la vista del espectador. Y en cuanto a los eventos teóricos, deberían estar concentrados en ser menos expositivos y en crear más sinergia entre nuestros creadores y quienes nos visitan, para que no quedemos como oyentes pasivos de algo que deberíamos debatir. El Festival, asimismo, debe replantear la necesidad un lugar de encuentro, donde una vez terminadas las funciones, puedan encontrarse sus participantes y amigos de manera relajada. Ahí, en el diálogo fraterno y desenfadado, es que nacen proyectos, ligazones, estados de ánimo que son también el teatro: de ahí la importancia de un espacio que esta vez, por reducciones económicas y ciertas estrecheces, no logró ser un punto de convocatoria. Le ahorro al lector de este texto ya largo una lista minuciosa de las decepciones que sufrí ante otros espectáculos: que mi silencio sirva, ante de ellos, de comentario elocuente. 

III

Con la vista en las palabras de aquel 1996, sé que el mundo ha cambiado tanto desde entonces como para poder entenderlas en otra dimensión. El Festival de Teatro de La Habana es la puerta que los cubanos amantes de la escena tenemos, justamente, hacia ese mundo. Por ello, debiera ser un reflejo nítido de las tensiones y aspiraciones de los seres humanos que siguen yendo a los teatros, a ese sitio “para mirar” en busca de una imagen veraz, de un espejo que nos haga reconocer en lo cotidiano lo verdaderamente extraordinario. También, por ello, es una cita necesaria, a la que estas demandas quieren servir humildemente. Creo que cerrar su programación en una escala menos pretenciosa nos permitirá des/gastar/nos menos al tiempo que sacarle mejor partido. La excesiva abundancia de acciones simultáneas termina por agotar y despistar al más enterado, y no se puede estar a la vez en un taller, en una conferencia, en una proyección, en un debate y en una función: aunque esto último deba ser, según el carácter de la cita, lo más importante. La mayoría de los grandes festivales del mundo hoy se aferran a una selección estricta de lo que les interesa mostrar. Las economías en crisis y tantas otras cosas han hecho más radical esa voluntad de lograr el máximo desde una estructura menos dilatada; aunque en algunos exista un off que, fuera de la selección oficial, quiera mostrarse libremente a público, productores, críticos, etcétera. Definir, lo dijo Lezama, es cosa ardua. Pero Cuba se encuentra ahora mismo en un tiempo de definiciones imprescindibles. Es cierto que todos los que estamos vinculados al evento hemos trabajado mucho, y hay gran cantidad de sacrificio y empeños en esta idea: envío mis respetos a quienes, desde todos los puntos, han hecho posible muchas cosas que podrían parecer inalcanzables. Pero me gustaría que el FTH fuera, más allá del estado de ánimo que une mis diferencias y mis aplausos a los de muchos otros colegas que pueden o no coincidir con mis criterios, una voluntad de ser que no culmine apenas se cierre la cita, sino que nos acompañe en una labor unificadora de voluntades diversas, de entidades y personalidades diversas, donde aprendamos, como proponen ciertas instancias del país, a escuchar las sugerencias de los otros y trabajar desde una realidad muy concreta, a partir de la cual alzar el sueño en su dimensión más productiva. Creo que eso le reclamábamos al evento en 1996. Y ahora. Tal y como se lo reclamamos al cubano que en este país quiera, desde el teatro, saber cómo anda el mundo. En tiempos de lluvias, ciclones, fumigaciones, fuegos artificiales, guerras, luchas contra epidemias y manifestaciones que exigen con verticalidad un momento de cambios. Desde esa urgencia debiera acompañarnos el teatro. Espero que en un Festival venidero, tal idea nos acompañe no solo desde el cartel que hoy lo identifica. Mañana me iré de nuevo a los teatros. En alguno de ellos, en alguna de esas funciones cubanas o extranjeras, espero encontrar ese anhelado espejo.
 
 
 
 


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14 Festival de Teatro
de la Habana

 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.