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“Eluard”.
Con apenas seis letras,
este título de Nicolás
Guillén atrapa, sin duda
alguna, al más avezado
lector quien admira sin
reservas a este
importante artista
francés que “participó
heroicamente en la
resistencia contra los
nazis, y su poesía, en
la que no hay concesión
alguna al oportunismo ni
al mal gusto, brilla
transparente y dura como
el cristal de roca. Es
difícil a veces. Pero
¿quién podrá explicar la
naturaleza profunda de
ciertos cuarzos? Son
así…”
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En 1949, Paul Eluard,
cuyo verdadero nombre
era Eugène Grindel,
estuvo dos veces en La
Habana. “Tanto a la ida,
como a la vuelta
estuvimos juntos”,
relata Guillén en la
crónica de referencia,
dedicada al prestigioso
visitante y publicada en
Hoy el 18 de
noviembre de 1962. “A la
ida solo unos minutos,
en el aeropuerto, pues
ambos seguimos viaje
hacia México, el mismo
viaje que habíamos
iniciado en París. Los
dos íbamos como
delegados al Congreso de
la Paz que tuvo por
escenario la capital
mexicana aquel año. Los
dos habíamos asistido al
Congreso —ya famoso— de
la sala Pleyel1,
y allá nos conocimos.”
Para entonces, el gran
poeta surrealista
francés, nacido el 14 de
diciembre de 1895, de
rostro hermoso y noble,
muestra gris la
cabellera, antes rubia.
Habla con lentitud,
aunque todavía conserva
una expresión alegre en
los ojos claros, sin
embargo, al decir del
autor de “Motivos de
son”: “las manos le
temblaban, como a los
enfermos del mal de
Parkinson, y él me
explicó que se debía a
que fue gaseado en la
guerra”.
Al regreso de México,
terminado el Congreso
por la Paz, Eluard
volvió a pasar por La
Habana. Llevado por
Nicolás Guillén, se
hospedó en un hotel
situado en la esquina de
San Rafael e Industria.
“Recuerdo que no bien
quedó instalado, y ello
fue cosa de unos
minutos, salimos —dice
Guillén— a dar una
vuelta por la capital,
ya lo sabe el lector: la
Plaza de Armas, el
Capitolio, la Catedral
con sus calles aledañas,
los muelles… De vuelta,
ya pasadas las siete de
la noche, tomó una ducha
en mi casa y habló a
México a su novia, que
había conocido durante
su rapidísima visita y
con la cual se casó:
Dominique, una francesa
muy bella y espiritual,
que le siguió a París.
‘Toda Cuba está
pendiente de nuestro
amor´, le dijo el poeta
por teléfono con aquella
irónica bondad que era
un rasgo muy acusado de
su carácter.
“Después nos fuimos a
cenar, ya un grupo
grande de amigos, a un
restaurante de La Habana
Vieja, y de allí,
todavía temprano,
partimos hacia el
aeropuerto, pues el
avión que devolvería a
Eluard a París tenía
marcada la partida para
las once. Solo que no
fue así, porque salió
con cuatro horas de
retraso.
“Hasta las tres de la
mañana, pues, duró la
espera, que se
transformó en una farra
a causa de que, no sé de
dónde, surgieron unos
treseros y luego algunas
botellas de ron, y entre
'sones' y rones pasó el
tiempo sin que nadie se
percatara, pero vino el
avión, y se deshizo el
encanto.”
Por cierto, años
después, en París, el
poeta surrealista
conversó con Guillén de
aquella inolvidable
noche, y le enseñó un
billete cubano de a
peso, con las firmas de
cuantos habían ido a
despedirlo en Rancho
Boyeros.
Cuentan que al regresar
a Francia, Eluard llevó
consigo varios libros de
autores cubanos que
conocieron de su visita,
y otros tantos
ejemplares del Magazine
de Hoy
correspondientes al 28
de agosto de 1949, con
cinco poemas suyos a la
Grecia combatiente de
aquellos días, en
versiones del francés
realizadas por Ángel
Augier, integrante
también de la delegación
cubana al Congreso
pacifista mexicano.
Esta fue la última
visita a Cuba de Paul
Eluard.
Tres años después, el 18
de noviembre de 1952,
“muy temprano en la
mañana —narra Nicolás
Guillén en su crónica—,
Dominique lo encontró
muerto, echado sobre el
lecho que ella había
abandonado un instante,
y junto al periódico que
él acababa de leer”.
Nota:
1-
El Congreso Mundial por
la Paz se celebró en la
sala Pleyel de París,
del 20 al 25 de abril de
1949. Con posterioridad
se efectuó en México el
Congreso Continental por
la Paz. |