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El Pinocho que rondaba
juguetón en la galería
El Retablo desde hacía
varios años, redibujando
bocetos del maestro
Zenén Calero para las
puestas en escena de
Rubén Darío Salazar,
comenzaba a inventarse
entre bastidores de
salas numerosas, entre
letras de autores como
Federico García Lorca y
Dora Alonso, para al
final nacer como títere
en Teatro de Las
Estaciones, familia que
vive soñando y creando
un arte de figuras en la
ciudad de Matanzas.
Con el empeño de
aprehender de una vez,
ya no la figura del
antológico niño de
madera sino su historia,
el director del grupo
acudió nuevamente al
dramaturgo Norge
Espinosa para que
adaptara al teatro el
cuento original de Carlo
Collodi. Y quien si no.
Porque desde el primer
encuentro profesional
entre ambos mediante
La Virgencita de Bronce,
Norge se ha convertido
en el autor por
plantilla de Teatro de
Las Estaciones, y
principalmente, un
miembro más de la
familia. Después de
varios meses, el pedido
fue saldado una mañana
de domingo. El
dramaturgo, siempre
poeta, había venido a
realizar personalmente
la lectura de
Pinocho/Corazón madera,
un cuento musical
para actores y figuras
animadas. La obra
al fin. Su versión.
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Desde el primer momento,
Rubén supo qué proponer.
No quería solamente
belleza en la
composición, lograda a
partir de una estructura
dramática sin riesgos
que complementara con
elementos escénicos de
sensual calidad
artística, sino además
ahondar en lo que
anteriormente había
detallado en obras como
La Virgencita de
Bronce, donde la
intertextualidad y la
parodia funcionaron como
recursos determinantes
para tratar temas como
el amor y la familia,
mediante la comunión
dramática entre
referentes textuales
como Cecilia Valdés o
la loma del ángel,
de Cirilo Villaverde, y
Parece Blanca, de
Abelardo Estorino.
Ahora, estos recursos
marcharían preponderando
otros tópicos como la
influencia de la
paternidad en los niños
y las niñas, la
determinación
individual, el riesgo
que significa vivir, la
ambición, el amor por el
teatro, la añoranza por
épocas anteriores, la
definición por un mañana
personal. Comenzar a
cuestionar la sociedad,
proponer sus destellos
artísticos, fue el deseo
de Rubén. Abrir una
puerta a la crítica
social, a la parodia
como herramienta de
análisis de una realidad
ya necesitada de un niño
con corazón de madera
capaz de inmiscuirse en
la sociedad cubana de
este tiempo. Pinocho de
la tierra que huele a
reggaetón en el 2011.
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Con relación al concepto
escénico, después de un
proceso investigativo en
el cual pudo consultar
más de una docena de
puestas internacionales
e incluso documentarse
sobre la versión de
Pinocho que realizaran
Los Hermanos Camejo en
1965 con música de Marta
Valdés, el director no
quiso otro muñeco sobre
las tablas capaz de
quitar predominio a su
protagonista y demás
títeres que estuvieran
en el original. Otras
obras consultadas
presentaban figuras para
todos los personajes,
haciendo que Pinocho
fuera uno más. Por ello,
la idea de rodear al
muñeco de actores, y
trabajar a partir de esa
relación. Los actores
completarían los demás
personajes,
intercambiándose
continuamente roles,
porque en esencia
representarían ayudantes
escénicos.
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Antes de
Pinocho/Corazón madera,
el arte del grupo se
daba mediante el
resultado estético
consistente en la
conjunción de directivas
y escenografías
poéticas, y desde lo que
pudiera llamarse un
drama poético encaminado
a un público
heterogéneo, a quien se
le propone una historia
bella por su métrica y
sonoridad, a la vez que
atractiva
conceptualmente. Pero
con esta obra Teatro de
Las Estaciones alcanza
la conciencia de su
mayoría de edad, lo que
significa arrojarse al
vacío sabiendo de las
circunstancias que deja
atrás y presagiando las
que siguen, tantas como
la vida. No solo
arriesgarse a la
independencia, que desde
sus inicios tenía, sino
tomar riendas más cortas
de ella para continuar
defendiéndola. Esta
conciencia es la de la
crítica social como
fundamento. Ya es hora,
según Rubén, de que el
arte de Las Estaciones
fustigue a quien tenga
que fustigar, moleste a
quien tenga que
inquietar, y por encima
de todo, embellezca lo
que necesite ser
embellecido. Por ello,
Pinocho, un niño con
corazón de madera,
porque con ese nació.
Con él, desabrocha la
realidad de los niños,
que es la de sus padres.
Decir que con esta obra
el grupo matancero ha
echado a volar por otros
rumbos, es
arriesgadamente cierto.
Y con Teatro de las
Estaciones ojalá vuele
toda Cuba.
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