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Cada etapa de libertad
de imprenta decretada en
la isla significaba una
verdadera fiesta para la
letra impresa. Era la
oportunidad, breve, pero
oportunidad al fin, de
expresar, a veces hasta
con juicios demasiado
severos para los oídos
hispanófilos, lo que
pensaban y sentían los
nativos insulares,
generalmente
“travestidos” mediante
el tono jocoso y la
sátira. Así sucedió en
1820, cuando, de nuevo
en vigencia la aludida
libertad para publicar
impresos— la primera
había sido disfrutada
entre 1812 y 1814—
apareció en La Habana,
los miércoles y sábados
de cada semana, un
periódico al que
nombraron El Tío
Bartolo, pero a
diferencia de otros
simultáneos
cronológicamente, este
no clasificaba entre los
defensores de la
ideología del
liberalismo burgués
entonces en boga entre
los criollos.
Acerca de su fundador
existen dudas, pues
Francisco Calcagno, en
su discutible, pero a la
vez indispensable
Diccionario Biográfico
Cubano (Nueva
York-La Habana,
1878-1886), afirma que
fue el habanero José
María Aguiar, mientras
Enrique Collazo, en su
obra Cuba Heroica
(La Habana, 1912) alude
a que el tal Aguiar era
dominicano. Pero fuera
de una nacionalidad o de
otra, lo cierto es que
El Tío Bartolo ha
sido el único periódico
escrito y publicado, al
menos en Cuba, en forma
de diálogo, en este caso
el sostenido entre un
cura y un insular, el
tío Bartolo, quien en
las sucesivas entregas
apareció en las viñetas
decorativas ya como
buhonero, ya como
arriero. Un ejemplo de
estos coloquios, tomado
del número 68:
DIÁLOGO CON EL PADRE
CURA
Bart. — Dios me lo
guarde, pae Cura.
Cura. — Lo mismo a V.,
tío Bartolo.
Bart. — Pae, cuántas
cosas he sabío en este
viaje.
Cura. — Vaya pues,
relátemelas V.
Bart. — Lo uno que me
hallé un tocallo en el
espiral de los soldados
que es señó Bartolo
Espárrago, y me voy a
hacer su camará por la
majomía de indilgar, y
lo voy a engatusar con
pollitos y huevitos pa
que me cuente las cosas
que se hacen dentro de
esa casa, en que diz que
es Contraor, porque me
han asegurao que allí
hay muchas cosas que
hablar, ya me dijo que
es ispetor un señó D.
Amaor García, mayordomo
un señó fulano Viaje, y
yo como quien no quiere
la cosa voy a sonsacarle
del buche cuanto puea.
Cura. — Muy bien, le
cojo a V. la palabra: de
ese hospital hay mucho
que hablar, averigüe y
tendremos buenas, muchas
y útiles conferencias.
Bajo estos rasgos tan
sui generis circuló
este periódico. Sobre
sus valores literarios y
políticos ha habido
disparidad de criterios.
Para Jacobo de la
Pezuela, destacado
historiador español, fue
un periódico, si bien
muy popular, indigno de
disfrutarlo por sus
“jocosidades tan
vulgares como su mismo
nombre”, y lo consideró
“más impostor y punzante
que ningún periódico de
la anterior época”,
refiriéndose al primer
momento de libertad de
imprenta. Para otros
historiadores, fue un
papel “chistosamente
escrito”, dispuesto
siempre “a hacer coro
con los enemigos de la
patria que a fomentar
los intereses de Cuba”.
En algunos números, el
director puso de
manifiesto una oculta
animadversión hacia
figuras criollas que por
entonces desempeñaban un
importante papel en el
desenvolvimiento
económico de Cuba, como
los criollos Francisco
de Arango y Parreño y
Alejandro Ramírez,
quienes desde sus
respectivas posiciones
en los medios oficiales
españoles auspiciaron
proyectos beneficiosos
para la Isla y también
para sus personales
bolsillos. El aludido
Calcagno informa que su
director, José María
Aguiar, sometió a
persecución a través de
su órgano de difusión a
dichos funcionarios, y
eso solamente bastaría
para “condenar su
memoria”.
Al defenderse, desde sus
propias páginas, de los
ataques de que era
objeto, expresó:
“Queridos conciudadanos:
desde que pensé escribir
me propuse por objeto el
bien público, declamando
en el papel de que soy
redactor contra los
abusos de la autoridad,
contra la arbitrariedad
y el despotismo para que
no pesase sobre vosotros
un azote el más cruel de
todos para los hombres
libres: pero aquellos
cuyos abusos os he
patentizado y sus viles
satélites se han
empeñado por todos los
medios que están a su
alcance en
desacreditarme, y lo
habrían conseguido si
vuestra ilustración, el
conocimiento de los
hechos de que hablé, y
el modo perentorio con
que los he detallado,
hubieran dejado lugar a
interpretaciones. Sin
embargo, yo sé que
algunos hombres bajos,
malignos y temerarios,
pretenden obcecaros,
pintándome a vuestros
ojos como corifeo de una
conspiración, y ha
llegado la osadía de
algunos al extremo de
haber hecho imprimir
unas coplas en la
imprenta Liberal, que se
publicaron el día 8 del
corriente: al siguiente
la he denunciado, como
injuriosa a mi notoria
buena opinión ante el
Señor Alcalde de segundo
nombramiento.”
Se leen en esos mal
pergeñados versos
aludidos por el
director:
Dicen que al tío Bartolo
Una oreja cortarán
Porque ha osado hablar
mal
De quienes nos dan
coraje.
Vaya el Bartolo del
cuento
A dar cuenta a otros
lugares
Que aquí quien siembra
pesares
Con la vida pagarán.
Ha olvidado el mal
Bartolo,
Porque malo hay que
llamarlo,
Que aquí en La Habana se
sabe
Que él y su mal papel
Pronto saldrán del edén
De que disfruta cual
sabio
Pues ni sabio es este
escribano
De mal pagada escritura
Que apura con mala pluma
Escritos que no conoce.
Váyase al diablo Don
Malo
Malísimo, incorrectísimo
Pues los Bartolos ya
sobran
Y gracias a Dios no
benditos.
Al parecer, la mayoría
de los periódicos
nacidos al calor del
momento, que no eran
pocos, se volvieron
contra El Tío Bartolo,
pues advertían, en el
fondo, el tufillo
españolizante de sus
ideas. Para combatir las
opiniones sustentadas en
este papel se fundaron
la Gaceta de Cayo
Guinchos y El
Amigo del Pueblo.
Este último comenzó a
publicarse el 2 de abril
de 1821 como “Papel
político, crítico y
literario de la Habana”.
En su frontis aparecían
los siguientes versos
del afrancesado español
José Marchena, más
conocido como El abate
Marchena, que incitó al
pueblo español a unirse
a la Revolución
Francesa:
Qué haces, do te
despeñas, imprudente
Pueblo? ¿La libertad sin
moral quieres?
¿Qué Dios te sopla ese
furor demente?
El fundador y redactor
de El Amigo del
Pueblo fue Diego
Tanco y en sus páginas
colaboró José María
Heredia. Desapareció el
6 de enero de 1822 para
dar paso al titulado
El amante de sí mismo,
iniciado el 9 de enero.
Como su antecesor, unos
versos traducidos en su
momento por poeta latino
Horacio, adornaban su
portada:
Dirase la verdad así
burlando.
Como a los niños dan de
cuando en cuando
Los maestros un bollo,
una rosquilla;
Porque mejor aprendan la
cartilla.
Tanco, también su
director, se presentaba
como “un escritorcillo
que por primera vez se
propone dar sus
pensamientos al
público”, lo cual no era
cierto. Colaboraron en
sus páginas José
Fernández de Madrid,
José María Quintana
Warmers, Juan José
Jiménez y otros que
firmaban bajo
seudónimos: Un
habanero, El
claro, El
espectador, El
censor, El
yucateco y Un
americano.
El Tío Bartolo
dejó cola en la prensa
habanera. Los criollos
no se arredraron ante el
sabor destilado de sus
páginas, mal perfumadas
de una escondida
hispanofilia. El
Amigo del Pueblo y
El amante de sí mismo
fueron una fugaz
respuesta, pero
respuesta al fin. |