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Cine italiano: una jornada particular

Frank Padrón • La Habana

Desde el 22 al 27 de noviembre, se desarrolló en el capitalino cine Riviera una de las tradicionales semanas de cine italiano en Cuba, que dentro de la Jornada dedicada a la Cultura de ese país se celebra anualmente, todos los fines de este mes, desde hace mucho.

Si en anteriores ediciones fue dedicada a importantes autores (como Tornatore o Paolo Virzí), la de este año tuvo la peculiaridad de reunir a cuatro de los “clásicos”, a la vez de remontarse a las prodigiosas décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado, en los que, como sabemos, el cine italiano vivió algunos de sus momentos gloriosos.

Cuatro ilustres poéticas se reunieron aquí, y no sería exagerado afirmar que en ellas se resume buena parte de ese aludido esplendor: las de Luchino Visconti, Mario Monicelli, Bernardo Bertolucci y Etore Scola. Desde el punto de vista temático, la muestra tuvo entre sus objetivos ilustrar mediante elevados momentos del cine fictivo, el período histórico que va desde el proceso de unificación del estado italiano a mediados del siglo XIX hasta el ascenso y caída del fascismo, así como el desigual desarrollo socioeconómico del Norte y el Sur en la época de la posguerra con secuelas que, incluso, llegan hasta hoy.

No es casual que el punto de arrancada haya sido esa obra maestra de Visconti a la que durante mucho tiempo solo pudimos acceder en una copia incompleta y en blanco y negro; desde hace ya algunos años se exhibe afortunadamente en nuestras pantallas en toda la plenitud de su majestuosidad: me refiero a El gatopardo (1963), historia de amores, derrumbes familiares y de clase, profundo estudio caracterológico y de época que agita, como algo más que mero telón de fondo, la invasión de las tropas de Garibaldi en la Sicilia que va de 1860 a principios de la próxima centuria.

También del maestro, otro de sus grandes títulos: Rocco y sus hermanos (1960), fresco en torno a la emigración sureña a un Milán promisorio mas difícil, e intensa tragedia familiar con tintes dostoievskianos, que demostró el fino catador de la condición humana y de los conflictos sociales que era el inmenso Visconti.

Pero si de frescos históricos hablamos, qué decir de Novecento (1976), de Bertolucci: el conflicto clasista del hijo de un terrateniente y el de un bracero permite, no solo seguir los avatares de ambas familias durante 80 años, sino tomarle el pulso a uno de los más apasionantes y complejos siglos: el XIX. Avanzando en el tiempo, este agudo realizador combina de nuevo sucesos individuales recortados contra complejos períodos históricos (esta vez, el fascismo) en El conformista (1976): un asesinato por presunto asedio, una luna de miel, un atentado, entre otros sucesos, arrojan luz sobre un momento peliagudo en la historia italiana y europea en general.

Ese gran cronista que fuera Mario Monicelli nos entrega en La Gran Guerra (1959), el relato de una sólida amistad en medio de la Primera Guerra Mundial; una vez más, hermosas historias personales dentro de la otra historia, la grande, que permite sondear relaciones humanas dentro de grandes conflictos sociales; es lo que Etore Scola nos entrega cuando en Una jornada particular (1977) nos acerca a la peculiar amistad que surge entre un periodista homosexual expulsado de su trabajo por su orientación erótica, y la portera de una casa de vecinos en un día de fiestas cuando Hitler visita Roma: como en sordina, asistimos de nuevo a lo que sacude la sociedad toda en un complejo momento histórico desde la perspectiva de unas pocas personas.

Además de catar estilos inconfundibles del cine italiano clásico, esta semana nos permitió disfrutar de actuaciones memorables, no solo de allí: Burt Lancaster, Claudia Cardinale y Alain Delon; Jean Louis Trintignat y Stefanía Sandrelli; de nuevo Delon junto con Renato Salvatori y Annie Girardot; Gérard Depardieu, Robert de Niro y Dominique Sandá; Alberto Sordi, Vittorio Gassman y Silvana Mangano o Sophia Loren y Marcello Mastroianni,  nos recordaron que junto a fidedignas reconstrucciones y ambientaciones históricas, auténticos ensayos sicosociales y ejemplares intersecciones de vidas privadas y contextos mayores, estos filmes revelan no solo la existencia de una prestigiosa escuela histriónica, sino también cuán  precisos eran sus directores en la dirección actoral.  

Los más jóvenes encontraron en esta semana de cine italiano la oportunidad de descubrir títulos imprescindibles en la historia de ese imaginario; los que no lo son tanto, ya lo dice la canción: “recordar es volver a vivir”; todos, agradecidos por esta oportunidad extraordinaria que la Embajada de Italia en Cuba, el ICAIC y la Asociación Recreativa Cultural Italiana (ARCI), nos permitió: enfrentarnos por primera o enésima vez, a seis obras que confirman el axioma: el cine italiano, sobre todo el que representa esa época, figura, sin lugar a duda, entre los grandes tesoros culturales de siempre.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.