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No era un secreto para
el muy famoso artista
francés que hacía cerca
de cuatro décadas que
los cubanos lo
aguardaban con
impaciencia. Y así se lo
hizo saber a un
periodista de la revista
Bohemia:
“Varias veces he
recibido sugerencias al
respecto. Que recuerde,
concretamente, tres
fueron las veces que me
ofrecieron contrato.
Pero unas veces por mis
compromisos contraídos
con anterioridad, y
otras porque las
empresas no pudieron
ofrecerme la cantidad
que yo estimaba prudente
para ir, lo he ido
aplazando”.
Lo cierto es que Maurice
Chevalier llegaba al fin
a La Habana el 11 de
abril de 1956, para
actuar en la gala
conmemorativa del
cincuentenario del
exclusivo colegio La
Salle.
Venía de Nueva York y al
abrirse la portezuela
del aeroplano, —contaba
un periodista— apareció
Chevalier enfundado en
un caluroso atuendo
invernal. Sonriendo bajó
la escalerilla
profusamente iluminada
por reflectores.
Manifestó su alegría por
estar en La Habana y
aludió al calor
sofocante.
“Es la primera vez que
piso tierra cubana y
espero no defraudarlos.
He oído hablar mucho de
Cuba. He leído sobre
ustedes y conozco
aspectos del país por
las películas”.
El cantante y actor galo
que había conquistado
Hollywood ya estaba
próximo a los 70 años y
conservaba su particular
estilo que lo catapultó
a la fama desde frívolos
escenarios, en los que
impuso su imagen de
galán atractivo y
sonriente, inmerso
siempre en pícaros
requiebros, lo que hizo
que algunos enfatizaran
solo en las limitaciones
de su género, sin
reconocer su talento.
Otros, en cambio, debido
a su popularidad y a su
gracia, llegaron al
elogio desmedido.
Fue precisamente nuestro
Alejo Carpentier músico,
uno de los críticos que
caracterizó con mayor
hondura al Monarca del
Music Hall, cuando desde
las páginas de El
Nacional, de
Caracas, el 27 de junio
de 1951, reconoció con
exactitud los poderes y
las limitaciones del
divo:
“¿Qué es Maurice
Chevalier? ¿Un cantante?
No. ¿Tiene una hermosa
voz? Ni hermosa ni fea,
puesto que no presume de
voz ni usa de sus
posibles recursos. ¿Es
un recitador? No. ¿Un
poeta? A su manera. ¿Un
comediante, entonces?
Sí, aunque en la escena
se vale muy poco de los
medios expresivos del
comediante. ¿Qué es,
entonces? Un hombre con
eso que Federico García
Lorca llamaba “el
duende” —esa gracia
indefinible, ese don de
emocionar a tiempo, de
decir y hacer justamente
las cosas, fuera de todo
alarde técnico, que
tanto puede manifestarse
en un arabesco de Alicia
Alonso, en un andante de
orquesta inspiradamente
dirigido, en una copla
de cante jondo, o en el
arte de cierto arpista
llanero, descubierto por
Antonio Estévez, cuyas
improvisaciones evocan,
de pronto, la majestad
de los Preámbulos de
órgano de la Edad Media.
El duende no se explica:
se siente”.
Nacido en 1888, a
Maurice Édouard Saint-Lèon,
—tal era su verdadero
nombre—, le apasionó el
mundo del espectáculo
desde muy niño. Comenzó
como acróbata, afán que
abandonó por problemas
físicos.
Fue entonces cuando el
joven Chevalier pasó al
mundo del teatro,
presentándose en
cabarets y music-halls
parisinos junto a la
célebre Mistinguette,
con la que formó una de
las parejas más
populares de la primera
década del siglo XX.
Y alcanzó una justa
celebridad al
interpretar con un
donaire muy propio
canciones típicamente
francesas que —al decir
del autor de Los
pasos perdidos—
“pertenecen generalmente
a la vena popular y a
menudo callejera de eso
que podríamos llamar el
folklore urbano”, como
“La Madelon” (1918),
“Valentina” (1925), y
“Cuando un vizconde se
encuentra con otro
vizconde” (1935), que se
hicieron famosas en todo
el mundo.
“¿Tenían algún valor
musical? No”. Se
preguntaba y respondía
Carpentier en el citado
artículo. Pero reconocía
que detrás de estas
ingenuas y espontáneas
canciones “estaba el
espíritu de Chevalier,
ese duende, esa gracia
irónica que durante
medio siglo ha marcado,
poco o mucho, el estilo
de los mejores
chansonniers de
París”.
En La Habana el veterano
actor galo, quien
sorprendió a todos por
su vitalidad, debutó en
el teatro Auditórium, el
13 de abril de 1956, con
un espectáculo de
Broadway bajo el título
de One man show,
ante un muy escogido
público. Una segunda
presentación tuvo por
escenario el cabaret
Montmartre, en el
Vedado, y, al parecer,
también cantó en el
canal 6 de la televisión
en el programa “De
fiesta con Bacardí”.
Maurice Chevalier
falleció en París en
1972.
Hasta sus últimos años
estuvo dando giras
artísticas y recitales.
Sigue siendo —como dijo
Carpentier— “el hombre
del duende, del ‘ángel’
que le permite hallar un
poco de verdadera poesía
en la más sencilla y
volandera canción.” |