|
Lo que quiero decir,
expresado más
rectamente, es lo
siguiente: varias
publicaciones periódicas
cubanas del siglo
xix adoptaron
títulos de insectos, de
aves y hasta de felinos.
De insectos surgieron
dos en 1820, El
Mosquito y La
Mosca; otra en 1838:
La Mariposa; más
adelante, en 1848, la
habanera Abeja
científica, artística y
literaria,
finalizada, al parecer,
en 1849, y Trinidad
tuvo, en 1856, La
Abeja. Años más
tarde nació en La
Habana, en 1892, Las
Avispas, cuya vida
se extinguió en Nueva
York hacia 1896. El ave
escogida en 1847 fue el
colibrí, que dio lugar a
la revista homónima,
aunque también existió
antes, en nuestra
capital, Las
Bijiritas (1869),
aparecido durante un
breve período de
libertad de imprenta,
autotilulado “Periódico
de rompe y raja, que
saldrá luego, ahora, y
después”. Entre los
felinos, tuvimos El
Lince en 1811.
Seguramente hay más
aves, insectos y feroces
félidos en la onomástica
de nuestra prensa, pero,
por ahora, los ejemplos
son suficientes.
El Mosquito
y La Mosca
surgieron en uno de los
breves momentos de
libertad de imprenta
disfrutados en la Isla;
precisamente a la
segunda, fundada por el
argentino José Antonio
Miralla en el mes de
mayo del citado año, nos
referimos en un artículo
anterior:
“Dos latinoamericanos
prestigian las
publicaciones periódicas
en Cuba”. Entonces
hablemos sobre El
Mosquito, aparecido
unos días antes,
exactamente el 27 de
abril. Fue, como todas,
o casi todas las
publicaciones surgidas
al calor de la libre
expresión, un periódico
satírico y burlesco. Su
fundador, el abogado
Ignacio Valdés Machuca
(1792-1851), era muy
conocido en el mundo de
las incipientes letras
insulares —aunque murió
en el olvido más
completo— por el
seudónimo adoptado:
Desval. Para honra
suya, y también de
nuestra literatura, fue
el primer autor nacido
en Cuba en publicar en
su tierra de nacimiento
un libro de poemas,
Ocios poéticos
(1819), de ínfima
calidad, pero libro al
fin, hasta entonces
inexistente entre los no
pocos poetas de la Isla.
Después de finalizado
El Mosquito, dio a
la luz La Lira de
Apolo, ya aludida en
trabajo anterior:
“La Lira de Apolo:
una revista literaria en
verso publicada en Cuba”.
De modo que Valdés
Machuca se inicia en la
fundación de periódicos
precisamente con El
Mosquito, que
solamente alcanzó hasta
el número 14, del mes de
agosto del propio año
1820, con una aparición
generalmente semanal. En
todos los ejemplares
publicados figuró el
epígrafe “Señores
eruditos / Ojo avisor
que aún hablan los
mosquitos”. Un grabado
en madera con un
mosquito posado en una
rama de la ceiba de El
Templete, donde se
suponía habitaba el
redactor de la
publicación, adornó el
frontis de la
publicación. Este
“mosquito” giro vagante
por la ciudad, anunciaba
en su primer número:
Ya estoy en la palestra,
gracias a la libertad de
imprenta que tanto he
deseado para corregir
algunos abusos, y a
semejanza del héroe de
la Mancha deshacer
agravios y enderezar
entuertos: porción de
tiempo hace que existo
sepultado en la añosa
ceiba de la plaza de
armas donde tengo mi
habitación, y a no haber
sido por la gloriosa
mutación de gobierno,
jamás hubiera salido de
este paraje. Es menester
que sepáis que alrededor
del tronco del árbol en
que tengo mi morada, he
estado muchos tiempos
sin atreverme a salir a
la palestra, ni publicar
canciones que ahora
saldrán a la luz porque
también entiendo algo de
poesía, en razón a que
la naturaleza, como dice
un filósofo, es
milagrosa y reparte sus
dones sin reparar en el
sujeto a quien los
prodiga.
Al repasar El
Mosquito en sus 14
números, advertimos no
fue una revista
literaria, aunque su
autor se paseaba entre
los mejores poetas del
momento, pues prefirió
criticar el abandono de
las calles, los
descuidos de la policía
por no atender con
prontitud las
alteraciones del orden
provocadas por los
empedernidos jugadores
de naipes, agrupados en
la mayoría de las
calles, enfangadas o
polvorientas, de lo que
hoy llamamos La Habana
Vieja, entonces corazón
de la ciudad intramuros,
afición convertida en
verdadero vicio, además
de las peleas de gallos.
Ambos pasatiempos eran
los principales, tanto
de ricos como de pobres.
Los primeros apostaban a
las cartas en sus
lujosas casas de la
ciudad o del campo,
servidos con
espirituosas bebidas por
los esclavos domésticos,
en tanto los segundos lo
hacían en plena vía
pública o en algún
tugurio maloliente. Un
Capitán General,
Francisco Dionisio
Vives, llegó a tener su
valla de gallos en el
mismísimo Palacio de
Gobierno, atendida por
el criollo Tondé, su
fiel servidor, como bien
nos lo muestra Cirilo
Villaverde en su
Cecilia Valdés o La Loma
del Ángel. Esas
costumbres —o malas
costumbres—, criticadas
también por José Antonio
Saco años después en su
ensayo Memoria sobre
la vagancia en la
isla de Cuba (1832),
permitieron a El
Mosquito, en cada
número, “con la
nutrición que ha
experimentado estos
días” fortalecer “su
lanceta, por lo que las
picadas serán un poco
más acres desde el
número siguiente,
dejando siempre salvas
las personas”, según
apuntaban en el número
5.
La mayoría de los
trabajos aparecidos en
este papel estaban
firmados bajo
seudónimos:
Dominguillo,
Pedro Búscalo,
Mendo Muño y hasta
por El Jején.
Ocasionalmente
aparecieron poesías,
debidas a Dorilo,
nombre tras el cual se
escondía Manuel González
del Valle, también muy
conocido en la época,
autor de un hasta hace
poco inalcanzable
Diccionario de las musas
—abrevio el largo
título—, publicado en
Nueva York en el año
1827, primer intento
criollo por “teorizar”
sobre cultura, en su
sentido más amplio.
El Mosquito
contendió acremente con
El Esquife
Arranchador (1820),
también de corte
burlesco, cuyo “Patrón”
se escondía tras el
seudónimo Moderato
Malas-pulgas,
natural de El mundo.
Así, entre moscas y
mosquitos, liras y
esquifes, transcurrió
otro breve período de
libertad de imprenta en
Cuba, aprovechado por
los nativos para poner a
prueba la ya manifiesta
burla popular, tan bien
estudiada en el siglo
xx por Jorge
Mañach en su
Indagación del choteo
(1928).
Otro insecto, bello,
cambiante, fue el nombre
adoptado en 1838 por una
revista aparecida en el
mes de abril, al calor
del movimiento literario
por excelencia del siglo
decimonono: La
Mariposa, tratada
también en anterior
artículo:
“Fragancias románticas
sui generis en
las revistas culturales
cubanas del
xix”. En
tanto, la abeja se hizo
representar en la
Abeja científica,
artística y literaria.
Aunque solamente publicó
nueve números, en ella
colaboraron escritores
cubanos de prestigio,
como los poetas José
Fornaris y Rafael María
de Mendive, Tristán de
Jesús Medina, también
poeta y narrador, autor
del cuento, tan valorado
por Cintio Vitier,
“Mozart ensayando su
Réquiem”, y la poetisa
Adelaida del Mármol.
La Abeja trinitaria
publicó artículos de
crítica literaria,
cuentos, poesías y
trabajos de interés
general. Tuvo
importantes
colaboradores: Luisa
Pérez de Montes de Oca
(Luisa Pérez de Zambrana,
al contraer nupcias,
años después, con Ramón
Zambrana), Joaquín
Lorenzo Luaces, Juan
Cristóbal Nápoles
Fajardo (El Cucalambé) y
Ramón Vélez Herrera.
Las Avispas se fundó
como semanario por
Justo de Lara
(seudónimo de José de
Armas y Cárdenas), quien
fue, además, su
redactor. Salía
semanalmente y en sus
comienzos tuvo una
filiación autonomista.
En enero de 1895 fue
silenciada por el
gobierno y su director
comenzó a editarla en
Nueva York, pero
entonces las ideas
expresadas por Justo
de Lara habían
pasado al terreno del
independentismo.
Desapareció en abril de
1896.
Dentro de las aves el
colibrí, motivo de
inspiración de poetas y
compositores musicales,
pajarillo pequeño de
vuelo rápido y colorido
plumaje, fue el título
escogido precisamente
por un poeta, Ildefonso
Estrada y Zenea
(1826-1912), quien en
1845 se dirigió al
Gobernador Civil de la
Isla, Leopoldo O’ Donell,
—quien ya arrastraba el
pesado fardo de la
sangre derramada en la
llamada Conspiración de
La Escalera (1844),
causante de la
dispersión y el éxodo de
la intelectualidad
cubana— para solicitar
el permiso de dar a la
luz, por entregas
mensuales, una obra
literaria con el título
de Colibrí de las
Damas. Aceptada la
solicitud por el censor,
Ramón Medina y Rodrigo,
pues ya el célebre
Olañeta arrastraba el
peso de los años o hasta
quizá había fallecido,
recomendó al citado
gobernador se publicara
la revista, pero no fue
hasta julio del año 1847
que vio la luz el primer
número. Antes, el 20 de
junio, habían anunciado
en el Diario de La
Habana que El
Colibrí, “Dedicado a
las damas” —hubo, pues,
una modificación en el
título—, no iba a ser
una publicación frívola,
sino que atendería
“modas, costumbres,
novelas, composiciones
poéticas [...]
literatura, historia,
ciencias físicas y
naturales”. Tampoco
“descuidaremos la
Bibliografía o
noticia de las
publicaciones nuevas en
todos los ramos que
se hagan en España, en
los países extranjeros y
en el nuestro”. Poeta al
fin, en el número
inicial y tras una larga
explicación de los
propósitos que movían a
la revista, Estrada y
Zenea, sabiendo que iban
a ser las señoras sus
lectores principales,
escribió:
Y siendo vosotras
flores,
Más bellas que el alelí,
¿Os faltará un
Colibrí
Que admire vuestros
primores?
La revista tuvo un alto
número de suscriptores
en La Habana, pero
también en Bayamo,
Cárdenas, Matanzas,
Puerto Príncipe y
Santiago de Cuba.
Ildefonso Estrada y
Zenea debió partir para
México y en su lugar
ocupó la dirección el
gaditano Antonio García
Gutiérrez, frustrado
poeta, hasta que en
1836, volcado hacia el
teatro, su drama El
Trovador tuvo tal
éxito al ser
representado que, según
refiere Joaquín
Llaverías, fue esta “la
primera vez que un autor
compelido por el público
saliera a las escena,
para aclamarlo”. El
aplaudido García
Gutiérrez cedió su lugar
como director de El
Colibrí a Juan
Miguel de Losada, pero
la revista ya no tuvo la
brillantez alcanzada en
la época en que lo
dirigió Estrada y Zenea,
quien se encargó de
llevar a sus páginas
nombres como los de
Antonio Bachiller y
Morales, Felipe Poey,
José Fornaris, Pedro
Santacilia, Leopoldo
Turla y Jeremías de
Docaransa, seudónimo
de José María de
Cárdenas y Rodríguez. A
mediados de 1848
desaparecía de la escena
cultural cubana El
Colibrí, que mucho
dio que hablar, para
bien, de la cultura
cubana, pues sus páginas
se abrieron a todo
material interesante no
solamente en cuestiones
de literatura, pues
publicó crónicas
culturales, sociales y
educativas.
El Lince
apareció el 1 de febrero
de 1811. Aparecía tres
veces a la semana, pero
sin día fijo y sin
exacta regularidad en su
salida. Aunque sus
editores prometieron no
copiar noticias de otros
periódicos no pudieron
cumplir esa expectativa,
de manera que
reprodujeron trabajos
donde se comentaba
acerca de las guerras
europeas y sucesos de
los EE.UU. Hacia
diciembre de ese mismo
año dejó de publicarse
“por el desprecio
público, conforme hubo
de suceder, con
rarísimas excepciones, a
todos los periódicos de
la época”, como afirma
el estudioso Llaverías.
Insectos que “picaron”
en la convulsa Habana de
1820, mariposas que
desplegaron sus alas a
todo color para reflejar
el sentimiento
romántico, abejas de
dulce miel y avispas
ponzoñosas hacia la
dureza del régimen
colonial; pájaros como
la bijirita y el colibrí
y astutos linces con
garras dispuestas al
ataque cruzaron su vuelo
y sus ágiles patas por
nuestras revistas y
periódicos. Alas
fértiles, revoloteo
efímero, peligrosos
felinos: todos unidos
para confirmar que
nuestra prensa del
xix alcanzó el
cielo no por asalto,
sino por la constancia y
el amor a las letras de
muchos de nuestros
intelectuales. |