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Desde el 1ro. de junio
de 1999, Freddy Núñez
Estenoz y su grupo
Teatro del Viento,
iniciaron su viaje por
los mares teatrales de
esta isla del Caribe.
Seducidos por el
universo juvenil, por
los temas familiares y
la naturaleza secreta de
las relaciones humanas,
el colectivo ha
desarrollado un trabajo
de investigación
permanente en el que el
trabajo del actor se
erige como centro de su
poética escénica.
Combinando una variedad
de estilos y formas, sus
puestas abarcan un
amplio abanico que se
esparce desde las
técnicas titiriteras,
hasta los movimientos
danzarios, los elementos
del show, el
clown y la narración
oral, lo que ha
convertido a este
colectivo en parte de la
vanguardia de nuestras
tablas.
Tal vez por ello Teatro
del Viento regresó este
año a la programación
del Festival de Teatro
de La Habana con
Viviendo en el alero,
su más reciente
creación. Pero como
fueron pocas las
funciones en el marco de
esta 14 edición, el
pretexto de una gira
nacional le permitió
compartir su quehacer
con el público habanero
otras dos semanas. Así
fue como permutaron de
la sede de Argos Teatro
a la sala Adolfo
Llauradó de la Casona de
Línea, donde se
presentaron en el
horario habitual del fin
de semana.
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Escrita y dirigida por
Freddy Núñez Estenoz, la
obra cuenta la historia
de una familia de
golondrinas que luego de
pasar una larga estancia
en un alero, se preparan
para seguir su
peregrinaje ante la
inminente llegada del
invierno. Dispuesta a
emprender vuelo rumbo
norte, la familia entra
en conflicto cuando los
dos hijos adolescentes
deciden quedarse en su
hogar. La metáfora de
emigrar al norte en
busca de calor, deviene
centro mismo de la
puesta en escena y habla
al espectador de su
realidad más cercana a
través de un discurso
poético y muy teatral.
Núñez introduce en el
texto expresiones y
jergas propias de
nuestra cotidianidad
que, aunque a veces de
manera demasiado
evidente, contextualizan
la historia en la Cuba
de hoy.
¿Qué sucede cuando los
adolescentes se sublevan
ante los tradicionales
patrones de
comportamiento,
defendidos por una
familia de generación en
generación? ¿Cómo romper
con las costumbres
rituales del pasado,
convertidas en
obligaciones, que
generalmente responden a
necesidades ajenas a
nuestros intereses?
¿Cuáles son los riesgos
de ser diferentes, de
seguir nuestra voluntad
y de imponer nuestros
criterios por encima de
los de otros? Estas son
algunas de las
interrogantes que
intenta responder, o
mejor, esbozar, sugerir,
despertar, Teatro del
Viento con su montaje.
Hacer pensar a los más
jóvenes y, por qué no, a
los ya no tan jóvenes
que influyen en ellos de
manera definitiva, son
premisas de esta obra
que más allá de
dirigirse al público
juvenil, constituyen una
excelente propuesta para
toda la familia.
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El montaje destaca los
resortes humorísticos de
la fábula de Núñez y
activa otros mecanismos
de la comedia como el
choteo, la ironía, la
parodia y la caricatura.
Para ello, los actores
resaltan algunos
parlamentos con un tono
de arenga que ridiculiza
la ineficiencia de
algunas campañas
políticas. Las escenas
de shows
nocturnos, las
simulaciones burlescas
de actos de agresión
entre los padres de la
familia, y la
dramaturgia gestual a
través de la cual la
obra sugiere lecturas
secundarias
—recuérdese
el momento en el que la
Mamá golondrina acepta
el nombre de Horizonte
para su hija mientras
representa el ritual de
hacerse el harakiri, o
cuando el padre hace el
gesto de robar para
aludir a “la lucha”,
práctica habitual en la
Cuba actual—,
son algunos de los
elementos que evidencian
la presencia de un
humorismo de situación.
Se develan así
procedimientos de la
técnica del clown,
como una de las bases
del trabajo. Y como
consecuencia de todo
ello, el espectáculo
adquiere un tono de
divertimento recurrente
en espectáculos del
colectivo, como
Aceite+Vinagre=Familia.
En esa cuerda, los
personajes de la
historia han sido
construidos por los
actores como
caricaturas. Haciendo
uso de múltiples
registros vocales, con
acentuación en los tonos
agudos cercanos al
sonido emitido por las
golondrinas, los
intérpretes matizan los
textos hasta la
saturación y mantienen
un ritmo acelerado
durante toda la puesta.
Sin embargo, en
ocasiones el volumen de
la voz se hace
insoportablemente alto
para el público en una
sala tan pequeña como la
Llauradó, y lo que fue
creado tal vez como un
acierto de la puesta, se
convierte en una
deficiencia que
entorpece el disfrute y
el entendimiento de la
historia.
No obstante, el elenco
de Teatro del Viento ha
demostrado tener talento
suficiente para
enfrentar cualquier tipo
de trabajo. En una
entrevista que realizara
Norge Espinosa al
director del grupo, en
el último número del
Perro Huevero
durante el 14 Festival
de Teatro de La Habana,
Núñez confesó su
cercanía a grupos como
Teatro de la Luna, por
trabajar y buscar ese
actor “tan versátil, que
canta y actúa”, y Teatro
de Las Estaciones, “por
la pulcritud en su
trabajo, por su sentido
espectacular”. Puedo
vislumbrar esos
referentes en un montaje
como Viviendo en el
alero. La limpieza
en la manipulación de
títeres
—mecanismo
recurrente en el
quehacer de la compañía—,
mediante el cual los
actores proveen al
muñeco de una
gestualidad humanizada
que provoca
simultáneamente risas y
sentimientos de ternura
en el espectador; los
movimientos
coreográficos, que
evocan en la puesta el
vuelo de las golondrinas
y, por momentos,
recuerdan los ejercicios
biomecánicos de
Meyerhold; así como el
cambio de vestuario y el
manejo de los elementos
escenográficos a la
vista del público, son
algunos de los elementos
que develan el
entrenamiento y la
preparación integral de
los actores de Teatro
del Viento, y conceden
un sentido coral a sus
espectáculos.
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Tres plataformas de
aluminio sirven de
escenografía para
recrear la historia.
Ubicado en un plano
superior, el hogar
construido por Papá
Golondrina ha sido
ambientado con elementos
de corte doméstico,
comúnmente vistos en las
viviendas de nuestra
sociedad: una manera
también de situar al
espectador frente a su
propia realidad. Este
diseño de Freddy Núñez
desplaza la acción hacia
varios niveles
escénicos, rompe con la
horizontalidad y
permite, en ocasiones,
concentrar la acción en
una u otra sección
espacial, dando
jerarquía a determinadas
circunstancias. Tal es
el caso de la escena en
la que los dos
adolescentes reflexionan
en proscenio sobre la
decisión que tomarán, en
un nivel muy cercano al
piso, mientras el resto
del espacio se mantiene
en penumbras.
Es evidente entonces la
implicación de la
iluminación en la
puesta, la cual, con un
colorido y variado
diseño, alterna entre la
luminosidad total de la
escena y las pequeñas
zonas de luces
concentradas en uno o
dos personajes, para
ganar mayor intensidad
en el conflicto.
Prevalecen los tonos
cálidos, coherentes para
recrear el mundo de las
golondrinas, perennes
perseguidoras del
verano, y la atmósfera
jocosa del espectáculo
con sus picantes
parlamentos.
Con este montaje, Teatro
del Viento demuestra una
vez más su interés por
investigar en el
universo de los
adolescentes y jóvenes,
en sus inquietudes y su
derecho a decidir si
quedarse en uno u otro
lado del alero, a ser
diferentes, a romper las
normas y, sobre todo, a
emprender su propio
vuelo. Viviendo en el
alero continuará su
gira por la provincia de
Pinar del Río, desde
allí, seguirá soplando
el viento. |