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Cobija de yarey y de seda con títeres
no urgentes
Yaismel Alba Garib • La Habana

De teatro de títeres en la Isla podemos hablar más por estos días de invierno, cuando el recuerdo del recién finalizado Festival de Teatro de La Habana nos arropa con mantas nacionales y extranjeras de quienes son animados por humanos, de los que corren en escena, de los que viven en el ensueño del titiritero para después, irreverentes, azotar con la cachiporra, molestar a su perro campesino, cantar un tonada, recitar un poema entre colores y juegos. Porque, siempre dispuestos a morir al concluir cada función, los títeres que volaron o llegaron en ómnibus, quieren servir como representación de un panorama mucho más diverso, mucho más amplio que el propuesto en la última edición del evento teatral. Por ello, este momento de palabras para leer, distanciados, a los títeres desde mi perspectiva, que puede ser la de cualquier joven interesado en el arte de las figuras.

Hablo primero de BläkPox Colective, grupo finlandés que presentó en la sala Adolfo Llauradó la puesta en escena Coincidencias. Entre música, luces dirigidas tales rayos de poesías, y títeres diversos, la obra se estructuró en cuadros interconectados por varios temas, sin importar causalidades ni líneas de acción de personajes. La técnica más utilizada para la animación fue el body puppet, con el que trabajaron tres titiriteros para proponer relaciones bien pensadas entre animador y títere. Esto último me llamó la atención, incluso más porque ignoraba por completo que la puesta tuvo como motivación a la novela Incidentes, del autor ruso Daniil Kharms, quien fuera censurado en su país cuando el régimen estalinista, porque sus escritos iban en contra de “los valores soviéticos del materialismo”. Entonces, sabiendo ya de la referencia, la obra tomó otro sendero de interpretación. No solo la imagen de una obra titiritera compromete los ojos del espectador, sino que algunos detalles deben concluir su elucidación con la agudeza necesaria como para encontrar ideas mucho más bellas que los diseños. Al conocer sobre el autor ruso, sentí la obra en su dimensión real, construida con manos reivindicadoras, palpitantes de amor por el teatro de títeres como interpretación de la vida. Y fue interesante que este grupo viniera desde tan lejos para aleccionarnos sobre las posibilidades de dicho arte, todo potencial a la orden de la imaginación cubana, desgraciadamente tan acaparada por algunos.

Por tanto, quiero hablar ahora de uno de esos pocos que acaparan la imaginación titiritera en nuestro país. Sobre Christian Medina, artista cienfueguero que trajo al certamen de las tablas su versión del cuento El gallo de bodas, de Herminio Almendros, pero con el nombre de Pico sucio. El Arca, hermoso centro titiritero ubicado en la Avenida del Puerto, acogió en su pequeña salita, casi con el techo acariciando el aura, este sencillo homenaje a la travesura criolla, en el cual un cartero es el responsable de representar para el público la historia que llegó en un envío postal con remitente desconocido. Christian, director del grupo Retablos, hace aparecer constantemente marionetas y títeres de mesa, con los que teje un relato escénico desde las facilidades y dificultades de un unipersonal. La interacción con los niños complementa la puesta, donde el juego y el choteo hacen que la fábula original se renueve. De esta manera, puedo reconocer las cualidades artísticas de Pico sucio, pero no niego que comencé a cabecear desde la primera salida del gallo, con el que tuve que mantenerme porque si no estaría escribiendo sobre otra obra. Claro, es para niños. Sin embargo, una obra dirigida a cierto público no necesariamente debe excluir a otros.

Tal es el caso de la agrupación Waka Waka, de Noruega, que se presentó en la sala Llauradó con la obra Baby-Universe: Puppet Odyssey. Así, en inglés y sin traducción. El planeta Tierra está muriendo por la indetenible expansión del Sol. Los humanos, en una nave espacial, crean los llamados bebés universos, seres que contienen otros firmamentos para cuando la supernova termine con la vida terrestre. Con personajes como Earth, Moon, Mercury y Saturn, representaciones antropomorfas de los planetas, esta historia de salvación humana propone una poesía paródica y repleta de ingenio. Temas como la maternidad, dada por la científica y su Baby, conmovieron al público, quien se dejó llevar por la trágica muerte del bebé ya crecido. La historia se enriquecía con las intervenciones a menudo de un locutor de Apocalypse´s Radio, que entrevistaba a los últimos humanos. Casi todas las figuras eran títeres de guante y de varilla. Sun, de dos metros de alto aproximadamente, era un esperpento impresionante, por sus dimensiones y por sus rasgos humanos como personaje. En general, la puesta difería de las nacionales en su lenguaje tanto temático, como representacional, porque no propuso animalitos y moralejas, tan trillados por estos años, sino un conflicto y su representación originales, desbordantes de imaginación y de arte. 


Canción para estar contigo

Precisamente, el arte vive en Teatro de Las Estaciones. La agrupación que dirige Rubén Darío Salazar trajo al Festival sus dos últimas puestas: Pinocho, corazón-madera y Canción para estar contigo. Sobre el Pinocho he hablado en otras ocasiones, sin embargo, de la espectacular balada, colaboración con la soprano Bárbara Llanes y en la que participó Danza Espiral, queda aún la voz en la sala de la Orden III, donde se unieron teatro, cine, danza y artes plásticas. La idea surgió de la cantante, quien después de sus colaboraciones en Los zapaticos de rosa y Federico de noche con el colectivo matancero, quiso lanzarse escénicamente en una propuesta que incluyera canto y teatro de títeres. Así, Norge Espinosa hizo la dramaturgia de una historia propuesta por la intérprete, que reunió poemas de autores latinoamericanos como Aquiles Nazoa, Nicolás Guillén, Carmen Lyra, y del propio dramaturgo, quien con su poema dio título a la obra. El viaje de la pequeña Carmita, interpretada por Bárbara Llanes, junto con su muñeca Alubia y el Payaso Girador, hacia la recuperación de su abuela fallecida, es la línea de la historia, en la que varios personajes como las niñas de caramelo, el Güije Encaminador y Don Bigote Capirote, guían a la pequeña hasta el lucero vespertino. Entre bellas melodías, escenas marcadas por el ensueño, y diseños de Zenen Calero, la puesta conmovió a los públicos más diversos, desde niños que callaron mientras la soprano sostenía emocionada la nana, hasta adultos que aplaudieron con el alma en las manos.

Si el arte tiene confirmación en la agrupación matancera, otra capitalina como es Teatro de La Proa, que presentó Mogwli, el mordido por los lobos, está en el camino de su propia poesía. También en el Teatro de la Orden III, el grupo que dirige Arneldy Cejas propuso a los espectadores la reconocida historia del niño que creció en la selva, versionada por el titiritero Erduyn Maza. El retablo, compuesto por dos telones superpuestos y decorados con variaciones de formas verdes, circunscribió el argumento a dicho lugar, una vez de selva, otra de fondo de poblado, y muchas de adorno. El pelele fue la técnica más usada, con la que los animadores lograron figuras bien diseñadas y de colores diversos, tantos que en ocasiones se confundían con el retablo, pequeña dificultad a la hora de distinguir bien a los personajes de la vegetación. Sin embargo, a los niños les llamó la atención el hálito onírico que proponían los animadores cuando hacían volar a sus lobos y a la pantera, y tanto más cuando el caminar del león distinguió su bravura. En sentido general, la puesta de La Proa propuso de manera sencilla a un Mowgli en Cuba, donde casi todo es selva.

Hablando de selva y de Cuba, de la provincia más oriental del país vino una cucarachita llamada Cuca a entretener a los niños con su servicio de limpieza. Fue en Matanzas, en el noveno Taller Internacional de Teatro de Títeres, cuando la vi por primera vez. Alexia Argote, actriz del Guiñol de Guantánamo, transformó el cuento tradicional de la cucarachita Martina en otra manera de tratar la historia. Cuca, prima de Martina y licenciada en orden y limpieza del hogar, representa la fábula mientras la pariente está de luna de miel con el ratoncito Pérez. Entre cubos, trapeadores, y un peso para restituir una herramienta dañada, la actriz interactuó de esa manera real con la que viven en Oriente, toda alegría y humildad en los movimientos. Los objetos de aseo sirvieron de motivación para concebir a los personajes, quienes en vez de ser reflejados tal y como se ven, son sugeridos por formas completamente diferentes. De ahí que el trapero fuera el Gallo y el cubo, el Perro. ¡Qué bien! Solo puedo aplaudir y reverenciar la idea. Ojalá los creadores no vean en la sencillez una muestra de inocencia, sino la belleza de la imaginación teatral.


Cuando el Che era Ernestico

Al teatro de la Colmenita no le bastaron las anteriores puestas, sino que deseó proponer al público más estéticas. De ahí que el grupo Nueva Línea, dirigido por Yaqui Saíz, acudiera con la obra Cuando el Che era Ernestico. Esta recrea la infancia del guerrillero argentino, en la que sus padres y el hogar significaron baluartes para su formación revolucionaria. Enmarcada en la casa que construyera Don Ernesto en Caraguatay, la obra nos adentra en un entorno natural bañado por las aguas del río Paraná. Inspirada en el texto homónimo de la autora Anisia Miranda Fernández, quien recogió las anécdotas y ocurrencias relatadas por Ernesto Guevara (padre) sobre su hijo, el homenaje de las titiriteras Geraidy Brito y Yaqui Saíz surge sobre un gran libro que sirve de escenografía, diseñado por Héctor Huerta, quien además concibió a los muñecos de mesa. La idea me pareció buena, a pesar de conocer que las titiriteras no habían leído el texto de Miranda Fernández cuando decidieron apropiarse de sus personajes. Esto lo supe en Matanzas hace alrededor de dos años, cuando aproveché las prácticas periodísticas para reseñar el estreno en la ciudad de Cuando el Che

También de Matanzas llegó René Fernández con Teatro Papalote. Nubes azules fue su oferta en el Teatro Nacional de Guiñol. La historia recrea el enfrentamiento de los vecinos de un edificio con las industrias cercanas que expulsan humo contaminante. Sobre este asunto se basa la representación, didáctica y elemental, para niños solamente. En un retablo, el Sol y la Luna comentan el problema, mientras las Nubes cambian de blanco a gris. Al frente, un edificio del que salen varios títeres. El conflicto se resuelve, todos terminan contentos y una pantalla muestra nubes blancas y azules.


Nubes azules

Otras obras de títeres fueron insertadas en el programa del Festival. Tal es el caso de El gato de Lilo, del grupo de teatro El Arca, dirigido por Liliana Pérez Recio, quien se arriesgó a probar suerte con el teatro de sombras.  Además, Arroz con maíz, de Los Cuenteros; Otra vez la cucarachita, de Parabajitos; El Sinsonte y el Rosal, de Teatro Escambray; El príncipe que jugaba a las casitas, de Teatro de la Villa; Buscando la lluvia, de Integración, volvieron a las adaptaciones de cuentos, en lenguajes de fácil comunicación, en técnicas tradicionales, no siempre efectivas para un público cada día más informado. Agradezco este desequilibrio, necesario para distinguir la belleza en otras propuestas.

Con este resumen sobre las obras de títeres en el 14 Festival de Teatro de La Habana puedo llegar a varias conclusiones. Primero, a pesar de que contamos con poca variedad estética en las propuestas titiriteras, confío en las que tenemos, en aquellas con el afán de no solo entretener a los niños, sino de proponerles un mayor nivel artístico con cada fábula o con cada imagen. Segundo, las puestas finlandesa y noruega solo son una muestra del arte de figuras internacional, variadísimo y repleto de tradición y de experimentación, con el que debemos dialogar. Tercero, en comparación con las obras del llamado teatro para adultos presentadas en el evento, los trabajos de agrupaciones como Waka Waka, BläkPox Colective, Teatro de Las Estaciones, Guiñol de Guantánamo, Retablos, catapultaron el teatro de títeres por encima del promedio de las propuestas para adultos. Que no quiere decir calidad superior a obras como Noche de reyes, de Teatro El Público; como Charentón, del Buendía; como Ayer dejé de matarme gracias a ti Heiner Müller, de Mario Guerra; como Cubalandia, de El ciervo encantado; como The Society, de un grupo noruego; como Andre y Dorine, del colectivo español Kulunka Teatro; como la noche con Harold Pinter, invitación de Andy de la Tour; como Soñando historias, del grupo argentino de teatro callejero, Tres Gatos Locos; o como las coreografías de Danza Contemporánea de Cuba, por ejemplo. Sino que desde una perspectiva general, el teatro de títeres se vio más sólido, con más señales de evolución dentro de su expresión particular. 

Confiando en mi análisis de casi todas las obras participantes, pienso que nuestro teatro de títeres está en un momento rico en impulsos y motivaciones, que tuvieron confirmación en la calidad artística de la mayoría de las puestas seleccionadas para el Festival. Uno de esos impulsos es el Centro Cubano de la UNIMA que, con casi dos años de trabajo, ha propiciado a los titiriteros nacionales una organización que los promueve por medio de talleres, de conferencias, de intercambio con otros países. Asimismo, la creación de la Cátedra Freddy Artiles en el Instituto Superior de Arte estimula el estudio titiritero desde un amplio programa de actividades, como los talleres sobre la animación de figuras, impartidos por el grupo Nueva Línea en provincias del país y posteriormente en la Universidad de las Artes. Además, el Premio Dora Alonso de dramaturgia para niños y de títeres que promueve desde hace dos años Tablas-Alarcos, ha incrementado cuantitativamente este tipo de textos dramáticos en la Isla.

Si en este instante un joven interesado en el teatro de títeres es escuchado, es porque existe el empeño de promover el mágico arte de los muñecos en escena. Porque el trabajo sostenido de varios grupos titiriteros ha solventado brechas abiertas en décadas pasadas, que mantuvieron relegados a segundo plano a muchos creadores, a muchos proyectos, a muchas historias. Pero ahora no es el espacio ni el tiempo para recordar las heridas, sino el momento justo para continuar regenerando y creando. De esta manera, Pelusín del Monte podrá ser animado siempre por muchos hermanos, herederos de los Camejo, en puestas tradicionales o experimentales, con guayabera o con traje espacial. Así, iremos recordando y aprendiendo para no volver a cometer los mismos errores.

Hoy hablamos de títeres en Cuba. Si mañana esta cobija de yarey y de seda no cede por la constancia y el deseo de continuar animando figuras, entonces el empeño de nuestros días habrá sido un mar de colores en hilos. Sin embargo, será difícil y arduo el arte a realizar. Pero nunca será trivial, ni menor, ni de colores “ocres medios” como dice mi maestro Rubén Darío Salazar, sino de amor y de imaginación. De esa manera, aunque algunas obras no resulten, siempre la verdad sobresaltará por encima de los errores (que sean pocos, aclaro). Al final, trabajamos en los diseños, actuamos, dirigimos, coreografiamos, hacemos música, escribimos, por los títeres. Siempre por los títeres.
 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.