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Llegada el 29 de enero
de 1868, poco habría que
esperar por el debut a
teatro lleno en el Tacón
de la trágica italiana
Adelaide Ristori, quien
sería reconocida en
aquel momento como “la
más célebre y admirable
actriz que ha visitado
La Habana”.
Ya para entonces la diva
mimada y cubierta de
condecoraciones por la
nobleza europea, había
recorrido medio mundo y
recibido los mayores
elogios de la crítica y
el público. Los
habaneros no se
quedarían a la zaga.
Desde el 1ro. de febrero
hasta el 24 de abril, la
Ristori se hizo aplaudir
delirantemente en el
gran coliseo habanero,
con un extenso
repertorio que incluía
piezas como la “Medea”,
de Legouvé; el “Angelo,
tirano de Padua”, de
Víctor Hugo, y una
versión de la “María
Estuardo”, de Schiller.
La figura y el estilo de
la artista, —quien ya
pasaba de los 45—, así
como también su voz y
proyección escénica,
sedujeron a los cubanos.
Un palco llegó a costar
188 pesos por 16
funciones, lo que
resulta excepcional para
la época. Incluso los
precios se multiplicaron
mucho más por la acción
de los revendedores,
hasta el punto de
rumorearse que algún
millonario llegó a pagar
mil pesos por un palco.
Los críticos se
deshacían en elogios:
“¡Qué artista!
—comentaba Enrique
Piñeyro—. Otras logran
adivinar una sola faz de
la pasión y esto les
basta para llenar el
mundo con su fama. La
Ristori va más lejos.
Todos los rasgos, todos
los matices del
sentimiento, por
diversos u opuestos que
parezcan, caben en aquel
corazón y en aquella
inteligencia.”
Con las presentaciones
de la artista, hospedada
en el lujoso hotel
Inglaterra, las damas de
abolengo, no interesadas
precisamente en el
teatro y que iban para
ser vistas, encontraron
una buena excusa para
confeccionarse nuevos y
costosísimos trajes, en
tanto los caballeros,
dejaron a un lado sus
conversaciones de
política y economía y, a
la chita callando, se
refirieron a las
cualidades físicas y
artísticas de la
visitante.
“Hasta los cocheros
—como dice Leonardo
Depestre
Catony—abandonaron su
impasibilidad y
prestaron curiosa
atención a la
conversación de los
amos, que con inusitado
ardor hablaban acerca de
“las noches de la
Ristori”, como algunos
dieron en llamar a sus
actuaciones, las cuales
sin duda marcaron una
época en el teatro y la
sociedad cubana de
entonces.”
Con la diva en la
capital, las modistas,
siempre ávidas de lanzar
novedades, popularizaron
la pañoleta “a la
Ristori”, de encaje y
tres puntas: una que
caía sobre la espalda y
las dos restantes
cruzándose sobre el
pecho. El “abrigo
Ristori” fue otro suceso
que mucho dio que
hablar: sin mangas,
acompañado de una
especie de esclavina
para dar salida a los
brazos.
El éxito de la gran
trágica fue asombroso,
al extremo que le
permitió —como apuntó
Rine Leal— hacerse con
más de 30 mil pesos en
su temporada habanera de
apenas dos meses. En su
beneficio —el 16 de
marzo— fue llamada a la
escena 11 veces, un
verdadero récord.
Sobre la actuación de la
Ristori en La Habana
está el juicio poco
conocido de un
espectador singular. Lo
cuenta el poeta
camagüeyano Roberto
Méndez Martínez.
Estando en la capital,
el joven abogado Ignacio
Agramonte Loynaz, —quien
no era un crítico
teatral, pero sí un
hombre de amplia
cultura, que sabía
juzgar con delicadeza y
fina intuición— asiste a
una de las
presentaciones de la
Ristori en “María
Estuardo”, y luego narra
sus impresiones en una
carta enviada a su novia
Amalia Simoni, en Puerto
Príncipe:
“Me encargas te diga lo
que me ha parecido la
Ristori. Solo la he
visto trabajar una noche
en María Estuardo, que
no es la tragedia en que
más se ostenta su gran
mérito, según dicen los
que en otras la han
visto; sin embargo, en
ella y desde su primer
movimiento en escena se
revela artista que va
mucho más allá de los
límites de lo común. La
movilidad de su
fisonomía para expresar
con toda la naturalidad
y verdad posibles la
pasión o el estado del
ánimo que desea; la
propiedad en todos sus
movimientos, en todos
los detalles, la vida y
la animación que da a la
palabra en la más
completa armonía con el
carácter del papel que
desempeña, son
cualidades que desde el
primer instante anuncian
a una trágica eminente.”
Agramonte se
incorporaría en ese
mismo año a la guerra
por la independencia de
Cuba, donde alcanzó el
grado de Mayor General
del Ejército Libertador.
Cayó en combate en
Jimaguayú, el 11 de mayo
de 1873. La Ristori
continuó durante años su
exitosa carrera
artística. Murió el 8 de
octubre de 1906. |