|
La 33 edición del
Festival Internacional
del Nuevo Cine
Latinoamericano trae,
como siempre, de (casi)
todo; echemos una (h)ojeada
a algo de lo que ya en
sus primeras jornadas,
ofrece la región.
En largos de ficción
aspira a premios El
infierno, del
significativo cineasta
mexicano Luis Estrada (La
ley de Herodes). Ese
México violento,
corrupto, transido de
drogas y luchas de
bandas aparece
magistralmente plasmado:
es el país que “Benny”
García descubre al ser
deportado desde EE.UU.,
y solo encuentra en el
narcotráfico la única
posibilidad de ayudar a
su familia y prosperar,
pero el precio,
lógicamente, será muy
alto.
Amén de una contundente
ambientación, Estrada
consigue incorporar
sabiamente el humor
negro a la narración,
que a propósito,
transcurre sobre rieles
pese al extenso metraje
del filme. Los horrores
que transcurren, los
asesinatos y
vendettas, se
plasman desde una
perspectiva cínica, al
parecer única actitud de
enfrentarlos y
reflejarlos
artísticamente, al menos
según el criterio del
realizador.
Pero lo ha hecho con
tanta gracia,
conocimiento de causa y
vigor, que El
infierno no solo se
tolera, sino que hasta
se disfruta. Las
actuaciones del
experimentado y siempre
brillante Damián Alcázar
(Satanás), y los
no menos brillantes
Joaquín Cossío, Ernesto
Gómez Cruz y María Rojo,
hacen el resto.
La perspectiva del viaje
como proyecto de vida,
solución o
emprendimiento, signa la
poética del brasileño
Karim Aïnouz (Madame
Satá), ya sea
la joven que escapa
de la municipalidad
asfixiante (El cielo
de Suely), ya el
decepcionado que
pretende con ello
curarse de cuitas
amorosas (Viajo
porque preciso, vuelvo
porque te amo) y
ahora la dentista que
recorre el inmenso Río
de Janeiro cuando su
esposo le deja en el
celular la noticia de
que la abandona, en
El abismo plateado,
también
dentro de la liza por
los Corales.
Es evidente que su
director es un
empecinado en esto de
concursar (y ganar) en
importantes festivales,
mas siente una especial
debilidad por La Habana,
acaso porque lo ha
premiado mediante todos
esos títulos; también, a
no dudar, se trata de un
preciosista, a quien le
interesa mucho más la
envoltura formal que lo
interior.
Si con El
abismo… fuera
también galardonado,
debiera serlo por las
excelencias de su banda
sonora y su fotografía;
en el caso de la
primera, importan más
esta vez para la
diégesis los ruidos, la
música y hasta el
silencio que el
acontecer (apenas las 24
horas en la vida
deambulante de esa
mujer); por ejemplo, el
sonido intenso de las
olas que presiden la
imponente Copacabana
donde habita Violeta, la
abandonada protagonista,
implica una labor
exquisita, y qué decir
de la que realiza el
destacado Mauro Pinheiro
Jr., con los contrastes,
los expresivos
claroscuros y los
efectos de “profundidad
de campo” que emprende
con su cámara. Un
momento de ejemplar
confluencia de ambos
rubros es una oportuna
cita de la recordada
cinta norteamericana
Flashdance
(1983), cuando el
personaje remeda aquel
inolvidable baile de la
protagonista sobre
Maniaca, por Michael
Sembello.
Lo que sí nunca
obtendría este filme es
un premio de público,
francamente decepcionado
ante la poca “almendra”
que puede hallarse en
esta historia que parte
libremente de todo un
clásico: la canción
“Olhos nos Olhos”, de
Chico Buarque, pero
también hay que hacerle
justicia: quizá como
corto o incluso
mediometraje, El
abismo… fuera toda
una obra maestra, mas
esta vez, los aludidos
méritos parciales, la
conseguida atmósfera de
soledad y abandono y la
notable actuación de la
sensual Alessandra
Negrino en el
protagónico, no son
suficientes, pero ya
veremos qué opina el
jurado el cual, como
generalmente ocurre,
está inmerso en una
árida y compleja
disyuntiva.
Dentro del amplio
Panorama Latinoamericano
(sección, como se sabe,
no competitiva), los
cinéfilos encuentran a
veces mayores
satisfacciones que en
los títulos que pugnan
por los Corales. Un caso
de amplia resonancia
popular ha sido el
policíaco coproducido
entre Venezuela y
Colombia Último
cuerpo, de
Carlos D. Malavé, en
torno al asesinato de un
travesti, detrás del
cual, el tenaz y
valiente periodista
Camargo descubre una
vinculación estrecha con
un comisario.
La corrupción policial
en sus altas esferas, el
papel de la “crónica
roja” —a veces más
eficaz que la propia
investigación de la
policía—, los manejos
politiqueros y otros
asuntos de esta índole,
no son nada nuevo en
este tipo de cine, pero
Malavé se las ingenia
para que su filme, sin
trascender una factura
bastante artesanal,
mantenga el ritmo, ligue
los hilos argumentales
con destreza y genere
personajes pintorescos,
como ese intrépido
reportero que, en la
piel de William Goite,
logra echarse en el
bolsillo a los
espectadores.
Algunos diálogos
artificiosos y
seudopoéticos —sobre
todo al final— y un
montaje gratuitamente
caótico, afectan un
trayecto que, sin
embargo, se disfruta
hasta el final.
No corre la misma suerte
la comedia argentina
Juntos para siempre,
de Pablo Solarz, que
compite en óperas
primas.
Tampoco se trata de
rastrear absurdas
originalidades, porque
la relación de un
impasible escritor con
sus criaturas, que lo
“desconecta” de todo su
entorno, es materia
harto recurrente. Lo
grave aquí es la poca
simpatía que descubre el
guion —del propio
director— algo, como se
sabe, imperdonable en
cualquier relato
humorístico que se
precie de serlo.
Aun con situaciones que
pudieron resultar muy
simpáticas (como la
pareja que arroja el
sofá en tanto “presunto
culpable” de una
infidelidad), los
parlamentos son tan
retorcidos, los
caracteres tan forzados
en su diseño sicológico
y las peripecias tan
artificiales, que el
intento sucumbe desde
los primeros minutos.
Seguiremos
“festivaleando”… y
comentando.
|