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Juntos para siempre, concursa en la categoría de ópera prima

Justo Planas • La Habana

Juntos para siempre es una película muy argentina, podría identificarse aunque estuviera doblada al mandarín, porque ese humor de particular inteligencia, con rejuegos formales, la mordacidad existencial y sobre todo, ese tipo de comedia donde el protagonista resulta el único cuerdo y los otros personajes se interponen con peripecias seriadas en la realización de los deseos más urgentes de aquel... esas cosas solo nacen muy al sur de Nuestra América.

Pero disculpen, me retracto, Juntos para siempre va dejando de ser una comedia mientras avanza, era solo un malabar, como esos del fotógrafo con el pajarito, o el del médico antes de inyectar a un niño. Juntos... cala hondo. Nos hace mirar al lado de la cama, preguntarnos si dormimos con la persona correcta, si ese “juntos para siempre” vale la pena, si es un “juntos para siempre” o “por ahora”.

A la par, va contando el proceso creativo de una historia, cómo los hechos influyen sobre el artista; porque Gross, el personaje principal, es escritor. Lo que no dice (¡y dice!, gracias al actor que lo interpreta) su boca, lo deja entrever el giro de su guion... porque Gross está escribiendo un guion.

Su historia comienza siendo una idea inofensiva, casi un chispazo tonto de esos que podríamos escribir o bien olvidar para siempre. Pero el gordo malhumorado del comienzo termina convirtiéndose en un órgano vital de Juntos para siempre. Entre más nos acercamos a él, sus deseos de sacar a la esposa de su carro, de abandonar a sus hijos en la carretera, se van justificando; el gordo nos parece menos gordo, y hasta creemos ver en él al joven Gross, el escritor excéntrico que grita: “Yo estoy bien porque lo decido, no voy a favor del dolor, pienso en la cosas lindas”.

Juntos... agrega más de una frase lapidaria a la honrosa lista del cine argentino. En esto es profundamente moderna... y posmoderna en otros planos; va de un precipicio al otro sin perder la ruta, sin cambios abruptos de tono. Juntos... define arte, infidelidad, define hombre; se burla de cualquier tipo de definiciones y llora sobre esa burla, todo en poco menos de dos horas.

Podremos disfrutar de un monólogo —en opinión de este espectador— encomiable: el de la mujer del gordo, un monólogo donde nadie se desgarra la camisa y ofrece el pecho, un sencillo monólogo que lleva al límite las cualidades de un actor, donde la palabra gordo, y su derivado gordura se repiten ofreciendo una risa y una idea diferente cada vez.

Nadie recomienda sobreactuar, sin embargo, al protagonista de este filme se le podía entrar de mejor forma. Es el estilo de la peor comedia transformado en el arte más noble, el que ofrece seres humanos por encima de los arquetipos. Borges no recomendaba “parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios” y he aquí que el director Pablo Solarz sale airoso con sus paralelos.

En terreno formal, nos tropezamos con más de una caja china, historias que guardan historias que guardan historias... y para colmo cine dentro del cine. Sin embargo, más allá de un ejercicio estupendo de creatividad, trasluce una filosofía de arte como vida real que no deja de tocarnos. Es eso, ¿no? Que el arte encuentra formas de apoderarse del artista, que en ese dúo arte-artista los dos son obra y creador al mismo tiempo.

Ninguno de los anteriores ejercicios (si se quiere hasta oníricos) compromete los presupuestos centrales del filme. Los espectadores podrán disfrutar la película en su sentido más plano, morir de la risa o dejarse matar por ella, sin sentir el disgusto de que se la están echando a perder con rebuscamientos, como dicen por ahí. ¿No se acerca así Juntos para siempre al vellocino dorado de hacer un filme “para todos los públicos”?

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.