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Una colega me comentó
que le había parecido un
poco resabioso, que a lo
mejor no me daba la
entrevista. Pero yo lo
esperé. Tal vez era un
cuento chino eso de que
nos veíamos dentro de
dos horas, pues debía
terminar de leer un
guion, y a lo mejor se
me escapaba para ver una
película en alguno de
los cines de 23. A las
4:50 p.m. volví a
llamarlo, “dame cinco
minutos y nos vemos en
el elevador que está más
cerca de la piscina”. Ya
era casi un hecho,
tendría mi entrevista
con Alberto Lecchi, uno
de los directores
argentinos más conocidos
por el público cubano.
Quizá algunos recuerden
su ópera prima,
Perdido por perdido,
que obtuvo dos Premios
Coral en la 15ª edición
del Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano. A
otros, quizá les resulte
más familiar Nueces
para el amor, una
cinta que repasa sucesos
significativos de la
historia de su país y
nos advierte que la
pasión de la
adolescencia no se
olvida nunca. No solo
los espectadores del
séptimo arte han tenido
la oportunidad de
apreciar su obra,
también en la pequeña
pantalla ha realizado
exitosas series como
Nueve Lunas y
Epitafios. Pero esta
vez Lecchi llegó a Cuba
sin películas. Después
de cuatro años regresa a
nuestro país como jurado
del concurso de Guiones
Inéditos.
No quiso adelantarme
nada sobre los
originales que había
leído, pero al parecer
alguno lo atrapó, y para
él eso es lo más
importante. “El buen
guion es ese que
empezaste a leer y no lo
puedes dejar, donde los
personajes están
construidos de una
manera que atraen, no
son reiterativos. Leer
un guion, para mí que
soy director, es como
imaginar qué película
puede haber allá atrás”.
¿Y qué le sucede si
encuentra un buen guion?
Me da una envidia
bárbara, pues me hubiese
gustado que fuese mío
(ríe). Hacer una
película es
dificilísimo, pero hacer
un buen guion es mucho
más complejo.
¿Cómo logra contar un
libreto sin traicionar
su espíritu, pero al
mismo tiempo haciéndolo
suyo?
Me siento como un
artesano. Agarro algunas
cosas y las voy
moldeando para que digan
o tengan la forma que
quiero. Eso es lo que me
sucede cuando agarro un
libreto que no es mío y
hago una película de él.
En una ocasión dijo que
le gustaría adaptar
Rayuela, lo cual
sería todo un reto.
¿Sueña todavía con
llevar esta novela de
Julio Cortázar a la
pantalla grande?
Rayuela
fue mi libro de cabecera
durante muchísimos años.
Cuando empecé a estudiar
cine mi primer trabajo
como estudiante fue una
adaptación de esta obra.
Es un sueño muy loco,
porque Rayuela es
un libro leído en todo
el mundo y cada uno
tiene una imagen
distinta de él. Sería de
esas películas que
haces, y de antemano
sabes que todos van a
decir “el libro es mejor
que la película”. Todo
el mundo tiene una
percepción diferente de
la historia de los
personajes. ¡Quién no
imaginó a la Maga! Esta
sería una de esos filmes
peligrosos para los
directores, porque en
esta profesión los
fracasos son muy
difíciles de levantar,
hay que tener bien claro
qué vale la pena y qué
no. Pero sí, sigo
soñando con llevarla a
la sala oscura y
mostrarles a todos mi
Maga y mi Horacio
Oliveira.
Usted también es
guionista, sin embargo,
en múltiples entrevistas
ha expresado que no le
gusta escribir, que
prefiere la dirección.
¿Por qué?
El trabajo del escritor
empieza sobre la nada,
sobre una hoja en blanco
y eso me angustia.
Mientras que el del
director se inicia sobre
un guion, entonces ya
tienes de dónde
agarrarte y a partir de
ahí construyes. Me gusta
escribir con la cámara,
adoro ponerles imagen a
las cosas escritas. Me
encanta el trabajo con
el equipo técnico, ver
cómo los actores se
ponen en la piel de los
personajes. Tengo la
suerte que casi todos
los actores con los que
he filmado, cuando los
vuelvo a llamar aceptan
trabajar conmigo.
Aprendí a querer a los
actores, ellos son la
cara de la película.
Ese podría ser un buen
consejo para los
realizadores que se
inician. ¿Qué otras
recomendaciones les
daría a los noveles?
Cada uno tiene su
librito, creo en la
puesta en escena. Mucho
de los directores
nuevos, cuando salen de
las escuelas de cine,
están más preocupados
por la cámara, por su
posición y descuidan al
actor, sin darse cuenta
de que si este está mal,
la película no funciona.
¿Cómo valora las nuevas
generaciones de
cineastas que se están
formando hoy en
Argentina?
La tecnología ha abierto
una posibilidad
increíble que no tuve en
mi época cuando empecé a
hacer cine, y es la
facilidad con la que
puedes agarrar una
cámara y comenzar a
contar una historia.
Esto me parece genial.
Soy de los que piensa
que hay que hacer, hacer
y hacer, que es la única
manera de llegar a
perder el miedo a la
cámara.
Su generación estuvo muy
marcada por las
dictaduras en
Latinoamérica, ¿qué
historia les tocaría
contar ahora a los
jóvenes?
Pareciera que en esta
época de globalización
uno puede hacer las
cosas con menos límites
que los que teníamos
nosotros. Me imagino que
eso puede traer
aparejado una sensación
de liviandad, por eso
los creadores de ahora
tienen que hacer un gran
esfuerzo para contar
historias que sean
potentes. Para nosotros
era todo tan duro y tan
palpable que creo que el
70 % de las películas de
mi generación tenían
muertes. En la
actualidad me parece que
hay que empezar a hurgar
más psicológicamente en
qué nos está pasando,
para que ello salga a la
luz. Y nadie mejor que
esta generación para
contarlo, pues ya la veo
de arriba.
Nueces para el amor
es su película más
personal, y es
considerada por gran
parte de la crítica como
una cinta que refleja
momentos clave de la
historia de su país. Si
hiciera otra cinta sobre
los últimos 20 años de
Argentina, ¿qué sucesos
no dejaría pasar?
En 20 años ha habido
cosas muy fuertes en
Argentina. Entre ellos
la consolidación de la
democracia, la cual está
relacionada con un acto
muy importante que fue
cuando Néstor Kirchner
bajó el cuadro de Videla,
uno de los represores
más grandes de
Latinoamérica. Otro
suceso importante sería
la salida de la gente a
las calles antes del
derrocamiento de
Fernando de la Rúa, todo
el mundo se lanzó a las
avenidas, incluso la
clase media —que es la
más peligrosa—. Lo otro
que contaría es que uno
después de los 50 años
ve las cosas distintas y
yo ya tengo más de cinco
décadas.
¿Cómo percibe el futuro
del cine argentino?
¿Cuáles son los
principales
inconvenientes que
enfrenta hoy?
El cine argentino está
bien posicionado,
siempre hay dos o tres
películas buenas por
año. Y va a seguir así,
porque si no me equivoco
hay 16 mil chicos
estudiando cine, lo cual
es una cifra increíble.
Pero podría estar mucho
mejor.
Actualmente nuestro
Instituto de Cine apoya
más la producción de
óperas primas que las
películas de directores
reconocidos. Esto
provoca que grandes
realizadores argentinos
como Adolfo Aristarain,
Marcelo Piñeyro, entre
otros muchos, no filmen
porque el panorama no se
los permite. Hay otro
problema serio y es el
de los costos
publicitarios para que
una película sea
conocida. La
distribución es cada vez
ranina con el cine
independiente. Hay 600
salas y de golpe hay 500
con una sola película.
En Argentina se ha dado
el caso de que dos
películas
norteamericanas cubran
casi el 90% de las
pantallas. Actualmente
es más fácil producir
que proyectar.
Quizá por ello también
se haya decidido a hacer
televisión, pues como ha
dicho es una alternativa
muy válida en lo
económico. Usted se
declara como un cineasta
que hace televisión.
Pero, ¿cuánto le ha
aportado la pequeña
pantalla?
Las cosas que he
realizado en televisión,
en un lado chiquito, se
emparientan con el cine.
Lo que he hecho no son
telenovelas, donde creo
que se pierde el control
sobre el proyecto. He
dirigido series que creo
valen la pena como son
Nueve lunas y
Epitafios.
Lamentablemente el cine
cada vez se va haciendo
más como se hace la
televisión. Yo siempre
decía que la diferencia
entre uno y otro era que
en el cine primero
ponías al actor y
después la cámara, y
viceversa. Hoy, con la
nueva tecnología, ya
casi no se filma toma a
toma, sino secuencia a
secuencia como se hace
en la televisión. Esto
va cambiando la forma de
ser exhaustivos, como se
era en el séptimo arte.
No estoy en contra de la
tele y aunque me gusta
más el cine, siempre
digo que gracias a ella
tengo un gran manejo del
set.
Hace poco terminó una
serie de televisión,
¿cuándo vuelve al cine?
Finalicé la serie,
Maltratadas, que
aborda la violencia de
género. Espero el año
que viene estar filmando
una película que
escribí, se llama
Sola contigo, es la
historia de una mujer
que por triunfar dejó
muchas cosas en el
camino y llega un
momento en que se
arrepiente y se da
cuenta de que por eso
quedó sola.
Algunos lo han
catalogado como un
cineasta popular, otros
consideran que su cine
no llega a ser
intelectual, ni tampoco
comercial. ¿En qué lugar
se encuentra Lecchi?
Creo que cada uno hace
el cine que puede hacer.
Intelectual, podría
decirte que no soy, en
el sentido que jamás
haría una película como
Visconti, no tengo su
bagaje cultural; pero
tampoco haría una cinta
chabacana. No me molesta
que digan que mi cine es
popular, al contrario.
No hago cine para mis
amigos. Hago cine para
que se vea. Esto no
quiere decir que busque
al espectador, para
nada, lo que hago es
sentirme como un
espectador. Cuando leo o
escribo un guion digo:
yo iría a ver esta
película, me
entretendría, la pasaría
bien, me contaría algo;
entonces voy adelante
con ella.
Es muy difícil realizar
una buena película y
celebro cuando la gente
ve una obra mía. Creo
que el director que no
imagina una fila de
personas en la puerta
del cine donde están
proyectando su filme, es
un mentiroso. Estoy
seguro de que todos
deseamos que lo que
hacemos sea visto. |