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Dentro de la creación
literaria de Gertrudis
Gómez de Avellaneda
(Puerto Príncipe, 1814-
Madrid, 1873) el
periodismo ocupa un
número de páginas muy
inferior a su producción
poética, narrativa,
dramática o epistolar,
pero sería un gravísimo
error ignorar el papel
que este jugó dentro del
proyecto reivindicador y
educativo de su sexo.
Desde su arribo a
España, la principeña
así como accede a las
tertulias literarias y a
los espacios teatrales,
se acerca a la prensa y
colabora con varios
periódicos, aunque en la
mayoría de ellos con
poemas. Así, en 1838
remite unos versos al
periódico El Cisne,
de Sevilla, antes de
sistematizar sus
colaboraciones en el
Semanario Pintoresco
Español, entre 1845 y
1851, La Alhambra,
de Granada y, sobre todo,
La América, donde
sus páginas tuvieron una
presencia apreciable
entre 1857 y 1863. En
este último se
incluyeron dos artículos
suyos.
El primero, “Luisa
Molina”, aparecido el 24
de mayo de 1857,
dedicado a promover la
personalidad y la obra
de una escritora
campesina cubana, cuya
existencia estaba
marcada por grandes
dificultades económicas.
En él la escritora
defiende la existencia
de un talento femenino
para la poesía que no
necesita de los
conocimientos que
parecen patrimonio del
género masculino y
compara, por sus
heroicos esfuerzos, a
Molina con Juana de
Arco.
El segundo artículo, “La
mujer”, aparecido el 8
de marzo de 1862, es un
texto reivindicador de
las capacidades y
posibilidades de su
sexo, cuyos antecedentes
hay que buscar en otro
escritos: las páginas
publicadas en 1850 en el
periódico El Trono y
la Nobleza, bajo el
título “Capacidad de las
mujeres para el
gobierno” y la serie de
tres artículos que Gómez
de Avellaneda publicó en
1860 en el Álbum
Cubano de lo Bueno y lo
Bello. Si no son las
páginas más notables que
la autora haya escrito,
si son las más
abiertamente combativas
a favor del acceso
femenino hasta las más
altas posiciones de
gobierno, así como a los
trabajos intelectuales
de mayor importancia.
Todo está redactado en
una prosa apasionada,
llena de ejemplos
históricos, bíblicos y
literarios y con pasajes
que recuerdan verdaderos
parlamentos dramáticos,
como cuando afirma que
la mujer posee la
"intuición de la
verdadera grandeza,
aquel
instinto del supremo
heroísmo, que hace se
complazca descendiendo;
que
hace se glorifique
sometiéndose en el
dolor; que hace, en fin,
que
consagre su corazón
altar secreto de
holocaustos continuos"1.
Precisamente, la más
notable de sus empresas
periodísticas tuvo lugar
en 1860, cuando residía
en Cuba, junto con su
esposo Domingo Verdugo,
funcionario colonial
llegado con el séquito
del Capitán General
Serrano. Se trata del
Álbum Cubano de lo Bueno
y lo Bello,
publicado en La Habana
entre el 15 de febrero y
el 12 de agosto de 1860,
concebido como una
revista en primer
término para la mujer,
aunque su alcance podía
llegar con más amplitud
hasta todos los lectores
interesados y dirigida
por mujeres, cuestión
esta última en la que
radicaba su
singularidad, pues
aunque a lo largo del
siglo XIX cubano hubo
varias revistas
dedicadas al “bello
sexo”, la presencia en
sus páginas de
escritoras era más bien
incidental y la empresa
estaba habitualmente a
cargo de hombres como
sucedió en
La Moda o
Recreo Semanal del Bello
Sexo, fundada y
dirigida por Domingo del
Monte entre 1829 y 1831,
que Tula conoció y leyó
en su adolescencia
principeña. La revista
animada por la autora de
Sab tenía un
amplio consejo de
redacción, que además de
su fundadora incluía a
las españolas Fernán
Caballero, Concepción
Arenal y Carolina
Coronado y a las cubanas
Luisa Pérez de Zambrana,
Luisa Franchi Alfaro,
Úrsula Céspedes de
Escanaverino y Julia
Pérez Montes de Oca.
Aunque se procuraba una
mayoritaria presencia
femenina en sus páginas,
no por ello se rechazó
la colaboración de los
hombres. Avellaneda se
apoyó en el poeta José
Fornaris para la
coordinación y promoción
de la empresa y abrió
sus páginas a autores
como Juan Clemente
Zenea, Rafael María
Mendive, Enrique Piñeyro,
Ramón Zambrana y su
coterráneo Esteban de
Jesús Borrero.
Un detalle llamativo es
el alcance que la
escritora quiso dar a la
publicación. Si bien una
parte importante de sus
ejemplares estaban
dedicados a suscriptores
habaneros, había además
otros 29 puntos del país
donde podía recibirse,
porque en esos sitios
había representantes de
ella, entre ellos Puerto
Príncipe, donde estaba a
cargo su pariente D.
Juan de Arteaga, así
como norteño puerto de
Nuevitas, donde el
agente era el periodista
D. Antonio Moya.
La revista se definía
como “de moral,
literatura, bellas
artes, modas” y recogió
en sus ejemplares de
aparición quincenal
poemas, cuentos,
críticas literarias,
crónicas. Resulta
explícito el interés de
la dirección en promover
el apreciable movimiento
poético femenino de la
Isla, lo que significa
no solo la publicación
en sus páginas de versos
de las autoras cubanas
incluidas en la
redacción del Álbum…,
sino también de otras
cuya obra había sido
menos difundida como
Martina de Pierra y
Agüero, Dolores Cabrera
y Heredia y María Valdés
Mendoza.
Un detalle curioso es la
reproducción en la
página 205 de la
publicación del “Himno
al Sol”, del poeta
sevillano Gabriel García
Tassara, con el que
Gómez de Avellaneda
había tenido relaciones
amorosas tres lustros
antes, fruto de las
cuales nació una niña
que vivió pocos días que
el escritor y
diplomático no quiso ver
ni reconocer y la
relación entre ambos
concluyó de forma
abrupta y desagradable.
Que sepamos, Tula y él
no volvieron a
relacionarse, pero ella,
ya casada con Verdugo,
seguía apreciando su
valor literario y quiso
reproducir el texto que
la posteridad reconoce
con el más notable de
los suyos.
Aunque la revista no
tenía un carácter
marcadamente político,
es innegable que forma
explícita abogó por los
derechos de la mujer en
la sociedad. Tal cosa se
hace muy clara no solo
en los ya citados
artículos titulados “La
mujer”, sino en su
“Galería de mujeres
célebres” serie de diez
biografías en las que se
reseñan sucintamente las
vidas de mujeres
destacadas en la
política, la religión,
la literatura. Al
parecer, aunque algunos
de estos textos han sido
tomados de otras
publicaciones, fueron
más o menos refundidos
por Tula, para enfatizar
el derecho femenino a
acceder a los mismos
espacios sociales y de
poder de los hombres.
Entre las biografiadas
estuvieron Simrou
Begghun, Safo, Santa
Teresa de Jesús,
Semiramis, Pan-Hoei-Pan,
Victoria Colonna,
Sofonisba, Isabel la
Católica, Aspasia y
Catalina la Grande.
Vale la pena detenerse e
intentar desentrañar uno
de ellos, el dedicado a
la legendaria poetisa de
Lesbos. Aunque la
información “objetiva”
que sobre Safo ahí se
vierte, no rebasa los
datos que cualquier
enciclopedia o historia
de la lírica griega de
la época pudieran
aportar, lo atractivo
aquí es el modo de
presentar estos datos,
en función de
“construir” un personaje
actual, con el que la
autora se identifica
mucho más profundamente
que con los demás que se
sucederán en la
“Galería”.
Lo que la historia o el
mito callan, viene a
completarlo la
principeña en el relato
que se erige en una
especie de “biografía
ejemplar” de la
retratada, quizá
parodiando aquellas
Vidas paralelas,
exclusivamente
masculinas, de Plutarco.
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Llama la atención que la
Avellaneda no intente
actuar como historiadora
de la literatura, de ahí
que la importancia de
los textos de Safo para
la literatura de
Occidente, sus aportes
al género lírico,
especialmente a la
versificación, ni
siquiera se toquen. Toda
la atención va a
centrarse en dos puntos
focales: la escritora
frente a una sociedad
eminentemente masculina
y la mujer, con su
temperamento apasionado,
opuesta a la calculadora
indiferencia de los
hombres. En último caso,
es de sí misma de quien
desea hablar la poetisa
cuando nos dice: “Dotada
del alma más sensible y
ardiente, la naturaleza
no le dejó elección.
Pintaba lo que tan bien
sentía, la ternura y los
transportes del amor:
tuvo la suerte de los
hombres grandes, la
persiguió la envidia; y
la de las almas tiernas,
pues fue abandonada e
infeliz”2.
Cuando pinta su retrato,
tenemos la impresión de
que está modificando
aquellos que a ella
misma le han hecho a lo
largo de su vida y que
jamás la han dejado
satisfecha:
Safo era morena y de una
estatura regular, no era
muy hermosa, pues los
escritores que más la
elogian convienen en
este punto, del que solo
se puede juzgar por los
retratos que se han
sacado de algunos bustos
antiguos. El fuego de su
alma, origen de su gran
talento, se veía pintado
en sus miradas e
imprimía en todas sus
facciones un carácter de
pasión y energía
superior a la misma
belleza.3
Unas líneas más allá
viene a sorprendernos la
ironía con que la
biógrafa se refiere al
modo con que aquella
mujer podía justificar
ciertas apariencias en
su tiempo: “una pronta
viudez la constituyó en
nueva situación, que por
su extremada juventud,
su gusto por la libertad
y tal vez por su
complexión, era para
ella peligrosa”4.
La fiel y paciente
esposa de Domingo
Verdugo tiene la audacia
de asegurar que el
matrimonio es apenas un
tránsito obligado hacia
la independencia de las
mujeres de temperamento
libre, que tienen otras
aspiraciones en el
mundo, como es este
caso, en el que la
escritora llega a
encabezar un círculo
femenino, exquisito y
desafiante: “Muy pronto
sus poesías excitaron a
las jóvenes a los
placeres, animándolas al
mismo tiempo a disputar
a los hombres el
talento. Su fama fue tan
brillante y rápida que
ni la envidia la pudo
alcanzar”5.
Dibuja Tula una especie
de cuadro ideal de
aquella existencia donde
se equilibran intelecto
y afectos: “Así corrían
los hermosos días de su
vida, gozando de los
homenajes halagüeños de
ambos sexos, y del doble
placer de reinar por el
amor y la admiración”6.
Esta atmósfera de feliz
aquiescencia viene a
romperse con el despecho
del poeta Alceo y ahí
viene a discurrir la
escritora, sobre un
asunto demasiado
doloroso para ella, pues
todavía están frescos
los sucesos relativos a
su aspiración al sillón
de Gallego en la
Academia:
¿En qué consiste que las
mujeres que se han
dedicado a las letras no
han encontrado tanta
envidia entre las de su
sexo como en los hombres
que no dejan tampoco de
perseguirse entre sí?
¿Será que sean
naturalmente de peores
inclinaciones, o que las
damas sientan la
necesidad de protegerse
y unirse cuando se trata
del interés y la gloria
de su sexo?7
Ese Alceo “uno de los
primeros hombres de la
república y cabeza de un
partido poderoso”, “ya
sexagenario”, es para
ella, no obstante su
talento, un ser algo
ridículo, cuyos versos
no podían compensar su
“falta de juventud y
gracia”. El erudito
matancero José Augusto
Escoto, quien fue el
primero en comentar el
texto que nos ocupa, de
modo extenso e
interpretándolo en clave
autobiográfica,
considera que bajo el
ropaje del maduro poeta
griego estaba, en
primera instancia, José
Fornaris, el principal
de sus detractores
cubanos —aunque por los
días de la publicación
del Álbum…
todavía la poetisa creía
contarlo entre sus
amigos—; también podía
tratarse de una alusión
a Sartorius, el Conde de
San Luis, el rival de
Tula cuando esta aspiró
a un sillón en la Real
Academia de la Lengua
Española.8
Este texto no escapa a
la aguda constatación de
Evelyn Picon respecto a
toda la serie: estos
artículos ilustran
algunas contradicciones
básicas entre su intento
de mostrarlas como
modelos de inteligencia,
heroísmo y patriotismo y
su imposibilidad de
escapar al “lenguaje de
género” específico de su
tiempo.9
La Avellaneda, como era
común en su tiempo, no
diferencia entre las
estrictas diferencias
sexuales y aquellas que
provienen de la
elaboración y desarrollo
cultural, por lo que
tiende a mostrarlas, del
mismo modo que en su
siglo: como virtudes o
defectos propios
exclusivamente de cada
sexo. De ahí que tienda
a idealizar en cierto
modo el mítico círculo
de Safo y sus
discípulas, para
contraponerlo a la
vanidad masculina de
Alceo y sus congéneres,
cuyas relaciones con la
mujer están marcadas por
el interés sexual y el
despecho intelectual.
La publicación no pudo
rebasar el propio año de
su fundación, las
dificultades económicas
y el escaso apoyo del
medio intelectual dieron
al traste con el audaz
proyecto, pero sirvió
para alimentar en las
escritoras cubanas la
noción de que no bastaba
con obtener espacios en
revistas animadas por
hombres, sino que podían
alzar su voz desde otros
fundados por ellas. En
muy poco tiempo,
aparecieron revistas
femeninas en La Habana,
Puerto Príncipe y otras
regiones de la Isla.
El prestigio y autoridad
de su directora ayudó a
atraer la atención sobre
la escritura femenina en
el país y aunque durante
décadas el Álbum…
pareció caer en el
olvido, en la actualidad
se le reconoce como uno
de los hitos en la
historia del feminismo
en Cuba. La prestigiosa
escritora norteamericana
Evelyn Picon Garfield ha
considerado esta
publicación como el más
elocuente antecedente de
la revista Mujeres
fundada en 1961, como
demuestra en su artículo
"La revista femenina en
Cuba, 1860/1961:
Álbum cubano de lo Bueno
y lo Bello y
Mujeres".10
Notas:
1.
GGA: “La mujer”.
En: Álbum
Cubano de lo
Bueno y lo
Bello. La
Habana, 1860,
Tomo I, No.2,
p.34.
2. GGA: “Safo”.
En: Álbum...
Tomo 1, No.2,
p.42.
8. José Augusto
Escoto:
“¿Fornaris o
Alceo?”,
Documento XVIII
en: Gertrudis
Gómez de
Avellaneda:
Cartas inéditas
y documentos
relativos a su
vida en Cuba de
1859 a 1864.
Colección
ilustrada por
José Augusto
Escoto.
Matanzas,
Imprenta La
Pluma de Oro,
1911, p.187.
9. Cf. Evelyn
Picon Garfield:
“Periodical
literature for
women in
mid-nineteenth
century Cuba:
The case of
Gertrudis Gomez
de Avellaneda”.
En: Studies in
Latin American
Popular Culture;
1992, Vol. 11,
p.13-29.
10.
Cf. Evelyn Picon
Garfield, "La
revista femenina
en Cuba,
1860/1961:
Álbum
Cubano de lo
Bueno y lo Bello
y Mujeres,"
Revista de
crítica
literaria
latinoamericana
(Universidad de
San Marcos/
University of
Pittsburgh)
15:30 (1980):
91-96.
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