La Habana. Año X.
17 al 23 de DICIEMBRE 

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También en las revistas literarias,
en Cuba las mujeres siempre cuentan
Cira Romero • La Habana

Cuando las dudas existen, las afirmaciones no se sostienen. Por eso la presencia de la mujer, primero criolla y después cubana, en nuestra prensa periódica, constituye una especie de telaraña, de madeja que se teje y se desteje, cual Penélope a la espera de Ulises, desde que —aún no se sabe exactamente cuándo— tuvimos nuestro primer periódico.  

El Papel Periódico de la Havana (1790-1805) no fue la primera, pero si en él escribieron mujeres, nunca los sabremos, pues todo lo allí publicado era anónimo o bajo seudónimo, pero lo cierto es que hubo muchos trabajos con consejos a las damas habaneras, en títulos tan simpáticos como “Correctivo para las señoras Mugeres [sic], que indistintamente y sin cautela, traban conversación con toda clase de hombres” o aquel que reza “Apología de la cháchara de las mujeres”. Sociedad patriarcal por excelencia, no era posible, pero tampoco lo niego, que alguna dama se hubiera arriesgado a colocar, o, mejor, mandar a colocar su colaboración en el lugar indicado para ello: una caja colocada en la puerta de entrada a la edificación donde se hacía el periódico. Todo a escondidas, por supuesto.  


Papel Periódico de la Havana, 1790

A comienzos del siglo xix, los habaneros —recuérdese que por entonces Cuba era casi La Habana— tuvieron una especial vocación por escribir revistas para las señoras. Así, hubo en 1811 un Correo de Damas, nuestro primer periódico dedicado “al bello secso [sic]”, donde colaboraron, entre otros, Ramona Poncita y La dama tertuliana. ¿Eran seudónimos de mujeres? Nunca se sabrá. Después, en 1821, se dice, pues no ha llegado ningún ejemplar hasta nuestros días, que nuestro primer gran romántico, José María Heredia, publicó Biblioteca de Damas, donde se afirma, salió completo el poema “El mérito de las mujeres”, más imitado que traducido, del francés Legouvé. Más adelante, en 1829, Domingo del Monte, “el cubano más útil de su tiempo”, al decir de José Martí, fundó una preciosa revista, La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, que circuló bajo un lema muy peculiar: Escribe en blando y dulce y fácil verso/ Cosas que cualquier niña entender pueda. Publicada para las señoras de la sociedad, estas encontraban allí hermosos figurines con la moda al uso en París o en Londres. La mujer objeto, la mujer hecha para halagar, la mujer olorosa a finos perfumes. Pero tanto en esta publicación, como en otras que le fueron contemporáneas, introductoras en Cuba del gusto romántico, no parece figurar ninguna colaboración femenina, a no ser que haya estado embozada tras la recurrencia epocal del seudónimo en sus muchas variantes.  


Portada de La Moda o Recreo semanal del bello sexo, 1831

A comienzos de la década de los 50 una coruñesa, aplatanada en Cuba desde 1833, Virginia Felicia de Auber, ya colaboraba con folletines novelescos en La Gaceta de la Habana y en el Diario de la Marina, y utilizaba como seudónimo su segundo nombre. ¿Fue la primera mujer en escribir en nuestra prensa? Imposible de afirmar. Pero el año 1860 es clave para la presencia, ya entonces decidida y decisiva, de la mujer en la prensa periódica. De quien se ha dicho “es mucho hombre esa mujer”, la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda, quizá inspirada en experiencias similares ocurridas en España, donde residió gran parte de su vida, fundó en Cuba el Álbum Cubano de lo Bueno y de lo Bello, que llevó como subtítulo “Revista quincenal, de moral, literatura, bellas artes, modas, dedicada al bello sexo”. La Tula invitó a colaborar a muchas mujeres, como la propia Auber, además de Luisa Pérez de Zambrana y su hermana Julia, Mercedes Valdés Mendoza, Martina Pierra de Poo y Luisa Franchi. Pero acompañadas de hombres: Enrique Piñeyro, Juan Clemente Zenea, Rafael María de Mendive y Ramón Zambrana, entre los más nombrados. En sus páginas lo literario ocupó lugar preferente a través de cuentos, poesías y pequeñas narraciones en prosa. Muchos de los artículos allí reunidos están entrelazados en su conjunto como partes de un programa único: el del pensamiento feminista, desarrollado en diversas estrategias discursivas que van desde la ocultación del lenguaje falogocéntrico como vía para subvertirlo, hasta los textos abiertamente metafeministas que propugnan la autenticidad de la voz femenina en la cultura universal. Apenas ocho números vieron la luz, pero, sin duda, esta revista ocupa un lugar relevante entre las aparecidas en el xix cubano.   

Pero La Habana, más avanzado dicho siglo, no era solamente Cuba, y así, en la tierra de los poetas, en la entonces llamada Puerto Príncipe, Domitila García de Coronado, autora de libros como Consejos y consuelos de una madre a su hija y algunos textos de lectura para la enseñanza primaria, fundó, junto con una discreta poetisa y novelista, Sofía Estévez, la revista El Céfiro, también de carácter literario, pero acompañado de modas y de enseñanza de las buenas costumbres. Años más tarde, en 1926, la propia Domitila publicó el libro titulado Álbum poético y fotográfico de escritoras y poetisas cubanas, donde expresó a propósito de El Céfiro: “Por su índole, por ser el primer periódico redactado por dos jóvenes que apenas traspasaban el umbral de la vida, con carácter representativo social, la empresa tuvo una acogida entusiasta en toda la Isla; pero a los dos años de esparcir ‘El Céfiro’ su soplo dulce y perfumado... ¡el huracán de la guerra abatió sus alas!...”. 

Matanzas, la Atenas de Cuba, contó con una singular mujer: Catalina Rodríguez de Morales, poetisa, que en 1882 fundó El Álbum — ¿cuántas revistas con ese mismo nombre, o ampliado, como hizo la Avellaneda,  hubo en Cuba a lo largo del xix?— periódico literario quincenal, con la peculiaridad de que casi la totalidad de sus páginas estaban escritas nada menos que por su esposo, Sebastián Alfredo de Morales, afanado casi siempre en enaltecer, a través de sus artículos, a la figura del poeta Plácido, fusilado en 1844 por su supuesto vínculo con la llamada Conspiración de la Escalera.  

En La Habana, en 1888, y reiniciada en 1910 hasta 1915, y de nuevo en 1925, apareció una publicación de excepcional importancia: Minerva, “Revista quincenal dedicada a la mujer de color”, dirigida por Miguel Gualba, pero encaminada a reflejar los problemas e intereses de la mujer de la raza negra. Allí aparecieron poemas, trabajos sobre educación e instrucción y notas sobre moral. Sus páginas se abrieron a muchas mujeres —Úrsula Coimbra de Valverde, Lucrecia González, Cristina Ayala, África C. de Céspedes—. Al reaparecer en 1910, bajo la dirección también de figuras masculinas, entre ellas José Manuel Poveda, Nicolás Guillén (padre) y Lino Dou, continuó dando espacio a la problemática de la mujer negra. Colaboraciones de figuras como Fernando Ortiz, José Antonio Ramos y Regino Boti contribuyeron a hacer de esta revista un hito en la historia de nuestras publicaciones encaminadas a reivindicar a la mujer negra, y las colaboraciones de ellas se mantuvieron a lo largo de los años como espacio reivindicador de sus derechos sociales.  

Letras Güineras (1908-1930), bajo la dirección de Rosa Trujillo y contando con un conjunto de redactoras todas mujeres, dio cabida en sus páginas a materiales literarios y a informaciones sobre la villa de Güines. Tuvo el honor de que en sus páginas figuraran nombres como los de Rubén Martínez Villena, Emilio Ballagas y Gustavo Sánchez Galarraga. Su larga vida es muestra de una sostenida labor de su fundadora al frente de una empresa ardua, que requería de una intensa dedicación y esfuerzo. También acusa particular interés la titulada Ninfas (Santa Clara, 1929-1938), dirigida a los niños, a cargo de una educadora excepcional: María Dámasa Jova. El propósito que la animó, junto con un grupo de colaboradoras, fue “ampliar la cultura del niño estimulando sus disposiciones literarias”.   

Más entrado el siglo xx nombres como los de Ofelia Rodríguez Acosta y Hortensia Lamar, de una sostenida militancia en las filas del feminismo, fundan, respectivamente, Espartaco y La Mujer Moderna, órgano del Club Femenino de Cuba esta última. El Congreso Nacional de Mujeres efectuado a comienzos de la década de los 20 fue un detonante clave para que las mujeres enfilaran las demandas de sus derechos, no solamente a través de los sindicatos, sino mediante las propias revistas, aunque desde la fundación en 1865 del periódico La Aurora, órgano de los artesanos, esta sirvió de portavoz a los anhelos de las masas femeninas, representadas por figuras como Merced Valdés Mendoza y Ramona Pizarro. 

A partir de la tercera década del siglo pasado, cuando la mujer cubana asume un papel ofensivo a partir, sobre todo, de las luchas en contra de la dictadura de Gerardo Machado, comienzan a compartir con los hombres la dirección de revistas, hecho que se perfila a partir de los años 40, ya fundado el Partido Socialista Popular, cuando aparecen revistas culturales como Gaceta del Caribe, donde un comité editor donde figuraba Mirta Aguirre se encarga de darle cuerpo a la publicación. Antes, en 1936, se había establecido una revista clave en la historia cultural de Cuba, Lyceum, órgano oficial del Lyceum Tennis Club, dirigida por Camila Henríquez Ureña y Uldarica Mañas, con la colaboración de la ensayista Carolina Poncet y  Mirta Aguirre, quien fungió en algunos momentos como subjefa de redacción, unidas a mujeres tan destacadas como Fina García Marruz, Dulce María Escalona, Renée Potts, la española María Zambrano, además de figuras intelectuales masculinas como Eugenio Florit, José Antonio Portuondo, Roberto Fernández Retamar y el excelente poeta español Juan Ramón Jiménez. En 1942 surgía la revista Clavileño, uno de los antecedentes de la revista Orígenes, fundada en 1944 por José Lezama Lima. Al grupo de editores de la primera se uniría Fina García Marruz, acompañada de su hermana Bella y de otros nombres fundamentales de la cultura cubana, como Eliseo Diego y Cintio Vitier. 

De otro corte, mucho más publicitario, al estilo de las revistas norteamericanas, se fundaron otras revistas dirigidas por mujeres, como Ellas, Romances y Vanidades Esta última fue absorbida posteriormente por un consorcio norteamericano. 

Después de enero de 1959 las revistas cubanas dirigidas por mujeres han estado, algunas de ellas, encaminadas a subrayar el papel de las féminas en la Revolución, como la que se titula precisamente Mujeres, bajo la orientación de la Federación de Mujeres Cubanas. La eclosión de revistas culturales en las provincias también ha llevado a que sean, en muchos casos, las mujeres las que dirijan órganos de ese tipo, como la revista Sic, de Santiago de Cuba, al frente de la cual estuvo, durante muchos años, la narradora Aida Bahr. Otros muchos títulos y voces faltan en esta relación apresurada. El tema de la presencia femenina en nuestras revistas culturales es casi infinito. Subsumidas primero, quizá a escondidas tras nombres falsos, la mujer cubana ha tenido en las publicaciones periódicas una voz, a veces menor, a veces muy alta, según las circunstancias y las problemáticas, pero al menos en las revistas culturales su presencia ha sido definitiva. 

Si en el año 1860 Gertrudis Gómez de Avellaneda logró fundar su Álbum Cubano de lo Bueno y de lo Bello y llevar a sus páginas las mejores voces femeninas del momento, con el transcurrir de los años y las conquistas logradas, la mujer cubana es una gran voz en las páginas de las revistas culturales y de la prensa en general.
 
 
 
 

 

LA JIRIBILLA Nro. 303
Género e identidad.
La mujer y el hombre fuera del paraíso

 

 

LA JIRIBILLA Nro. 434
Mujer y literatura.
También tiene género
la escritura

 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.