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Cuando las dudas
existen, las
afirmaciones no se
sostienen. Por eso la
presencia de la mujer,
primero criolla y
después cubana, en
nuestra prensa
periódica, constituye
una especie de telaraña,
de madeja que se teje y
se desteje, cual
Penélope a la espera de
Ulises, desde que —aún
no se sabe exactamente
cuándo— tuvimos nuestro
primer periódico.
El Papel Periódico de
la Havana
(1790-1805) no fue la
primera, pero si en él
escribieron mujeres,
nunca los sabremos, pues
todo lo allí publicado
era anónimo o bajo
seudónimo, pero lo
cierto es que hubo
muchos trabajos con
consejos a las damas
habaneras, en títulos
tan simpáticos como
“Correctivo para las
señoras Mugeres [sic],
que indistintamente y
sin cautela, traban
conversación con toda
clase de hombres” o
aquel que reza “Apología
de la cháchara de las
mujeres”. Sociedad
patriarcal por
excelencia, no era
posible, pero tampoco lo
niego, que alguna dama
se hubiera arriesgado a
colocar, o, mejor,
mandar a colocar su
colaboración en el lugar
indicado para ello: una
caja colocada en la
puerta de entrada a la
edificación donde se
hacía el periódico. Todo
a escondidas, por
supuesto.
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Papel Periódico de
la Havana, 1790 |
A comienzos del siglo
xix, los
habaneros —recuérdese
que por entonces Cuba
era casi La Habana—
tuvieron una especial
vocación por escribir
revistas para las
señoras. Así, hubo en
1811 un
Correo de
Damas, nuestro
primer periódico
dedicado “al bello secso
[sic]”, donde
colaboraron, entre
otros, Ramona Poncita
y La dama tertuliana.
¿Eran seudónimos de
mujeres? Nunca se sabrá.
Después, en 1821, se
dice, pues no ha llegado
ningún ejemplar hasta
nuestros días, que
nuestro primer gran
romántico, José María
Heredia, publicó
Biblioteca de Damas,
donde se afirma, salió
completo el poema “El
mérito de las mujeres”,
más imitado que
traducido, del francés
Legouvé. Más adelante,
en 1829, Domingo del
Monte, “el cubano más
útil de su tiempo”, al
decir de José Martí,
fundó una preciosa
revista,
La Moda o
Recreo Semanal del Bello
Sexo, que circuló
bajo un lema muy
peculiar: Escribe en
blando y dulce y fácil
verso/ Cosas que
cualquier niña entender
pueda. Publicada
para las señoras de la
sociedad, estas
encontraban allí
hermosos figurines con
la moda al uso en París
o en Londres. La mujer
objeto, la mujer hecha
para halagar, la mujer
olorosa a finos
perfumes. Pero tanto en
esta publicación, como
en otras que le fueron
contemporáneas,
introductoras en Cuba
del gusto romántico, no
parece figurar ninguna
colaboración femenina, a
no ser que haya estado
embozada tras la
recurrencia epocal del
seudónimo en sus muchas
variantes.
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Portada de La
Moda o Recreo
semanal del
bello sexo,
1831 |
A comienzos de la década
de los 50 una coruñesa,
aplatanada en Cuba desde
1833, Virginia Felicia
de Auber, ya colaboraba
con folletines
novelescos en La
Gaceta de la Habana
y en el Diario de la
Marina, y utilizaba
como seudónimo su
segundo nombre. ¿Fue la
primera mujer en
escribir en nuestra
prensa? Imposible de
afirmar. Pero el año
1860 es clave para la
presencia, ya entonces
decidida y decisiva, de
la mujer en la prensa
periódica. De quien se
ha dicho “es mucho
hombre esa mujer”, la
camagüeyana Gertrudis
Gómez de Avellaneda,
quizá inspirada en
experiencias similares
ocurridas en España,
donde residió gran parte
de su vida, fundó en
Cuba el Álbum Cubano
de lo Bueno y de lo
Bello, que llevó
como subtítulo “Revista
quincenal, de moral,
literatura, bellas
artes, modas, dedicada
al bello sexo”. La Tula
invitó a colaborar a
muchas mujeres, como la
propia Auber, además de
Luisa Pérez de Zambrana
y su hermana Julia,
Mercedes Valdés Mendoza,
Martina Pierra de Poo y
Luisa Franchi. Pero
acompañadas de hombres:
Enrique Piñeyro, Juan
Clemente Zenea, Rafael
María de Mendive y Ramón
Zambrana, entre los más
nombrados. En sus
páginas lo literario
ocupó lugar preferente a
través de cuentos,
poesías y pequeñas
narraciones en prosa.
Muchos de los artículos
allí reunidos están
entrelazados en su
conjunto como partes de
un programa único: el
del pensamiento
feminista, desarrollado
en diversas estrategias
discursivas que van
desde la ocultación del
lenguaje falogocéntrico
como vía para
subvertirlo, hasta los
textos abiertamente
metafeministas que
propugnan la
autenticidad de la voz
femenina en la cultura
universal. Apenas ocho
números vieron la luz,
pero, sin duda, esta
revista ocupa un lugar
relevante entre las
aparecidas en el
xix cubano.
Pero La Habana, más
avanzado dicho siglo, no
era solamente Cuba, y
así, en la tierra de los
poetas, en la entonces
llamada Puerto Príncipe,
Domitila García de
Coronado, autora de
libros como Consejos
y consuelos de una madre
a su hija y algunos
textos de lectura para
la enseñanza primaria,
fundó, junto con una
discreta poetisa y
novelista, Sofía
Estévez, la revista
El Céfiro, también
de carácter literario,
pero acompañado de modas
y de enseñanza de las
buenas costumbres. Años
más tarde, en 1926, la
propia Domitila publicó
el libro titulado
Álbum poético y
fotográfico de
escritoras y poetisas
cubanas, donde
expresó a propósito de
El Céfiro: “Por
su índole, por ser el
primer periódico
redactado por dos
jóvenes que apenas
traspasaban el umbral de
la vida, con carácter
representativo social,
la empresa tuvo una
acogida entusiasta en
toda la Isla; pero a los
dos años de esparcir ‘El
Céfiro’ su soplo dulce y
perfumado... ¡el huracán
de la guerra abatió sus
alas!...”.
Matanzas, la Atenas de
Cuba, contó con una
singular mujer: Catalina
Rodríguez de Morales,
poetisa, que en 1882
fundó El Álbum —
¿cuántas revistas con
ese mismo nombre, o
ampliado, como hizo la
Avellaneda, hubo en
Cuba a lo largo del
xix?— periódico
literario quincenal, con
la peculiaridad de que
casi la totalidad de sus
páginas estaban escritas
nada menos que por su
esposo, Sebastián
Alfredo de Morales,
afanado casi siempre en
enaltecer, a través de
sus artículos, a la
figura del poeta
Plácido, fusilado en
1844 por su supuesto
vínculo con la llamada
Conspiración de la
Escalera.
En La Habana, en 1888, y
reiniciada en 1910 hasta
1915, y de nuevo en
1925, apareció una
publicación de
excepcional importancia:
Minerva, “Revista
quincenal dedicada a la
mujer de color”,
dirigida por Miguel
Gualba, pero encaminada
a reflejar los problemas
e intereses de la mujer
de la raza negra. Allí
aparecieron poemas,
trabajos sobre educación
e instrucción y notas
sobre moral. Sus páginas
se abrieron a muchas
mujeres —Úrsula Coimbra
de Valverde, Lucrecia
González, Cristina
Ayala, África C. de
Céspedes—. Al reaparecer
en 1910, bajo la
dirección también de
figuras masculinas,
entre ellas José Manuel
Poveda, Nicolás Guillén
(padre) y Lino Dou,
continuó dando espacio a
la problemática de la
mujer negra.
Colaboraciones de
figuras como Fernando
Ortiz, José Antonio
Ramos y Regino Boti
contribuyeron a hacer de
esta revista un hito en
la historia de nuestras
publicaciones
encaminadas a
reivindicar a la mujer
negra, y las
colaboraciones de ellas
se mantuvieron a lo
largo de los años como
espacio reivindicador de
sus derechos sociales.
Letras Güineras
(1908-1930), bajo la
dirección de Rosa
Trujillo y contando con
un conjunto de
redactoras todas
mujeres, dio cabida en
sus páginas a materiales
literarios y a
informaciones sobre la
villa de Güines. Tuvo el
honor de que en sus
páginas figuraran
nombres como los de
Rubén Martínez Villena,
Emilio Ballagas y
Gustavo Sánchez
Galarraga. Su larga vida
es muestra de una
sostenida labor de su
fundadora al frente de
una empresa ardua, que
requería de una intensa
dedicación y esfuerzo.
También acusa particular
interés la titulada
Ninfas (Santa Clara,
1929-1938), dirigida a
los niños, a cargo de
una educadora
excepcional: María
Dámasa Jova. El
propósito que la animó,
junto con un grupo de
colaboradoras, fue
“ampliar la cultura del
niño estimulando sus
disposiciones
literarias”.
Más entrado el siglo
xx nombres como
los de Ofelia Rodríguez
Acosta y Hortensia
Lamar, de una sostenida
militancia en las filas
del feminismo, fundan,
respectivamente,
Espartaco y La
Mujer Moderna,
órgano del Club Femenino
de Cuba esta última. El
Congreso Nacional de
Mujeres efectuado a
comienzos de la década
de los 20 fue un
detonante clave para que
las mujeres enfilaran
las demandas de sus
derechos, no solamente a
través de los
sindicatos, sino
mediante las propias
revistas, aunque desde
la fundación en 1865 del
periódico La Aurora,
órgano de los artesanos,
esta sirvió de portavoz
a los anhelos de las
masas femeninas,
representadas por
figuras como Merced
Valdés Mendoza y Ramona
Pizarro.
A partir de la tercera
década del siglo pasado,
cuando la mujer cubana
asume un papel ofensivo
a partir, sobre todo, de
las luchas en contra de
la dictadura de Gerardo
Machado, comienzan a
compartir con los
hombres la dirección de
revistas, hecho que se
perfila a partir de los
años 40, ya fundado el
Partido Socialista
Popular, cuando aparecen
revistas culturales como
Gaceta del Caribe,
donde un comité editor
donde figuraba Mirta
Aguirre se encarga de
darle cuerpo a la
publicación. Antes, en
1936, se había
establecido una revista
clave en la historia
cultural de Cuba,
Lyceum, órgano
oficial del Lyceum
Tennis Club, dirigida
por Camila Henríquez
Ureña y Uldarica Mañas,
con la colaboración de
la ensayista Carolina
Poncet y Mirta Aguirre,
quien fungió en algunos
momentos como subjefa de
redacción, unidas a
mujeres tan destacadas
como Fina García Marruz,
Dulce María Escalona,
Renée Potts, la española
María Zambrano, además
de figuras intelectuales
masculinas como Eugenio
Florit, José Antonio
Portuondo, Roberto
Fernández Retamar y el
excelente poeta español
Juan Ramón Jiménez. En
1942 surgía la revista
Clavileño, uno de
los antecedentes de la
revista Orígenes,
fundada en 1944 por José
Lezama Lima. Al grupo de
editores de la primera
se uniría Fina García
Marruz, acompañada de su
hermana Bella y de otros
nombres fundamentales de
la cultura cubana, como
Eliseo Diego y Cintio
Vitier.
De otro corte, mucho más
publicitario, al estilo
de las revistas
norteamericanas, se
fundaron otras revistas
dirigidas por mujeres,
como Ellas, Romances
y Vanidades Esta
última fue absorbida
posteriormente por un
consorcio
norteamericano.
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Después de enero de 1959
las revistas cubanas
dirigidas por mujeres
han estado, algunas de
ellas, encaminadas a
subrayar el papel de las
féminas en la
Revolución, como la que
se titula precisamente
Mujeres, bajo la
orientación de la
Federación de Mujeres
Cubanas. La eclosión de
revistas culturales en
las provincias también
ha llevado a que sean,
en muchos casos, las
mujeres las que dirijan
órganos de ese tipo,
como la revista Sic,
de Santiago de Cuba, al
frente de la cual
estuvo, durante muchos
años, la narradora Aida
Bahr. Otros muchos
títulos y voces faltan
en esta relación
apresurada. El tema de
la presencia femenina en
nuestras revistas
culturales es casi
infinito. Subsumidas
primero, quizá a
escondidas tras nombres
falsos, la mujer cubana
ha tenido en las
publicaciones periódicas
una voz, a veces menor,
a veces muy alta, según
las circunstancias y las
problemáticas, pero al
menos en las revistas
culturales su presencia
ha sido definitiva.
Si en el año 1860
Gertrudis Gómez de
Avellaneda logró fundar
su Álbum Cubano de lo
Bueno y de lo Bello
y llevar a sus páginas
las mejores voces
femeninas del momento,
con el transcurrir de
los años y las
conquistas logradas, la
mujer cubana es una gran
voz en las páginas de
las revistas culturales
y de la prensa en
general. |