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Siempre he dicho que
nunca he sido mujeriego,
pero sí militantemente
“mujerero”, es decir,
adulón, cómplice,
fanático a las mujeres y
—¡un momento feministas,
que me defiendo rápido!—
no solo por la belleza,
el encanto, la dulzura.
En mi llegada al
periodismo —procedente
del teatro— me tocaron
en suerte varias mujeres
talentosas y eficaces.
Recuerdo los días de la
revista Tablas,
conducida primero por
Rosa Ileana Boudet y
después por Vivian
Martínez Tabares.
También podría evocar
aquellas noches de
cierre en el diario
Juventud Rebelde,
cuando de manos de
Arleen Rodríguez Derivet
—a la sazón
subdirectora— nos
llegaba el encargo de
embellecer campañas de
promoción bastante
áridas. Todavía las hoy
muy reconocidas Rosa
Miriam Elizalde y Magda
Resik recuerdan aquellos
momentos febriles de
trabajo, salpicados de
juveniles carcajadas.
Con otra mujer de
nuestro ámbito
periodístico nunca
trabajé directamente,
pero la admiro de una
manera muy especial:
Magaly García Moré quien
fue directora de
Bohemia por los días
en que mi tío Manuel
González Bello firmaba
espléndidos reportajes
en la legendaria
revista. Mamel —como le
llamamos en la familia—
comentaba sobre la
capacidad de trabajo, el
encanto, el compañerismo
de Magaly. Y mi tío no
era de simpatizar
“gratis” con los jefes.
Después —vía Tania y sus
más cercanos compañeros
de clase— supe de la
formidable labor de
Magaly como decana de la
Facultad de Periodismo.
Son pocos los que juntan
esos dones: la labor
diaria, continua,
práctica en un órgano de
prensa y la capacidad
pedagógica para guiar
las inquietudes de los
que empiezan. Mi mujer y
sus condiscípulos la
evocan siempre con una
sonrisa que da paso a
las anécdotas de
aprendizaje técnico y
ético. En las reuniones
de graduados es la única
profesora que siempre
está invitada, y
asiste.
He conversado algunas
pocas veces con Magaly.
Ella pasaba rápido por
la sede de la UPEC y yo
andaba de intercambios,
rones y tertulias, pero
ante el encanto de su
mirada, la suavidad de
sus maneras, me apartaba
de mi tropa de ruidosos
amigos para disfrutar
unos minutos de su
conversación y compañía.
Me hubiera gustado ser
como Mamel y trabajar
con ella o estar entre
los del grupo de Tania y
aprender de su elegancia
profesional y humana. |