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El fin de las guerras de
independencia en 1898
fue fijado por la
intervención
norteamericana en Cuba,
lo que representó todo
un período convulso,
caracterizado por
cuestionamientos de la
identidad nacional y una
gran influencia norteña
que se materializó en
nuevas formas de vida,
nuevo lenguaje, símbolos
y celebraciones
nacionales. La ruptura
con el pasado colonial y
la modernización de la
sociedad cubana se
convirtieron entonces en
un reto para toda la
nación, que abrió sus
puertas a la creación de
la República, inaugurada
en 1902.
Fueron tiempos de
progreso. La dinámica
social se dejó llevar
por lo novedoso:
tranvías, nuevos
empleos, el arte, las
modas, los comercios, la
urbanización. La mayor
proporción de la
población urbana se dio
cita en la Ciudad de la
Habana. Con los primeros
años de la República se
expandió también un
nuevo estilo de vida que
popularizó los clubes,
el cinematógrafo, los
teatros, dentro del
quehacer de la naciente
burguesía. Al unísono
crecieron los barrios
marginales, como muestra
de los grandes
contrastes y conflictos
del período2.
A nivel político y
económico se evidenció
también la influencia de
EE.UU., en la medida en
que se desarrollaron
mecanismos de
dominación. La sucesión
de los partidos en el
poder reprodujo la
política imperialista.
La economía se hizo
dependiente del mercado
norteamericano y las
crisis económicas
hicieron ver lo peor del
sistema. Esto condicionó
el surgimiento y
desarrollo de grupos de
oposición y de todo un
movimiento a favor de la
soberanía nacional.
El empuje “civilizador”
norteño propició
igualmente que los
arquetipos tradicionales
femeninos, diseñados por
la colonia española
comenzaran a interactuar
con una nueva imagen
femenina más moderna y
con mayor participación
en los espacios
públicos, sobre todo
desde la educación y los
empleos. Las new
woman, consideradas
por los contemporáneos
como el prototipo de
mujer norteamericana,
inspiraron el desarrollo
de una mentalidad más
transgresora, que
determinó no solo que la
semblanza femenina
pasara a ser más
heterogénea, sino que
también contribuyó a una
nueva estética e incluso
favoreció a la
estructuración de un
discurso feminista de
mayor solidez como
reflejo de la actividad
de las mujeres
estadounidenses ubicadas
en la avanzada.
Los medios de
comunicación,
específicamente la
prensa, dieron una
amplia cobertura a este
proceso, por demás
polémico e intensamente
debatido en la realidad
republicana. De igual
modo, evidenciaron la
asimilación, por parte
de la sociedad cubana,
de una nueva
construcción
sociocultural de la
feminidad, que aunque en
su estructura continuaba
siendo fuertemente
patriarcal y
tradicional,
incorporaba, a su vez,
elementos propios del
contexto.
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Como resultado de la
dinámica social
alrededor del ideal
femenino, para este
período la llamada
“mujer moderna” debía
cumplir con los roles
tradicionales diseñados
sobre todo para los
espacios privados, como
la maternidad, el
cuidado de la familia,
la educación de los
hijos y la dedicación a
sus esposos. No
obstante, este arquetipo
implicaba también otras
cualidades como una
buena preparación
intelectual y
participación social y
política. Incluso,
características
ancestrales de la
feminidad como la
belleza, la elegancia,
el glamour,
interactuaron con otras
más vinculadas a la
sexualidad y
prácticamente inéditas
en la semblanza femenina
tradicional —por lo
menos no de manera
pública— como la
sensualidad, el
erotismo, la frivolidad.
Todo en un plano muy
sublime y dentro de
límites impuestos a la
aún vulnerable moral
femenina, pero
especialmente
popularizadas y
legitimadas por revistas
como Bohemia,
Carteles, La
Mujer, entre otras.3
De este modo fue
posible apreciar, por
ejemplo, como junto a la
fotografía en crónicas
sociales de una
distinguida figura de la
sociedad habanera del
momento, Adelaida
Fernández y Morales,
aparece el siguiente
texto: “Encantadora
señorita, muy admirada
por su primorosa
belleza, seductora
gracia y exquisita
distinción”4.
La incorporación de
muchas mujeres a la vida
pública también acentuó
la paradoja social entre
su figura de ama de casa
y su posible existencia
como objeto de lujo y
placer. Tras una
revisión de las
principales
publicaciones periódicas
de la época, es posible
apreciar también cómo
las mujeres
representadas como
madres y esposas,
responsables por el
bienestar la salud de la
familia, coexisten con
aquellas que ganan un
espacio fuera del hogar
con su trabajo e incluso
con otras vinculadas a
mundo del espectáculo y
dueñas de una estética
más desenfadada. No
obstante, el tratamiento
de la imagen femenina,
en todas sus formas,
resultó estereotipado a
partir de las relaciones
de género y sexo
vigentes y los atributos
resultantes.
La sección “Feminidades.
Algo frívolo y algo
serio” de la revista
Bohemia, es una
verdadera exponente de
estos estigmas. En sus
páginas se hacía
constante referencia a
actrices del cine
norteamericano y de la
escena internacional,
destacando su glamour.
También eran frecuentes
en ella textos que
acentuaban la imagen de
mujer fatal, marcada por
estereotipos que aquí
mismo se consideraban
válidos. Al respecto se
planteó en una ocasión:
“No se aprende a
amar más que amando, así
mismo solo aprendemos a
vivir, sufriendo; porque
en la vida el dolor lo
es todo”5.
Adjetivos como “linda”,
“capullo encantador”,
“adorable”,
distinguieron las notas
referentes a las mujeres
dentro de la sociedad
cubana del período. Vale
destacar que este tipo
de crónicas eran muy
frecuentes en estos
tiempos y constituían
modelos para imitar por
la mayoría de las
señoritas, incluso de
sectores sociales
inferiores a los
representados en la
prensa. Pues a pesar de
las intenciones de
superar el pasado y las
tradiciones coloniales,
la vida cotidiana estuvo
plagada de una herencia
cultural hispana que se
materializó a través de
múltiples facetas del
pensamiento y de las
prácticas sociales.6
El matrimonio, por
ejemplo, continuó siendo
el objetivo esencial en
la vida de muchas
cubanas, sobre todo en
los sectores ricos y
medios. Las frecuentes
crónicas sociales que
realzaban este
acontecimiento lo
demuestran, a pesar de
que para el período
republicano los censos y
estudios demográficos
muestran un considerable
decrecimiento del número
de matrimonios y un
aumento de los divorcios
en la sociedad cubana7.
Y es que lo
políticamente correcto
puede o no
corresponderse con la
realidad. Recordemos que
la existencia de los
estereotipos no supone
actitudes y
comportamientos rígidos
dentro de la dinámica
social, pues en cada
sociedad se desarrollan
diferentes personas,
grupos sociales,
intereses de clases,
razas u opciones
sexuales y las
circunstancias y
especificidades en un
entorno social
determinado dan cierta
movilidad y complejidad
a los comportamientos y
a las relaciones de
género en sentido
general.
Con el avance de la
República los efectos de
la modernización
penetraron cada vez más
en la sociedad y en la
vida del país. La década
de los 50, por ejemplo,
significó un punto
esencial respecto a la
evolución de la sociedad
cubana hacia nuevas
formas de concebir la
sexualidad.8
Los estereotipos
resultantes de este
período conjugaron los
diseños tradicionales
con una nueva imagen más
atrevida de la mujer, la
cual se extendió al
ámbito de lo sexual y
fue popularizada por las
páginas culturales de
muchos periódicos y
revistas.
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El mundo del arte fue
muy aclamado por los
medios de difusión de la
época y en especial por
la prensa. La revista
Carteles se
manifestó de manera
especial al respecto.
Con frecuencia aparecían
fotografías de las
mujeres famosas del
cine, la radio, la
televisión y el
espectáculo. En cada uno
de los casos se
acentuaba la sensualidad
y la belleza, a través
de los nuevos modelos de
minifaldas y corsé. Así
se incrementaba la
pronunciación de las
curvas, y otros
atributos de la
feminidad, todo muy
sutil. En muchas
ocasiones, la imagen iba
acompañada de textos que
exaltaban dichas
cualidades. En el caso
de una actriz nombrada
Aida Rodríguez, la
revista comentó:
“¿Quién dijo que miedo
al frío? Aida Rodríguez,
que empieza a surgir en
los espacios de novelas
en RHC, no tiene temor a
la crudeza invernal.
Dice ella: “Cuando hay
temperamento, hay calor.
¡El fuego va en mí! Y
mirándola es cosa de
pensar que tiene
muchísima razón. En la
hoguera de su lindura,
¡Quien pudiera
quemarse!”9
Fueron surgiendo así
ídolos femeninos en el
arte y el espectáculo
con la popularización,
cada vez más evidente,
de una imagen más
transgresora. La
representación del
vínculo artístico de las
mujeres fue cada vez
mayor. No obstante la
belleza y otras
cualidades tradicionales
reincidieron en los
concursos para la
elección de las reinas
del carnaval, por
ejemplo, también con
amplia cobertura de
prensa. En sentido
general, se trató de una
nueva era para los
cánones de belleza
femenina, muy al estilo
Hollywood. Pues esta
estética fue muy
recurrente a través de
las revistas de la época
y muchas mujeres
incursionaron en estilos
modernos, aunque la
mayoría mantuvo el
límite entre lo
moralmente establecido.
El concepto varió en
dependencia del sector
social en que se
desenvolvieron.
Igualmente durante la
segunda mitad del siglo,
fue significativo el uso
de la imagen femenina
por la prensa, en
anuncios publicitarios
de diversos productos.
Las marcas comerciales
comenzaron a promover
sus artículos
involucrando a las
mujeres como un mercado
factible para la venta
de productos domésticos.
Supuestas fórmulas para
el atractivo femenino
fueron aprovechadas por
muchos, en esta nueva
era para los cánones de
belleza. El chocolate
Milo de Nestlé y el
jabón Palmolive, fueron
exponentes de esa
tendencia. El primero
bajo el lema de
“saludable y atractiva”.
También se incursionó en
el desnudo artístico
femenino con obras de
fotógrafos como Rafael
Pagudo, que aparecían
frecuentemente en la
revista Carteles
desde la década de 1930.10
Vemos entonces como el
uso del cuerpo y de la
imagen femenina en
general, por los medios
de comunicación de
manera estereotipada no
es nada nuevo en la
historia de Cuba.
Atributos tradicionales
o cuerpos femeninos
representados bajo un
ideal también
estereotipado de la
estética, fueron
frecuentemente
explotados
comercialmente para
vender productos de
mercado, pero también
para legitimar una
construcción
sociocultural y
garantizar el compromiso
de las mujeres ante la
aceptación social de
estos paradigmas.
En el caso de los
hombres, los atributos a
explotar comercialmente
fueron bien diferentes.
La fórmula Varko, por
ejemplo fue vendida en
estos tiempos para
supuestamente garantizar
el vigor varonil. Se
perpetuaron
características
tradicionales del género
masculino, cuando se
afirmaba: “Pronto
sentirá como esta
fórmula estimulante y
vigorizadora le empieza
a devolver la fuerza y
la vitalidad de la
juventud, y Ud. podrá
entonces realmente gozar
de la vida”11.
Evidentemente desde
estos espacios ganados
en la prensa republicana
se contribuyó a reforzar
paradigmas
representativos de los
ideales de feminidad y
masculinidad de la época
e igualmente legitimados
desde la familia, la
educación, la política,
la legislación y otras
instituciones
representativas del
poder social. Este
arquetipo de mujer
vinculado a la
modernidad y los
estereotipos resultantes
no fueron exclusivos de
las revistas, periódicos
o crónicas sociales,
tampoco resultó un
modelo estático.
Debemos aclarar incluso,
que el manejo de ideales
femeninos por parte de
la prensa cubana de la
República es mucho más
complejo, pues
interactuó con la
creciente versatilidad y
la existencia de nuevos
espacios para las
mujeres en Cuba, el
desarrollo de un
movimiento feminista, de
la lucha por el sufragio
femenino, de su
incorporación a la
política y de una prensa
femenina con exponentes
como Mariblanca Sabas
Alomá y Ofelia Rodríguez
Acosta, entre muchas,
que igualmente hicieron
más heterogénea la
semblanza femenina en
las publicaciones
cubanas de la época.
La cuestión moral
La opinión de los
sectores más
conservadores de la
sociedad republicana, en
cuanto a la problemática
femenina, también estuvo
representada en la
prensa de la época. La
incorporación creciente
de las mujeres a la
educación, los empleos,
la política, los
espacios públicos en
general y su renovada
imagen, motivaron
sentimientos de alarma,
de sospecha, de
resistencia, de
incomprensión e incluso
de miedo en algunos
sectores. Las reacciones
correspondientes fueron
visibles a través de la
sistematización de
criterios acerca de la
relajación moral de la
sociedad de los 50 como
parte de múltiples
debates y polémicas
nacionales.
Criterios devenidos de
la moral
cristiano-burguesa
muchas veces
responsabilizaron a la
“liberación femenina”
como la causa esencial
de la supuesta
“desmoralización”
que
caracterizó el período.12
El debate incluyó a los
diferentes sectores
sociales y se extendió
incluso hasta el mundo
intelectual. Al
referirse al tema, el
reconocido letrado del
período Jorge Mañach
comentó precisamente
para la revista
Carteles:
“…la moral es una norma
y cambia con los
tiempos. Es una
adaptación del hombre a
circunstancias
exteriores. Cuando
decimos que los valores
tradicionales están en
crisis no queremos decir
(…) que esos valores
están en trance de
desintegración y de
ruina, sino en período
de transformación
acelerada.”13
Mañach asoció el
desorden de las
costumbres de manera
congruente a la época de
transición, que según él
vivía el país. Así mismo
percibió los cambios
como consecuencias de la
indisciplina
característica del
período, aunque también
relacionó de cierto modo
a la modernidad con la
“liberación de la
mujer”, lo cual, como ya
vimos, fue un criterio
muy difundido, aunque en
este caso no estableció
los límites entre lo que
él consideraba acertado
o no en materia de
integración femenina.
La revista Educación14
también participó en
esta polémica haciendo
fuertes referencias a
una “pérdida de
valores” que relacionó
con la poca presencia de
la catolicidad en la
sociedad de la segunda
mitad de la República.
En este caso se trató de
uno de esos discursos
que proclamaban una
supuesta “crisis de
moralidad”. Así quedó
implícito en uno de los
artículos publicados por
el redactor Gabriel
Chazarro:
“El ansia irrefrenable
de diversión y
frivolidad ha apabullado
a la mujer que, en
tiempos, fuera la
Majestad del Hogar, la
madre orgullosamente
sacrificada por sus
hijos y la inefable
compañera del hombre
elegido por su corazón.”15
La resistencia que
algunos sectores
ofrecieron a la
modernización de las
costumbres y a la
incorporación creciente
de las mujeres a los
espacios públicos quedó
demostrada una vez más
en la opinión de la
directora del Lyceum de
la casa cultural de
católicas, Piedad Maza:
“Cuando hablamos de la
ola de desmoralización
que azota a nuestro
tiempo, solemos acudir
—seamos francos— a la
conducta de las mujeres,
y quizá, más
específicamente a la de
las muchachas. Parece
que el hombre tiene
patente de corso para
hacer, como suele
decirse, de su capa un
sayo.”16
No obstante este juicio
complementa la
generalidad de los
criterios conservadores,
en la medida en que
asocia la llamada
“crisis”, no solo a los
cambios del acontecer
femenino, sino a la
modernidad en sentido
general que impuso
nuevas formas de vida y
de comportamiento, lo
mismo para mujeres que
para hombres. La opinión
de Piedad Maza puede
considerarse incluso una
crítica a la expresión
social de un orden de
género que subordina a
la figura femenina, en
este caso haciéndola
única responsable de la
pérdida de valores
tradicionales a nivel
social.
El impacto que tuvieron
las nuevas experiencias
femeninas desde inicios
del período republicano
resultó, sin lugar a
duda, una de las
características
fundamentales que
definieron la
modernidad, sin que esta
imagen renovada y su
incorporación a los
espacios públicos
hicieran mella en las
relaciones tradicionales
de dominación y
subordinación. Sin
embargo, muchas veces
las transformaciones
resultantes no vinieron
aparejadas con un
entendimiento o un
cambio en las
mentalidades y en la
propia estructura
social. La preocupación
por mantener un estatus
tradicional en cuanto a
las relaciones de género
y sexo motivó reacciones
negativas a este
proceso, que si bien no
lograron detener el
avance femenino, si
implicaron una
resistencia que
condicionó la dinámica
social y que se
materializó en muchos
espacios políticos e
institucionales de la
época.
Notas:
Fuentes bibliográficas
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Impulso sexual y
amígdalas. El método de
Ogino – Knaus,
Editorial Lex, La
Habana, 1949.
Chazarro, Gabriel: “La
mujer ideal”, en,
Educación, La
Habana, febrero de 1957,
Año XVI, No II, p. 26.
Chelala, José:
Natalidad, mortalidad,
maternidad y aborto,
Publicada bajo auspicios
de la institución de
ciencias médicas y
educacionales, La
Habana, 1937.
González Pagés, Julio
César: En busca de un
espacio. Historia de
mujeres en Cuba,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
2005.
Hernández, Yamilé: El
diseño de nuevos
arquetipos de la mujer
cubana por la educación
y los empleos en el
período (1899-1902),
Tesis de Licenciatura,
Universidad de La
Habana, Facultad de
Filosofía e Historia,
Departamento de Historia
de Cuba, 2003,
(indédita).
López, Francisca; Oscar
Loyola y Arnaldo Silva:
Cuba y su historia,
Editorial Gente Nueva,
La Habana, 1998,
Mañach, Jorge:
“La moral cambia por
adaptaciones de la
conducta al estilo de
cada época”, en,
Carteles, La
Habana, 5 de marzo de
1950, Año 31, No. 10.
Maza, Piedad: “La mujer
moderna es víctima de un
terrible y constante
asedio de tentaciones”,
en, Carteles, La
Habana, 19 de
febrero de 1950, Año 31,
No. 8.
Fuentes publicísticas
Bohemia,
La Habana, (1950 –
1965).
Carteles,
La Habana, (1950 –
1960).
Educación,
La Habana, (1950 –
1959).
La Mujer, La Habana,
(1935 – 1940).
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