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El viejo Ike —que era el
apodo del general de 5
estrellas, Dwight D.
Eisenhower, lo dijo muy
claro en 1961, cuando
estaba terminando su
mandato de ocho años
como presidente de los
EE.UU.
Eisenhower advirtió que
el creciente poder del
complejo militar
industrial
norteamericano, que
aumentó enormemente
durante la Segunda
Guerra Mundial y siguió
magnificándose con la de
Corea, amenazaba con
secuestrar la democracia
estadounidense.
Él, general en jefe de
las tropas
norteamericanas que
intervinieron en la
guerra contra el
nazifascismo, estaba
diciendo la verdad, y
podía decirla sin temor
a despertar la menor
sospecha. El viejo Ike
era un hombre de
derecha, un sólido
militante del partido
republicano a quien
nadie en su sano juicio,
podía acusar de tener
veleidades de izquierda.
Eisenhower era un
probado anticomunista,
que llevó adelante, con
sus colaboradores, el
vicepresidente Richard
Nixon y los hermanos
John Foster y Allen
Dulles, el derrocamiento
del régimen progresista
de Jacobo Árbenz en
Guatemala y aprobó la
agresión norteamericana
por Bahía de Cochinos,
organizada por Nixon,
con la CIA, para
derribar la triunfante
Revolución cubana.
Eisenhower fue esencial
para acabar con el
régimen nacionalista de
Mossadegh, en Irán, y el
de Juan Domingo Perón en
la Argentina.
El derechista general
advertía contra ese
peligro al abandonar la
presidencia de EE.UU.,
cuando ya no tenía que
atender los intereses de
los poderosos. Al final
de su presidencia, el
general quería situarse,
al fin, del lado de sus
electores.
Aquella advertencia ha
venido corroborándose
desde entonces y se hace
evidentísima en los
últimos años. La OTAN
—la Organización del
Tratado del Atlántico
Norte— fue fundada en
abril de 1949 y, aunque
se presentó como una
organización que
defendería a Occidente
de la expansión militar
de la URSS, apareció
mucho antes que se
integrara el Pacto de
Varsovia, en mayo de
1955. Que sus objetivos
eran mucho más de
dominación que
defensivos, lo está
probando el hecho de la
supervivencia y el
permanente
fortalecimiento y
crecimiento de esta
alianza militar, pese a
que el Pacto de Varsovia
dejó de existir en 1991.
El complejo militar
industrial es una
poderosísima entidad
productora de toda clase
de armas que necesita de
la constante expansión
de la actividad bélica
estadounidense y de sus
aliados de la OTAN, que
EE.UU. lidera sin
ninguna clase de duda.
Después de la Segunda
Guerra Mundial, EE.UU.
libró dos largas y
costosísimas guerras
—Corea y Vietnam— que
debieron ser sufragadas
por los contribuyentes
norteamericanos para el
exclusivo beneficio del
complejo militar
industrial. Entonces se
invocaba el peligro del
comunismo y de su
expansión mundial.
Cuando desaparecieron el
campo socialista europeo
y la propia Unión
Soviética, el cantautor
español Joaquín Sabina
celebró el fin de la
“guerra fría” y el
advenimiento de una era
donde dominarían la
gastronomía, la
peluquería y la
bisutería. Como se
engañaba el amigo
Joaquín.
En lugar de ello
vinieron más guerras, y
ya no frías: George Bush
lanzó la guerra del
golfo pérsico, para
oponerse a la brutal
anexión de Kuwait por
Saddan Hussein; la OTAN,
bajo la presidencia de
Bill Clinton, apoyó el
despojo de Kosovo por
los inmigrantes
albaneses, para acabar
de sellar el
desmembramiento de la
socialista Yugoslavia.
El derribo de las torres
gemelas encontró al fin
en el terrorismo, el
reemplazo, como
pretexto, del
desaparecido comunismo.
Un hombre, Osama Bin
Laden, supuesto
perpetrador intelectual
del atentado neoyorkino,
fue perseguido con dos
guerras, contra
Afganistán e Irak, que
han matado muchos más
inocentes que los que
murieron en el World
Trade Center. Al final,
mucho después, Osama
vino a ser asesinado en
Pakistán, sin permitirle
hablar. Así ha sido
ultimado Muamar el
Ghadafi, que había
costeado la campaña
electoral de su
perseguidor Nicolás
Zarkozy, y claro que no
debía revolver esos
lodos en un juicio
internacional.
Como hicieron los
militares chilenos y
argentinos que EE.UU.
promovió en los años 60,
la OTAN también ha
comenzado a ejecutar —o
a permitir ejecutar,
sin juicio.
El presidente Barack
Obama triunfó en las
últimas elecciones
presidenciales
norteamericanas,
prometiendo el fin de
dos guerras fraguadas
por Bush y que él ha
mantenido. Los noruegos
le dieron el Premio
Nóbel de la Paz por lo
que prometió: no se lo
podrían conceder por lo
que ha hecho.
A Obama lo buscaron con
muchísimo cuidado: era
simpático, inteligente,
liberal y encima de eso,
negro. Hace el mismo
trabajo que el tonto
texano rubio George W.
Bush, pero con un
donaire que, si uno no
mira bien, apenas si se
nota lo que hace.
Como vaticinara el
general Eisenhower, el
poderío del complejo
militar industrial ha
terminado por secuestrar
la democracia
estadounidense. Los
secretarios de defensa
norteamericanos son,
desde antes de ejercer
como jefes del
Pentágono, hombres de la
industria militar.
Cuando cesen como
políticos, ejercerán
como ejecutivos de ese
gigantesco negocio, al
que han servido durante
su mandato. Mientras el
complejo sea lo que es,
los EE.UU. tendrán una
guerra andando y otra
incubándose.
Representantes,
senadores, ministros,
presidentes, no
responden a sus
electores sino a esos
intereses.
Franklin Delano
Roosevelt quiso
equilibrar las
desigualdades que el
capitalismo genera.
Estableció que quien más
ingresara, pagara
impuestos mayores que
los ciudadanos más
humildes. Esos impuestos
financiaban los
servicios vitales que
los pobres no pueden
costearse con la
facilidad de los ricos.
Pagaban los servicios
médicos, pagaban los
subsidios que el
trabajador percibía
cuando quedaba sin
empleo, pagaban una
educación de calidad
accesible a todos los
ciudadanos; procuraban
préstamos que podían
necesitar los
norteamericanos de clase
media y obrera. Con todo
sentido, se le llamó a
ese sistema Social
Security (Seguridad
Social).
Roosevelt no era un
socialista. Sus reformas
estaban concebidas para
lo que consiguieron:
fortalecer la
estabilidad del
capitalismo en los
EE.UU. amortiguando la
desigualdad económica y
reduciendo la lucha
ideológica entre ricos y
pobres. Los capitalistas
más obtusos lo odiaban.
Debieron venerarlo por
lo que hizo por ellos.
La clase política que
llevará adelante las
guerras que la industria
militar reclama,
aprendió la lección de
Vietnam. El
norteamericano necesita
una motivación
patriótica para
arriesgarse a morir en
una guerra y no puede
tolerar la muerte de sus
hijos por una causa que
no comprende.
Tuvo sobradamente esa
motivación en la lucha
contra el fascismo. Se
consiguió en parte con
la propaganda en tiempos
de la guerra de Corea.
Vietnam fue el punto de
giro. Nunca pudieron
convencer a los
estadounidenses de que
Vietnam representaba una
amenaza para su país, ni
que su gobierno apoyaba
las mejores causas en el
sudeste asiático. Los
jóvenes que debían ser
reclutados por el
Servicio Militar
Obligatorio, quemaban
sus tarjetas para no ir
a una guerra que
rechazaban. Hubo miles
de jóvenes
estadounidenses
emigrados a Suecia y
Canadá.
Ahora, el reclutamiento
obligatorio ha
desaparecido. Los
muchachos
norteamericanos no están
forzados a ir al frente.
Los soldados son
“contratistas”, que
claro que no están entre
los jóvenes de buenas
familias. Son gente
pobre que arriesga la
vida por dinero;
inmigrantes
indocumentados a quienes
se les promete la
ciudadanía… si combaten
y sobreviven Los
vietnamitas derribaron
más de tres mil
bombarderos durante
aquella guerra: ahora,
bombardean aviones sin
piloto.
Pero los recortes
neoliberales —el dinero
no alcanza para las
guerras y para la paz—
hacen crecer
aceleradamente el
desempleo y la
imposibilidad de
adquirir una educación
apropiada; no hay una
adecuada atención a la
salud de millones de
norteamericanos; los
ancianos que han
trabajado toda la vida,
ven postergarse el
momento de la jubilación
y reducirse el monto de
las pensiones que
obtendrán; los veteranos
de Vietnam ven repetirse
la historia que
sufrieron.
Inesperadamente, la
guerra que los políticos
quieren mantener tan
alejada como lo están
las naciones que atacan,
se está librando en la
propia vecindad:
jóvenes, ancianos,
jubilados, desempleados,
veteranos de guerra,
mujeres salen a las
calles y exigen a gritos
sus derechos, reclaman
una democracia real y
son gaseados, derribados
con potentes chorros de
agua, golpeados,
arrastrados, pateados
por una policía que
parece haber encontrado
a sus enemigos no en
Afganistán ni en Libia,
sino en el downtown
de las grandes
ciudades
norteamericanas.
El secular bipartidismo
estadounidense se está
yendo por el sumidero.
Si da lo mismo que
gobierne el liberal
Obama que el cavernícola
Mitt Romney, las
elecciones pueden irse
ya se sabe a dónde.
Los Indignados están
verificando que además
de la guerra contra Al
Qaeda, contra los
talibanes, contra los
iraquíes, hay otra
guerra contra ellos y
que no tienen políticos
a los cuales apelar ni
un presidente de
recambio. Por ello,
están demandando que se
prohíban todas las
contribuciones
económicas a las
campañas electorales,
porque esos que los
financian, son los
verdaderos electores a
los que responden
representantes,
senadores, alcaldes,
gobernadores y
presidentes.
Están aproximándose a la
raíz del problema.
Este movimiento
espontáneo que son los
Indignados, que es una
arremetida contra un
orden que sienten como
enemigo, acaso no se ha
preguntado todavía el
por qué la tradicional
democracia
norteamericana ha dejado
de trabajar para su
pueblo, y ha sido
ocupada por los
banqueros. Las mentes
más lúcidas lo ven.
En una reciente carta a
sus compañeros ocupas,
Michael Moore está
poniéndoles las cosas en
claro:
El
1 % consiguió formar dos
partidos que le
obedecieran.
¿Cómo
es posible que el 1 % de
la población tenga dos
partidos
y el resto, ninguno? Eso
también debe cambiar.
“Recuperar el país para
la mayoría”, ya es un
modo de pensar que
quiere convertir la
espontánea “indignación”
en una fuerza que eche
abajo un orden que ha
desposeído al 99% de los
estadounidenses. Si se
empeñan, pueden
conseguirlo: pueden
recuperar la nación que
los millonarios han
secuestrado.
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