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El cóndor pasa. Hacia
una teoría del cine
nuestroamericano,
de Frank Padrón, ya
circula entre los
lectores cinéfilos para
proponerles una nueva
mirada al mapa del cine
de nuestra América.
Inspirado en el ideario
de Simón Bolívar y José
Martí, el autor se
pregunta: “¿puede
hablarse de un cine
nuestroamericano?”
Entonces se sumerge en
los múltiples caminos
desandados por el cine
latinoamericano, desde
sus días primeros hasta
hoy, en busca de la
respuesta.
No es una Historia del
cine, pero indaga en
movimientos, autores y
filmes de este lado del
mundo para entrever cómo
llegó el cine a América
Latina y cómo nos hemos
apropiado de sus
herramientas para pensar
al continente, para
registrar lo que nos
distingue como
latinoamericanos. Cómo,
desde el cine, se ha
pensado Nuestra América.
Por estas páginas
veremos desfilar a
figuras cuyas
apariciones en la gran
pantalla los elevaron a
la categoría de mito.
Léase Dolores del Río,
María Félix, Carmen
Miranda, Cantinflas,
Carlos Gardel. También
valorará la filmografía
de Leopoldo Torres
Nilson, que abrió el
camino en Argentina, y
calificará la labor de
Luis Buñuel en México:
“… logró enaltecer el
cine del área teniendo,
sin embargo, una
formación europea,
desechando miradas
colonizantes y/o
paternalistas con que
suelen leernos los ‘del
centro’”. (p.55)
A los representantes del
Cinema novo,
visionarios como Glauber
Rocha, Nelson Pereira
dos Santos, Carlos
Diégues, Ruy Guerra,
dedica no pocas
cuartillas. La
contribución del cine
cubano al afianzamiento
de la identidad
latinoamericana es
apreciada en su justa
dimensión y analiza la
documentalística de
Santiago Álvarez y los
filmes de Tomás
Gutiérrez Alea y
Humberto Solás. Retrata,
con justeza, a creadores
cuyas huellas en el cine
son indelebles, como el
argentino Fernando
Birri, el boliviano
Jorge Sanjinés, el
chileno Miguel Littin,
el venezolano Roman
Chalbaud, el peruano
Francisco Lombardi.
En el análisis, el
investigador deja claro
que parte de la premisa
de la calidad
cinematográfica de las
propuestas. Su
valoración sobre el
filme Una pelea
cubana contra los
demonios, da fe de
ello: “La dolorosa
realidad de un país
dependiente es la que,
dentro de un lenguaje
barroco y altamente
metafórico, aborda Titón
en este filme, donde
lamentablemente, hay
abundantes problemas
narrativos y
dramatúrgicos, que
frenan el alcance de
esta —a pesar de todo—
hermosa alegoría…”
(p.84)
El cine centroamericano,
tan desconocido para el
público y tan poco
atendido por la crítica,
encuentra aquí su
espacio: “…fue un
espejo, donde se reflejó
una etapa de utopías, de
sueños (muchos de ellos
logrados, algunos de
cuyos frutos aún
permanecen) y que el
cine reflejó e incluso
impulsó en su doble
papel de testigo y
actor”. (p.137)
Un clásico como La
hora de los hornos,
de Fernando Solanas y
Octavio Getino, es
abordado desde la
perspectiva del siglo
XXI: “Aún cuando la
monumentalidad de su
estructura y los
momentos de gran impacto
(no sostenidos,
realmente, en su
infinita duración)
propiciaron un empujón a
las concepciones
ideoestéticas del cine
latinoamericano, una
revisión a fondo acusa
también un excesivo
entusiasmo por el
peronismo, lo que ha
llevado a más de un
crítico a descalificarla
como obra artística…”
(p.108)
La investigación no se
limita a estudiar las
manifestaciones
cinematográficas.
También se detiene en
otras esferas del arte
latinoamericano en sus
vínculos con el cine
—pienso en los títulos
de los capítulos que
aluden a canciones o
poemas— como en las
líneas dedicadas al
compositor Gustavo
Santaolalla… “él
pertenece a ese tipo de
músicos que, rechazando
el protagonismo
desplegable en un
concierto, no olvida que
su labor es de plena
latencia (oculta, a
veces hasta soterrada,
casi nunca en primer
plano, más harto
sugerente, ambientadora,
conformadora de espacios
afectivos y
conceptuales)”.
(Pp.172-173)
Otro momento que
disfrutarán los lectores
son las páginas en las
que indaga en la
presencia latina en
Hollywood hoy, así
analiza la obra del
dueto Alejandro González
Iñárritu y Guillermo
Arriega, célebres
creadores de la trilogía
Amores perros,
21 gramos y Babel;
o se pregunta cómo nos
han filmado cineastas
europeos y
norteamericanos,
recuérdese Missing,
de Costa Gavras o
Comandante, de
Oliver Stone.
Luego de recorrer la
Historia y la actualidad
de nuestro cine, Frank
Padrón propone tres
líneas de desarrollo: El
realismo poético, el
cine callejero y la
experimentación o cine
de neovanguardia. En la
primera línea incluye
filmes como El lado
oscuro del corazón,
de Eliseo Subiela, y
Yo sé que te voy a amar,
de Arnaldo Jabor.
Ciudad de Dios, de
Fernando Meirelles, o
La virgen de los
sicarios, de Barbet
Schroeder, clasifican en
la segunda línea. “Se
ha puesto de moda,
digamos, una
no-narración gratuita,
un cine de atmósferas
que elude la narrativa
tradicional más en
función de nada, de un
alarde seudovanguardista
que desmorona el
mensaje”. (p.187) Y para
demostrar que, a pesar
de su anterior
afirmación, el cine
experimental tiene entre
nosotros loables
ejemplos, se centra en
la filmografía de
Lucrecia Martel,
aplaudida y rechazada a
partes iguales por el
público. Este capítulo
generará muchas
polémicas porque Frank
arriesga juicios sobre
cineastas que recién
comienzan su carrera
profesional. Es un
ejemplo su criterio
sobre La teta
asustada, de Claudia
Llosa. O su afirmación
de que el cine brasileño
de hoy —Estación
Central, de Walter
Salles—, reescribe el
cinema novo.
Desde el star system
latino de los años 30 y
40, el impresionante
movimiento de los 60 —Cinema
novo brasileño, el
cine cubano, la nueva
ola argentina— los
directores más
relevantes, el cine
centroamericano, los 90,
y lo que va del siglo
XXI. Así recorre Fran
Padrón el cine
nuestroamericano, con un
lenguaje sencillo, ajeno
a rebuscadas categorías,
en diálogo con sus
colegas, ocupándose del
documental y de la
ficción con igual
fervor, hurgando en la
Historia y testimoniando
el presente, indagando
cómo se refleja la
identidad
latinoamericana en este
mundo unipolar y
globalizado, en crisis
económica y social. Y lo
hace sin prejuicios: “No
siempre ha tenido que
ser un cine estricta,
explícita o
deliberadamente político
(teniendo en cuenta que,
esencialmente, todo lo
es); a veces, desde la
propia y al parecer tan
ajena poesía o desde el
conflicto personal,
nuestras películas han
luchado a brazo partido
por ese ideal supremo…”
(p.94)
Me hubiera gustado que
para responder tal
pregunta, “¿puede
hablarse de un cine
nuestroamericano?”, el
investigador hubiera
empleado muchas páginas
de las 224 que tiene el
libro, así se hubiera
extendido más en el
proceso de renovación
cinematográfica que
tiene lugar desde fines
del siglo pasado y llega
hasta hoy, por citar un
ejemplo. O hubiera
definido con más
exactitud el concepto de
cine nuestroamericano.
Pero el autor decidió
que así fuera, entonces
mis expectativas están
atentas al próximo
título de Frank,
apasionado como pocos
por el cine
latinoamericano.
El cóndor pasa. Hacia
una teoría del cine
nuestroamericano
es un título ganador de
la Beca de Pensamiento
Bolívar Martí del Alba
Cultural del 2007.
Editado por el sello
Unión en el 2011,
engrosa la exigua lista
de textos cubanos
dedicados al cine, y
llega como una
invitación al
intercambio de ideas, a
mirar al cine de Nuestra
América. Léalo y
encontrará la respuesta
a la interrogante:
“¿puede hablarse de un
cine nuestroamericano?” |