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Hay una talla de Vicente
Rodríguez Bonachea que,
pienso, define su visión
del arte. Se trata de
una suerte de ángel
femenino y apacible con
un clavo de hierro que
le atraviesa el pecho2.
Su cara es un trasunto
del arrobo y la
resignación. No se
lamenta, no se abate.
Sin embargo, la posición
de sus ojos nos señala
algo que está a nuestra
derecha y que no vemos,
pero cuya presencia no
podemos ignorar.3
Es el árbol sin ramas
que da sombra, del que
hablara Gelman. En
resumen, la inefable y
terrible poesía.
La pieza en cuestión
pertenece a La
memoria alucinada,4
muestra que marca un
punto de giro en el
trabajo de Bonachea, su
paso definitivo a la
madurez y el comienzo de
un sendero artístico
donde seguirá dejando
jirones de su alma
atribulada y buena. En
aquella exposición había
ruptura, y había,
además, compromiso
irrenunciable con una
forma de hacer que ha
labrado en el tiempo, y
que le viene ganando
numerosos admiradores.
Tal vez por su
figuración tan peculiar,
de seres sinuosos y
zoomorfos, que remite
enseguida al mundo de
las ensoñaciones
infantiles, el
espectador se había
acostumbrado a situarse
ante su obra desde una
perspectiva
exclusivamente lúdica.
Por eso la carga
dramática de muchas de
las piezas agrupadas en
la exposición a que hago
referencia, dejó
perplejo a más de uno.
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"Como un divino
reptil" |
Buscador, degustador,
hacedor de metáforas él
mismo, la escultura
En casa del herrero
resumía con eficacia la
poética de este habanero
(1957). Una estructura
de madera —a la manera
de los palafitos—, pone
la morada a buen recaudo
de inundaciones y otras
contingencias. Es el
sitio desde el que se
puede otear lo por
venir, el refugio para
la gente querida y el
ámbito donde almacenar
esas pertenencias
menudas que son, en
definitiva, el
testimonio de una vida.
Sin embargo, la casa
está a merced del
infortunio, de lo
imponderable, de eso que
unos llaman suerte y
otros, destino: un
inmenso cuchillo la
atraviesa. El título
alude al conocido
refrán: “en casa del
herrero, cuchillo de
palo”. Y la
intertextualidad que se
logra parecería llamar
la atención sobre la
evidente paradoja: el
artista, en buena medida
aspersor de belleza y,
por extensión, de
felicidad, se alza desde
su tragedia personal
para allanar el camino a
los otros. Un testimonio
de altruismo donde los
haya.
Ahora Bonachea, con
Una oscura pradera me
convida, vuelve a
exponerse. De aquella
casa transida por la
fatalidad toma elementos
que van directamente a
la obra: los restos de
Paco, la mascota; la
dentadura postiza de un
ser entrañable, una
muñeca de cualquier
infancia perdida… Sigue
ahondando en su cercana
circunstancia,
reinventando
(¿reordenando?) un
universo en ocasiones
hostil, que el arte
puede domeñar.
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"Una oscura pradera me
convida" |
Trabaja Bonachea más con
sentimientos que con
ideas, con sensaciones
más que con conceptos. Y
todo ello viene en
finísimo empaque porque,
además, es un orfebre
que puede decir cosas
arrasadoras y hondas de
una manera agradable a
los ojos, y, haciendo
alarde de sinestesia,
hasta a los sentidos
todos.
Ni surrealista, ni
realista mágico. Sería
difícil adscribirlo a
una tendencia
determinada sin
menoscabo de su total
libertad imaginativa. En
ocasiones siente que el
buen hacer lo ciñe con
su tiranía. Entonces se
llama a cambiar, a poner
toda la carne en la
brasa, a saltar a ese
vacío que tanto fascina
como atemoriza. Es el
instante de invocar a
los fantasmas benévolos
de Miró, Klee o el
Bosco; no para tomar
préstamos genésicos, que
sería legítimo, sino
para confirmarse en la
idea de que el arte es
riesgo, la búsqueda de
lo desconocido con
recursos ignorados, al
menos a nivel
consciente.
Sigo la obra de Bonachea
por la inusual identidad
que se da entre ella y
su persona. Es luminosa
sin estridencias; es
íntima sin impudicia; es
agradable sin
decorativismos; es honda
sin pedantería; es
erótica sin obviedades;
es risueña sin irónica
malicia; es lírica sin
ñoñería; es densa sin
encriptaciones; es
cubana sin incurrir en
las caprichosas
estratificaciones de la
identidad; es simbólica
en la oblicua manera en
que cualquier cosa es
susceptible de
representar algo más
allá de su apariencia;
es literaria sin ser
expresamente narrativa;
y, en definitiva, es
universal no por
participar de ciertos
estándares impuestos a
priori, sino porque
alude siempre a las
esencias.
Notas:
1. Verso
perteneciente a
“Una oscura
pradera me
convida”, de
Lezama Lima.
2. “Hay golpes
en la vida tan
fuertes…”. 2008,
madera, hierro y
plástico. 116 X
36 X 27 cm.
3. Esa peculiar
colocación de
los ojos se
repite de obra
en obra.
4. Galería Villa
Manuela, La
Habana, Cuba,
2008.
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