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Para evocar a
Dora Alonso solo
bastaría contemplar la
lluvia, el mar, los
caballos, el canto de
los gallos convertido en
alegría, nostalgia,
reposo; porque ella era
“el aire libre, las
flores, el campo
cubano”. Así lo reveló
en una entrevista: “Creo
absolutamente que en
cada hierba, flor o en
cada pensamiento humano
y en cada hombre bueno
yo tengo un pedacito”, y
fue con esta misma
filosofía que encauzó su
trabajo y su propia
vida.
Hace un año Cuba celebró
el centenario de una de
sus más importantes
escritoras. Desde
múltiples espacios
crecieron los homenajes
para la mujer que ha
acompañado con sus
relatos la infancia de
varias generaciones de
cubanos y cubanas,
quienes aún devoran las
múltiples ediciones de
libros como El
Cochero Azul, Las
aventuras de Guille
y El valle de la
Pájara Pinta.
Pero, si bien ha sido
esta zona de su obra la
más reproducida y
privilegiada por la
difusión, casi hasta
opacar una producción
narrativa para adultos,
vale recordar que se
trata de una autora
multifacética, que
también destacó en el
teatro, la poesía, la
escritura para radio y
el periodismo.
Es justamente esta
última vertiente la que
proponemos recorrer
aquí, pues para la
autora de Tierra
Inerme el oficio de
la prensa no fue solo la
manera digna de ganarse
la vida, sino un espacio
para la denuncia y la
confrontación con su
realidad, una
posibilidad de
participación en el
espacio público, desde
la cual dialogar con la
historia de su país y su
tiempo.
Lo plasmado en sus
crónicas, entrevistas y
reportajes mantiene una
relación orgánica con el
resto de su obra, de
amplio arraigo popular,
“cubanísima y
campesina”, como le
gustaba definirla. El
estudioso Imeldo Álvarez
advierte en el prólogo a
Letras, selección
de cuentos de Dora
publicada por Letras
Cubanas en 1980 con
motivo de sus 70 años,
que toda la producción
de la escritora tiene un
sentido común, extraído
del caudal “que le
ofrecieron siempre a su
sensibilidad el haber
vivido de su pueblo y su
ámbito”.
Ella misma confesó en
una entrevista: “Durante
mi etapa militante y
combativa, uno de los
propósitos que me
animaba en el periodismo
era el de dar a conocer
nuestras cosas, nuestra
gente. De hecho, la
misma línea que en el
resto de mi obra. Por
eso puedo asegurar que,
al menos para mí, el
periodismo ha sido un
notable auxiliar en las
labores literarias, y
por ello se explica: lo
cercano y lo vivo nutre
las dos tareas”1.
Es importante acentuar
la manera en que se
reproducen en estos
artículos y reportajes
los valores morales de
Alonso, heredados de su
familia y acendrados
durante su etapa de
formación.
Desde sus inicios como
escritora, las
intenciones literarias
marcharon de la mano con
la militancia política,
a la que estuvieron
asociadas sus primeras
incursiones en el
periodismo. Eran los
tiempos de la Revolución
del 30, de Mella,
Villena y Guiteras
liderando una generación
de jóvenes que defendían
la soberanía e identidad
del país.
Al caer la dictadura de
Gerardo Machado en 1933
Dora se pronuncia a
favor de la Pentarquía y
comienza a escribir en
un periódico
revolucionario de
Cárdenas llamado
Prensa Libre. Sale a
hacer lo que calificó
como “periodismo de
combate, militante, a
favor de los tiempos
nuevos”, “periodismo
activo de barricada”,
con “artículos tajantes
y convulsos” que, según
Imeldo Álvarez,
anunciaban a la gran
periodista que habría de
ser.
En 1934 pasa a formar
parte de la Joven Cuba,
organización dirigida
por Antonio Guiteras.
Allí conoció a quien
sería su novio, el
dirigente obrero
Constantino Barredo,
cuya influencia
definitoria fue, según
la escritora: “la de una
muchacha pequeño-burguesa
que encuentra por azares
revolucionarios a un
joven dirigente surgido
del proletariado”. El
tabaquero disponía de
“una mente amplia,
firmes convicciones
además de recio carácter
militante”; mas su
muerte en 1938, a los 27
años, como parte del
contingente del Partido
Comunista que fue a
España a defender la
República del avance
fascista de Franco, dejó
trunca la relación.
Consecuente con sus
ideas políticas, en
Prensa Libre Dora
escribe contra los
politiqueros y la
corrupción, pasando del
artículo al panfleto,
hasta que un coronel
matancero se molesta con
el contenido de sus
trabajos y la manda a
arrestar. “A partir de
ahí tengo que ir
capeando temporales
—relató en una
entrevista concedida a
Bohemia en 1980—. Me
detienen en otras
ocasiones, conozco el
Vivac por dentro…
después paso a la lucha
clandestina”.
En una ocasión le tocó
transportar desde
Cárdenas hasta su pueblo
un paquete con
explosivos destinados
a volar los
condensadores del
Central España, en el
mismo tren en que iba un
jefe del puesto de la
guardia rural de su
pueblo. Según contó, “al
final del viaje,
cortésmente, el teniente
me quitó el paquete de
las manos, para
ayudarme. Y comentó que
pesaba bastante. Yo
sonreí diciéndole: ‘¿No
serán bombas teniente?’.
Y me respondió: ‘¡Ya se
mudaría usted! Cuando
deposité el paquete en
el auto que me esperaba
había que ver la cara
que puso el chofer
(compañero de la Joven
Cuba), pues sin dudas
había pensado lo peor”.
Luego de la muerte de
Guiteras Dora se une a
la Unión Revolucionaria,
“por ser entonces el
único partido donde
había una verdadera
firmeza revolucionaria y
ancho camino para la
lucha contra el
imperialismo”. Llegó a
ser Delegada Nacional de
esta organización,
vinculada al Partido
Comunista, y entabla
amistad con Juan
Marinello, Salvador
García Agüero, Carlos
Rafael Rodríguez, Jesús
Menéndez y Osvaldo
Torres. En 1938 se
retira de la vida
política, si bien
continúa publicando
tanto narrativa como
periodismo en las
revistas Bohemia,
Carteles,
Ellas, El
Espectador Habanero,
Cúspide, entre
otras.
Una faceta interesante
es la que realiza en los
años 40 como
entrevistadora y
editorialista para la
revista Lux, de
la Federación Sindical
de las Plantas
Eléctricas de Gas y
Agua, dirigida por
Manuel Braña. A ella
llegó por recomendación
de María Villar Buceta,
luego de mudarse a la
Habana con su primer
esposo en 1940. Comenzó
como redactora de mesa,
con 40 pesos mensuales
de salario, pero pronto
le encargaron otro tipo
de trabajos, entre
ellos los editoriales.
Aparecieron así sus
entrevistas al embajador
de China en Cuba, Ti
Tsun Li; al poeta
chileno Pablo Neruda, y
a deportistas famosos:
campeones de tiro,
equitación, remo, al
miniaturista Maldonado y
al célebre piloto
Rosillo, a quien
reconoció, ya retirado,
en una de las aceras de
Obispo y Monserrate
vendiendo fósforos.
Cuando el director
Manuel Braña le encargó
un editorial a favor de
Francisco Franco, Dora
se negó rotundamente.
“Le contesté que
sencillamente detestaba
a Franco, que alguien
que yo quería muchísimo
me lo mataron en España
combatiendo el fascismo.
Que yo pertenecía al
frente antifascista de
La Habana y que así él
me ofreciera lo que me
ofreciera, me parecía
una ofensa esa
proposición. Entonces me
despidió y me quedé sin
los cuarenta pesos, pero
con mi conciencia y mi
dignidad muy altas… Hay
principios que no pueden
vulnerarse; hay cosas,
como la patria, como el
ser revolucionario, como
la luz, a las que no se
puede renunciar, ni se
deben perder”, respondió
al ser interrogada sobre
las consecuencias de
este acto.
El oficio periodístico
le permitió en general
recrear aspectos de la
vida social y cotidiana
de la época, y
presenciar de cerca
sucesos fundamentales de
la historia reciente.
Sus crónicas reproducen
los recuerdos de
provincia, de la
infancia, la descripción
de paisajes, de paseos,
de costumbres y
personajes pintorescos y
populares.
Aunque siguió publicando
en la prensa de manera
esporádica, no es hasta
después de 1959 que
Alonso se incorpora
nuevamente de manera
activa a este oficio, en
las páginas de
Bohemia, Verde
Olivo y Mujeres.
El trabajo era semanal y
abrumador, pero la
colmaba de felicidad
porque: “era lo que
soñaron mis padres, lo
que deseaba desde muy
joven en los tiempos de
la Joven Cuba, y Unión
Revolucionaria. Ahora sí
que tenía que darlo
todo, sin cortapisas ni
limitaciones”.
Como reportera de
Bohemia, participa y
reporta acontecimientos
trascendentales de la
vida política y social
de inicios de la
Revolución, como la
llegada de las primeras
armas a Cuba o la
Campaña de
Alfabetización, que
luego integrarán su
testimonio El año 61.
Se trata de relatos
periodísticos en los que
se pone rostro humano a
las transformaciones
experimentadas en la
isla en esos primeros
años de la Revolución, y
se da voz a los
campesinos, obreros, a
las mujeres
alfabetizadoras, a los
niños y niñas del
pueblo.
Me gustaría destacar en
este período un par de
sucesos en los que Dora
fungió como corresponsal
de guerra. Se trata de
la invasión de Playa
Girón en 1961 y la
Crisis de Octubre en
1962, cubiertos por la
escritora para Bohemia
con la emoción y la
furia de los propios
acontecimientos.
“Avanzando con el pueblo
en armas”, reportaje
publicado en la edición
del 30 de abril de 1961
de la centenaria
revista, se recogen las
tensiones vividas por
los y las habitantes de
Cuba en los momentos de
la invasión coordinada y
financiada por EE.UU., y
ayuda a comprender a
cabalidad la única
manera en que pudo
alcanzarse una victoria
fuera de todo
pronóstico: con el total
apoyo y participación de
cubanos y cubanas.
Los bombardeos a
Santiago de Cuba y La
Habana la sorprendieron
en Manzanillo, mientras
realizaba una entrevista
a la madre de Piti
Fajardo junto al
fotógrafo Gilberto Ante.
El olfato periodístico
le hizo llamar de
inmediato a Enrique de
la Osa para informarle
que irían a reportar los
bombardeos en Santiago;
pero todo resultó
diferente a lo planeado,
y la periodista marchó
tras el rastro de los
acontecimientos cuando
supo de la invasión el
17 de abril. Todo esto
se narra en detalles en
el reportaje, que fue
escrito de un tirón en
16 cuartillas,
emplanadas casi al
momento.
Según contó Dora, en
Santiago consiguieron
los dos últimos pasajes
de una guagua hacia La
Habana, aún sin conocer
el sitio exacto por el
que se produjo la
invasión. Ejercer el
periodismo en esas
circunstancias no fue
tarea sencilla para una
mujer. Mientras
intentaba llegar a la
primera línea de combate
en la carretera, nadie
la quería llevar porque
decían que había
demasiado peligro. “El
machismo todavía se
sentía allí”, comentó.
Entonces ella se paró
frente a un conductor de
un jeep de la Cruz Roja
y le dijo: ‘mira, yo
quiero ir, ya yo tengo
cincuenta años, no soy
una niña, estoy con
Cuba, soy periodista,
¿por qué no me quieren
llevar?’ El chofer se
conmovió y me dijo que
montara y tuve la suerte
de entrar a Girón en los
tanques de Fidel, los de
la columna dos, en el
yipi del sanitario”.
El reportaje, narrado en
presente, capta la
tensión del contexto, el
temor acallado, la
expectación, la ira, la
voluntad de sobreponerse
a lo adverso en los
seres humanos que
protagonizaron la
hazaña, la incertidumbre
de toda situación
bélica; pero también va
cargado del tono
triunfalista que
prevalecía en la época.
Los milicianos son los
principales
protagonistas de su
historia, gran parte de
ellos muy jóvenes o
adolescentes de 12, 13 y
14 años, algo que Dora
resalta en varios
momentos del texto. “Hombres,
mujeres y niños saludan
entre vivas el paso de
los milicianos. Ellos
contestan a gritos,
levantando los
armamentos sobre las
cabezas juveniles. Es
como una poderosa
fiesta. Una extraña y
admirable forma de
cumplir el deber de
cubanos. Van alegres al
combate y quizás hacia
la muerte. Y los
despiden en cerrado
aplauso sin lágrimas ni
miedo”.
En otro momento añade:
“A pie, a los dos lados
de la carretera, se
riegan milicianos junto
a sus nidos armados. Nos
saludan alegremente,
haciendo chistes y
mostrando ufanos las
tiras de nailon
estampado de los
paracaidistas capturados
al ejército imperialista
y mercenario”.
Conmueven detalles como
el de los niños
peinándose antes de ser
captados por el lente de
Gilberto Ante, en los
que se advierte la
ilusión de la vida que
persiste incluso en
circunstancias de
guerra. Con sus recursos
de experimentada
narradora, lleva al
detalle la historia del
responsable de la Cruz
Roja que viaja en su
camión, preocupado por
su hijo que se encuentra
en el campo de batalla,
y que le va preguntando
a cada vehículo que se
encuentran si han sabido
de él.
Dora destaca también la
participación de las
mujeres en las acciones,
principalmente como
voluntarias en los
servicios de apoyo
médico y sanitario, o a
través de personajes
particulares, como la
joven alfabetizadora
Marta Chang, a quien le
bombardearon su escuela
y se fue a las
trincheras de Caletón, a
curar heridos y hacer lo
que pudiera.
La prosa sigue un estilo
cortado, si bien a ratos
se despliega para
describir el paisaje que
encuentran a su paso por
Holguín, Cienfuegos,
Colón y el Central
Australia, donde estaba
ubicada la comandancia
general de operaciones,
pocos kilómetros de
donde se libraban los
combates, y luego a la
primera línea de la
acción.
Por momentos, la
subjetividad de la
cronista se sume en la
misma efusividad de los
hechos y se mezcla con
los personajes que
entrevista, como en esta
frase: “Toda Cuba y toda
edad y todo color de
piel se une y se funde
en una fuerza inmensa
que ya nadie logrará
romper”. El mérito del
trabajo está en la
emoción con que se
redacta y lo hace único
aún sin tener cifras,
datos, elementos
“objetivos”.
“Las cosas que vi en
Girón fueron terribles y
maravillosas —opinó
luego—. Allí vi y hablé
con niños artilleros,
eran de 12 o 13 años,
convertidos en héroes de
la base Granma, los
mismos que dispararon
contra los B-26 que
volaban rasantes sobre
Playa Larga; caía uno y
se levantaba otro.
Después subí hasta Playa
Larga y vi los horrores,
gente mutilada, bohíos
quemados, un verdadero
desastre (…)
Si el miedo me vencía no
me hubiera podido
considerar nunca ni
cubana ni revolucionaria
y periodista mucho
menos. No creo que nadie
en mi caso hubiera
dudado. Hice lo que
tenía que hacer, y nada
más”.
El periodismo de Dora
Alonso posee, en líneas
generales, el aliento
mismo de su literatura.
La condición popular
entendida como expresión
de una sensibilidad
nacional, de la cubanía;
el respeto por la
naturaleza, la
preocupación por los
habitantes del campo y
la defensa de los
mejores valores humanos
y la justicia, son
rasgos fundamentales.
Como expresó Nicolás
Guillén: “Hay en la obra
de Dora Alonso una
fuerza que le viene de
los materiales que
trabaja tanto como de la
manera directa y pura de
hacerlo: hombres y
mujeres nacidos del
dolor diario, vistos en
su vida simple, a veces
tan compleja. Ello la ha
situado en un plano de
muy elevada categoría en
las letras
hispanoamericanas, donde
acusa una desgarradora
expresión del alma
popular”.
Poco antes de su muerte
el 21 de marzo de 2001,
Dora concedió a
Bohemia su última
entrevista, en la que
dejó claros sus
principios en este
sentido: “Sobre mi obra,
algunos, en un sentido
peyorativo, me tacharon
de popular, y entonces,
si realmente he logrado
ser escritora del
pueblo, no saben ellos
que para mí es la
medalla mejor; o sea,
quien estime que decirme
que mi obra es popular y
si agregamos popular
cubana es ofenderme, no
se da cuenta que me está
situando donde yo soñé
estar”…y te puedo decir
que lo mejor de mi vida
y mi obra, lo que más
brilla en ellas, nació
de la mezcla de mis
fantasías de niña y mis
ideales; que lo que yo
soñé hacer como mujer y
como escritora está
necesariamente permeado
por las luchas del
pueblo cubano, por la
tierra, ese suelo tan
nuestro; por las
fantasías que de niña me
servían de muñecas y por
la justicia”.
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