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A pesar de sus propias
consideraciones, de su
frase que titula esta
entrevista, acumular
décadas de buen trabajo,
sabiduría y la ganancia
a cambio del
reconocimiento del
pueblo, a quienes
destina su trabajo,
hacen de Gladys Egües
cualquier cosa, menos
una periodista menor.
Si alguien quiere contar
la historia de la
revista Mujeres,
no podrá jamás dejar de
interrogar a esta mujer.
Sus criterios,
aderezados además por un
impresionante
conocimiento de nuestras
historias culturales,
porque las ha vivido de
cerca, incluso algunas
de las que no se habla
comúnmente, son
invaluables. Si, además,
se revisa la nómina de
la Editorial de la Mujer
en labores como la
orientación de la
cultura del vestir y la
imagen personal,
consejos para el hogar y
hasta observaciones para
simplemente transmitir y
asentar una mejor
educación, en las
páginas de no pocos
libros y en todas las
revistas, estará esta
periodista.
En fechas más cercanas,
el monstruo omnipresente
de la pantalla
televisiva, convierten a
Gladys en un personaje
asediado, siempre para
bien, aunque gracias a
eso jamás llegue en
tiempo a las reuniones
en la redacción. Una
pregunta, un consejo o
el más campechano y
llano agradecimiento de
un cubano que la
reconoce e interpela
luego de ver su
programa, convierte su
viaje a la Revista en
una gran marcha de
incontables pausas y
dialogantes escalas.
Por esas, y muchas otras
razones, no podía dejar
de incluir las opiniones
de esta conversadora
contumaz en esta suerte
de foto colectiva de una
revista Mujeres
que cumple 50 años.
Añádase también, como
dato curioso a los
colores de su voz, que
Gladys es una mujer que
cuenta con la dicha de
un danzón que lleva su
nombre, gracias al genio
de su padre, el maestro
Richard Egües.
Escuchemos entonces, en
épocas de ese recuento
que significan los
aniversarios, la
historia de uno de los
mástiles que ha
sostenido con su
trabajo, una de esas 50
velas.
¿Por qué llegas a la
Editorial de la Mujer?
Vengo de la revista
Romances. Comencé en
agosto de 1973. Esa
publicación era de
prensa independiente,
eran Ellas y
Romances, con
capital cubano. De esas
revistas, de buen
desempeño en la década
de los 50, se mantuvo
Romances. En honor a
Ellas, fundada en
la década de los 30, se
nombró Ellas en
romances. No soy
fundadora del primer
equipo después del
triunfo de la
Revolución, sino de la
tercera hornada. Y al
final, Romances
se une a la Editorial de
la Mujer el 18 de enero
de 1978, cuando se
decide que toda la
prensa femenina sea
dirigida y orientada
bajo la égida de la
Federación de Mujeres
Cubanas.
¿Cómo es la
especialización en un
tema, que no conozco que
se estudie en ningún
sitio, como la cultura
del vestir, la imagen de
las personas, esta gama
de temas que tú manejas?
Creo que leyendo mucho.
Estudiando Historia del
Arte, Diseño, quizá… No
soy de las que tuvo la
suerte de tener la
formación de los
profesionales de hoy
porque pudieron estudiar
esas especialidades en
la Universidad, en el
Instituto Superior de
Diseño Industrial, en
fin. Llegué a la revista
Romances con
mucha decepción, ya que
no tenía una mirada
intimista y conocedora
de lo que significa ser
una mujer. Más bien
llegaba con la idea de
que ya se había resuelto
todo, de que teníamos la
Federación, además era
muy joven y no me
percataba mucho de esas
cosas. Incluso, cuando
me ubicaron en
Romances, me sentí
muy ofendida.
¿Pero ofendida porque te
sentías subestimada
profesionalmente?
Yo estaba en ese momento
en una situación muy
difícil. Al salir de la
Universidad, pasé dos
años en la agricultura.
Cuando llegué a
Romances, era casi
el diablo en persona. No
me querían. Cuando uno
es joven, tiene el
espíritu de si no me
quieren, te doy tres
tazas, entonces decidí
quedarme pero no porque
me sintiera feliz. No
era lo que yo pensaba,
ni lo que me hice idea
que iba a realizar en un
principio.
Sin embargo, andando las
cosas, desde muy joven,
desde mis primeras
tareas con la Revolución
siempre tuve conceptos
muy claros de mi
identidad, de la
situación de lo que
significa ser caribeña y
ser cubana. Entonces, lo
primero que descubrí al
empezar a manejar estos
asuntos, al hojear las
revistas, era que se
intentaba, con mujeres
blancas, hacer maniquíes
mestizas. También me
parecía que le faltaba
un poco de ciudad, un
poco de tranquilidad, un
modo diferente de ver la
forma, el vestir, la
imagen personal de la
gente.
A la sazón, voy a casa
de la pintora Antonia
Eiriz a hacer un
trabajo. Por entonces,
Antonia había comenzado
una serie de proyectos,
las primeras bisuterías
en papier maché y
todo aquella labor
comunitaria que se
iniciaba. Se me ocurrió
que una colega mía,
mestiza, casi negra,
fuera la maniquí de
aquel trabajo. Se
publicó en Romances
y me fascinó
extraordinariamente. A
partir de entonces
comencé mis pininos, me
acerqué a ver lo que
hacían las personas que
más conocían en esos
temas: Yara Luisa
González, Silvia Bota...
Unido a eso, como
periodista comencé a
cubrir los sectores de
la Industria Ligera y
Comercio Interior. Me
ligué mucho al tabloide
Opina que editaba
el Ministerio de
Comercio Interior. Allí
conocí a los últimos
publicistas que quedaban
en el país; me adentré
en ese mundo de la
imagen, de la
publicidad, del
marketing.
Por otro lado, estaban
los estudios sobre
cultura cubana. Había
pasado, en 1968, el
Centenario de las
Guerras de
Independencia, estaban
los estudios sobre la
esclavitud, el Instituto
de Etnología y Folclor,
un grupo en el cual yo
participaba de modo muy
activo. Allí me vinculé
con gente como Sara
Gómez, Alberto Pedro
Díaz, Tomás González, en
fin... Todas esas cosas
se fueron uniendo hacia
la imagen, y de modo
individual comencé a
estudiar la historia del
traje, la historia del
vestuario, los seres
humanos y la importancia
del vestuario ligado a
la publicidad. Desde
entonces, me adentré en
este mundo del vestir.
Siempre hubo cosas,
desde un principio, que
me chocaban un poco pero
no sabía analizarlas ni
verlas. Pero tuve la
suerte de conocer a las
personas que desde los
años 60 y 70 empezaron a
determinar en el
vestuario en Cuba.
Manolo, Rafael de León,
a quien tanto le tengo
que agradecer; Agustín;
el Centro de la Moda de
la Federación de Mujeres
Cubanas, que creo que
ocupó un espacio
trascendente.
Por ejemplo, iba a
Matanzas, al Festival
del Carbón, traía a las
niñas carboneras, ya
comenzaban a haber
problemas de la imagen,
y las vestían. Pasó con
las muchachas que
manejaban los tractores
Piccolinos, las
piccolineras, en los
años 68 y 69, y se les
hacían ropas especiales
para ellas. Ese Centro
de la FMC tuvo un papel
preponderante para
cambiar las concepciones
de la imagen. Y todo ese
mundo nuevo que estaba
comenzando, que estaba
tratando de hacer
rompimientos, donde
había todavía muchas
cosas por definir, donde
se usaron las primeras
maniquíes negras… me fue
atrapando, y cuando ya
pasé a la Editorial de
la Mujer, seguí tratando
los temas de las tareas
y asuntos del hogar.
Una vez creada la
Editorial de la Mujer,
seguiste profundizando
en esos temas. ¿Ya
tenías secciones fijas
desde entonces?
Desde Romances ya
atendía secciones como
Gavetero, Secretos,
varias secciones que se
implementaron luego en
las revistas Mujeres
y Muchacha. De
Muchacha hay que
decir dos cosas: soy del
grupo que inició esta
publicación. Y de ella
hay que decir que jugó
un papel muy
determinante en las
formas del vestir,
porque rompió con la
imagen del maniquí
tradicional. Se trajeron
a las niñas de su casa,
a las jovencitas de toda
Cuba, con sus ropas,
coordinando su imagen y
viendo cómo instruir a
la población para lograr
una apariencia
equilibrada y bonita con
lo que se tenía en el
escaparate. Creo que esa
década de los 80 fue un
momento muy importante,
y puedo asegurarte que
se logró algo dentro de
nuestro país.
Además de conversar,
esta es una buena
ocasión para aprender.
¿Qué diferencia hay
entre la moda y la
cultura del vestir?
La moda ha estado
siempre ligada a la
fruslería y, además, el
concepto moda esconde
tras de sí el concepto
de una industria muy
poderosa. Los seres
humanos, una vez
resuelto el problema de
una casa, gastan
alrededor del 70 por
ciento del salario que
les queda en la imagen
personal. Es una
industria muy poderosa,
tanto como la industria
del turismo, y se
metamorfosea bajo el
concepto moda, cuando
este se impone a los
posibles consumidores.
Cuando hablas de cultura
del vestir, aunque no
puedo decirte que tenga
una conceptualización
completa, hablas de una
definición, de una idea
que va mucho más allá.
Vestirse es una
necesidad de cada
persona, de la sociedad;
vestirse llena la
satisfacción individual
de verse lindo, de la
belleza y toda persona
tiene ese deseo. Desde
los tiempos más
prehistóricos, se busca
esa diferenciación, ese
sentirse único,
individual, maravilloso.
En contradicción con el
mundo universal de la
moda, donde se imponen
colores, se imponen
formas que si tú las
desmitificas ves cómo
van regresando en el
tiempo y son al final
las mismas cosas que dan
la vuelta una y otra
vez. Este año es el
rosado, pero el año
siguiente es el
amarillo, para dejar
obsoleto todo lo rosado
y vender todo lo posible
en el amarillo.
Contrario a ese concepto
de moda viene la cultura
del vestir. Pero no son
conceptos tampoco tan
antagónicos. Es solo que
hay que despojarlos de
todo lo que tiene que
ver con esa
manipulación, hecha para
vender, de los seres
humanos por parte de la
industria de la moda.
Caben también ahí los
grandes productores de
cosméticos, de
accesorios, de cirugías
plásticas…
Es un gran conglomerado,
que va desde la creación
de los textiles, de los
teñidos, de las
pinturas, de las formas
y todos los complementos
que tienen que ver hasta
llegar a la salud.
Porque desde la
cosmetología hasta las
cirugías estéticas, hay
ahí un gran mundo.
Incluso aquí se ha
dejado sentir ese mundo.
Esa mentalidad
pequeño-burguesa es muy
tramposa, muy adueñante,
muy problemática. Así te
encuentras a un joven
haciendo sacrificios
económicos para ponerse
unos labiecitos con un
borde negro, o un
tatuaje estético, o
cosas que atentan contra
la salud, pues a veces
ni siquiera se hacen con
todas las condiciones de
seguridad e higiene que
se requiere en estos
casos. Y lo que debiera
ocurrir es que los seres
humanos se apropien,
primero de su cuerpo, y
a partir de ahí empiecen
a potenciar su propia
belleza.
¿Te ha pasado que se
menosprecie tu trabajo,
por considerarlo un tema
menor, poco trascendente
para las academias?
Soy una periodista de
temas menores. Nunca
seré una periodista
multipremiada.
¿Pero lo crees así o es
tu percepción del pensar
de los otros?
Lo siento así,
sencillamente, lo
siento. Incluso, entre
mis propios compañeros,
si se va a dar un
premio, casi nunca se me
tiene en cuenta, pues la
moda no es más que un
concepto, un
conglomerado. Pero hasta
las cosas mínimas que
hace el diseñador pasan
por delante de mis ojos
porque yo sí defino lo
que va a salir en mis
páginas, lo acomodo.
Puede tener un aderezo,
puede tener una visión o
puede ser completado por
otra mirada, por
supuesto, pero debe
partir primero de mi
punto de vista en líneas
generales.
Te voy a poner un
ejemplo. El libro Mil
ideas tiene por dos
años consecutivos uno de
los más altos lugares en
ventas en todas las
provincias. Pero no es
trascendente, porque no
es el libro de un gran
escritor, porque no es
un tema que vaya a
definir absolutamente
nada.
Pero eso no importa. La
vida determina que los
problemas menores son
los que inciden en la
cotidianidad. Seguiré
siendo una trabajadora
de la calidad de vida;
la calidad de vida más
significativa, la más
sensible, pero quizá la
menos rutilante. Y es
esa: los problemas del
hogar, los problemas de
la familia y sobre todo
de la imagen personal.
Un pueblo se define en
cómo está vestido; un
pueblo dice, a partir de
su vestimenta, si es
feliz o si es infeliz,
si tiene un desarrollo
socioeconómico o no lo
tiene. Porque pasan, por
la imagen personal, toda
la cosmogonía de los
seres humanos, toda la
vida, toda la política,
toda la filosofía.
¿Y bajo esa concepción
de los temas menores, y
en una profesión como el
periodismo, te escapaste
entonces de las
incomprensiones? ¿No te
tomaron en cuenta, como
a quienes ejercitaban
temas trascendentales?
Me parece que estoy en
el centro de la
incomprensión. Porque a
veces, al ver mis temas
como menores y tener
todas las miradas,
entonces si algo sale
mal es un problema
significativo. Sin
embargo, en otros
lugares se pasa por
alto. Por ejemplo, no
puedo poner en mis
páginas de cocina un
dulce que tenga más de
cuatro cucharadas de
mantequilla; pero ahí me
alegro, porque eso
significa que mi
revista, la dirección en
mi revista, está
consciente de que en
Cuba no se puede
publicar una receta de
un dulce que requiera de
tres tipos de leche.
Porque la situación real
de la mayoría de la
población no es para
tener tres tipos de
leche en un dulce. Al
contrario, es para
saber, con la leche que
a lo mejor sobró del
niño, qué dulce se puede
inventar para que todos
en la familia coman
algo.
En ese sentido, me
siento feliz porque creo
que desde la Editorial
de la Mujer se ha ganado
un espacio, se ve este
trabajo como muy
importante. En
contradicción con lo que
te decía hace un rato,
te hablo en líneas
generales, cuando esta
propia Editorial tiene
un sesgo, porque trata
temas de mujeres, de una
parte de la población
cuyas problemáticas no
son totalmente
comprendidas a pesar de
los años de Revolución
que hemos pasado. Ahora,
en lo interior, sí
tenemos un rumbo claro y
definido en este
aspecto. Y cada año,
cuando se hacen los
títulos para participar
en la Feria del Libro,
siempre recibe un
espacio importante el
tratamiento de estos
temas del hogar, de la
familia y de la imagen
personal. Mira, unas
cifras breves.
Muchacha dedicaba el
42 por ciento de sus
páginas y Mujeres,
casi el 30 por ciento.
A veces, para el mundo,
es difícil entender la
necesidad de tratar
estos temas. ¿Estamos
llevando a la mujer a
los caminos trillados, a
la frivolidad? No,
estamos llevando a la
mujer por unos caminos
donde la mujer sí tiene
que ver, donde sí tiene
que ver la familia. Pero
con una mirada nueva,
con una mirada
diferente. Al menos lo
siento así.
Desde ese aprendizaje
sobre la marcha, ¿cómo
resolviste el posible
antagonismo moda versus
perspectiva de género?
Se fue definiendo, se
fue decantando por sí
mismo. Hay un asunto que
siempre hemos tenido muy
claro. Como en Cuba no
hay revistas o
publicaciones de algún
tipo, especializadas en
vestuario, pues hay que
tratarlo dentro de la
prensa femenina. Y han
sido tan bien tratados
estos temas que, en la
década de los 80, los
soviéticos querían
comprarnos 20 mil
revistas mensuales, de
Mujeres y de
Muchacha.
En México querían
comprar ambas
publicaciones, como diez
mil revistas, por el
modo en que nosotros
tratábamos esas
temáticas.
Eso, sin papel cromo,
sin computadoras, hecho
todo a mano, por los
métodos antiguos de
cortar y pegar
figuritas, con rotativa,
dibujando sobre fotos…
Sin embargo, tanto para
la Unión Soviética, como
para México o para
Canadá, que también se
interesaban, con ese
mismo papel malo y todo,
era un producto muy
interesante. Algo
diferente.
Para cualquier feminista
debe ser evidente el
tratamiento distinto que
se le da a la cultura
del vestir en nuestra
revista. Quizá se nos
carga un poco la mano en
la orientación. Pero es
que aquí no se trata de
vender nada, ni de un
asunto comercial, ni de
imponer qué se usa o no.
El objetivo es orientar
a las personas para que
sepan cómo equilibrar
mejor su imagen, cómo
cuidar su salud y cómo,
a partir de su cuerpo
gordo, bajito, delgado,
puedan lucir mejor. Y
hasta el un poco mejor
puede ser una trampa.
Digo, un poco mejor,
pero me refiero al
estilo quizá más
convencional. Es decir,
tener un porte más
elegante, vestirse en
función de cada hora o
de cada lugar, de qué te
funciona según tu
físico, cómo esconder
grasitas... No hemos
avanzado lo suficiente
como para decir que una
mujer gruesa, rumbosa
con la barriga afuera,
sea algo bello. Me
parece que es algo de
mal gusto. Como mismo,
una flaca, rumbosa y con
la barriga afuera es de
mal gusto; ambas cosas.
Hay que mantener ciertos
equilibrios, eso lo da
todo. Aprender ese
equilibrio en la imagen
personal da un sentido
de armonía de la
personalidad, en el
carácter, en la forma de
ser. Hay etapas. No es
lo mismo a los 15 años
que a los 30; ni es lo
mismo a los 14 que a los
60. Esos matices son los
que hay que aprender a
analizar.
Vas a ser juez y parte,
pero quiero
preguntártelo igual. En
un país como Cuba, sin
dejar fuera el género,
sin dejar fuera la
orientación. ¿Qué
importancia tiene un
trabajo como el tuyo?
Lograr la calidad de
vida de las personas,
buscar esa calidad de
vida de las personas. Un
ser humano no es
completo si no está
viéndose a sí mismo, si
no se encuentra
atractivo, si no se
encuentra bello, si no
se mira al espejo y está
contento consigo, si su
carácter no le ayuda a
verse más hermoso. Las
personas que no se
miran, que no se aceptan
a sí mismas, son
personas tristes,
desconsoladas. Mi
trabajo va a ayudar a
que las personas no se
sientan ni tristes ni
desconsoladas.
No es un problema de
tener centavos o
fortunas. A pesar de lo
poco o lo mucho que se
pueda tener, deben saber
que si se sabe pulir el
gusto, es posible lucir
bien, lucir
maravillosas. Conocí, en
mis años de
universitaria, a una
muchacha encantadora.
Hacía palomas, tenía que
lavar cada noche porque
tenía muy poca ropa,
pero era una de las
mujeres más atractivas y
con más enamorados de
toda la Colina
universitaria. Pero
tenía buen gusto y hasta
los parchitos con
etiquetas que le ponía a
la ropa, lucían
encantadores. Y siempre
lucía bien, siempre
estaba preciosa con
nada, desde la nada.
Solo desde la
imaginación. Ese
aprender a mirarse, a
darse, a embellecerse, a
estar feliz sobre todo
consigo para hacer
felices a los demás
desde la mirada, eso es
calidad de vida.
La televisión, además,
complementa esos años
desde la prensa escrita,
y te ha hecho una figura
pública. ¿Qué respuesta
tienes de esas personas
para las que trabajas?
Es muy lindo. Una
señora, en el
aeropuerto, viene
corriendo, me abraza, me
besa. Me dice, usted no
me conoce, pero usted
entra en mi casa
siempre. Y me cuenta que
llama a su nieta, que
persigue los programas,
cosas así. Eso me pasa
todos los días. Ahora
mismo, además de la
imagen hablo mucho de la
convivencia, de la
armonía de la familia,
pues soy como el alcalde
de Pueblo Nuevo. Muy
llamada por las
personas. A veces, en
las pocas cuadras de mi
casa a la revista, me
paran seis, siete, diez
veces. Es muy halagüeño.
Al igual que los libros.
Me dejan muchas
satisfacciones.
La revista Mujeres
cumple 50 años. ¿Cuánto
te ha aportado y cuánto
has aportado a esa
historia en el tiempo
que has estado aquí?
Lo que me ha aportado,
creo que es lo más
importante. Uno pasa más
tiempo en su trabajo que
en su casa y he tenido
la suerte de estar en un
colectivo muy
profesional, con un
sentido de participación
extraordinario. Este es
un centro pobre,
materialmente pobre,
pues no hay grandes
cosas que sean
tentadoras para la
gente. Lo que sí hay son
cosas afectivas, que sí
tientan, como ese
sentido de pertenencia a
la Federación de las
Mujeres Cubanas; como
ese espíritu de
colaboración, esa ayuda
de todos hacia todos.
Eso es maravilloso. |