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“La orquesta de Don
Azpiazu es una obra
maestra: la obra maestra
de su director… Con ella
avanzamos por el mundo
en la línea de
vanguardia de la música
latinoamericana. Y buen
tiempo pasará antes que
otra música nos haga
retroceder.” (Alejo
Carpentier, 1932)
Lo cuenta Alejo
Carpentier en una de sus
crónicas. Una buena
mañana, la orquesta de
Don Azpiazu llegaba a
París después de
conquistar un triunfo
absoluto durante varias
temporadas en los EE.UU.
y después de seducir al
público de Montecarlo.
Tal era su fama, que ese
mismo día, sin pérdida
de tiempo, los
empresarios del
exclusivísimo teatro
Empire, contrataban, a
los músicos cubanos por
dos semanas.
El frenético ritmo de la
rumba se hace
contagioso. “Los obreros
—comentaba el autor de
El siglo de las luces—
no tardaron en treparse
a la fachada del Empire.
Con gesto rápido dejaron
caer los caracteres
luminosos que anunciaban
el último número de
selección ofrecido al
público, para
sustituirlo por un
enorme DON AZPIAZU ET
SON ORCHESTRE CUBAIN,
prometedor de las más
encantadoras novedades.
Añadid a esto un retrato
de sus nueve músicos, y
una silueta de Mariana,
la maravillosa bailarina
criolla, y pensad en la
expectación con que
todos los cubanos de
París esperamos el debut
del conjunto cuyo éxito
era ya, de antemano, una
verdadera cuestión de
amor propio para
nosotros”.
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Nacido el 11 de febrero
de 1893, en la ciudad de
Cienfuegos, Justo Ángel
Azpiazu, —Don Azpiazu en
el mundo artístico—
trabajó a mediados de
los años 20 en el Casino
Nacional de La Habana
con su orquesta Habana
Casino. En 1930 viajó
con esa agrupación a
Nueva York, y allí
debutó a teatro lleno el
26 de abril del mismo
año, en el Palace
Theatre de Broadway, a
golpe de tumbadoras,
bongoes, claves,
maracas, timbales,
güiros y cencerros con
Julio Cueva como
trompetista; Mario
Bauzá, saxofonista y
clarinetista; y Antonio
Machín, cantante, quien
interpretó con gran
éxito “El manisero”, de
Moisés Simons. También
grabaron en inglés
sones, rumbas y otros
géneros de la música
popular cubana.
Aquello fue la
sensación, una epidemia…
Gracias a Don Azpiazu,
el público
norteamericano pudo
escuchar por primera vez
auténtica música cubana
de baile con los
instrumentos típicos
afrocubanos. Y en 1931
la Habana Casino hizo
una gira por los EE.UU.,
que apuntaló aún más su
popularidad, con la
cantante norteamericana
Marion Sunshine, quien
llevó al inglés las
letras de las más
conocidas piezas cubanas
y de Latinoamérica.
Ya en París, en 1932,
Don Azpiazu, se
presentará en el mejor
de los escenarios, el
Empire, repleto todas
las noches, y donde solo
los consagrados tienen
cabida. Y todavía así,
se les somete a una
rigurosa prueba, antes
de anunciar su debut.
Los empresarios hacen
pintar un telón de fondo
especialmente para los
cubanos, con un bohío,
unas palmas y una vega.
Así, cuando los músicos
de Don Azpiazu aparecen
en escena, con sus
camisas de listado y sus
pañuelos al cuello, al
decir de Carpentier, “la
ficción se hizo realidad
para nosotros. Nos
creímos llevados a Cuba
por algún prodigio
insospechado”.
No es de extrañar que
nuestros ritmos
provoquen un verdadero
furor en el público
parisino. Tampoco habrá
crítico en los
periódicos de La Ciudad
Luz, que escatime sus
elogios al talentoso
músico cubano que dirige
su orquesta “con la más
racional de las batutas:
un par de claves”, y “su
conjunto resulta uno de
los más perfectos que
podamos imaginar”.
Luego de triunfar en
París y de dirigir allí
la orquesta que acompañó
a Carlos Gardel en la
película Espérame,
Don Azpiazu realizó una
exitosa gira con su
orquesta por otros
países de Europa:
Holanda, Bélgica,
España, Italia y
Austria. A fines de 1932
regresó a Cuba. En 1937
volvió a Nueva York y se
presentó en el Rainbow
Room. Otra vez en Cuba
actuó en el hotel
Sevilla Biltmore, desde
donde marchó a Nueva
York para hacer algunas
grabaciones. Cuando
volvió a Cuba hacia 1940
se retiró
definitivamente del
arte.
Falleció en La Habana,
el 20 de enero de 1943.
Hoy apenas se recuerda
a este grande de nuestra
música, que fue además
un pionero en varios
terrenos, como dice
Leonardo Acosta:
“Iniciador de la primera
“invasión” de genuina
música cubana en los
EE.UU., y también el
primer director de
orquesta que se atrevió
a desafiar la “barrera
del color” tanto en Cuba
como en EE.UU. (…) A él
corresponde el gran
mérito de emplear
indistintamente a
músicos blancos o negros
en su orquesta, lo cual
le acarreó innumerables
problemas”. |