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¿Era el ansia por la
perfección o las dudas
de una muchacha de menos
de 20 primaveras? Martha
Vecino ya no recuerda
con exactitud qué
obstinación la tuvo un
año exacto dando tumbos
por diferentes
departamentos del
Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos
(ICAIC), antes de
decidirse a ser
realizadora de dibujos
animados.
Para entonces ya había
renunciado a su sueño de
estudiar Medicina,
“porque era malísima en
Matemática y en Física”.
Pero aún era demasiado
ingenua. Y mientras
escudriñaba una
profesión en el mundo
cinematográfico, ignoró
los vientos huracanados
que suelen mover
intempestivamente las
veletas de la vida.
Martha no sabía que al
final de su búsqueda se
convertiría en
fotorreportera.
Ya no recuerda si la
primera mala noticia le
llegó en la voz de su
prima Mirita Lora, la
editora que la había
abierto las puertas del
ICAIC, o si la escuchó
en los pasillos de aquel
edificio que ya se le
había hecho tan
familiar. Lo cierto es
que una nueva resolución
cerraba las puertas del
Instituto a quienes ya
tuvieran familiares
dentro. Transcurrían los
primeros años de la
década de los 70.
Del celuloide al cuarto
oscuro
Graduada de nada,
aprendiz de algo, y con
la misma obstinada
perseverancia, llegó
Martha a los Estudios
Fílmicos de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias.
“Francisco Soto era el
director entonces, y me
ofreció un trabajo de
oficina”. Pero aquella
muchacha intranquila,
entre tantas dudas, lo
único que tenía claro
era que no quería pasar
su vida sentada detrás
de un escritorio. “Yo
había aprendido algo de
corte y edición, y a él
se le ocurrió darme una
plaza en el departamento
de fotografía, como
laboratorista”.
La unidad 11-22,
compuesta por cerca de
diez mujeres y “no se
sabe qué montón de
hombres”, recibió a
Martha Vecino. “Yo no
sabía qué era un rollo
de fotografía, ni el
papel de impresión, ni
la química. Mi
desconocimiento era
total. Soto me puso un
mes a prueba, pero le
dije en una semana me
podía botar si no daba
la talla. Así que salí
corriendo para casa de
mi prima Mercedes, ella
también era editora del
ICAIC, y su esposo,
Gustavo Mainuler,
fotógrafo. Les pedí
todos los libros y
revistas de fotografía
que tuvieran. Y así fue
como empecé a descubrir
ese mundo”.
“Casi el primer día de
trabajo me envolvieron
con papel la tapa de un
tanque de agua, y me
mandaron al taller de
reparación de cámaras,
que estaba a más de una
cuadra de la oficina. Mi
misión allí era buscar
una aguja para coser
lentes de cámaras
fotográficas. Por
supuesto que dudé. Mi
ignorancia sobre el tema
era total, pero ya me
había dado cuenta de que
los lentes eran de
cristal”, cuenta Martha,
y ríe entre recuerdos.
Los bromistas no
imaginaron que hablaban
con quien sería la
primera mujer fotógrafa
de los medios de prensa
de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias, un
Ministerio donde se
producían al menos tres
periódicos, uno en cada
Ejército, y la revista
Verde Olivo. Las
tiradas múltiples de
aquellos medios de
comunicación tributaban
información a otros
órganos nacionales, y
llegaban también a la
población civil.
Las primeras veces
Miriam Vila fue su
maestra y compañera en
el laboratorio de
fotografía a color, un
espacio al que sí habían
accedido las mujeres por
considerarse “más
sosegado, más de
detalles”. “Un día
estaba todo el mundo
apurado, cubriendo la
llegada de una
delegación muy numerosa
de primer nivel, y me
preguntaron si sabía
imprimir. Dije sí. El
trabajo salió bien y me
promovieron a
impresora”.
Para entonces Vecino ya
había obtenido un premio
en el concurso de
periodismo 13 de marzo,
con sus incipientes
incursiones en la
fotografía. “Mi mamá
trabajaba en la Escuela
de Ballet, y ahí hice
mis primeras imágenes.
En la Fílmica se
enteraron, y después de
la promoción y el
premio, cada vez que les
apretaba el zapato con
una cobertura grande
también me mandaban a
tirar fotos”.
Cuando se decidió a
pedir una plaza vacante
de fotógrafo, ya llevaba
como diez años de
trabajo en las Fuerzas
Armadas. “Me dijeron que
era imposible que una
mujer desempeñara ese
trabajo en las FAR, que
era imposible que
corriera detrás de los
tanques durante las
maniobras. Me pusieron
mil peros. Yo me
defendí. Les mencioné a
la pila de camarógrafos,
directores de fotografía
incluso, que no eran
altos, ni grandes, ni
fuertes.
“Las cámaras de verdad
pesaban
bastante.
Utilizábamos la Nikon F,
y le decíamos BTR porque
era una bola de hierro.
En otros órganos de
prensa la gente salía a
veces con una cámara y
un rollito, pero en la
Fílmica no podíamos
hacer eso, porque los
trabajos podían durar
más de un día. Calculo
que cargábamos cerca de
50 libras cada vez. Pero
me sentía en condiciones
de soportarlo.”
A regañadientes le
dieron la primera cámara
fotográfica. “A
regañadientes”, repite
como para ponerle
énfasis al
enfrentamiento. “En
aquel momento no existía
un grupo que se ocupara
directamente de las
coberturas con el
Ministro de las FAR. Un
día, mientras yo estaba
trabajando en la serie
Algo más que soñar,
fueron a buscar un
fotógrafo. Nunca había
subido a la oficina de
Raúl, y recuerdo que me
invitaron a tomar café y
sostuve la taza con las
dos manos, porque me
hacía tic, tic, tic,
tic. Senén Casas me
pidió que me
tranquilizara. Y cuando
salió el Ministro me
dijo ‘por fin me mandan
a una mujer, porque yo
pensaba que en las
Fuerzas Armadas no había
fotógrafas’. Ahí mismo
me relajé, hice mi
trabajo...
“Pero ese día no dormí.
Trabajar con rollos no
es como hacerlo con
tecnología digital,
porque no ves enseguida
el resultado. Se puede
contaminar una química,
puede haber un apagón,
miles de cosas pueden
fastidiarte el trabajo.
Por suerte, todo salió
bien y a partir de ese
momento cada vez que
hacía falta hacer una
cobertura de ese tipo,
me mandaban. Ya
estábamos en los años
90.”
De coser lentes a ser
multitud
Casi una década lleva
Martha Vecino trabajando
en la revista Bohemia.
A su firma se sumó hace
más de un año la de otra
mujer: Aixa López,
recién iniciada en el
oficio de pintar con
luz.
En 2010, el libro En
primera persona. 49
entrevistas a mujeres
cubanas puso ante
lectores la historia de
Mercedes Ramírez quien
por más de 30 años fue
fotógrafa de prensa,
principalmente en la
revista Mujeres.
Yordanka Almaguer y
Yaimí Ravelo son solo
otros de los nombres de
mujer que han colmando
la profesión en los
últimos tiempos.
Para Martha Vecino parte
de la responsabilidad en
ese ascenso la tiene la
modernización de la
tecnología: “La
fotografía analógica era
un hobby
demasiado caro. Entre
las cámaras que costaban
mucho —aunque siguen
costando bastante— y los
precios de los rollos,
las cajas de papel, y
las químicas, se
dificultaba mucho la
experimentación, el
aprendizaje. Ahora con
una camarita y dos
tarjetas tienes un
millón de posibilidades.
Si tienes una
computadora en casa,
más. Por eso ha sido más
fácil que nos dejen
probarnos como
fotógrafas, aunque
siempre muchas mujeres
han amado el oficio”.
En la entrevista,
titulada Desde el
otro lado del lente,
Mercedes Ramírez cuenta
cómo “para estar más
cerca de su hija (…) En
octubre de 1973 comenzó
a trabajar en la revista
Romances, que
luego se convirtió en
Mujeres. Así nació
la fotógrafa Mercedes
Ramírez. Sin embargo,
recuerda ahora, con el
nuevo oficio sucedió
todo lo contrario a lo
que había planeado: tuvo
menos tiempo para estar
con los suyos”.
Esperando justamente por
ese tiempo, Vecino tuvo
a su único hijo
cumplidos los 34.
“Siempre me enmarañaba
con el trabajo y quería
tener a mi bebé para
disfrutarlo. Él nació el
3 de diciembre de 1988,
y entre los meses de
junio y julio de ese
mismo año, cubrí la
llegada de tres
delegaciones de alto
nivel, la entrega de los
premios del concurso
Amiguitos de las FAR, y
me fui para el acto del
26 de Julio. Allí me
encaramé en la tarima y
me bajaron unos
compañeros encargados de
la seguridad del evento.
Me dijeron que era una
abusadora, que el niño
me iba a salir con una
cámara enroscada en el
cuello, y mil cosas más.
Cuando llegué a La
Habana, mi jefe me dijo
que se había acabado el
trabajo para mí hasta el
final de la licencia de
maternidad”.
Aunque todavía Martha
protesta por aquella
decisión, asegura que su
trabajo en los Estudios
Fílmicos de las FAR
durante más de dos
décadas, no solo le
descubrió la profesión,
también la enamoró de
ella.
De aquellos años, además
de los recuerdos, cuelga
en la sala de su casa la
imagen de un hombre
armado, que en llamas
corre hacia un rumbo
desconocido. “La imagen
se llama Hombre de
Fuego, y la tiré en el
año 1987. Adoro esa
foto, porque me dio un
tercer premio en un
Festival de Cine Militar
en Bulgaria, donde era
la única mujer en
competencia y porque
muchos hombres del medio
conocieron mi trabajo
gracias a ella. Con esa
instantánea obtuve
también un primer Premio
en el Concurso Nacional
de Periodismo 26 de
Julio, pero tuve que ir
a recibir el premio
después. Siempre me pasa
lo mismo, cada vez que
me entregan un premio
estoy en otro lugar,
tirando fotos,
trabajando”.
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