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Prudence y Bruce se
acaban de conocer. Ella
respondió a un aviso que
él colocó en el
periódico. Acordaron
verse en un restaurante
y ahí comenzó todo. Son
seres totalmente
disfuncionales: Prudence,
tan insegura que
necesita
desesperadamente la
compañía de alguien;
Bruce, un bisexual que
llora por cualquier
motivo, a veces sin
siquiera tenerlo. Ambos
van a terapia, pero, en
realidad, no sirve de
mucho, porque la vida es
más que eso.
Más que terapia
es la tercera obra que
el norteamericano Seth
Panitch dirige en Cuba,
al mando de la Compañía
Habanabama. En efecto,
igual que el nombre, el
proyecto surgió de la
colaboración entre el
Consejo Nacional de
Artes Escénicas (CNAE) y
la Universidad de
Alabama, en la que
Panitch es profesor
asistente.
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Foto:
Cortesía William
Ruiz |
Cuando él y el
teatrólogo cubano
William Ruiz comenzaron
a trabajar juntos, hace
cuatro años, necesitaban
un escritor lo
suficientemente
universal, capaz de
servir, tanto a actores
como a público, para
crear un vínculo que
facilitara futuros
proyectos. Y de manera
natural, casi evidente,
apareció Shakespeare.
Fue así que en 2008 el
judío Shylock quiso
cobrar su libra de carne
sobre las tablas de la
sala Adolfo Llauradó. El
espectáculo despertó tal
entusiasmo, que un año
más tarde representarían
Sueño de una noche de
verano en Alabama,
con un elenco cubano
conformado por diez
actores y dos
asistentes. Luego sería
exhibida también aquí,
en La Habana.
Ahora, Seth Panitch
regresa una vez más,
pero en esta ocasión
trae entre sus manos el
libreto de un escritor
vivo: “Pensamos que en
nuestra próxima etapa
debíamos interpretar una
pieza de un dramaturgo
norteamericano
reconocido. Así que
escogimos Más que
terapia, una obra
bastante famosa de
Christopher Durang”.
Durang comenzó a hacerse
popular en Broadway a
inicios de los 80, época
en que Más que
terapia —que por
aquel entonces era
simplemente Beyond
Therapy—, se estrenó
por primera vez. Es un
autor que trabaja sobre
todo la comedia del
absurdo, cuyas obras se
han interpretado en todo
EE.UU. con excelente
acogida. Se sabe,
además, que nunca da a
una pieza por terminada
y está abierto a todos
los aportes que a ellas
puedan hacer los
directores. Sería
interesante, entonces,
conocer su opinión
acerca de esta
presentación en Cuba.
“No tengo idea de qué
dirá Durang al respecto
—asegura Panitch—, estoy
ansioso por escucharlo.
Esta noche tuvimos muy
buenas risas, así que
quiero que él sepa de
qué se rió la gente. Él
estaba muy emocionado
por esta iniciativa, es
un dramaturgo muy
experimental y quería
ver qué tal resultaba
todo esto.”
Tampoco sé lo que dirá,
pero si hubiese estado
aquí hoy, seguramente
quedaría complacido. El
respetable escucha,
atiende, aplaude, pero,
más que todo, ríe.
Ríe al ver que la
primera cita de Prudence
—Alianne Portuondo—
acaba en un total
desastre y Bruce —Jorge
Luis Curbelo— primero se
echa a llorar, después
se encoleriza y luego
continúa llorando. O
cuando Prudence va a ver
a Stewart —Rayssel
Cruz—, un libidinoso
terapeuta quien, a tono
con la agitación de
estos tiempos, padece de
eyaculación precoz. O
cuando Bruce se recuesta
en el sofá de Charlotte
—Vitica Sobrino—, su
siquiatra, para contarle
sobre el fiasco de
aquella cita y esta
habla con él a través de
un Snoopy de peluche. O
cuando Bob —Roberto
Salomón—, el amante de
Bruce, amenaza con
suicidarse porque este
intenta comenzar una
relación con Prudence.
La audiencia ríe,
incluso, en los momentos
en que actores cubanos y
norteamericanos cambian
el decorado entre una
escena y otra al compás
de la música de los 70.
Lo interesante de estas
carcajadas es que,
aunque la obra fue
adaptada para el público
de la Llauradó, sigue
siendo, esencialmente,
una comedia neoyorquina.
Además, tiene lugar en
los 80, una década en la
que ambos pueblos vivían
literalmente en las
antípodas.
Fina ironía, Seth
Panitch, para propiciar
el intercambio cultural,
ha seleccionado una obra
dirigida a un público
totalmente distinto, la
cual, por si fuera poco,
trata sobre la
incomunicación. “Escogí
esta obra —se explica—
porque es acerca de lo
locos que somos y eso es
algo en lo que nos
parecemos en todas
partes cuando
establecemos relaciones
interpersonales. Así que
creí que sería un tópico
universal”.
Existe, también, un
motivo mucho más
antropológico, si se
prefiere. Al director le
interesa estudiar las
reacciones de una
audiencia con
características
diferentes. Según ha
podido observar tras
bambalinas, los cubanos
se identifican y
simpatizan con
personajes distintos a
los que prefieren los
norteamericanos. Por
ejemplo, me habla de una
secuencia en particular,
en la que Charlotte, de
manera compulsiva, sin
poder controlarse, le
grita a Bob “mam…”, en
fin, una ofensa que
alude abiertamente a sus
preferencias sexuales.
Al parecer, un
espectador en Broadway
se sentiría cohibido a
reírse del chiste,
mientras la Llauradó se
vino abajo.
Sin embargo, más allá de
estos detalles, la
esencia, el espíritu de
la obra, llega. Pues, a
fin de cuentas, la
condición humana es la
misma. Y es justo eso lo
que intenta demostrar
Panitch con esta puesta
en escena. Si dejamos a
un lado los 80, los
yuppies, el
apartamento neoyorquino,
la hora en el sofá del
sicoterapeuta; y nos
concentramos en la
locura, la
incomprensión, la
lujuria, el miedo a la
soledad, la angustia de
la vida moderna; veremos
que, en realidad, no
somos tan diferentes.
Este es, al final, el
objetivo del
intercambio, conocer al
otro y descubrir aquello
que nos une: “Espero que
este sea el inicio de
una nueva etapa de
intercambio cultural
entre Cuba y EE.UU. El
hecho de que ahora para
nosotros sea mucho más
fácil venir a Cuba que
en épocas anteriores,
indica que nos estamos
moviendo hacia adelante,
tal vez tan lentos como
un glaciar, pero al
menos es un avance”.
Y agrega: “Cuando los
actores cubanos fueron a
actuar a EE.UU., creo
que quedaron muy
sorprendidos porque fue
distinto de lo que
imaginaban. Igual que
mis estudiantes tenían
una percepción errada de
Cuba que viene de las
películas, creo que
sucede lo mismo con los
actores cubanos cuando
van al norte. Allá no
todos son como Arnold
Schwarzenegger, solo yo”
—sonríe.
Alianne Portuondo, quien
interpretó el mismo
papel que memorizara
Sigourney Weaver hace 30
años en el Phoenix
Theatre de Nueva York,
me contaba sobre aquella
experiencia. Durante su
viaje a Alabama
descubrió la calidez de
la gente del sur, muy
parecidos a los cubanos
en muchos rasgos. Todos
los recibieron con una
hospitalidad
sorprendente, actores,
periodistas y,
especialmente, el
público: “Era increíble
ver cómo aunque no
entendieran el español,
comprendían la obra a
partir de la parte
física que montaba el
director, él sabía lo
que debía funcionar y
trabajó la obra sobre la
base de que fuera
entendible”.
Con los colegas, muchas
veces tenía que acudir a
los mismos recursos. Ahí
donde fracasa el idioma,
aparece la gestualidad.
Actores interpretando
para otros actores:
“Ellos estaban abiertos
a todo y somos actores,
si no nos comunicamos a
través del lenguaje,
pues lo hacemos con el
cuerpo o con lo que sea,
siempre nos vamos a
entender. Las barreras
de comunicación entre
nosotros no existen”.
Y si no alcanza con el
cuerpo, con los gestos,
pues queda la música.
Sentado en un rincón,
junto al escenario, está
Tom Wolfe. No es uno de
los personajes y mucho
menos se trata del padre
del Nuevo Periodismo,
aunque use el mismo
nombre. Es un
guitarrista de jazz
que ha hecho los
arreglos musicales
especialmente para este
espectáculo. En las
transiciones de una
escena a otra toca su
guitarra, el resto de la
orquesta, la lleva en su
laptop.
La música tiene el
estilo de los 70, a
veces usa fragmentos de
canciones conocidas y
otros son temas propios,
pero sin perder el
espíritu de la década.
Ese fue uno de los
motivos por los cuales
el trabajo le resultó
tan divertido: tuvo la
posibilidad de reciclar
y adaptar temas que
marcaron su infancia.
“¿Quieres saber cómo lo
hice?” Me preguntó al
final, después que el
eco de la última
carcajada ya se había
apagado. Yo aún no
terminaba de asentir
cuando fue a su bolso y
sacó un iPad del tamaño
de una libreta mediana.
Usando su dedo índice,
buscó la partitura sobre
la que escribió toda la
música: un software
llamado Garage Band. En
efecto, en aquel
aparato, no más grande
que una agenda, Tom
Wolfe tenía su propia
banda de garaje.
Me cuenta, con el
entusiasmo de un niño,
que es un programa muy
flexible, capaz de
permitirle componer y
hacer arreglos con
rapidez asombrosa. De
hecho, una de las
canciones que acabo de
escuchar, fue escrita en
una noche, o mejor, en
solo cinco minutos,
mientras estaba acostado
en su cama, aprendiendo
a usar el programa.
“Esto es a lo que me
refiero cuando digo que
es muy divertido
—explica—, como es tan
pequeño y compacto,
puedo venir a Cuba,
traer a toda mi banda
conmigo y hacer todos
los arreglos que
necesite”.
Cuando habla, es
evidente que disfruta lo
que hace: la música, y
la interacción de esta
con el teatro. Es justo
por eso que siempre que
tiene la oportunidad de
componer para una obra o
una película, se aleja
de los jazz club
y asume el proyecto: “Me
encanta componer un tipo
de música que se adapte
temáticamente con la
acción que tiene lugar
en escena. Incluso hoy,
que se usaron
simplemente para las
transiciones, cada
canción tenía que ver
con un personaje en
particular”. E imita a
Stewart, el terapeuta,
caminando con estilo al
compás de “Stayin’ Alive”.
“He trabajado con Seth
en otras ocasiones y
respeto mucho lo que él
hace —confiesa—. Ahora
estamos trabajando en un
nuevo proyecto en el que
voy a componer toda la
música original. Aquí la
música estará mucho más
integrada y por eso
estoy muy entusiasmado,
porque todo funciona en
conjunto para crear una
pieza holística.”
Minutos antes, el propio
Seth Panitch me
comentaba al respecto,
es una obra escrita por
él mismo: El ascenso
de Alcestes. Se
trata, obviamente, del
mito de Alcestes, quien
dio la vida por su
esposo Admeto y es un
símbolo del sacrificio
conyugal. La puesta en
escena agrupará
nuevamente a actores
cubanos y
norteamericanos, con la
diferencia de que
también incluirán a
bailarines de la Isla.
Piensan estrenarla el
próximo año, con
presentaciones en La
Habana y EE.UU.
“Trata acerca de la
soledad y nuestra
ceguera, particularmente
en relación con quien
nos ama y cómo lo hace,
por tanto, también es un
tema universal”, me
adelanta Panitch.
Es lo que tiene el arte,
donde otros fracasan, él
triunfa, porque juega
con los instintos del
ser humano, con aquello
que nos hace iguales ya
sea dentro de un iglú,
un apartamento en
Manhattan o una barbacoa
en Centro Habana. Por
debajo de las
diferencias, de las
rugosidades, tonalidades
e imperfecciones que se
ven desde fuera, allí,
en lo profundo, hay una
fibra común a todos. Y
si El ascenso de
Alcestes logra
tocarla, seguro también
la disfrutaremos aquí en
la Llauradó.
Pero, mientras ese día
llega, hoy reímos.
Reímos de la inseguridad
de Prudence, de las
lágrimas de Bruce, de la
inestabilidad de Bob, de
ese triángulo amoroso
sin lógica ninguna, del
absurdo de sus
terapeutas, más locos
que ellos. Pues, a fin
de cuentas, todos lo
estamos un poco. Y
todos, absolutamente
todos, somos
imperfectos. Así como
todos, absolutamente
todos, tememos a la
soledad. Por tanto, ante
esa condición, esa
dualidad casi perfecta,
absoluta, solo nos queda
encogernos de hombros y
reír. Hasta ahora, la
mejor terapia. |