La Habana. Año X.
17 al 23 de DICIEMBRE

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Compañía Habanabama

Terapia de grupo

Abel Sánchez • La Habana

Prudence y Bruce se acaban de conocer. Ella respondió a un aviso que él colocó en el periódico. Acordaron verse en un restaurante y ahí comenzó todo. Son seres totalmente disfuncionales: Prudence, tan insegura que necesita desesperadamente la compañía de alguien; Bruce, un bisexual que llora por cualquier motivo, a veces sin siquiera tenerlo. Ambos van a terapia, pero, en realidad, no sirve de mucho, porque la vida es más que eso.

Más que terapia es la tercera obra que el norteamericano Seth Panitch dirige en Cuba, al mando de la Compañía Habanabama. En efecto, igual que el nombre, el proyecto surgió de la colaboración entre el Consejo Nacional de Artes Escénicas (CNAE) y la Universidad de Alabama, en la que Panitch es profesor asistente.


Foto: Cortesía William Ruiz

Cuando él y el teatrólogo cubano William Ruiz comenzaron a trabajar juntos, hace cuatro años, necesitaban un escritor lo suficientemente universal, capaz de servir, tanto a actores como a público, para crear un vínculo que facilitara futuros proyectos. Y de manera natural, casi evidente, apareció Shakespeare.

Fue así que en 2008 el judío Shylock quiso cobrar su libra de carne sobre las tablas de la sala Adolfo Llauradó. El espectáculo despertó tal entusiasmo, que un año más tarde representarían Sueño de una noche de verano en Alabama, con un elenco cubano conformado por diez actores y dos asistentes. Luego sería exhibida también aquí, en La Habana.

Ahora, Seth Panitch regresa una vez más, pero en esta ocasión trae entre sus manos el libreto de un escritor vivo: “Pensamos que en nuestra próxima etapa debíamos interpretar una pieza de un dramaturgo norteamericano reconocido. Así que escogimos Más que terapia, una obra bastante famosa de Christopher Durang”.

Durang comenzó a hacerse popular en Broadway a inicios de los 80, época en que Más que terapia —que por aquel entonces era simplemente Beyond Therapy—, se estrenó por primera vez. Es un autor que trabaja sobre todo la comedia del absurdo, cuyas obras se han interpretado en todo EE.UU. con excelente acogida. Se sabe, además, que nunca da a una pieza por terminada y está abierto a todos los aportes que a ellas puedan hacer los directores. Sería interesante, entonces, conocer su opinión acerca de esta presentación en Cuba.

“No tengo idea de qué dirá Durang al respecto —asegura Panitch—, estoy ansioso por escucharlo. Esta noche tuvimos muy buenas risas, así que quiero que él sepa de qué se rió la gente. Él estaba muy emocionado por esta iniciativa, es un dramaturgo muy experimental y quería ver qué tal resultaba todo esto.”

Tampoco sé lo que dirá, pero si hubiese estado aquí hoy, seguramente quedaría complacido. El respetable escucha, atiende, aplaude, pero, más que todo, ríe.

Ríe al ver que la primera cita de Prudence —Alianne Portuondo— acaba en un total desastre y Bruce —Jorge Luis Curbelo— primero se echa a llorar, después se encoleriza y luego continúa llorando. O cuando Prudence va a ver a Stewart —Rayssel Cruz—, un libidinoso terapeuta quien, a tono con la agitación de estos tiempos, padece de eyaculación precoz. O cuando Bruce se recuesta en el sofá de Charlotte —Vitica Sobrino—, su siquiatra, para contarle sobre el fiasco de aquella cita y esta habla con él a través de un Snoopy de peluche. O cuando Bob —Roberto Salomón—, el amante de Bruce, amenaza con suicidarse porque este intenta comenzar una relación con Prudence. La audiencia ríe, incluso, en los momentos en que actores cubanos y norteamericanos cambian el decorado entre una escena y otra al compás de la música de los 70.

Lo interesante de estas carcajadas es que, aunque la obra fue adaptada para el público de la Llauradó, sigue siendo, esencialmente, una comedia neoyorquina. Además, tiene lugar en los 80, una década en la que ambos pueblos vivían literalmente en las antípodas.

Fina ironía, Seth Panitch, para propiciar el intercambio cultural, ha seleccionado una obra dirigida a un público totalmente distinto, la cual, por si fuera poco, trata sobre la incomunicación. “Escogí esta obra —se explica— porque es acerca de lo locos que somos y eso es algo en lo que nos parecemos en todas partes cuando establecemos relaciones interpersonales. Así que creí que sería un tópico universal”.

Existe, también, un motivo mucho más antropológico, si se prefiere. Al director le interesa estudiar las reacciones de una audiencia con características diferentes. Según ha podido observar tras bambalinas, los cubanos se identifican y simpatizan con personajes distintos a los que prefieren los norteamericanos. Por ejemplo, me habla de una secuencia en particular, en la que Charlotte, de manera compulsiva, sin poder controlarse, le grita a Bob “mam…”, en fin, una ofensa que alude abiertamente a sus preferencias sexuales. Al parecer, un espectador en Broadway se sentiría cohibido a reírse del chiste, mientras la Llauradó se vino abajo.

Sin embargo, más allá de estos detalles, la esencia, el espíritu de la obra, llega. Pues, a fin de cuentas, la condición humana es la misma. Y es justo eso lo que intenta demostrar Panitch con esta puesta en escena. Si dejamos a un lado los 80, los yuppies, el apartamento neoyorquino, la hora en el sofá del sicoterapeuta; y nos concentramos en la locura, la incomprensión, la lujuria, el miedo a la soledad, la angustia de la vida moderna; veremos que, en realidad, no somos tan diferentes.

Este es, al final, el objetivo del intercambio, conocer al otro y descubrir aquello que nos une: “Espero que este sea el inicio de una nueva etapa de intercambio cultural entre Cuba y EE.UU. El hecho de que ahora para nosotros sea mucho más fácil venir a Cuba que en épocas anteriores, indica que nos estamos moviendo hacia adelante, tal vez tan lentos como un glaciar, pero al menos es un avance”.

Y agrega: “Cuando los actores cubanos fueron a actuar a EE.UU., creo que quedaron muy sorprendidos porque fue distinto de lo que imaginaban. Igual que mis estudiantes tenían una percepción errada de Cuba que viene de las películas, creo que sucede lo mismo con los actores cubanos cuando van al norte. Allá no todos son como Arnold Schwarzenegger, solo yo” —sonríe.

Alianne Portuondo, quien interpretó el mismo papel que memorizara Sigourney Weaver hace 30 años en el Phoenix Theatre de Nueva York, me contaba sobre aquella experiencia. Durante su viaje a Alabama descubrió la calidez de la gente del sur, muy parecidos a los cubanos en muchos rasgos. Todos los recibieron con una hospitalidad sorprendente, actores, periodistas y, especialmente, el público: “Era increíble ver cómo aunque no entendieran el español, comprendían la obra a partir de la parte física que montaba el director, él sabía lo que debía funcionar y trabajó la obra sobre la base de que fuera entendible”.

Con los colegas, muchas veces tenía que acudir a los mismos recursos. Ahí donde fracasa el idioma, aparece la gestualidad. Actores interpretando para otros actores: “Ellos estaban abiertos a todo y somos actores, si no nos comunicamos a través del lenguaje, pues lo hacemos con el cuerpo o con lo que sea, siempre nos vamos a entender. Las barreras de comunicación entre nosotros no existen”.

Y si no alcanza con el cuerpo, con los gestos, pues queda la música.

Sentado en un rincón, junto al escenario, está Tom Wolfe. No es uno de los personajes y mucho menos se trata del padre del Nuevo Periodismo, aunque use el mismo nombre. Es un guitarrista de jazz que ha hecho los arreglos musicales especialmente para este espectáculo. En las transiciones de una escena a otra toca su guitarra, el resto de la orquesta, la lleva en su laptop.

La música tiene el estilo de los 70, a veces usa fragmentos de canciones conocidas y otros son temas propios, pero sin perder el espíritu de la década. Ese fue uno de los motivos por los cuales el trabajo le resultó tan divertido: tuvo la posibilidad de reciclar y adaptar temas que marcaron su infancia.

“¿Quieres saber cómo lo hice?” Me preguntó al final, después que el eco de la última carcajada ya se había apagado. Yo aún no terminaba de asentir cuando fue a su bolso y sacó un iPad del tamaño de una libreta mediana. Usando su dedo índice, buscó la partitura sobre la que escribió toda la música: un software llamado Garage Band. En efecto, en aquel aparato, no más grande que una agenda, Tom Wolfe tenía su propia banda de garaje.

Me cuenta, con el entusiasmo de un niño, que es un programa muy flexible, capaz de permitirle componer y hacer arreglos con rapidez asombrosa. De hecho, una de las canciones que acabo de escuchar, fue escrita en una noche, o mejor, en solo cinco minutos, mientras estaba acostado en su cama, aprendiendo a usar el programa. “Esto es a lo que me refiero cuando digo que es muy divertido —explica—, como es tan pequeño y compacto, puedo venir a Cuba, traer a toda mi banda conmigo y hacer todos los arreglos que necesite”.

Cuando habla, es evidente que disfruta lo que hace: la música, y la interacción de esta con el teatro. Es justo por eso que siempre que tiene la oportunidad de componer para una obra o una película, se aleja de los jazz club y asume el proyecto: “Me encanta componer un tipo de música que se adapte temáticamente con la acción que tiene lugar en escena. Incluso hoy, que se usaron simplemente para las transiciones, cada canción tenía que ver con un personaje en particular”. E imita a Stewart, el terapeuta, caminando con estilo al compás de “Stayin’ Alive”.

“He trabajado con Seth en otras ocasiones y respeto mucho lo que él hace —confiesa—. Ahora estamos trabajando en un nuevo proyecto en el que voy a componer toda la música original. Aquí la música estará mucho más integrada y por eso estoy muy entusiasmado, porque todo funciona en conjunto para crear una pieza holística.”

Minutos antes, el propio Seth Panitch me comentaba al respecto, es una obra escrita por él mismo: El ascenso de Alcestes. Se trata, obviamente, del mito de Alcestes, quien dio la vida por su esposo Admeto y es un símbolo del sacrificio conyugal. La puesta en escena agrupará nuevamente a actores cubanos y norteamericanos, con la diferencia de que también incluirán a bailarines de la Isla. Piensan estrenarla el próximo año, con presentaciones en La Habana y EE.UU.

“Trata acerca de la soledad y nuestra ceguera, particularmente en relación con quien nos ama y cómo lo hace, por tanto, también es un tema universal”, me adelanta Panitch.

Es lo que tiene el arte, donde otros fracasan, él triunfa, porque juega con los instintos del ser humano, con aquello que nos hace iguales ya sea dentro de un iglú, un apartamento en Manhattan o una barbacoa en Centro Habana. Por debajo de las diferencias, de las rugosidades, tonalidades e imperfecciones que se ven desde fuera, allí, en lo profundo, hay una fibra común a todos. Y si El ascenso de Alcestes logra tocarla, seguro también la disfrutaremos aquí en la Llauradó.

Pero, mientras ese día llega, hoy reímos. Reímos de la inseguridad de Prudence, de las lágrimas de Bruce, de la inestabilidad de Bob, de ese triángulo amoroso sin lógica ninguna, del absurdo de sus terapeutas, más locos que ellos. Pues, a fin de cuentas, todos lo estamos un poco. Y todos, absolutamente todos, somos imperfectos. Así como todos, absolutamente todos, tememos a la soledad. Por tanto, ante esa condición, esa dualidad casi perfecta, absoluta, solo nos queda encogernos de hombros y reír. Hasta ahora, la mejor terapia.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.