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Los 21 años fueron para
Rubens, el pintor
flamenco, momento de
conclusión de una
primera etapa de
estudios tutelados por
artistas como
Tobias Veraecht,
Adam van Noort
y Otto
van Veen. Con
esa edad, el retratista
superó el examen de
maestro ante la Guilda
de San Lucas, dos años
antes de conocer la
Italia de Tiziano,
Veronese y Tintoretto.
Viena, uno de los
epicentros más
importantes de la
cultura europea en el
siglo XXVIII, recibió por
segunda vez y para
siempre a Beethoven
cuando había cumplido
los 21. Luego del deceso
de sus padres, el
establecimiento en la
capital austriaca
definió el desarrollo
del pianista y
compositor, quien
recibiría allí las
lecciones de
Joseph Haydn,
Johann Georg
Albrechtsberger,
Johann Baptist Schenk
y
Antonio Salieri.
En la siguiente
centuria, del otro lado
del mundo, el poeta
nicaragüense Rubén
Darío, a la edad de 21,
publicaría Azul,
uno de los volúmenes
fundacionales del
modernismo en la
literatura. Editada en
Chile, esta compilación
de textos aparecidos con
anterioridad en la
prensa, le valió al
poeta la definitiva
consagración en la
literatura
hispanoamericana.
Salvador Dalí, el
surrealista de los
bigotes largos, marchó a
París con 21 años luego
de que la crítica
española elogiara
pródigamente su
exposición en la Galería
Dalmau. En la cuidad
francesa, Buñuel lo
introdujo ante Picasso.
Por esa fecha también,
el artista pintó “Cesta
de pan” un cuadro
realista paradigmático
en su obra, y comenzó a
reflejar en su pintura
las influencias de los
diferentes estilos y
escuelas que definieron
su trabajo posterior.
Este 16 de diciembre se
inaugura en el Museo
Nacional de Bellas Artes
la exposición del cubano
René Francisco como
cierre del ciclo de
homenajes por el Premio
Nacional de Artes
Plásticas 2010. El
pintor y pedagogo ha
concebido la muestra
como “revisión de un
primer período como
creador” y, en ese
regreso, ha tenido que
detenerse
imperativamente en su
primera juventud. “A los
21 años —dice— uno hace
cosas que lo acompañan
toda la vida”. Rubens en
San Lucas, Beethoven en
Viena, Darío publicando
Azul, Dalí rumbo
a París y René Francisco
en Cuba, estudiando en
el Instituto Superior de
Arte, pintando con los
ojos puestos en
Rembrandt.
Resulta que la pintura
del holandés y el
conocimiento de la
Historia del Arte que
absorbió durante los
estudios superiores,
están dando un nuevo
carácter a la carrera de
René Francisco. Por eso,
la exposición de Bellas
Artes no es el resultado
de la labor colectiva y
social a la que se ha
consagrado con su
docencia en el propio
Instituto, sino un
recorrido a través de la
experiencia acumulada,
por “todo lo que sé
hacer”, anotaría él
mismo.
En en la selección que
se exhibe a partir
de este mes en La Habana
aparecen entonces tanto
referencias al arte de
los siglos XVII y XVIII,
como piezas que retoman
el trabajo de
carpintería que René
Francisco aprendió
durante la primera
edición de su Pragmática
Pedagógica. Entre
esculturas, pintura,
videos, instalaciones y dibujos
aparecen algunos
“bocetos sueltos”,
trabajos que al decir
del artista, no llenaban
un espacio en su obra
exhibida con
anterioridad.
El regreso al color
verde, que utilizó con
frecuencia a finales de
los 80, ha representado
para René Francisco “una
travesía interesante”,
pues sus últimas
creaciones se habían
concentrado en el blanco y el negro y
el trabajo con los
metales. Emplea también
la madera pulimentada,
poco recurrida en
trabajos anteriores.
Con su característico
estilo
minimalista-barroco, la
selección presenta en
retrospectiva a un
creador elegante,
ocupado en demostrar la
solidez de las piezas y
la madurez del trabajo;
en cerrar círculos
alrededor de su propia
obra. Por ello, Viejo
verde, el título de
la exposición, supone un
momento de retorno
introspectivo del autor.
Llegar a los 50 años de
edad ha significado para
él “un momento de nuevas
configuraciones, de
repensar cuestiones
físico-psicológicas
relacionadas con lo
erótico-subversivo”.
El rasgo más evidente de
la muestra es la
relación entre lo nuevo
y lo viejo, y, bajo esa
sombrilla, el discurrir
sobre las relaciones de
seducción y poder. “Viejo
verde tiene mucho de
autorretrato”, apunta
René Francisco, pero el
“cuadro personal” se
logra a través de otras
biografías, porque el
artista es admirador del
Chico Buarque que canta
con voz de mujer y de
los creadores que han
logrado “colocarse en el
papel de los otros”.
La nueva exposición de
René Francisco tiene la
intención de ser, a
todas luces, personal y
diferente. “Mis muestras
anteriores han sido muy
conceptuales y
específicas, en esta ha
fluido mucho más la
imaginación. Tiene el
deseo de suceder, de
transcurrir. Quise hacer
la mayoría de las obras
yo mismo, aunque hay
algunas que demandaban
de mucho esfuerzo
físico. Si lo hacía otra
persona, ¡hubiera sido
como pedirle a alguien
que hiciera el amor por
mí!”.
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