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Solo acepté ir a casa de
Ronald por la curiosidad
de entender cómo los
otros llenan su vacío.
No tenía la más mínima
idea de quién pudiera
ser ni de cuáles eran
sus métodos para escapar
de sí mismo. Lo había
visto un par de veces en
la Cinemateca; su cara
pálida, algo lánguida y
sus fingidas expresiones
de loco, quién sabe
cuántas veces ensayadas
en algún espejo, me
resultaron atractivas.
Así que no pensé dos
veces responderle —sí—
cuando se acercó
dispuesto a preguntarme
si podía meterse
conmigo. La pregunta me
pareció algo absurda
pero elegí dejarme
llevar por la intuición,
y pensar que para su
lenguaje personal
aquella frase equivalía
a seducirme. Me dio su
dirección para que lo
visitara. Sonreí. Sentí
como si todo el universo
se confabulara para que
pudiera despejar mis
incógnitas sobre la
vacuidad.
Decidí visitarlo un día
cualquiera, en el que no
tenía la menor idea de
cómo ocupar mi tiempo.
Había comenzado a leer
un libro que terminó por
aburrirme al tercer
párrafo. Fue entonces
cuando decidí ponerme en
contacto con este
personaje tan dispuesto
a introducirme en su
historia.
Entrar a su casa fue
como dejar atrás una
página aburrida. Ronald
vivía en un ático, las
paredes y el techo
saturados de imágenes.
Los únicos objetos eran
su cama, el equipo de
música y los discos
esparcidos por el
suelo.
Me sentí privilegiada
por su bienvenida. Puso
el CD de Bjork a todo
volumen, prendió un
grueso y verde incienso
de cáñamo en forma de
espiral y propuso que
ahorráramos el mayor
número de palabras
mientras se quemara.
Agradecí su propuesta.
Realmente hablar era lo
que menos deseaba en
aquel momento. Por lo
general soy silenciosa;
si me dejaran sería una
eterna espectadora. Lo
menos que pude hacer fue
fluir en ese juego donde
me daban la oportunidad
de husmear, sin tener
que emitir juicios, al
menos en alta voz.
Deseaba que el incienso
fuera eterno para
disfrutar cómodamente de
aquel lugar en el que
Ronald pasaba sus horas.
Traté de ponerme en su
lugar. Si miraba a la
derecha descubría los
rostros de las estrellas
de cine del momento:
Johnny Deep, Winona
Rider, Brad Pitt, entre
otros. Si volteaba a la
izquierda entonces los
ojos se me llenaban de
bandas de rock:
Radio Head, Alice in
Chains, Nirvana,
Portishead, media
generación X vigilando
mis pasos. En el techo
convivían mezclados y
armónicos, como si del
cielo se tratara. Era
difícil quitarse la
sensación de sentirse
una marioneta cuando se
los miraba desde abajo.
Una sola ojeada me bastó
entonces para entender a
Ronald.
Más tarde lo vi en un
empeño continuo por
perpetuar poses: el
gesto de uno, el andar
de dos, la actitud de
tres. Cada vez tenía
menos dudas de que
resultaba un producto
inacabado, hecho a
imagen y semejanza de
sus dioses. Imagino que
de esa manera se sentía
acompañado. Supongo que
cualquiera que viva
rodeado por tantos
rostros también se lo
llegue a creer.
Ronald acostado en el
suelo, con la mirada
fija en el techo. El
humo denso, en
espirales, jugando con
las paredes. A veces se
deslizaba por la cara de
Marilyn Manson
haciéndola opaca, o
producía un efecto de
neblina al cuerpo de
Cameron Díaz. Comencé a
moverme al compás de la
música. Salté con
movimientos lentos, al
estilo de un video en
slow, o al menos era
lo que sentía cuando
dejaba entrar la voz
aniñada de la cantante,
junto con el humo, por
todos los orificios de
mi cuerpo. No me bastó.
Quise que la sensación
fuera completa y comencé
a desvestirme, hasta
quedar completamente
desnuda. Luego imité a
Ronald y me acosté a su
lado. Cerré los ojos y
traté de imaginarme el
diálogo que él debía
sostener con todas
aquellas imágenes,
pobladoras de vacío.
Respiré otra ráfaga de
humo y de pronto una
rara sensación de
angustia me obligó a
abrir los ojos. Presentí
que este dolor había
atrapado a Ronald hacía
mucho tiempo. Comprendí
entonces por qué en
aquel ático no quedaba
un espacio en blanco.
Él continuaba tendido en
el suelo, con la mirada
fija en el espacio.
Probablemente me
confundiera con alguna
de las imágenes que se
paseaban por las
paredes. El incienso
seguía ardiendo
infinitamente y aunque
no sentía deseos de
despegar los labios,
tampoco quería seguir
allí.
Comencé a vestirme de
nuevo. Me pregunté si
existiría algo más tras
esta primera compuerta,
sabiendo que ya no lo
conocería, y no me
importó. Decidí dejar mi
máscara de espía en
algún rincón.
Entonces me fui. Creo
que Ronald nunca lo
notó.
Ariadna Rengifo:
Narradora. Miembro de la
AHS. Licenciada en
Español-Literatura.
Egresada de la cuarta
promoción del Centro de
Formación Literaria
Onelio Jorge Cardoso.
Mención del Premio César
Galeano 2001.
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