La Habana. Año X.
17 al 23 de DICIEMBRE

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Ronald

Ariadna Rengifo (La Habana, 1977)

Solo acepté ir a casa de Ronald por la curiosidad de entender cómo los otros llenan su vacío. No tenía la más mínima idea de quién pudiera ser ni de cuáles eran sus métodos para escapar de sí mismo. Lo había visto un par de veces en la Cinemateca; su cara pálida, algo lánguida y sus fingidas expresiones de loco, quién sabe cuántas veces ensayadas en algún espejo, me resultaron atractivas. Así que no pensé dos veces responderle —sí— cuando se acercó dispuesto a preguntarme si podía meterse conmigo. La pregunta me pareció algo absurda pero elegí dejarme llevar por la intuición, y pensar que para su lenguaje personal aquella frase equivalía a seducirme. Me dio su dirección para que lo visitara. Sonreí. Sentí como si todo el universo se confabulara para que pudiera despejar mis incógnitas sobre la vacuidad. 

Decidí visitarlo un día cualquiera, en el que no tenía la menor idea de cómo ocupar mi tiempo. Había comenzado a leer un libro que terminó por aburrirme al tercer párrafo. Fue entonces cuando decidí ponerme en contacto con este personaje tan dispuesto a introducirme en su historia. 

Entrar a su casa fue como dejar atrás una página aburrida. Ronald vivía en un ático, las paredes y el techo saturados de imágenes. Los únicos objetos eran su cama, el equipo de música y los discos esparcidos por el suelo. 

Me sentí privilegiada por su bienvenida. Puso el CD de Bjork a todo volumen, prendió un grueso y verde incienso de cáñamo en forma de espiral y propuso que ahorráramos el mayor número de palabras mientras se quemara. Agradecí su propuesta. Realmente hablar era lo que menos deseaba en aquel momento. Por lo general soy silenciosa; si me dejaran sería una eterna espec­tadora. Lo menos que pude hacer fue fluir en ese juego donde me daban la oportunidad de husmear, sin tener que emitir juicios, al menos en alta voz. 

Deseaba que el incienso fuera eterno para disfrutar cómodamente de aquel lugar en el que Ronald pasaba sus horas. Traté de ponerme en su lugar. Si miraba a la derecha descubría los rostros de las estrellas de cine del momento: Johnny Deep, Winona Rider, Brad Pitt, entre otros. Si volteaba a la izquierda entonces los ojos se me llenaban de bandas de rock: Radio Head, Alice in Chains, Nirvana, Portishead, media generación X vigilando mis pasos. En el techo convivían mezclados y armónicos, como si del cielo se tratara. Era difícil quitarse la sensación de sentirse una marioneta cuando se los miraba desde abajo. Una sola ojeada me bastó entonces para entender a Ronald. 

Más tarde lo vi en un empeño continuo por perpetuar poses: el gesto de uno, el andar de dos, la actitud de tres. Cada vez tenía menos dudas de que resultaba un producto inacabado, hecho a imagen y semejanza de sus dioses. Imagino que de esa manera se sentía acompañado. Supongo que cualquiera que viva rodeado por tantos rostros también se lo llegue a creer.

Ronald acostado en el suelo, con la mirada fija en el techo. El humo denso, en espirales, jugando con las paredes. A veces se deslizaba por la cara de Marilyn Manson haciéndola opaca, o producía un efecto de neblina al cuerpo de Cameron Díaz. Comencé a moverme al compás de la música. Salté con movimientos lentos, al estilo de un video en slow, o al menos era lo que sentía cuando dejaba entrar la voz aniñada de la cantante, junto con el humo, por todos los orificios de mi cuerpo. No me bastó. Quise que la sensación fuera completa y comencé a desvestirme, hasta quedar completa­mente desnuda. Luego imité a Ronald y me acosté a su lado. Cerré los ojos y traté de imaginarme el diálogo que él debía sostener con todas aquellas imágenes, pobladoras de vacío. 

Respiré otra ráfaga de humo y de pronto una rara sensación de angustia me obligó a abrir los ojos. Presentí que este dolor había atrapado a Ronald hacía mucho tiempo. Comprendí entonces por qué en aquel ático no quedaba un espacio en blanco. 

Él continuaba tendido en el suelo, con la mirada fija en el espacio. Probablemente me confundiera con alguna de las imágenes que se paseaban por las paredes. El incienso seguía ardiendo infinitamente y aunque no sentía deseos de despegar los labios, tampoco quería seguir allí.

Comencé a vestirme de nuevo. Me pregunté si existiría algo más tras esta primera compuerta, sabiendo que ya no lo conocería, y no me importó. Decidí dejar mi máscara de espía en algún rincón.

Entonces me fui. Creo que Ronald nunca lo notó.


Ariadna Rengifo: Narradora. Miembro de la AHS. Licenciada en Español-Literatura. Egresada de la cuarta promoción del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Mención del Premio César Galeano 2001.  

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2011.