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No creo que muchos
supieran que Rolando
Rodríguez estuviese
registrando a fondo los
entresijos de una de las
páginas más infames de
nuestra primera etapa
republicana, la masacre
de negros y mulatos que
tuvo lugar en la Isla a
raíz del alzamiento de
los Independientes de
Color en 1912.
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Miembros del
Partido de los
Independientes
de Color después
de una asamblea. |
Pero tampoco es sorpresa
que el historiador,
laureado con el Premio
Nacional de Ciencias
Sociales 2008 y el
Premio Nacional de
Historia 2008, haya
dedicado a ese
acontecimiento un
prolijo ensayo que acaba
de ver la luz bajo el
título La
conspiración de los
iguales. Para
Rolando las claves de
nuestro devenir están en
la comprensión justa y
plena de un pasado no
exento de complejidades
y contradicciones cuya
lectura e interpretación
exige lucidez,
profundidad, y un
irrenunciable compromiso
ético revolucionario.
Sobre el tema,
actualizado a raíz de la
conmemoración del
centenario de la
fundación de la
agrupación y luego
Partido de los
Independientes de Color
en agosto de 2008, ha
habido recientes y
valiosas aproximaciones,
aunque debe destacarse
como un muy serio
antecedente la
monografía publicada en
2002 por Silvio Castro.
El libro de Rolando
Rodríguez tiene no solo
la virtud del manejo de
una exhaustiva y hasta
ahora inmanejada
documentación y
confrontación de fuentes
testimoniales de la
prensa de la época que
permiten al historiador
una reconstrucción
pormenorizada de los
hechos, sino también la
de desentrañar la madeja
de manipulaciones,
oportunismos,
perspectivas erráticas y
exaltaciones emocionales
que permearon lo que a
todas luces fue un
planteo armado condenado
al fracaso y por el que
pagaron con sus vidas no
solo los hombres
directamente
involucrados en el
alzamiento sino también
cientos de negros y
mestizos que fueron
víctimas de una brutal
represión.
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Nada justifica
la vesania que
se desató contra
negros y
mestizos en
diversos sitios
de la Isla
a raíz de los
acontecimientos
1912. |
Pecado mayor de los
líderes de la revuelta
fue confiar en que
EE.UU., que
perfeccionaba por
entonces sus mecanismos
de control neocolonial
en la Isla, les
brindaría asistencia. El
libro abunda en el
seguimiento injerencista
y con ánimos
anexionistas que dieron
los servicios de
inteligencia y la
diplomacia de EE.UU. al
asunto. El autor
desglosa del siguiente
modo las razones del
descalabro:
En primer lugar, una
buena cantidad de
aquellos líderes negros
olvidaban que los
yanquis eran furibundos
racistas, que no querían
otra Haití a sus
puertas, como pensaban
que sucedería si los
negros triunfaban. En
segundo lugar, ya
Theodore Roosevelt había
proclamado que Cuba no
podía seguir en el juego
de las insurrecciones,
porque si se producía
otra, ellos tenían el
deber de ocupar la Isla
y ya no bajarían más su
bandera del mástil del
Morro de La Habana.
Tercero, el pueblo
cubano amaba su
república aunque fuera
renqueante y tuerta,
porque esa república les
había costado tres
décadas de lucha y
cientos de miles de
muertos y le temía más a
la ocupación
estadounidense que haría
se perdiera, que a un
levantamiento negro.
Cuarto, la ocupación de
la Isla por los
estadounidenses llevaría
a una guerra inevitable
y atroz que causaría de
nuevo miles y miles de
víctimas cubanas.
Quinto, si la nueva
insurrección podía traer
la pérdida de la
república, había que
liquidar ese alzamiento
como fuera. Sexto, los
líderes de los
Independientes de Color
habían estado en
manoseos con los
diplomáticos
estadounidenses en la
Isla, a los cuales
recurrían para presentar
sus quejas, y eso había
aparecido en la prensa.
Séptimo, los líderes
negros habían evocado la
Enmienda Platt para que
se les hiciera
"justicia", en sus
planteamientos de
derogar la Enmienda
Morúa (aprobada por los
legisladores para
prohibir todo tipo de
agrupamiento político a
partir del color de la
piel), y si había algo
que odiaban los cubanos,
blancos y negros, era la
oprobiosa Enmienda que
les habían impuesto.
Octavo, los líderes del
partido de los
Independientes de Color
ensalzaban en sus
escritos a los
dirigentes políticos de
EE.UU. y a la "Gran
Nación", mientras
solapadamente no pocos
cubanos echaban pestes
sobre ellos.
Esto Rolando lo puede
decir, obviamente, desde
la óptica actual. Habría
que tomarle el pulso,
como también lo hace en
otras páginas del
enjundioso ensayo, a la
conciencia común de los
hombres de la época, a
aquella masa de negros y
mulatos que habían
luchado por la libertad
de Cuba, junto con los
blancos, y que habían
sido preteridos al fondo
de la pirámide social,
sin oportunidades de
redención. La herencia
de siglos de esclavitud
y la persistencia de un
imaginario racista en la
que ser negro era un
estigma, pesaba
demasiado y siguió
gravitando a lo largo de
la ficción republicana.
El propio autor expone
elocuentes estadísticas
y recuerda las barreras
raciales en los parques
y paseos públicos de las
principales ciudades
hasta el mismo 1959.
Origen étnico,
estratificación clasista
y desventajas sociales
se nos presentan como
coordenadas
entrecruzadas e
ineludibles para
entender el proceso
histórico cubano.
Rolando invoca a Martí y
Maceo, quienes
coincidieron en luchar
por una república "con
todos y para el bien de
todos", sin odios
raciales. Pero se sabe
también cómo el legado
de Martí y Maceo, más en
las dos primeras décadas
del siglo pasado, fue
reducido y cercenado.
No se puede perder la
memoria. Menos ahora
cuando estamos abocados
a completar el proyecto
de justicia y dignidad
que la Revolución
socialista inauguró y en
el cual la aspiración de
identificarnos
plenamente con el color
cubano enunciado por
Nicolás Guillén es como
nunca antes premisa y
posibilidad real. |