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Rolando Rodríguez le
pidió prestado a Ilya
Ehremburg el título de
su novela sobre la noble
figura de François Noel
Babeuf, —llamado Graco,
como el romano “tribuno
de la plebe”—,
revolucionario que
enfrentó en Francia a la
llamada “reacción
termidoriana”,
defendiendo los
postulados de 1789. Fue
más allá, al promover un
radical programa
socialista y querer
derrocar el gobierno del
Directorio, lo que hizo
que la derecha francesa
lo guillotinara en 1797.
El libro de Rodríguez es
un acercamiento a la
protesta armada del
Partido Independiente
de Color, de la que
estarán cumpliéndose
cien años el entrante
2012. De la protesta
armada, y de la masacre
desatada contra negros y
mulatos por los
políticos blancos,
liberales y
conservadores, bajo el
gobierno del general
José Miguel Gómez.
Pero la repetición de
aquel título —que
obviamente pretende
acercar los dos
movimientos— es un
primer error de este
libro que, como trataré
de hacer ver, no se
reduce al título.
La de Graco Babeuf fue
una conspiración que
pretendió derrocar el
gobierno del Directorio.
Lo que encabezaron Pedro
Ivonnet y Evaristo
Estenoz fue el simbólico
alzamiento de los
integrantes de un
partido prohibido, que
no tenían armas para
constituir un alzamiento
verdadero y que no
pretendían otra cosa que
la derogación de la
Enmienda Morúa, que
impedía su participación
en los comicios de
noviembre de 1912.
No fue una secreta
conspiración como la de
los “iguales” franceses
ni como la cubana de
Aponte. Fue la abierta
decisión de las bases
del Partido
Independiente de Color,
de protestar por su
ilegalización.
El Partido
Independiente de Color
fue la respuesta a la
política de
discriminación racial
que, en Cuba, era la
lógica consecuencia de
la más que tricentenaria
esclavitud que mantuvo
en la Isla el régimen
colonial español, y del
racismo que ella
engendró. Esa secuencia
de la esclavitud, sería
reforzada por los
gobiernos interventores
norteamericanos, entre
1898 y 1902. Pero sería
mantenida, en lo
esencial, por los
gobiernos plantistas
cubanos que le suceden.
La esclavitud fue el
fruto y la lógica aliada
del colonialismo. Los
palenques —las aldeas
insurrectas de esclavos
cimarrones— proliferaron
desde el propio siglo
XVI, y eran numerosas
cuando Carlos Manuel de
Céspedes inició la
guerra por la
independencia el 10 de
octubre de 1868. Según
escribe José Luciano
Franco, fueron muchos
los palenques que se
integraron a la lucha
independentista. Los
líderes e ideólogos de
nuestra guerra de 1895,
José Martí y Antonio
Maceo, fueron
inquebrantables enemigos
del racismo. La
república que debía
surgir de esa guerra, al
decir de Martí, era una
república “con todos y
para el bien de todos”.
Pero no resultó así.
Martí y Maceo habían
caído en la guerra, al
igual que los
principales líderes del
mambisado negro: José
Maceo, Flor Crombet,
Guillermón Moncada.
La República había sido
mutilada por la Enmienda
Platt, que fue impuesta
a la constitución cubana
de 1901 por el gobierno
de Washington. El
general Leonard Wood,
gobernador a la hora de
aprobarse la
constitución cubana,
advirtió que, si la
Enmienda era rechazada,
no se proclamaría la
independencia de Cuba.
En verdad, mucho peor
hubiera sido que se nos
diera el destino que ha
tenido Puerto Rico.
La imposición de la
Enmienda Platt generó un
sentimiento de dignidad
herida, de humillación,
que quedó en el alma de
los cubanos. La
humillación venía desde
un poco más atrás: desde
el momento en que el
general Shafter prohíbe
a los mambises que
mandaba el general
Calixto García entrar en
Santiago de Cuba, a la
hora del triunfo sobre
España. Los
norteamericanos
subrayaron que la
victoria era únicamente
suya. Pero no puede
hablarse aún de una
convicción
antimperialista
generalizada. Lo que
generan aquellas
humillaciones, es apenas
el fundamento
sentimental del
antimperialismo, que
será un pensamiento
posterior y claro que
mucho más profundo.
Rolando Rodríguez no ve
la existencia del
racismo como una entidad
importante en aquella
república, condicionada
desde sus inicios por la
intervención
norteamericana. Afirma:
“Por otra parte, Martí y
Maceo, uno blanco y otro
negro, los dos más
grandes próceres de la
independencia cubana,
habían luchado contra la
diferenciación racial y
habían condenado que
fuera a ocurrir algún
roce entre las razas que
la poblaban. Es cierto
que había un racismo
larvado en muchos de sus
habitantes, pero las
ideas de estos hombres
habían penetrado hasta
el tuétano de los huesos
de no pocos cubanos.”1
Habría que decir que,
para entonces, aún era
muy poco conocido en
Cuba el pensamiento de
José Martí, y mucho
menos el de Antonio
Maceo.
Martí había publicado
los trabajos que
comprendían su
pensamiento, en
periódicos
inencontrables en Cuba
como eran El Partido
Liberal, de México;
La Opinión
Nacional, de
Caracas o La Nación,
de Buenos Aires. De
Martí se conocían apenas
sus Versos sencillos
y algunos de sus textos
de La Edad de Oro,
la edición de sus
Obras completas, en
15 volúmenes (todavía
muy incompletas)
concluiría en 1919,
incluso después de la
muerte de su editor,
Gonzalo de Quesada y
Aróstegui. La primera
generación cubana que
empieza a conocer a
fondo la obra de Martí,
es la de Julio Antonio
Mella, Rubén Martínez
Villena, Juan Marinello
y Jorge Mañach. Mucho
menos conocido era el
pensamiento de Antonio
Maceo.
Los negros militaban,
lógicamente, en las
filas del liberalismo, y
no en las del
aristocrático Partido
Conservador. Allí
estaban las dos más
importantes figuras de
la intelectualidad
cubana de color: Juan
Gualberto Gómez y Martín
Morúa Delgado.
Negros y mulatos eran
una clara fuerza en la
vida política cubana. Lo
habían sido desde los
días de la guerra de
independencia y lo
fueron igualmente en
esos primeros años de la
república, aunque
tuvieron que enfrentar
el arrinconamiento al
que, por regla general,
los sometían la prensa
hegemónica, los
propietarios
exesclavistas, los
exintegristas y
autonomistas, y la clase
política republicana e,
incluso, la policía.
La cúpula del
liberalismo, la
tendencia que le era más
afín, los utilizaba en
tiempos electorales y
les hacía promesas que
se olvidaban en cuanto
los políticos se hacían
de la posición a la que
aspiraban.
El general José Miguel
Gómez había
protagonizado la llamada
Guerrita de Agosto,
contra la reelección
de Estrada Palma. Se
calcula que el 90% de
los hombres que se
alzaron con él, eran
negros y mulatos. El
alzamiento motiva la
segunda intervención
yanqui en la que
gobierna por dos años
Charles Magoon. Gómez es
electo para el cuatrenio
1909-1913 con el
decisivo apoyo del
electorado de color.
Ya desde entonces
existía el Partido
Independiente de Color,
que había sido inscrito
como tal dos años antes,
por Evaristo Estenoz y
Gregorio Surín, en
tiempos de la segunda
intervención. Charles
Magoon había legalizado
su inscripción.
Era un partido nuevo y
obtuvo escasos triunfos
para sus miembros en
esas elecciones.
Entonces los liberales
no hicieron ningún
esfuerzo por
desaparecerlo.
Arturo Schomburg
(1874—1938),
portorriqueño radicado
en Nueva York a
principios del siglo XX
y a quien se considera
uno de los precursores
de las posiciones
ideológicas de lo que
será años después el
movimiento de la
“negritud”, había
seguido de cerca la vida
del Partido
Independiente de Color.
Escribe:
“El Partido Negro
Independiente fue
despreciado desde sus
comienzos, sumiéndose
que desaparecería
pronto, como una de las
tantas novedades
empezadas por los
negros. A medida que
pasó el tiempo atrajo
veteranos combatientes
de dos y tres
guerras y se propagó por
la isla. Al año había un
club en cada ciudad y el
partido contaba con 60
000 votantes negros —una
organización capaz de
obstruir los planes
preconcebidos por los
blancos—. Vino a ser
cuestión de conveniencia
política, de primera
intención menospreciar y
finalmente aplastar la
tentativa de los líderes
negros.”2
Para las elecciones de
1912, las cosas parecían
muy diferentes a lo que
ocurrió en las de 1908.
Los afiliados al PIC
habían crecido en todo
el país y tenían el más
coherente y progresista
entre todos los
programas de los
partidos políticos del
momento.
Además de la lucha
contra la discriminación
racial, defendían el
empleo para los cubanos
—frente a la llegada de
una abundante
inmigración española,
que era un plan para
“blanquear” Cuba—, y la
jornada laboral de ocho
horas. Tenía militantes
blancos en sus filas.
Para apoyar al
liberalismo, ya los
Independientes no
aceptaban promesas que
después se olvidaban:
aspiraban a pactar
ciertos acuerdos que
debían fijarse de
partido a partido, si es
que —y así era— la
cúpula del liberalismo
quería su apoyo.
Realmente, lo
necesitaba.
Pero el viejo cacique
tramposo que era José
Miguel Gómez —no por
gusto lo apodaban
“Tiburón”— tenía otros
planes, que no le
obligarían a compartir
el poder con negros y
mulatos, o hacerles
reales concesiones.
Su asesor y fiel
colaborador Martín Morúa
Delgado se encargó de
presentar una enmienda a
la ley electoral que
prohibía la existencia
de partidos políticos
integrados por
ciudadanos de una sola
raza. Morúa era uno de
los dos senadores
mulatos que había en ese
cuerpo legislativo: el
otro era Nicolás Guillén
Urra, el padre del
poeta.
Durante la discusión de
la enmienda en el
senado, el presidente
Gómez ordenó detener a
los principales líderes
de los Independientes.
Fueron acusados y se les
fijaron muy altas
fianzas para que no
pudieran salir y actuar
contra su aprobación en
el senado.
Inmediatamente después,
fueron liberados.
Después de la aprobación
de la enmienda que
ilegalizó al Partido
Independiente de Color, Morúa fue recompensado,
convirtiéndose en el
primer ministro mulato
de la República.
Desempeñó las carteras
de Agricultura y
Comercio. Ese mismo año
moriría, y no pudo
comprobar las
sangrientas
consecuencias que
derivaron de su enmienda
dos años después.
Los militantes del PIC,
si no querían que el
partido desapareciera,
debían cambiarle el
nombre: ello era lo más
sensato pero, por amplia
mayoría, las bases del
partido decidieron
protagonizar una
“protesta armada” para
reclamar la abolición de
la Enmienda Morúa.
Serafín Portuondo
Linares, militante
comunista y autor de la
primera historia del PIC3,
afirma que Evaristo
Estenoz no estuvo de
acuerdo con la idea de
la “protesta armada”,
pero decidió apoyar lo
que había aprobado la
amplia mayoría de las
bases del partido.
Los negros y mulatos
habían sido mayoría en
el Ejército Libertador
pero, desde la
intervención
norteamericana fueron
sistemáticamente
apartados de los
aparatos del estado y el
gobierno
—específicamente de sus
cuerpos militares— y los
presidentes plattistas
que sucedieron a la
intervención
norteamericana,
mantuvieron en buena
medida el esquema
racista que habían
introducido los
gobernadores
estadounidenses.
En la propia vida civil,
a un hombre de color le
era difícil encontrar
trabajo, como no fuera
manual.
Nicolás Guillén ha
contado cómo, al morir
su padre en el
alzamiento de La
Chambelona, en 1917,
quiso buscar un empleo
en las oficinas de los
ferrocarriles de
Camagüey, cargo para el
que estaba más
calificado que los
empleados que allí
había. Le fue imposible
obtenerlo, pese a que su
familia tenía amigos en
los ferrocarriles. Para
un mulato, allí
únicamente había trabajo
manual. Lo que había en
ciertos ámbitos cubanos,
era mucho más que un
“racismo larvado”.
Obviamente, el autor de
La conspiración de
los iguales ha
tenido a la vista
documentos provenientes
de fuentes de difícil
acceso para un
historiador cubano. El
problema está en la
interpretación y
valoración de la
información así
obtenida.
La conspiración de los
iguales
hace una grave acusación
a los líderes del PIC.
Los acusa de confiar,
para la solución de sus
problemas, en el
gobierno de los EE.UU.
Al principio pareciera
ser únicamente para
detener la represión que
el gobierno del general
Gómez ordena contra
ellos, pero el libro va
ampliando esa idea. Por
ejemplo, inculpa a:
“Estenoz, Ivonnet,
Batrell, Caballero
Tejera y Santos Carrero,
y cuantos creyeron que
de allí [los Estados
Unidos] vendría la
solución de la igualdad
de los negros cubanos
cuando esta solo podría
ser hija de la propia
Cuba.”4
En otro momento, señala:
“La confianza [de los
Independientes] en el
gobierno de Washington
se puso de manifiesto en
que, el 29 de mayo de
1912, el Ministro de
Estados Unidos hizo
llegar a su gobierno una
carta que le había
enviado el general Pedro
Ivonnet, dirigida a él y
al presidente Taft, en
la cual declaraba que la
guerra no era racista.
Manifestaba: “Señor
Presidente de la
República y Señor
Ministro
Plenipotenciario de los
Estados Unidos de
Norteamérica: queremos
hacerle constar al mundo
Civilizado que al
defender nuestros
derechos, con las armas
en las
manos,
no lo hacemos por odio a
los blancos y sí porque
sentimos toda la
desgracia que contra
nosotros se ha
acumulado, hace más de
trescientos años. […]
Por eso la guerra no es
de razas, porque sabemos
que todos los cubanos
somos hermanos.”5
Yo no creo que esa carta
sea otra cosa que un
recurso desesperado para
tratar de impedir la
brutal represión que se
les venía encima, cuando
ya el presidente Gómez
había echado sobre los
Independientes toda la
fuerza pública. Repárese
en la fecha de la carta.
Tres días antes de que
Ivonnet escribiera la
carta enviada al
gobierno de EE.UU., el
órgano del Partido
Conservador, el
periódico El Día,
decía editorialmente,
con fecha 26 de mayo:
“Se trata de un
alzamiento racista, de
un alzamiento de negros,
es decir, de un peligro
enorme y de un peligro
común […] [A estos
movimientos racistas],
los mueve el odio y sus
finalidades son
negativas, siniestras y
no se conciben sino
concibiéndoles
inspirados por cosa tan
negra como el odio. No
tratan de ganar sino de
hacer daño, de derribar,
de hacer mal, no tienen
finalidad y se despeñan
por la pendiente natural
de toda gente armada sin
objetivo y animadas de
atávicos, brutales
instintos y pasiones: se
dedican al robo, el
saqueo, el asesinato y
la violación. Esas son
en todas partes y en
todas latitudes las
características de las
contiendas de raza.”6
Y, enseguida, los
conservadores de El
Día, que expresaban
las ideas de su cúpula,
llegaban a conclusiones
y encontraban la sabia
solución al problema.
“Los alzamientos de raza
son […] el grito, la voz
de la barbarie. Y a
ellos responde y tiene
que responder en todas
partes la voz de los
cañones, que es la voz
de la civilización.”7
La dicotomía
“civilización y
barbarie”, que venía
desde Sarmiento y había
sido ya desacreditada
por Martí, es usada aquí
para hacer de la brutal
represión desatada por
José Miguel Gómez, pero
apoyada resueltamente
por los conservadores,
un acto civilizatorio.
Además de esa carta de
Ivonnet, RR comenta otra
misiva con fecha 18 de
octubre de 1910, que
quiere hacerle saber al
presidente Taft que el
PIC había sido
legalmente inscrito como
partido bajo el gobierno
“de vuestro ilustre
conciudadano el Sr.
Magoon”. Al final, se le
pedía a Taft que diera
al “Honorable Señor
Presidente de la
República de Cuba, un
amistoso alerta de que
no sería prudente
celebrar las elecciones
del PRIMERO DE NOVIEMBRE
próximo8,
hasta que el derecho al
sufragio sea concedido
igualmente y
garantizados a todos los
CIUDADANOS CUBANOS.
Al final de la obra, RR
le impugna a los
militantes de PIC que
todavía están en prisión
en noviembre de 1912,
que dirijan una carta al
presidente Taft, en la
que, sin explicitarlo,
demandan su liberación.
Le dicen también los
encarcelados al
presidente de los
EE.UU.:
“Esta tiene también por
objeto, hacerle saber el
estado deplorable que
atravesamos pues de los
dos mil quinientos
presos más o menos que
existen en las distintas
cárceles de la
república, duermen en el
suelo más de mil
quinientos,
la comida que se nos da
es tan mala como indigna
de cárceles a seres
civilizados. Ahora por
lo aglomerado que nos
encontramos en las
distintas galeras faltos
de higiene, ha dado
origen al gran número de
enfermos que aquí
existen, de los cuales
hasta ahora lamentamos
nueve desaparecidos.”9
La carta sigue
describiendo maltratos y
luego elogiando la
civilización
norteamericana, lo que
es lógico si se le está
pidiendo a su presidente
que interceda a favor de
los presos. El autor de
La conspiración de
los iguales se
indigna no por lo que la
carta dice sino por la
existencia de la misiva
misma. Escribe:
“Como se observa, los
exrebeldes seguían
concediéndole el papel
de juez supremo de los
asuntos cubanos al jefe
del imperio. Era obvio
que debían desconocer el
trato horroroso a que
eran sometidos los
negros en Estados
Unidos.”
Pero RR no permitirá ni
siquiera debatir lo que
afirma. Con airados
signos de admiración
—que son el grito de la
escritura— advierte:
“¡Que no venga nadie a
decir que la
desesperación de su
situación los llevó a
clamar por la
intervención de los
Estados Unidos! Desde
los primeros momentos,
los más altos líderes
del Partido
Independientes de Color
creyeron ver la solución
de los problemas cubanos
en el país de Lynch y
del Ku Klux Klan. Esa
era la verdad y una
aberración monstruosa a
la vez.”10
A pesar de que RR quiere
taparle la boca a todo
el que pueda disentir de
sus afirmaciones, habría
que decir que el jefe
del imperio era entonces
el “juez supremo” de los
asuntos cubanos.
Eso lo reconocían no
solo los encarcelados
negros y mulatos
hambreados y enfermos en
las prisiones, sino el
presidente de la
república cuando lo más
que podía hacer era
reprocharle suavemente a
Taft que mandara sus
tropas, pero las iba a
aceptar sin chistar,
porque Gómez estaba a
años luz de Sandino.
Desde los verdaderos
“primeros momentos” los
líderes de los
Independientes de Color
habían confiado en su
compatriota, hermano de
armas en los días de las
luchas independentistas
y correligionario en el
liberalismo, el general
José Miguel Gómez.
Lo habían apoyado en su
insurrección de agosto
de 1906, contra la
fraudulenta reelección
de Estrada Palma. Dos
años después habían
promocionado su
candidatura a la
presidencia de la
república.
En febrero de 2010,
Gregorio Surín publicaba
un artículo en
Previsión, el órgano
de los Independientes,
en el que recordaba a
Gómez que no hubiera
sido presidente sin el
voto de los electores
negros y mulatos:
“… en su alma debe de
estar grabada
indeleblemente la
gratitud hacia los
negros de Cuba, pues sin
el concurso directo de
ellos y del general
Estenoz, que se decidió
a trabajar su
candidatura cuando el
mismo Morúa Delgado
confesaba a Juan
Gualberto que el General
José Miguel Gómez era
hombre muerto para la
presidencia de la
República, hubiera
permanecido en la
oscuridad, de donde
jamás lo hubiera sacado
el voto de sus paisanos
blancos.”11
Con respecto a las
cartas de los
Independientes al
gobierno de EE.UU.,
comenta RR:
“Por supuesto, el
gobierno de Estados
Unidos no les hizo el
menor caso a aquellas
cartas de ‘negros’.”
José Miguel Gómez
tampoco les hacía el
menor caso a lo que
decían los
Independientes, aunque
eran cubanos. Pero eran
cubanos negros, de los
que se había valido en
su momento, pero a los
que ya no necesitaba.
Si los Independientes
apelaron —inútilmente,
como se vio— a la acción
del gobierno
norteamericano, es
porque Gómez los había
engañado y les había
cerrado todas las
puertas, menos la de la
total subordinación.
Después de todo tanto
los Independientes, como
el propio presidente
sabían que, en verdad,
el jefe del imperio era
el juez supremo de los
asuntos cubanos:
Estábamos en la recién
estrenada neocolonia que
iba a mostrarnos, en
esta, una de sus más
siniestras y trágicas
historias.
Al señalar que la
protesta armada había
comenzado el 20 de mayo
de 1912, RR señala que:
“…se inició una lucha
cruel entre un ejército
bien armado y unos pobres campesinos casi
desarmados.”12
Mal podría llamarse
lucha a lo que fue en
verdad una masacre. Las
tropas del general Jesús
(Chucho) Monteagudo, más
los voluntarios que las
acompañaron, iniciaron
una cacería de negros y
mulatos.
Los líderes,
obviamente, fueron
asesinados al ser
capturados, como apunta
el libro al describir la
muerte del general Pedro Ivonnet, invasor del
occidente cubano con las
tropas de Antonio Maceo.
Ivonnet se dio a la
fuga, afirmó el
ejército, y murió de un
balazo en la frente. El
autor prefiere alejar al
presidente Gómez de la
fea escena del crimen.
Apunta: “La falta de
imaginación del ejército
no daba para más”.
A pesar de que Rodríguez
afirma que la existencia
del PIC fue bien vista
por los conservadores,
la reacción del más
derechista de los
partidos cubanos fue
aunar fuerzas con los
liberales en el poder
para aplastar con toda
la violencia posible el
movimiento.
La conspiración de los
iguales
explica e implícitamente
justifica la brutal
represión, apelando a lo
que cabría llamar
“motivos de seguridad
nacional”. Cito a RR:
“Theodore Roosevelt
había proclamado que
Cuba no podía seguir en
el juego de las
insurrecciones, porque
si se producía otra,
ellos tenían el deber de
ocuparla y ya no
bajarían más su bandera
del mástil del morro de
La Habana.”13
A pesar de que en EE.UU.
siempre hubo quienes
quisieron anexarse Cuba,
no lo intentaron tras su
intervención en 1898.
Después de todo, la
Joint Resolution que
autorizó la declaración
de guerra a España,
afirmaba que “Cuba es, y
de derecho debe ser,
libre e independiente”,
y los cubanos habían
combatido largamente por
su independencia.
Garantizaron, eso sí,
convertir a la Isla en
el protectorado en la
que la dejó transformada
la Enmienda Platt.
Nuestros presidentes
iban a ser sus
administradores cubanos.
No se puede olvidar que
los EE.UU. son, en ese
momento y gracias a la
vigencia del apéndice
constitucional, un poder
efectivo colocado por
encima de las
autoridades del gobierno
cubano. Por algo hemos
hablado de una “seudorrepública”.
Lo que estaba tratando
de hacer la carta de
Ivonnet era quitarse de
encima la bárbara
represión que la
dirigencia política
liberal y sus pariguales
conservadores habían
organizado para
“aleccionar” a unos
negros que querían más
de lo que los blancos
habían decidido darles,
y no tenían armas para
defenderse.
No es fiel a la verdad
histórica la
contracubierta del
libro, cuando quiere
explicar el proceso de
los Independientes
afirmando:
“Como no se logró echar
abajo la desigualdad de
raza, los hombres del
partido prohibido
(Partido Independientes
de Color) comenzaron a
conspirar para lograr
con las armas en la mano
la restauración de la
legalidad y, sobre
todo, para alcanzar su
gran objetivo: la
igualdad racial.”
Este párrafo es
equivocado: tiene razón
RR cuando afirma que las
ideas solo pueden
combatirse con ideas.
Los Independientes
protagonizaron una
protesta que quería
conseguir solo que el
presidente Gómez
negociara con ellos,
derogara la Enmienda
Morúa y les permitiera
actuar como un partido
político. Es absurdo
creer que pensaran que
con esa protesta —que no
era ni un verdadero
alzamiento—, podrían
alcanzar la igualdad
racial. A pesar de que
reconoce que el PIC
nunca debió ser
ilegalizado y que de ahí
parte todo el conflicto,
en un clásico blame
the victim, La
conspiración de los
iguales carga la
mano contra los
martirizados negros y, a
la vez, habla de la
forma “muy digna y
firme” en que el
presidente Gómez “le
censuraba” en un
telegrama, a su homólogo
Taft, que “se tomara la
medida de enviar tropas
a la Isla”. El libro
alaba una “firmeza” que
tiene el cuidadoso
detalle de
impersonalizar la
decisión de Taft, que no
tomó él, sino que “se
tomó”. José Miguel Gómez
no hizo nada para evitar
la intervención de 1906
que le beneficiaba ante
la reelección de Estrada
Palma.
El libro no le atribuye
al presidente Gómez
—máximo responsable de
la represión— la culpa
en los asesinatos del
general Ivonnet y de
Evaristo Estenoz.
En su libro La
masacre de los
Independientes de Color
en 1912, Silvio
Castro cita la siguiente
nota de prensa, que
publica Diario de la
Marina en su edición
del 28 de junio de 1912,
al recibirse en palacio
la noticia de la muerte
de Evaristo Estenoz.
Está colocada bajo el
encabezado “Hubo
champagne”:
“Tan pronto se supo la
noticia de la muerte de
Estenoz, el general
Gómez la celebró tomando
champagne con los
secretarios de Justicia
y la Presidencia, así
como con el
representante de la
Associated Press; únicas
personas que se hallaban
presentes en el
momento.”14
A mí, la actuación de
José Miguel Gómez me
parece absolutamente
indefendible. Su
conducta doble,
tramposa, fue el
fundamento de toda la
tragedia. Su brutal
represión de los
Independientes para
evitar que esa nueva
insurrección provocara
que “la patria se
perdiera”, no tiene
ningún asidero, ninguna
coherencia con el
proceder del tiburón
villareño, que había
protagonizado la
guerrita de 1906, que
determinó la segunda
intervención
norteamericana.
El Gómez “patriota” se
lanzó en 1912 a
aniquilar a sus
connacionales negros
para acabar con el
“juego de las
insurrecciones” que el
emperador Roosevelt
impugnaba, pero cinco
años después hubo otro
alzamiento que no motivó
una represión como la
que se echó sobre los
negros y mulatos en
1912, ni mucho menos
motivó la ocupación
yanqui: fue la guerrita
de La Chambelona,
convocada por el
mismísimo José Miguel
Gómez contra la
reelección de Menocal.
¿No temía entonces “que
se perdiera la patria”?
¿La patria únicamente la
perderían los negros?
¿No sale el racismo
claramente a la
superficie de esa
actitud?
La brutal represión de
1912 acabó con la
carrera política de José
Miguel Gómez, quien
intentó reelegirse al
año siguiente. La
victoria fue para el
conservador Marío García Menocal. No creo que los
negros y mulatos cubanos
votaran por el mayoral
del Chaparra, pero
seguramente se
abstuvieron de apoyar al
Tiburón. Si no hubo un
voto de castigo, sin
duda, hubo una
abstención de castigo.
José Miguel fracasó en
el alzamiento de La
Chambelona, para impedir
la reelección de Menocal
en 1917 y fue derrotado
en las elecciones de
1920 por Alfredo Zayas.
Un año después, en 1921,
se fue a morir… a
Washington.
En Cuba quedó un
espíritu racista
dominando en la política
y en la cultura.
Todavía en la década de
los 20, aparece un libro
del maestro Eduardo
Sánchez de Fuentes en el
que señala que la música
en la que se hace
evidente la ascendencia
africana, nada tiene que
ver con nuestra
idiosincrasia.
Un caso patético, porque
Sánchez de Fuentes es el
autor de “Tú”, la más
famosa de las habaneras,
género en el que está la
herencia rítmica
africana, aunque su
autor no lo supiera o no
quisiera saberlo.
Una nueva generación
estaba saliendo a la
palestra.
En julio de 1925, Alejo
Carpentier publica en el
diario habanero El
País un artículo
titulado “La música
cubana”, precursor del
iluminador trabajo
posterior del gran
novelista en el estudio
de nuestra música.
Carpentier reivindica y
señala incluso su
importancia para la
música culta cubana, los
mismos ritmos que
Sánchez de Fuentes
presentaba como
supervivencias bárbaras.
En noviembre del mismo
año, el joven compositor
mulato Amadeo Roldán,
escandaliza a la cultura
oficial del momento al
estrenar su “Obertura
sobre ritmos cubanos”,
que llevaba al
pentagrama lo que
Carpentier reclamaba en
su artículo. A partir de
entonces, y con la
ingente obra del sabio
Fernando Ortiz, empieza
a comprenderse
plenamente lo que es
Cuba.
No me explico como un
estudioso con múltiples
trabajos de valor y que
ostenta los premios
nacionales de historia y
de ciencias sociales,
haya escrito un libro
tan históricamente
descontextualizado como
La conspiración de
los iguales, colmado
de una rica
documentación que su
autor no ha sabido leer
bien.
El libro, desde una
óptica actual, les
reclama a los
Independientes una
visión que no podían
tener y que muy pocos
cubanos podían tener
entonces.
El alzamiento, ese
“juego de las
insurrecciones” que RR
califica como tal en su
libro, era una manera de
negociar en esos
primeros años de la
república. Si alguien lo
conocía bien era el
propio José Miguel
Gómez. Lo que ocurría es
que ese juego solo lo
podían jugar los
blancos.
Los Independientes de
Color no protagonizaron
un alzamiento ni una
conspiración, sino
organizaron una
“protesta armada” para
negociar, pero los
políticos blancos no
iban a permitirles algo
así a los negros. Sabían
que los Independientes
no tenían en sus filas,
más que pobres
campesinos sin armas ni
pertrechos, y repelieron
la protesta como si
fuera un auténtico
alzamiento… o la
“conspiración” de la que
escribe Rolando
Rodríguez.
Los Independientes
apelaron a los EE.UU.
creyendo que sus fuerzas
iban a evitar una
masacre. Las autoridades
norteamericanas nunca
iban a intervenir en
Cuba para evitar la
muerte de negros y
mulatos. Si eso era lo
que estaba haciendo el
gobierno de Gómez, que
lo hiciera de una vez.
Pero me parece inusitado
en un historiador
revolucionario y
marxista, que sea capaz
de echarles en cara a
los Independientes,
entre los que hay
hombres asesinados
(estoy pensando en
Ivonnet y Estenoz) en
1912, unas palabras del
poeta Nicolás Guillén,
escritas 40 años después
de su martirologio,
sobre el racismo y la
discriminación racial en
los EE.UU.
Los Independientes de
Color fueron crédulos,
ingenuos por partida
doble. Primero, cuando
creyeron que el general
José Miguel Gómez
aceptaría tratarlos como
socios políticos y no
como subordinados;
creyeron que iba a
pactar con ellos, que
era la inevitable
consecuencia de la
existencia del PIC;
después, cuando al ver
que Gómez les había
echado encima todo el
peso de la fuerza
pública, al saber que no
podían defenderse,
apelaron a los EE.UU.
para salvar sus vidas y
conseguir el regreso a
la legalidad. Gómez los
engañó, y los
norteamericanos nunca
hicieron nada por
socorrerlos en los días
de la protesta, ni
cuando los
sobrevivientes guardaban
prisión.
Acaso las palabras de
Guillén que cita RR, si
hubieran podido llegar
desde donde todavía no
se habían escrito, les
hubieran valido a
Ivonnet y Estenoz para
entender que los yanquis
no harían nada por ellos
si el general José
Miguel Gómez había
ordenado que los
asesinaran. Eso es lo
que en ese momento les
iba a dar la plattista
Cuba oficial, a través
del honorable señor
presidente de la
república. Y acaso el
poeta comprendiera
—porque él sí lo pudo
ver— que Lynch y Crow
tenían excelentes
discípulos en Monteagudo
y Arsenio Ortiz. Pero
fue imposible que las
palabras del poeta
llegaran desde el
porvenir a los oídos de
los cadáveres
martirizados de Estenoz
e Ivonnet.
Es mucho más probable
que experiencias como la
de los Independientes
alimentaran el aliento
revolucionario del poeta
de “El apellido”.
Guillén, marxista de
veras, era capaz de
pedirles a los hombres
lo que podían dar, con
arreglo al tiempo en que
vivieron.
Aunque Juan Gualberto
Gómez fue un liberal
ajeno al miguelismo, que
era la filiación de su
padre, Guillén fue
capaz, “cuando pude
pensar con cabeza
propia”, dice, de
remontar aquellos
recuerdos de infancia
donde Morúa ocupaba el
lugar de honor. Guillén,
comunista, comprendió a
Don Juan, admirador de
Thiers, el hombre que
ahogó en sangre la
Comuna de París. Lo
sabía, lo escribió, pero
también sabía que a cada
hombre hay que juzgarlo
dentro del tiempo que le
tocó vivir. Juan
Gualberto, que no
entendió a los
comuneros, contribuyó a
diseñar la patria, junto
con Martí.
Es triste que los
Independientes, que
varias veces se
equivocaron queriendo
alzar a sus oprimidos
hermanos, tengan, a los
cien años de su
martirologio, este libro
como
recuerdo.
“Pero vosotros,
que surgiréis de la
corriente
en que nosotros
perecimos,
cuando habléis de
nuestras flaquezas,
considerad también el tiempo oscuro
del que habéis
escapado.”
Son versos de Bertolt
Brecht.
No hay otra manera de
hacer justicia en la
historia.
Notas:
1- Rodríguez, Rolando:
La conspiración de
los iguales, Imagen
Contemporánea, La
Habana, 2010, p.6.2-
Schomburg, Arturo: “El
general Evaristo Estenoz”,
en Del Caribe,
Casa del Caribe,
Santiago de Cuba, No.
54, año 2010, pp.
61-62.
13- Ídem., p. 5.
14- Cf. Castro
Fernández, Silvio:
Ob. Cit., pp.
206-207. |