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Hace varios meses que
estaba deseoso de
escribir acerca de la
protesta del Partido
Independiente de Color
(PIC) en 1912 y de la
brutal masacre a que
fueron sometidos sus
miembros y simpatizantes
por las autoridades
cubanas de la época.
Después de haber leído
prácticamente de un
tirón el más reciente
libro de Rolando
Rodríguez, acerca de
esta temática, me sentía
impulsado a redactar
varias líneas al
respecto y hacer al
mismo tiempo una
valoración de esta obra,
como lector permanente
que soy de todos los
libros de este
historiador. Múltiples
tareas y
responsabilidades me lo
habían hecho imposible.
Sin embargo, luego de
leer la crítica del
escritor cubano
Guillermo Rodríguez
Rivera a este libro,
bajo el título
“Un libro equivocado”
y que apareció en varios
blog cubanos,1
me fue imposible evitar
dejar todo lo que estaba
haciendo y dedicarme a
escribir una especie de
respuesta al trabajo de
Rodríguez Rivera, que me
parece muy desajustado
en relación con lo que
hace muy poco tiempo leí
en La conspiración de
los iguales. La protesta
de los Independientes de
Color en 1912.2
Mi mayor preocupación es
que algunos lectores se
formen un criterio
negativo de este libro
siguiendo la mala
costumbre de no ir a la
fuente original de la
que se está hablando,
para sacar sus propias
conclusiones. Mi
principal propósito con
estas líneas, además de
aprovechar para dar mi
opinión, es motivar a
que se lea el libro y no
se conformen los
lectores con los juicios
de los que ya lo han
hecho, incluyendo los
míos.
Realmente la crítica que
Guillermo Rodríguez
Rivera hace al libro de
Rolando Rodríguez, la
cual transpira, a mi
juicio, un sesgo de
ataque personal más que
de análisis histórico,
podría resumirse en una
o dos cuartillas.
Rodríguez Rivera podía
haberse ahorrado las 17
páginas que dedica a
describir los infames
acontecimientos
ocurridos en 1912, los
cuales han sido ya
tratados por varios
investigadores cubanos.
No sé de dónde sacó este
crítico que Rolando
Rodríguez pretendía
hacer una analogía entre
el movimiento
conspirativo de Francois
Noel Babeuf en Francia a
fines del siglo XVIII y
el alzamiento del
Partido Independiente de
Color en la Cuba de
1912. El hecho de que el
libro del historiador
cubano lleve el título
La conspiración de
los iguales, se debe
simplemente a que lo
consideró atractivo para
su obra. Ciertamente
hubiera hecho falta una
aclaración del autor en
las palabras
introductorias, para
evitar tan festinadas
elucubraciones. Mas,
Rolando Rodríguez no es
el único escritor que
juega con los títulos,
Raúl Roa acostumbraba
también a esta práctica.
Por ejemplo tomó
prestado parte del
título de un excelente
libro de John Reed,
Los diez días que
estremecieron al mundo,
para titular un ensayo
suyo: Los diez días
que conmovieron a Franco.3
Podrían ponerse
muchísimos ejemplos
más.
En su texto Guillermo
Rodríguez Rivera señala
que “la imposición de la
Enmienda Platt generó un
sentimiento de dignidad
herida, de humillación,
que quedó en el alma de
los cubanos”.4
Sin embargo, cuando
cita —de manera
incompleta y
descontextualizada, para
tratar de forzar sus
preelaborados juicios—
algunos fragmentos de
los documentos
utilizados por Rolando
Rodríguez en su libro
que demuestran las
comunicaciones que
establecieron
erróneamente los líderes
del PIC con el gobierno
de los EE.UU. pidiendo
que mediara a su favor,
obvia que el 18 de
octubre de 1910
Francisco Caballero
Tejera e Isidoro Santos
Carrero y Zamora,
presidente y secretario,
respectivamente, del
comité ejecutivo
provincial, de Santiago
de Cuba, del PIC, en
carta enviada al
presidente de los
EE.UU., William Taft, se
refirieron a la Enmienda
Platt como una
“visionaria medida”
introducida por el
“prudente gobierno” de
los EE.UU. en la
constitución cubana.5
¿Acaso ese
planteamiento no
constituía una bofetada
en el rostro del sector
patriótico más avanzado
de la sociedad cubana?
¿No significaba eso
ahondar la humillación y
la dignidad herida de
los cubanos? Tampoco
hace referencia
Rodríguez Rivera al
mensaje que el más
distinguido líder del
PIC, Evaristo Estenoz,
envió al Departamento de
Estado de los EE.UU. por
conducto del cónsul de
ese país en Santiago de
Cuba, Holaday, en la que
señalaba: “…deseo
aclarar que antes de ser
gobernados por los
cubanos como en el
pasado, sería mucho más
preferible ser
gobernados por
extraños”.6
¿Y no sobraría
preguntarse si esos
extraños no eran otros
que los norteamericanos?
Estenoz finalizó el
mensaje de una manera
deplorable al mostrarse
partidario de la
intervención del
gobierno de los EE.UU.
en la Isla: “esperamos
que el pueblo de los
EE.UU. comprenda nuestra
posición y estudie el
asunto exhaustivamente
antes de convencerse de
la necesidad de la
intervención”.7
¿No se sabía que en el
lenguaje imperial esta
intervención era
sinónimo de ocupación?
Es cierto, como dice
Rodríguez Rivera, que no
podía hablarse en
aquellos momentos de una
convicción
antimperialista
generalizada —aunque el
llamado despertar de la
conciencia nacional de
la década de los 20 fue
un proceso paulatino que
empezó desde mucho
antes—, pero había
muchos cubanos que
detestaban la
intromisión del gobierno
de los EE.UU. en los
asuntos insulares.
Sépase que ya existía un
sector revolucionario
mucho más avanzado
políticamente.
Evidentemente, los
líderes del PIC no
estaban entre ellos, al
menos en lo que respecta
a la comprensión de lo
que era el imperialismo
yanqui y el daño que
hacía a la independencia
de la Isla, la funesta
Enmienda Platt, así como
la injerencia de
Washington en todos los
asuntos cubanos. Resulta
además inaudito cómo
Evaristo Estenoz, que en
1905 había visitado los
EE.UU. en compañía del
escritor Rafael Serra,
para estudiar la
situación de los negros
en aquel país,8
no comprendió que del
racista gobierno
estadounidense nada
podía esperarse a favor
de los oprimidos y
discriminados negros
cubanos.
Guillermo Rodríguez
ataca el libro de
Rolando Rodríguez por
cargar la mano contra
los Independientes de
Color, pero cualquiera
que conozca toda la obra
de este historiador y la
seriedad y profundidad
científica con la que
aborda la historia de
Cuba, se dará cuenta al
leer la Conspiración
de los iguales, que
Rolando Rodríguez no se
ciega ante las pasiones
y por mucho que le duela
en ocasiones la verdad
que se desprende de la
copiosa documentación
que maneja, no puede
eludir ponerla por
escrito. Él es fiel a la
máxima de Lenin de que
“la verdad es siempre
revolucionaria”. En
libros anteriores de
Rolando Rodríguez, se
puede ver cómo algunas
de las personalidades de
nuestra gesta libertaria
del XIX —aún vistas por
muchos cubanos como
patriotas inmaculados—,
después de tejer sus
historias maléficas y
conductas taimadas a
través de documentos
reveladores, recibieron
las más fuertes críticas
del autor. En ese caso
se encuentran figuras
como: Manuel de Jesús
Calvar —último
presidente de la
República en Armas
durante la gesta del
68—, Gonzalo de Quesada
y el General Julio
Sanguily.9
Al parecer, Guillermo
Rodríguez Rivera se
saltó las numerosas
páginas que están
dedicadas en la
Conspiración de los
iguales a exponer el
profundo racismo y la
discriminación racial
que se instauró desde
los primeros momentos en
la república neocolonial
burguesa, pues no se
explica cómo puede
llegar a señalar que
“Rolando Rodríguez no ve
la existencia del
racismo como una entidad
importante en aquella
república, condicionada
desde sus inicios por la
intervención
norteamericana”.10
Pareciera también que
leímos libros distintos
cuando categóricamente
asevera: “La
conspiración de los
iguales explica e
implícitamente justifica
la brutal represión,
apelando a lo que cabría
llamar motivos de
seguridad nacional”. Y
más adelante cuando
afirma: “El libro no le
atribuye al presidente
Gómez —máximo
responsable de la
represión— la culpa en
los asesinatos del
general Ivonnet y de
Evaristo Estenoz”.11
La falsedad de estos
planteamientos se
demuestra en varios
análisis que el autor
hace en el propio libro.
En este dice:
“Sin duda, aquella
guerrita pudiera
calificarse de forma
contradictoria. No puede
dudarse que desde el
punto de vista de frenar
la bota yanqui, Gómez
merece un reconocimiento
por tratar de enfrentar
la ocupación de EE.UU.,
que indudablemente
amenazaba con destruir
la república de Cuba.
Pero desde el punto de
vista de la atroz
represión de los cubanos
negros, aun con el error
cometido por los
Independientes de Color
al sublevarse para
exigir un derecho, a
Gómez se le olvidaba que
aquellos negros eran
ante todo cubanos y que
cubano era más que
blanco y más que negro”.12
“Como se desprende de
algunos pasajes de los
documentos de la época
sobre las relaciones
entre Cuba y EE.UU.,
como es el caso de
algunos mensajes
cursados durante la
sublevación de los
Independientes de Color,
el gobierno de Gómez no
se comportó como un
subordinado de los
EE.UU. y distó un buen
trecho de la actitud a
favor del protectorado
de la administración de
Estrada Palma. Mas, esto
no nos hará perdonar su
culpa, cuando pudo haber
detenido aquella
lamentable guerrita y
evitado la muerte de
tantos dignos cubanos,
de tantos hermanos, y no
lo hizo”.13
Guillermo Rodríguez
Rivera demuestra poca
profundidad en el
conocimiento de la
historia de la Cuba
republicana,
especialmente del
período presidencial de
José Miguel Gómez
(1909-1913), cuando para
justificar las
solicitudes de los
líderes del PIC pidiendo
la intervención y
mediación del gobierno
de los EE.UU.
manifiesta: habría que
decir que el jefe del
imperio era entonces el
“juez supremo” de los
asuntos cubanos.14
Parece el crítico
criticado decir que solo
a este podían reclamar
los Independientes de
Color. Esto es un
criterio totalmente
equivocado, los
Independientes de Color
podían haber recurrido a
sus propios esfuerzos y
con una táctica y
estrategia
suficientemente
inteligentes unir a
todos los cubanos negros
y blancos más
progresistas de la
nación y luchar por sus
derechos y de paso por
una Cuba mucho más libre
y soberana de los
EE.UU., sin pedirle que
fueran mucho más allá de
las circunstancias
históricas que estaban
viviendo. Tómese en
cuenta que esa
posibilidad existió
desde 1908, cuando la
dirección de la Junta
Patriótica: Salvador
Cisneros Betancourt,
Manuel Sanguily y Carlos
García Vélez, visitaron
a Estenoz para
proponerle una unión de
las fuerzas de dicha
junta y las que
integraban en ese
momento la Agrupación
Independiente de Color
—aún no habían tomado el
nombre de PIC—, pero al
final no se llegó a
nada.15
La Junta Patriótica era
un grupo político que
propugnaba la lucha
contra la ocupación de
la Isla y la Enmienda
Platt y había sido
fundada por Salvador
Cisneros Betancourt.
El programa del Partido
Independiente de Color
fue el más
revolucionario y
avanzado desde el punto
de vista social que se
había presentado por
partido político alguno
en la República, pero
haber puesto su
confianza en el mayor
enemigo de la
independencia cubana, no
fue el único error del
PIC. Como bien señaló
Portuondo Linares: el
nombre del partido y las
limitaciones que
practicaron en lo
referente al ingreso y
la promoción a cargos
dirigentes (…) de
ciudadanos blancos y
otros sectores de la
población cubana a
quienes apuntaba su
programa y recogía sus
reivindicaciones, fueron
sectarias, limitadoras y
dieron al partido la
fisonomía de entidad de
una raza y no el
carácter ampliamente
popular, que era lo que
cabía frente al mero
electoralismo
característico de los
partidos Liberal y
Conservador”.16
Al respecto, apunta
Rolando Rodríguez:
“Desde luego, haber
cambiado el nombre y
admitir más blancos en
la dirección hubiera
constituido un beneficio
neto para Cuba y los
cubanos tanto los de
piel negra, como los
blancos. De esa forma,
hubieran conseguido
acercar el partido a
convertirse en un
movimiento popular, con
un programa atractivo
que, tal vez, hubiera
podido desplazar a los
partidos tradicionales y
atraído a los negros de
renombre que les
comenzaron a hacer
oposición, como Juan
Gualberto Gómez y
Silverio Sánchez
Figueras”.17
Es cierto que la
independencia de Cuba
había sufrido profundos
y lamentables recortes
con la Enmienda Platt y
Cuba había sido
convertida en una
neocolonia yanqui en la
cual los presidentes de
turno debían ser simples
marionetas del imperio,
pero de lo que quisieron
los yanquis a lo que
realmente sucedió en
muchos ocasiones hay un
buen trecho. José Miguel
Gómez y, sobre todo, su
secretario de Estado,
Manuel Sanguily, se
convirtieron en figuras
muy incómodas para el
gobierno de Washington,
pues su actuación en
varias oportunidades
atentó contra los
intereses
estadounidenses.18
Por eso los EE.UU.
apoyaron abiertamente a
Mario García Menocal
cuando este se postuló
para la presidencia.
Sabían sería un
presidente mucho más
dócil y pro gringo, con
intereses económicos muy
ligados a los
norteamericanos. “Gómez
estaba a años luz de
Sandino”, pero no
era un Estrada Palma o
un Menocal, y los
reproches que le hizo a
Washington —escritos
evidentemente por Manuel
Sanguily—, no fueron
nada suaves a la hora de
defender la dignidad
cubana, ahí están como
constancia de eso los
documentos citados en
La conspiración
de los iguales.
“José Miguel Gómez
gobernó en lo posible
alejado políticamente de
los imperialismos”,
destacó Julio Antonio
Mella en 1925 en su
trabajo “Cuba, un pueblo
que jamás había sido
libre”.19
Pero además, cómo se
puede tratar de
justificar la actitud
del PIC respecto a
Washington, señalando
que ese país era el
“juez supremo”, cuando
por otra parte el pueblo
cubano, en su inmensa
mayoría, no aceptaba que
los EE.UU. fuera quien
rigiera los destinos de
la Isla y desafiaba
constantemente su
hegemonía. Acaso se le
olvida a Guillermo
Rodríguez Rivera que la
segunda ocupación de los
EE.UU. en la Isla de
1906 a 1909, había
lacerado hasta lo más
hondo el alma de los
cubanos patriotas y que
estos no podían ya
aguantar otra
humillación como esta.
Pero, además, ¿sería
incierto decir que los
dirigentes del PIC, los
negros cubanos, se
estaban dirigiendo al
país más racista del
mundo?
No obstante, hay que
señalar que si bien el
alzamiento de los
Independientes de Color
fue un error, así como
su confianza en el
gobierno estadounidense,
la represión a la que
fueron sometidos los
integrantes del PIC por
el gobierno de
Tiburón, más que un
error, fue una masacre
infame, un crimen
horrendo que jamás
cubano alguno podrá
perdonar. Esta idea
también la defiende
Rolando Rodríguez en
La conspiración de los
iguales.
Como mismo Rolando
Rodríguez alaba como
dignas las cartas
enviadas por el gobierno
de José Miguel Gómez a
Washington rechazando su
injerencia en la Isla,
no deja de hacer una
aguda crítica al
seguramente redactor de
estas misivas: Manuel
Sanguily, cuando en una
de ellas, este injuria a
los negros cubanos
alzados: “La carta a
ratos muy digna, en
otros resultaba
condenable, cuando
acudía a denigrar a los
negros cubanos; por
ejemplo, cuando hablaba
de la explosión de
barbarie de aquella
insurrección de hombres
que, aunque de forma
equivocada, solo habían
acudido a la
insurrección para
reclamar derechos que
les habían sido
conculcados por
ambiciones de políticos
blancos. ¿Por qué se
olvidaba que la tozuda
obstinación de mantener
la Enmienda Morúa había
provocado la
insurrección de los
Independientes de Color?
Incluso,
injustificadamente, con
dejos racistas, el
secretario de Estado
llegaba a afirmar que
los negros habían
sentido “rencor de la
raza hacia sus
compatriotas blancos,
que tanto y tan
imprevisora como
afectuosamente los
habían halagado y
enaltecido”.
¿Sanguily desconocía que
los negros no tenían
apenas derechos a ocupar
puestos honrosos en la
administración y, por
ejemplo, en el mismo
servicio exterior que
manejaba su secretaría
no había prácticamente
negros, si no era en
puestos subalternos?
¿Era esa la forma en que
se halagaba y enaltecía
a los ciudadanos negros?20
La seriedad de Rolando
Rodríguez como
investigador histórico y
su abnegación por no
dejar de la mano ninguno
de los matices a la hora
de valorar a una
personalidad,
acontecimiento o proceso
histórico, hacía
imposible que dejara de
hacer ese análisis sobre
la postura de Manuel
Sanguily, digna por un
lado y condenable por
racista por el otro.
Según Rodríguez Rivera
el libro La
conspiración de los
iguales, “reclama a
los Independientes una
visión que no podían
tener y que muy pocos
cubanos podían tener
entonces”.21
Es cierto que no podía
buscarse en ellos un
Villena, un Mella, un
Guiteras, pero lo que
Rolando Rodríguez les
reclama en La
conspiración de los
iguales, no es la
visión que llegaron a
tener estos últimos,
sino al menos que
estuvieran en sintonía
con el pensamiento
promedio de los cubanos
que se indignaban con la
injerencia yanqui en
nuestros asuntos22
y que hubieran utilizado
medios más clarividentes
para unificar al sector
patriótico de la
sociedad cubana. Si
desde hoy se les puede
reclamar esta visión es
porque en su época otros
hombres la tuvieron. No
fue nada fortuito que
ningún dirigente negro
destacado, entre ellos
Juan Gualberto Gómez,
Rabí, Cebreco, Pedro
Díaz, brindara su apoyo
al PIC, tampoco que el
Club Aponte, de La
Habana, después de un
fuerte debate sobre la
pertenencia de sus
integrantes al partido y
para evitar se les
acusase de racistas,
optara por expulsarlos
de esa sociedad.23
El Consejo de Veteranos
y Patriotas tampoco
apoyó la causa de los
Independientes de Color
y sus gestiones para
lograr que el PIC
cambiara el nombre del
partido para evitar se
le condenara de racista,
fueron todas
infructuosas. No
obstante, la
participación que
algunos veteranos
tuvieron en la represión
a los alzados me parece
execrable, en todo caso
debían haberse
enfrentado al gobierno
para que levantara de
una vez la Enmienda
Morúa, que había
ilegalizado la
existencia del PIC y
presionar para una
salida negociada lo
antes posible. Todos
estos elementos que
negaron el apoyo al PIC
consideraban —ya fuera
de manera sincera o por
puro oportunismo
político— que la
existencia de un partido
de raza dividía a la
sociedad cubana.
Claro que es fácil desde
la actualidad señalar
los errores que
cometieron, esa es la
ventaja que posee el
historiador cuando
analiza un
acontecimiento o proceso
histórico en el devenir
del tiempo, pues las
consecuencias de los
mismos muchas veces no
llegan a ser conocidas
por los sujetos
participantes. No
podemos renunciar a esa
prerrogativa. La idea de
que no se puede juzgar
el pasado con criterios
del presente fue uno de
los axiomas universales
establecidos por la
historiografía burguesa
que por suerte la
historiografía marxista
ha ido venciendo. Si no
conocemos y analizamos
los errores cometidos de
las generaciones que nos
antecedieron, cómo
salvarnos de no
cometerlos nosotros
mismos.
Los medios que emplearon
los Independientes de
Color para alcanzar sus
objetivos, sumado a su
ingenuidad política de
confiar en los
estadounidenses,
llevaron a que la causa
justa que defendían, la
igualdad racial, lejos
de avanzar, se retrasara
—al menos por un tiempo—
y ello lo sufrió la
sociedad cubana en su
conjunto, blancos y
negros. Todavía hoy, a
más de 50 años de
Revolución Cubana,
estamos luchando por
eliminar definitivamente
el racismo y cualquier
forma discriminatoria en
nuestro país. Esa lucha
debe continuar con
ahínco y decisión,
estamos en los mejores
momentos para ello, pero
las columnas históricas
para esa batalla
trascendental debemos
seleccionarlas bien para
que no se nos caiga el
hermoso edificio que
estamos empeñados en
construir.
El destacado
investigador cubano
Esteban Morales
Domínguez, que ha hecho
extraordinarios aportes
al estudio de la
problemática racial en
Cuba, escribió un
excelente ensayo sobre
este tema titulado:
Frente a los retos del
color como parte del
debate por el socialismo,
donde distingue dos
posiciones enfrentadas
entre sí ante el
problema racial cubano
en la contemporaneidad:
“Una
posición considera que
los problemas raciales
en Cuba, son
responsabilidad del
gobierno cubano,
supuestamente, debido a
la ausencia de una
política de derechos
humanos, democracia y
libertades civiles para
los negros. Para esta
línea de pensamiento,
los líderes de la
Revolución son racistas,
particularmente Fidel
Castro, que según estos,
no ha atendido el
problema racial con
vistas a solucionarlo.
Comparten el tema
racial, dentro de
posiciones políticas más
generales, llamadas
“disidentes”, y como
podría observarse con
claridad, al leer sus
documentos, montan la
crítica del tratamiento
del racismo en Cuba,
sobre los mismos pilares
de la crítica de la
política norteamericana
hacia la Isla. Se
observa en ellos, cierta
tendencia a no
reconocer la obra de la
Revolución con los
negros y mestizos y
sujetan la solución del
problema racial a la
posibilidad de un cambio
del régimen político en
Cuba. Lo cual,
esencialmente, los
convierte en partidarios
de la confrontación
política que EE.UU.
despliega, en su
búsqueda de un cambio de
régimen en la Isla.”
“La
otra posición parte de
los avances logrados por
la Revolución, critica
sus errores en el
tratamiento del tema:
como la falta de un
debate más amplio, la
ausencia del tema en la
educación, el no haber
considerado, desde el
principio, a la variable
‘Color de la Piel’, como
una variable de
diferenciación social en
Cuba, lo cual habría
permitido una política
social más ajustada a
las desigualdades que
aún permanecen; la falta
de un sistema
estadístico que refleje
mejor los problemas
sociales y económicos
según el color,
permitiendo hacer
mejores investigaciones.
Sin embargo, al mismo
tiempo, los partidarios
de esta línea,
consideran que los
negros han avanzado
mucho y que si no
hubiera habido una
Revolución en Cuba,
estos últimos habrían
tenido que hacerla para
haber alcanzado lo que
han logrado hasta hoy.
Por lo que consideran
que el camino de las
soluciones, está en
profundizar el
socialismo,
desarrollando dentro del
mismo un debate, en el
que los problemas de la
“raza”, formen parte del
proceso de
perfeccionamiento de la
sociedad cubana actual.
No aceptando, bajo
ningún principio, que un
cambio del régimen
político cubano pudiera
beneficiar a los negros
y mestizos, al no
considerar que existan
razones, ni un
paradigma, que
justifique una
posición política de
esa naturaleza”.24
Los partidarios de la
primera posición
referida anteriormente,
dentro de la cual por
suerte no se encuentra
incluido el escritor
Guillermo Rodríguez
Rivera, no le perdonarán
jamás a Rolando
Rodríguez haber escrito
este libro, pues al
poner al desnudo la
ingenuidad de los
Independientes de Color
al confiar en el
gobierno de los EE.UU.
como supuesto defensor
de sus intereses, está
condenando a los que hoy
están haciendo lo mismo,
pero en este caso sin
ingenuidad política
alguna.
Por último, puede
decirse que Rolando
Rodríguez buscó
demostrar que por los
caminos de violencia de
los Independientes de
Color y por el
acercamiento a los
yanquis, solo se
lograría la división de
la sociedad cubana. Esa
que los agentes del
imperialismo, desde su
Oficina de Intereses,
tienen impuesta como
primera tarea para
lograr destruir la
Revolución Cubana.
Notas:
1- Véase
Guillermo Rodríguez
Rivera, Un libro
equivocado, en: http://segundacita.blogspot.com/2011/12/un-libro-equivocado.html
2- Rolando Rodríguez,
La Conspiración de los
iguales. La protesta de
los independientes de
Color en 1912,
Imagen Contemporánea, La
Habana, 2010.
3- Véase
Raúl Roa, Diez días
que conmovieron a
Franco, en: 15 años
después, La Habana,
1950, p.524.
4-
Guillermo Rodríguez
Rivera, Ob. Cit.
5-
Rolando Rodríguez, Ob.
Cit., pp.10-11.
6-
Ibídem, p.13
7-
Ibídem.
8-
Ibídem, p.100.
9- Véase en obras de
este autor como: Bajo
la piel de la manigua,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
1996, La forja de una
nación, Editorial de
Ciencias Sociales, La
Habana, 2005, (tres
tomos), Cuba: las
máscaras y las sombras.
La Primera Ocupación,
Editorial Ciencias
Sociales, La Habana,
2007 (dos tomos) y
República de Corcho,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
2010 (dos tomos)
10-
Guillermo Rodríguez
Rivera, Ob. Cit.
11-
Ibídem.
12-
Rolando Rodríguez, Ob.
Cit., pp.350-351
13-
Ibídem, pp.351-352.
14-
Guillermo Rodríguez
Rivera, Ob. Cit.
15- Rolando Rodríguez,
República de Corcho,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
2010, tomo 1,
pp.666-667.
16-
Citado por Rolando
Rodríguez en Ob. Cit.,
pp.126-127.
17-
Rolando Rodríguez, Ob.
Cit., p.166.
18- Para
ampliar al respecto
véase Rolando Rodríguez,
República de Corcho…,
Ob. Cit., tomo 2.
19-
Ibídem, p.206.
20-
Ibídem, pp.287-288.
21-
Guillermo Rodríguez
Rivera, Ob. Cit.
22-
Téngase en cuenta que en
agosto de 1912 el joven
periodista cubano,
reportero de la Lucha,
Enrique Mazas, abofeteó
y retó a duelo al
secretario de la
legación de Estados
Unidos en La Habana,
Hugo Gibson, en el café
del hotel Miramar, en
Prado y Malecón, porque
había proferido injurias
contra Cuba. El
incidente levantó creo
un gran revuelo y
provocó una ola de
sentimientos
antiestadounidenses en
el pueblo cubano.
También que, al año
siguiente, Salvador
Cisneros Betancourt al
frente de la Junta
Patriótica llevó
adelante una fuerte
campaña contra la
Enmienda Platt y la
injerencia de los
Estados Unidos en los
asuntos cubanos.
23-
Rolando Rodríguez, Ob.
Cit., p.135.
24- Véase
Esteban Morales
Domínguez, Frente a
los retos del color como
parte del debate por el
socialismo en: http://estebanmoralesdominguez.blogspot.com/2011/05/frente-los-retos-del-color-como-parte.html.
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