|
Tengo ante mí a un
hombre con una sabiduría
que desborda a mares;
con un sentido amplísimo
del análisis y la
investigación y, ante
todo, de la observación
en cada uno de los
enfoques que realiza
cuando parte de materias
académicas diversas. Con
él pareciera que cada
momento y cada personaje
de la Historia, la
Filosofía, la Literatura
o de las Ciencias
Políticas (por citar
algunas disciplinas),
han emprendido juntas un
camino —para nunca
desprenderse—, ante
tanto ingenio, y a la
vez para continuar
cimentando una obra
grande: la de Educador,
por profesión y
convicción, y la de
Cubano genuino, por
amor. Es el Doctor en
Ciencias Históricas,
Eduardo Torres Cuevas,
quien me atrevería a
afirmar que, hoy por
hoy, es uno de los más
acuciosos estudiosos de
nuestra cubanidad.
El profesor Juan Nicolás
Padrón destacó
recientemente en nuestro
sitio web que “después
de la invasión de Europa
en 1492, el racismo de
los colonialistas
españoles trajo consigo
tres variantes a
América: la aplicación
de “la limpieza de
sangre”, para los
súbditos de la Corona,
la discusión de si los
indígenas americanos
poseían o no alma, y una
oprobiosa discriminación
racial hacia los
esclavos africanos.
Partiendo de estas tres
variantes, ¿cuál es su
criterio?
Estoy de acuerdo con la
observación del profesor
Padrón. Me gustaría
precisar que el tema
tiene una periodicidad
histórica, es decir, que
los motivos y las
fundamentaciones del
racismo —como aspecto
del problema racial—,
hay que analizarlos
también desde el punto
de vista de su evolución
en Nuestra América. En
un primer período, del
siglo XVI al XVIII, el
debate es
teológico-medieval, en
el cual lo civilizatorio
no es más que un aspecto
de la cristianización;
la cristianización
combate, con todas sus
armas espirituales y
materiales, a paganos,
herejes y salvajes,
enemigos o
desconocedores de su
Dios; el objetivo de
teólogos y religiosos es
la salvación de las
almas y la conquista del
paraíso celestial;
detrás de ello está el
de los conquistadores:
segregar para dominar.
Sobre la base de la
fundamentación
teológico-religiosa, del
derecho canónico y del
derecho civil, se
estructura, paso a paso
y según las
circunstancias
modificadoras, un
sistema de dominación en
América. La España que
llega a nuestro
continente es la que ha
concluido la conquista
—que en la
historiografía
tradicional fue llamada
Reconquista— de la
península Ibérica al
ocupar, en un proceso de
siglos, los territorios
que durante generaciones
habían estado en manos
musulmanas, los llamados
“moros” por los
castellanos. Hasta
entonces, habían
convivido tres culturas
—tres religiones— en
suelo hispano, la
cristiana, la musulmana
y la judía. Por medio de
la fuerza, y apelando al
derecho de conquista,
los reinos cristianos,
no solo despojaron de
sus territorios a
“moros” y judíos, sino
que, además, les
ocuparon sus riquezas y,
en el mismo año del
descubrimiento de
América, expulsaron a
los judíos y, unos años
después, a los “moros”.
Todo a nombre de Dios.
Solo pudieron quedarse
en la península los que
se cristianizaron. Por
estas razones, para
distinguir a los
cristianos “viejos” de
los “nuevos”, se
instauró la “limpieza de
sangre”. El traslado a
América de este
instrumento castellano
fue una hipóstasis que
sirvió para excluir a
indios, negros, mestizos
y a otras razas, del
acceso a la cultura, a
cargos significativos de
gobierno civil o
eclesiástico y a medios
de riquezas. Ello tuvo
un efecto estructurante
en las sociedades
nacientes: la formación
de una élite cultural,
política, social y
económica; de una élite
hegemónica.
“(…) El otro tema,
señalado por el profesor
Padrón, el de si los
indios tenían alma o no,
fue el centro de uno de
los debates más
enconados de los
primeros tiempos. Las
tendencias
simplificadoras suelen
ser fatales a la hora de
comprender los procesos
históricos. Toda época
está llena de nichos en
los cuales se refugian y
actúan las tendencias
que las
historias-paradigmas
precisan olvidar u
ocultar. El debate sobre
la condición del indio,
cruzó todos los aspectos
jurídicos, religiosos,
culturales y económicos
de los primeros tiempos.
Señalaré aquí, solo como
ejemplo, que una de las
primeras polémicas que
tuvo lugar, en 1516, fue
entre el primer obispo
designado para Cuba,
fray Bernardo de Mesa, y
fray Bartolomé de Las
Casas quien, con
posterioridad, sería
conocido como Protector
de los Indios. Para
Mesa, los indios eran
inferiores a los
hispanos —era la etapa
de la conquista insular
en Las Antillas; aún no
se avanzaba en la
conquista del
continente— porque eran
hijos de la luna y el
mar, débiles, incapaces
de trabajar, lo que los
excluía del tratamiento
salvador; Las Casas le
riposta indicando ¿qué
dirían los habitantes de
Bretaña, Sicilia y otras
islas europeas, con las
mismas condiciones que
las del Caribe, ante tal
tratamiento? Aquí se
observa ya un doble
rasero para Europa y
para América.
“(…) Desde los orígenes
de la presencia hispana
en América, varios
sacerdotes, entre ellos
Antón de Montesinos y
Bartolomé de Las Casas,
se opusieron al trato
inhumano que recibían
los indios. Este último
elaboró varios
Memoriales en los
que proponía un cambio
del régimen de
colonización-cristianización.
Pocos años después, en
México, tendría lugar
una de las polémicas más
trascendentes para el
futuro cristiano de
nuestra América, la
sostenida por Las Casas
(dominico) con el
franciscano Toribio de
Motolinia. Para el
primero era necesaria
una catequización
individual, previa al
bautismo, de modo que el
asumir la fe cristiana
fuese un acto de
consciencia. Motolinia
actuaba de un modo
contrario; recorría el
territorio mexicano
efectuando bautizos
masivos aunque los
recién cristianizados
desconocieran las bases
mismas de su fe. Para
Las Casas era una falsa
cristianización; sin
embargo, la
evangelización masiva de
Motolinia, permitió una
recepción mística del
catolicismo a partir de
la cual se produjo una
sustitución de los
“dioses vencidos”, por
el que,
indiscutiblemente, había
demostrado ser el más
poderoso, el “todo
poderoso”, el Dios
cristiano. Este proceso
no fue racional; fue más
profundo, fue mental; se
expresó en formas y
rituales pero su
contenido se refugió en
el interior del
espíritu: era lo
trascendente. Cuando en
1542, la Corona dictó
las Leyes Nuevas de
Indias, que reconocían
al indio como vasallo
del rey, ya el daño
estaba hecho. En Cuba la
medida fue resistida por
los encomenderos y,
cuando se aplicó, en los
pequeños pueblos en que
se recogieron algunos
pocos indios —Jiguaní y
El Caney en Oriente y
Guanabacoa en La
Habana—, solo se movía
en ellos el fantasma de
lo que había sido la
población pre-hispana de
la Isla. Entonces, la
“limpieza de sangre”
entre los vasallos del
rey, jugó un nuevo y
discriminatorio papel.
“(…) A este período de
nuestra historia le
corresponde toda una
etapa de la esclavitud
en Cuba pero no se puede
reducir el problema del
negro al problema de la
esclavitud. En primer
lugar, la esclavitud ya
existía en Europa, y en
especial en España y
Portugal, antes del
encuentro con América.
Era una institución bien
establecida sobre la
base del derecho de
conquista. Lo más
importante es que no
tenía motivaciones
raciales sino que estaba
sustentada en razones
religiosas, de conquista
o de comercio. Los
primeros esclavos
ingleses en el Caribe
son los prisioneros de
las guerras de religión
en Gran Bretaña. En
Sevilla, en los momentos
de la llegada de Colón a
América, un 7 % de la
población era esclava.
Por tanto, la esclavitud
no fue una consecuencia
de la conquista de
América ni exclusiva
para los negros
africanos. El proceso
que se inició, a partir
de entonces, es el que
explica los resultados.
Los árabes habían
desarrollado un
fructífero comercio de
esclavos en África con
la compra de prisioneros
de las guerras
intertribales y la
creación de grupos
especializados en la
caza humana. Como tenían
una porción del
territorio ibérico,
desarrollaron redes
comerciales desde África
a estos territorios.
Conquistada Andalucía
por los castellanos,
estos mantuvieron ese
comercio. En el momento
de la conquista, los
reyes hispanos operaron
con una clasificación de
los esclavos; para venir
a América solo
autorizaron a los
llamados esclavos
ladinos, es decir, que
entendían el español,
estaban cristianizados y
podían desempeñar
trabajos de cierta
complejidad. Estos no
venían directamente de
África sino de la propia
España. Poco después se
comenzaron a introducir
los llamados bozales (no
entendían el español ni
estaban cristianizados),
que provenían
directamente de las
costas africanas.
Durante el siglo XVI,
surgió otro tipo de
negros esclavos o
libres, los que nacían
en América, por lo que
fueron llamados criollos
(“el pollo criado en
casa”, el que nace o se
cría aquí, en Cuba). Los
hubo libres y esclavos.
Los primeros se
destacaron por ser
excelentes artesanos. A
su desarrollo contribuyó
la mentalidad hidalga de
los castellanos para
quienes el trabajo
manual era una
degradación social y
dañaba el honor. Por
cierto, en la “limpieza
de sangre” había que
jurar y demostrar que no
eras tampoco hijo de
obrero o artesano.
¿Tendrá algo que ver con
la lucha de clases? Es
importante observar que
este proceso, de bozal a
criollo a rellollo,
implica dos aspectos de
sumo interés: la pérdida
de la memoria de los
padres y, por tanto, el
modo en que desdibuja
“la tierra lejana”; la
diferencia de patrias
del bozal a la del
criollo. Esta última
implica algo más, mucho
más, que un problema de
territorio o espacio
geográfico; es, ante
todo, el surgimiento de
hábitos, costumbres,
sicologías sociales e
individuales,
sentimientos e historias
nuevas y diferenciadoras.
España no poseía
factorías en África por
lo que los esclavos
introducidos en Cuba lo
fueron por los sistemas
de asientos y licencias.
Estos eran documentos
legales por medio de los
cuales la Corona
concedió, a través de
los siglos coloniales, a
comerciantes genoveses,
portugueses, alemanes,
holandeses, ingleses o
franceses, la
autorización para
introducir esclavos en
sus colonias. Por estas
razones en nuestro país
fueron introducidos
esclavos de las más
diversas etnias
subsahariana. En mi
cuenta, más de 87. No
menos importante es
tener presente el
intenso comercio de
contrabando, una de
cuyas más preciadas
mercancías eran las
“piezas de ébano”,
eufemístico nombre que
alguien acuñó para
referirse a los negros
esclavos.
“(…) Dos aspectos
importantes. Todos los
negros en África tenían
el mismo color, lo que
los diferenciaba y
enfrentaba eran las
rivalidades étnicas. En
América, ante el blanco,
surge una
identidad-igualdad del
color que supera la
división étnica, todos
son negros. Por otra
parte, existía un tronco
común desde el punto de
vista religioso, de
costumbres, artístico…
Traían entre ellas
elementos
diferenciadores pero
también comunes. Si, por
un lado, existía
diversidad, por otro,
esas culturas tenían un
fondo común que le daba
cierta unidad a la par
que una gran riqueza de
matices. Todas estas
etnias se inscribían en
una cosmovisión que las
integraba en esquemas
culturales básicos… con
el tiempo, con el
aprendizaje obligado
entre ellos, con la
relación con el blanco
diferente, con el
ocultamiento de sus
prendas más preciadas
—religión, costumbres,
memoria, entre otras—
estas culturas se
transculturaron entre sí
hasta conformar un nuevo
tejido social y
cultural. Lo que está
aún por estudiar más a
fondo es, cómo el nuevo
medio natural, social y
cultural americano, en
el cual nacen y actúan
los afrodescendientes,
provoca los cambios que
los hacen, ante todo,
americanos, con un
determinado patronímico
nacional. Es el
americanismo
¿latinoamericano?
multicolor, multiétnico
y multicultural en
vigorosa brotación. Es
la brotación americana
de una raza cósmica,
hecha de todas las razas
y de todos los
ingredientes
universales. 1
“Lo otro, que no puede
pasarse por alto, es que
los siglos del XVI al
XVIII constituyen el
período de la
acumulación de capital
por las emergentes
potencias-imperios
europeos. Es el capital
comercial y
manufacturero el que
construye el gigantesco
comercio triangular
Atlántico
(Europa-África-América).
Europa acumuló el
capital, África aportó
la mano de obra y
América la materia prima
para la manufactura
europea. Capital y
desarrollo técnico
manufacturero crean las
vías para la era
industrial del capital
de las metrópolis que
marcará el siglo XIX.
Sin el desarrollo del
comercio esclavo
Atlántico y de la
esclavitud en América no
se hubiera formado la
era del capitalismo. Por
tanto, la esclavitud del
negro en América tiene
un basamento económico.
En el universo hispano
se le añade el prejuicio
contra el trabajo
manual. Es, durante este
proceso, que la
esclavitud oscurece su
piel.
“Las estructuras
económicas que provocan
ciertas tendencias
sociales pueden
desaparecer una vez
transformadas las causas
que las crearon pero lo
que más lentamente
cambia, la “larga
duración” de los
procesos sociales, es la
mentalidad. Esta actúa
como resistencia al
cambio y conforma los
prejuicios que
pre-juzgan. En estos
casos, el juicio y la
racionalidad, ya están
predefinidos. Actúan
para fundamentar y
justificar el prejuicio.
En consecuencia, las
ideas no son un
resultado del libre
ejercicio del pensar
sino de las cadenas
impuestas y ocultas en
lo profundo de las
mentalidades. Lo
racional se convierte,
en estos casos, en
justificaciones
prejuiciadas. Su
permanencia, la del
prejuicio, sutil y, a
veces, inadvertido, es
asombrosamente larga
aunque ya no tenga el
sustento originario; en
nuevas condiciones, se
mueve, oculto en el
interior del cerebro, en
busca de nuevas bases de
sustentación… y las
encuentran… y muta como
las bacterias frente al
antibiótico de nueva
generación.
“(…) Tu pregunta me
motiva a explicar,
aunque sea de modo
somero, la evolución
posterior del tema. En
un segundo período,
desde la segunda mitad
del siglo XVIII hasta
mediados del siglo XIX,
se introduce una nueva
cosmovisión nacida del
debate de la
Ilustración, con la
conceptualización de la
sociedad laica y
republicana sobre la
base de la soberanía del
pueblo y el desarrollo
del constitucionalismo.
Fundamental para el tema
es el debate filosófico
sobre la condición
humana y el jurídico
sobre el derecho de
propiedad. La separación
de la Iglesia y el
Estado, con la
consecuente pérdida de
poder terrenal de la
primera, incrementa los
mecanismos jurídicos de
compartimentación
social. Durante este
período, la esclavitud
adquiere sus formas más
intensas y el comercio
Atlántico de esclavos
sus cifras más elevadas,
ambos procesos, producto
del desarrollo de la
plantación esclavista.
En Cuba, en lo
fundamental, esta
institución fue
azucarera o cafetalera.
La plantación esclavista
constituye una unidad
que, a diferencia de los
hatos y corrales
medievales anteriores,
funciona con conceptos
del capitalismo como
ganancia, pérdida,
préstamo, inversión,
productividad. El
esclavo es una
inversión, una propiedad
mercantil. A él debe
extraérsele la mayor
productividad por lo que
se calcula, desde el
tiempo de vida útil
hasta su rendimiento por
jornada. Este tipo de
empresa capitalista
desarrolla la
explotación intensiva
del trabajo esclavo
pero, a la vez, promueve
el desarrollo
tecnológico azucarero,
el ferrocarril y las
complejas actividades de
las ciudades-puertos. En
estas últimas, surge un
activo artesanado de
blancos y negros y
mulatos libres. Lo más
significativo del debate
jurídico es que el
esclavo se compra y se
vende como una mercancía
más; por tanto, su dueño
tiene un derecho de
propiedad. De ello se
derivan dos
consecuencias, una
filosófica: el esclavo
es un objeto no es un
sujeto, en consecuencia,
no posee la condición
humana; la otra,
jurídica: toda abolición
debe ser indemnizada.
Este racismo que
fundamentó el sistema
plantacionista era más
despiadado que todos sus
precedentes. A fines del
siglo XVIII, unido con
el inicio de la fase
industrial del capital,
surge el movimiento
abolicionista, con una
raíz religiosa y otra
económica (la necesidad
de consumidores en los
mercados; el esclavo no
tiene capacidad
económica). Es en Haití
donde el propio negro,
sin paternalismos,
conquista su libertad y,
con ella, demuestra su
condición humana. Pero,
lo imperdonable, fue que
“no respetaron el
derecho de propiedad”.
Demostraron que, no eran
un objeto, propiedad de
“alguien”, sino sujetos
de su propia historia.
“Las independencias
americanas se producen
en este contexto
internacional e
ideológico. En ellas,
existe otra historia y
es aquella de cómo las
oligarquías
latinoamericanas logran
convertirse en la élite
hegemónica de las
nacientes repúblicas a
partir de esa vieja
historia de la “limpieza
de sangre”, de la
segregación legal del
indio, de la destrucción
de su cultura, de la
discriminación social y
de la explotación
económica. Hubo
conquistas y
represiones, tan
sangrientas como las
coloniales. La
conquista, por ejemplo,
del Arauca, en Chile, o
de la Patagonia, en la
Argentina, son
acontecimientos de
extrema crueldad para
someter o extinguir a
aquellas poblaciones
existentes en dichos
lugares. Son
reproducción y
continuación de los
métodos de la conquista
solo que modernizados y
con una justificación
decimonónica.
“(…) En un tercer
período, trascendental
para el tema, de
mediados del siglo XIX a
mediados del siglo XX,
el positivismo, la
antropología y la
antropometría,
fundamentan el racismo.
Ahora, no será ni desde
una concepción
teológico-medieval ni
desde una
jurídico-filosófica;
será desde una
concepción
seudocientífica de las
razas y sus
características. En la
nueva propuesta, junto
al surgimiento de la
conceptualización y
división moderna de las
razas surgen las
fundamentaciones de las
razas superiores e
inferiores. Se
establecen las cuatro
razas —blanca, amarilla,
negra y mongólica— y
sus características
—medición de cráneos y
huesos para determinar
superioridad o
inferioridad. El
darwinismo, una de cuyas
tesis más importantes es
el evolucionismo, apoya,
en ciertas tendencias,
una especie de evolución
racial y antropológica
asociada al llamado
darwinismo social. Sobre
este paradigma, los
tratados teóricos,
históricos y científicos
desarrollan las tesis
que servirán a las
nuevas guerras de
conquistas, no contra
herejes sino contra
razas inferiores
necesitadas de tutelaje.
En consecuencia, se
fundamenta la
contraposición
Civilización vs.
Barbarie, en la que la
inferioridad de las
razas negra, amarilla y
mongólica, las hacen
incapaces de alcanzar el
pensamiento abstracto y
complejo de la
civilización moderna.
Todas estas corrientes
fundamentaban la
exclusión de lo
diferente,
descalificándolo como
expresión cultural y
social, base de toda
dominación, dentro y
fuera de una misma
nación; base del
colonialismo, del
imperialismo, del
neocolonialismo, del
fascismo, de la división
y segregación social
(algo más, más que algo,
que la división de
clases, porque el
racismo es, también, una
división al interior de
una misma clase
social).
“Entre los hechos más
trascendentes de la
historia intelectual
cubana está la
inteligente
argumentación martiana
contra el esquema de
civilización frente a
barbarie. Utilizado por
Domingo Faustino
Sarmiento, como base del
predominio civilizatorio
del criollo blanco en
las nacientes sociedades
latinoamericanas, era,
también, el argumento
“científico” para la
fundamentación de una
“cubanidad blanca”,
excluyente y racista.
Martí, previsor del
peligro, afirma que no
hay verdadera batalla
entre civilización y
barbarie sino, y
obsérvese la profundidad
de la idea, entre “la
falsa erudición” y la
“verdadera naturaleza”;
de ahí, su otra idea
fundacional, cubano es
más que cualquier
división de colores
pero, la justicia hay
que comenzarla por
reconocer que el negro
ha tenido que vencer y
tendrá que vencer
mayores obstáculos para
ocupar el lugar que le
corresponde, que lo que
ha tenido que vencer y
tendrá que vencer el
blanco humilde. La
igualdad de los
desiguales no es
igualdad, es una falacia
ignorante.
“Es importante destacar
que, cuando estas
tendencias del racismo
científico estaban en
boga, se estaba
produciendo la extinción
de la esclavitud en Cuba
(el decreto final se
promulgó en 1886). Era
necesario sustituir la
frontera legal que
significaba la
esclavitud, por una
nueva, la social, que
sirvió de base para la
república enajenada
surgida en 1902.
Agregaría un cuarto
período, de los años 30
del siglo XX a los 70,
donde destacaría la obra
de Fernando Ortiz, en
particular El engaño
de las razas, y los
debates de los años de
las décadas de los 40 y
50, y lo que
significaron La
Antropología estructural
y El pensamiento
salvaje de Levi
Strauss, el
funcionalismo y otras
escuelas de pensamiento
social. Y, por último,
el período actual, donde
los pueblos de diversos
orígenes, hasta ahora
sin voz sonora y con
intérpretes externos,
ganan el espacio social,
político e intelectual
del que estaban
excluidos. No es un
tiempo triunfal; es un
tiempo de debates y
luchas inteligentes
donde no se pueden
subestimar los refugios
oscuros en los cuales se
preparan los dominadores
de hoy, herederos de los
que construyeron
imperios, para la
recuperación de espacios
perdidos, contando a su
favor con una
acumulación de
inteligencias, capitales
y altas tecnologías.
Ello exige la
responsabilidad del
debate porque todo
presente no es más que
un acumulado selectivo
de lo histórico con el
cual se pueden construir
nuevas historias,
historias distintas pero
siempre con intención
desde un saber limitado,
intereses reales y
actuantes y cosmovisión
ya estructurada.
Don Fernando Ortiz
expresó: “La Cubanidad
no está solamente en el
resultado, sino también
en el mismo proceso
complejo de su formación
desintegrativo e
integrativo, en los
elementos sustanciales
entrados en su acción,
en el ambiente que se
opera y en las
vicisitudes de su
transcurso…” Razas y
Cubanidad, ¿qué
elementos y vicisitudes
las accionan? ¿Cómo
operan o interactúan
actualmente?
Si Fernando Ortiz
hubiera nacido en Europa
hoy tendríamos un método
y una corriente del
pensamiento universal
que llamaríamos
Orticismo. Como fue
cubano sus teorías no
fueron tan conocidas
como tampoco la
evolución de su
pensamiento, algo que
hubiera sido muy
importante para los
estudios sociales en
universidades y en
lugares donde se
estudian temas como los
que él abordó. Pero lo
que sí sería
imperdonable entre
nosotros es hablar o
estudiar ciertos temas
sin el conocimiento de
la obra de Ortiz. No
solo porque es una obra
fundacional de las
ciencias sociales
cubanas sino porque en
ella está la base, el
punto de partida, de
todo estudio sobre la
sociedad cubana, sin
apologías ni esnobismos,
una base sólida que
permite dirigir
acertadamente el estudio
o la investigación.
“Lo más importante en
Ortiz es su evolución y
cómo va descubriendo los
espacios ocultos de la
sociedad cubana que no
solo nadie quería
estudiar, sino que ni
siquiera se querían
mencionar. Por otra
parte, existe una
tendencia a hablar de él
como antropólogo,
historiador, etnólogo,
musicólogo, lingüista…
Ortiz, con esa
impresionante cultura
que desplegó, tuvo que
desarrollar todas estas
disciplinas para
aproximarse en
profundidad a su objeto
de estudio, la sociedad
cubana. Si no fuera por
lo maltrecho y
politizado del concepto,
pudiéramos decir que fue
el primer cubanólogo
(estudio científico de
lo cubano) pero, como
sabes, el mal uso de los
conceptos, les hace
perder su valor
gnoseológico; Ortiz fue
el primero que estudió
en forma
transdisciplinaria
nuestra sociedad, sus
sociabilidades, sus
capas profundas, su
historia —no solo
política sino social y
cultural; la cultura
como generadora de
actitudes sociales y
primera instancia de la
política—; fue el
primero en supeditar el
discurso
político-ideológico al
discurso
científico-ideológico;
no fue un simple
folclorista, reductor de
la cultura a folclor,
sino todo lo contrario,
colocó lo folclórico en
el espacio cultural que
le corresponde. Se le ha
llamado el tercer
descubridor de Cuba. De
los tres, Colón,
Humboldt y Ortiz, él era
el único cubano. Hacia
el interior de Cuba hubo
otros descubridores de
nosotros mismos y de
nuestra naturaleza
física, social y humana,
y sin embargo, han sido
muy poco investigados
con la profundidad que
merecen. Entre ellos
están: Morel de Santa
Cruz, Varela, Poey,
Saco, Luz, Varona, por
solo nombrar algunos de
los más destacados. Es
en esta última corriente
de pensamiento
científico donde coloco
a Ortiz. Sin esa
tradición de
pensamiento, Ortiz no
hubiese sido el Ortiz
que conocemos. Pero si
tuviera que definirlo,
porque habría que
precisar en qué consiste
su mayor descubrimiento,
yo diría que fue el
descubridor del alma, o
del espíritu si se
quiere, que nutre y
anima lo cubano, de las,
dirían los filósofos,
esencias cubanas. No
como espacio final y
determinado, sino como
realidades complejas,
vivas y activas, en
permanente permutación y
siempre en construcción.
Y en esto incluyo lo
material y lo
inmaterial. Lo material,
que es la envoltura y el
espacio físico de la
espiritualidad: que te
identifica según los
sentidos; lo espiritual,
que le da sentido a la
construcción material y
a la vida misma. Lo
material como envoltura
de lo espiritual como
contenido.
“Pero además, lo
extraordinario, lo que
siempre me ha
impresionado de Fernando
Ortiz, es que logra
cubrir a fondo
componentes diversos de
nuestra cultura como la
religión y la música. Es
algo impresionante. Sin
su pensamiento
transdisciplinario,
jamás hubiera podido
ofrecer todo el
conocimiento orientado y
las visiones
penetrantes, ricamente
informadas y
documentadas, que se
expresan en sus
artículos, trabajos, en
su obra en general.
Definió cuestiones
esenciales como es la de
ser cubano. Su lema:
Ciencia, conciencia,
paciencia, demuestra su
cultura cubana. Con
anterioridad, en el
siglo XIX, José de la
Luz y Caballero calificó
la obra patriótica de
todo cubano verdadero
como obra de Ciencia y
conciencia. Según Luz,
ciencia para crear
conciencia; conciencia
para hacer ciencia;
ciencia y conciencia en
el ciudadano para
construir a Cuba. He ahí
retratado a Ortiz. Entre
José de la Luz y
Fernando Ortiz, otro
destacado científico y
patriota cubano, Vicente
Antonio de Castro,
convirtió el binomio
lucista en tríptico
patriótico y científico,
Ciencia, conciencia,
virtud. Fernando
Ortiz, que vivió una
época muy complicada,
adoptó el de Ciencia,
conciencia, paciencia,
sobre el entendido
que en la conciencia
estaba la virtud.
Escribió libros muy
valiosos e interesantes
como, por ejemplo,
Contra la anexión
que, supuestamente era
una recopilación de
escritos de José Antonio
Saco, pero que se
convierte, de hecho, en
una obra de Ortiz, por
la selección, el
prólogo, el ultílogo y
las notas. En ciertos
terrenos, Ortiz fue
considerado el
“Saco del siglo
veinte”.
“Considero, asimismo,
que la esencia del
pensamiento de Ortiz es
la comprensión de lo
complejo y
multidireccional de
nuestra sociedad (como
cualquier otra pero
específica) y lo fatal
que pueden ser las
visiones
unidimensionales porque
dividen, ocultan o
discriminan, conscientes
o no. En Ortiz, hay,
también, una
hermenéutica del conocer
a Cuba: estudiar para
comprender porque, sin
verdadero conocimiento,
no hay comprensión de lo
real; comprensión de lo
real, para rectificar y
ajustar el pensamiento;
pensar para crear;
pensar y crear, para dar
vuelo a la imaginación.
¿Recuerdas el libro de
Einstein La física
aventura del pensamiento?
A mí me gusta decir que
la historia es la más
aventurera, y no siempre
la más afortunada, de
las aventuras del
pensamiento. A veces
surgen tendencias a lo
absoluto o mirar hacia
una sola dirección y no
observamos el conjunto
que es el que ofrece la
riqueza contradictoria
de lo real, la
interrelación y la
interacción de todos los
componentes en una
sociedad dada. Lo
importante no es aislar
un fenómeno o hecho
social sino que, una vez
estudiadas sus
características, se
establezca la dinámica
multivectorial en la que
está insertado. Es por
ello que cuando Ortiz
habla de la formación
del sentimiento cubano
lo presenta como un
proceso de fusiones, de
asimilaciones, de
combinaciones… Por eso
es que el concepto de
transculturación tiene
tanta importancia en el
sistema de pensamiento
orticiano. Usted va a
Europa, a un país en
donde existe una gran
cultura de base étnica,
lingüística, religiosa y
usted, proveniente de un
universo cultural
diferente, para ser
aceptado, tiene que
aculturarse, es
decir, perder su cultura
original, o marginarla,
para adquirir o
asimilarse a la de ese
país. Para Ortiz, en el
caso cubano, lo que
ocurre es una
transculturación; todos
los elementos culturales
que llegan, se mezclan y
decantan, por lo que van
alterando la composición
original sobre la que
actúan. Del proceso de
mezcla de ingredientes,
donde aún puedes separar
sus componentes, se pasa
a una segunda fase, en
la cual surge un
producto nuevo, una
nueva cualidad y
calidad, ya no como
mezcla sino como
combinación, fusión, en
la cual son inseparables
sus componentes
constitutivos; ya no es
solo un problema de
orígenes sino del cuerpo
vivo, palpitante y
presente de un
pueblo-nación. Ese
producto nuevo es lo
cubano, claramente
identificable por sus
cualidades propias. Por
cierto, cualidades tanto
constructivas como
destructivas. Alguien
las llamaría positivas y
negativas. Es mucho más.
Apelar a los orígenes,
por otra parte, puede
ser una negación de
quien soy hoy, de
quienes serán mis hijos
e, incluso, de quienes
eran nuestros
bisabuelos.
“En ocasiones, este
proceso se pierde de
vista porque no es lo
español ni lo africano,
ni dentro de España lo
catalán, lo castellano,
lo andaluz, lo gallego,
ni dentro de África lo
congo, lo lucumí… sino
que lo cubano es el
resultado de estas
fusiones, diferente a
todos y cada uno de sus
componentes originales.
Lo cubano es resultado
de una dinámica
histórico-cultural
singular, del diálogo y
las vivencias
callejeras, del nexo
afectivo al interior del
hogar, de la evolución
de un ritmo y de un
sonido musical
diferente, pero también
y fundamental, de una
historia en
construcción, de un
pensamiento propio y de
una sociabilidad surgida
de la composición social
de base universal. Esa
es su riqueza y
autenticidad. Ortiz se
pregunta: ¿Qué cosa es
ser cubano? Y se
responde: La
conciencia y la voluntad
de serlo. Lo
primero, es conocernos;
después asumirnos con
virtudes y defectos; por
último, decidirnos a ser
lo que somos; se trata
de no tener que
descubrirnos ante el
diferente ni querer ser
lo que no somos. La
conciencia de lo que
somos nos hace sentir
respeto por lo diferente
y respeto por nosotros
mismos. Ni vanidades de
aldea ni complejos de
inferioridad.
“Hay quienes se rigen
por leyes inalterables
de la historia pero a la
hora de estudiar
situaciones como las que
presenta la evolución
histórica, social y
cultural cubana
—diferente a la de los
centros productores de
saberes e ideologías—,
no las comprenden y las
esquematizan. Este
proceso lleva a lo
suprahistórico y a la
pérdida de la riqueza de
la historia verdadera;
más grave aún, lleva a
la pérdida de la
historia verdadera.
Quien haya vivido y
estudiado la Historia de
Cuba entiende que estos
fenómenos propios, como
la transculturación o la
irregularidad de “las
regularidades”,
responden a una realidad
específica. No es solo
un problema teórico es,
ante todo, un problema
práctico. Es difícil que
alguien pueda sentir o
defender lo que
desconoce; si desconocen
los elementos culturales
que lo definen, no podrá
ser él ni su propio
creador. Hablo de la
necesidad de conocer
nuestra cultura no solo
en sus superficies sino,
también, en sus
profundidades: como
pensamiento,
descubrimiento, creación
de un imaginario
colectivo propio y
trascendente, como
construcción e idea de
“un deber ser”, como
búsqueda más que como
realización. No nos
podemos dar el lujo de
no pensar nuestra
realidad. El no pensar o
pasar por alto nuestro
propio pensamiento es
condenarnos a no ser. Y
así pasó en los tiempos
de Varela, de Céspedes,
de Martí, de Ortiz; en
los años 50, y así
continúa pasando.
Porque, y es la idea de
Ortiz que está en tu
pregunta, Cuba y lo
cubano siempre es una
idea en construcción,
es una permutación
permanente del casco
obsoleto, duro y
resistente, por el
nacimiento de nuevas
creaciones. Lo que se da
por terminado se estanca
y muere. Un cuerpo vivo,
genera y regenera,
integra y desintegra,
construye-destruye-reconstruye,
todo en la finita
indefinición del tiempo
de permanencia de la
raza humana en un
planeta, por ahora, nada
seguro.
“En otro sentido, el
pensamiento cubano no es
un pensamiento único,
sino múltiple, rico,
contradictorio dentro de
sí mismo, pero, si es
auténtico, siempre en
busca de una superación
de situaciones. Si a mí
me preguntaran acerca de
una característica del
pensamiento de Ortiz,
diría que es un
pensamiento
antitradicional. Es
heredero de la tradición
antitradicional cubana
porque lo tradicional,
en nuestro pensamiento,
es el pensamiento
electivo, el pensamiento
crítico del
enquistamiento y la
dogmatización a que es
sometido todo
pensamiento
constructivo. De lo que
se nutre el pensamiento
creativo es del
pensamiento vivo de
nuestros grandes
muertos. Es por ello que
a Ortiz hay que
descubrirlo desde el
conocimiento de sus
predecesores, desde la
filosofía de Varela, la
poesía de Heredia o de
la Avellaneda, o el
pensamiento político de
Luz o el pensamiento
educacional y filosófico
desarrollado en Cuba …
Porque, lo contrario, es
un absurdo; es como
decir que no existió
nada antes de mí. Puede
haber pueblos que
presenten esta triste
situación; pero no es la
nuestra, herederos de
una impresionante
historia del hacer y del
pensar. Un pensador
francés (Foucault)
expresó que la “Historia
es presente”. Digamos
que no es lo que pasó,
es lo que se recuerda de
lo que pasó y la forma
en que se organiza el
conocimiento que se
tiene de lo que pasó.
Pero somos producto de
esa historia y, como
producto de ella,
nuestro presente no es
más que un momento de la
historia. Tenemos, por
una parte, el proceso
real que transcurre
independientemente de mi
voluntad y del grado de
conocimiento del mismo,
por otra, la
imagen-ilusión que con
la escasa información
que tengo, me hago del
presente y de la
historia. Como problema
conceptual, no puede
aislarse el hoy de los
componentes del pasado
que contiene y de los
gérmenes del mañana que
ya brotan en su
interior.
“El principio griego:
Conócete a ti mismo,
pensado desde Cuba,
es, ante todo, el
conócete a ti mismo del
cubano. Después que te
conoces —porque sin
conocerte no sabes lo
que eres—, tienes que
tener la voluntad de ser
lo que eres. Como
también lo puedes negar.
Puede darse el caso que
quieras ser español y,
cuando llegues a España,
te percates de la
diferencia o que, como
toda sociedad
establecida, te haga
sentir la diferencia.
Entonces, puede ocurrir
que, allí, ante el
diferente, descubras
quién eres. Y eso es
tremendamente doloroso.
Por ello es tan
imperioso conocernos a
nosotros mismos. La
voluntad de serlo tiene
que partir del
conocimiento. Esto lo
dice Martí, de modo muy
sencillo, en una frase:
ser culto para ser
libre.
“Por último, es
importante distinguir la
‘cubanía’ como
‘sentimiento de lo
cubano’ de la
‘cubanidad’ como
‘racionalidad de lo
cubano’. Sentir
no es conocer, es amar y
se ama lo que es tuyo,
lo que te pertenece y a
lo que tú perteneces. No
es una decisión
voluntaria ser quien
eres, no puedes dejar de
ser lo que eres, pero sí
es decisión personal
decidir lo que amas. La
cubanidad, por otra
parte, no es un
sentimiento; es la
comprensión racional de
los procesos que te dan
vida. Por ello,
políticos como Ramón
Grau San Martín,
banalizaron el término
que con tanta fuerza se
debatía al interior de
las nacientes ciencias
sociales cubanas.
Adulteraron el producto
científico al politizar
la superficie de las
ideas sociales.
Tras más de 50 años de
Revolución, ¿qué
valoración usted
realizaría acerca del
tema del racismo en la
etapa actual?
“Por suerte conozco
bastante bien cómo se
desarrolló la sociedad
anterior y cómo se ha
desarrollado la actual.
Hay cuestiones que son
referencias. No es lo
mismo lo que tú lees en
un artículo a lo que
vives en la calle. El
artículo está matizado
por las visiones y
experiencias personales.
Vivir es lo más
importante y lo más
difícil es transmitir lo
vivido. A mis
estudiantes les digo que
nuestro peligro mayor
está en que las
generaciones actuales no
tienen la memoria
histórica del pasado; e
insisto mucho en que la
memoria no es genética,
no se hereda. Lo que
aprendió mi generación
no tiene ni remotamente
que conocerlo la de mis
hijos. Existieron cosas
que, para ellos, no son
imaginables porque,
simplemente, no
existen.
“No obstante, sí
quisiera recordar dos o
tres “detalles” perdidos
por… “la desmemoria”
—aunque pudiéramos
hablar de muchas cosas—,
que son mucho más que
“interesantes”. Por
ejemplo, en el parque
central de la ciudad de
Santa Clara, capital de
la entonces provincia de
Las Villas, los negros
no podían pasearse por
su centro antes de enero
de 1959; en el Prado de
la occidental ciudad de
Pinar del Río, los
negros tan solo podían
llegar hasta
determinados lugares;
existía un pueblo en la
entonces provincia de La
Habana cuyos habitantes
se vanagloriaban de que
allí no habían negros; a
determinadas escuelas,
sociedades o clubes de
recreo, los negros no
tenían derecho a
pertenecer. Hay algo
que me llama la
atención. Casi todo el
mundo recuerda ciertos
hechos históricos sobre
los que reiteradamente
se escribe y, sin
embargo, apenas puede
reconocerse el contexto
social —particularmente
racial— en que se
produjeron, lo cual
permite las más variadas
interpretaciones.
“Por ejemplo, en el
siglo XIX ocurrió la
Conspiración de la
Escalera que, más que
una conspiración, fue
una represión dirigida
al sector de los negros
y mulatos libres. En
ella fueron asesinados o
torturados, entre otros,
el hacendado Pimienta,
el poeta Plácido, el
doctor Dodge, el músico
Brindis de Salas padre.
Todos reunían ciertas
condiciones: negros o
mulatos libres;
hacendados, artistas o
poetas; y, lo más
notable, miembros o
relacionados con una
naciente y poderosa
clase media negra y
mulata. Este movimiento
era, también, generador
de una nueva expresión
cultural “cubanísima”,
que no excluía ni el
“sarao” ni el salón de
baile. Porque es muy
importante recordar que
el baile de salón
originó nuestra orquesta
típica, evolución de la
agrupación de la
contradanza francesa. Y
esas orquestas fueron
formadas por negros y
dirigidas por negros.
Esta represión no fue
por problemas clasistas
sino por problemas
racistas. Más que el
hecho histórico en sí,
lo importante es que
sentó un precedente y, a
la vez, quedó trazado el
límite de lo permitido a
los negros económica,
social y culturalmente.
Esto, ya no es el hecho
histórico, sino un
importante componente de
la sociedad real, de la
sicología social. En el
siglo XX ocurre otro
hecho semejante solo que
no es culpa del
colonialismo sino de las
estructuras
discriminatorias de la
república “democrática e
independiente”. Me
refiero a la represión,
en 1912, del movimiento
de los Independientes de
Color. Al margen de los
orígenes, de las causas,
de los muertos, fue el
impacto social de
aquella represión lo que
permitió agudizar las
fronteras sociales, al
asentar, como parámetros
de conducta, el temor y
el miedo. Y todo ello
resulta muy importante a
la hora de analizar lo
que pasó a partir de
1959. La sociedad cubana
no pudo cambiar todo lo
que se intentó cambiar;
las intensiones de
cambios políticos
resultaban más factibles
que las transformaciones
de las mentalidades
soldadas durante siglos;
esas mentalidades, no
precisamente desde la
prensa sino en la calle
y en lo profundo del
hogar, auparon,
solapadamente, al
racismo, entre otros
males, y es uno de los
mejores ejemplos del
origen y mantenimiento
de la llamada “doble
moral”, en realidad “una
moral alienada”,
vergonzante y vergonzosa
generadora del disimulo
y la hipocresía.
“Pero, también me
gustaría trazar una
‘frontera’ a partir de
los años de 1987 a 1991,
inicios de la crisis de
la sociedad cubana (el
llamado período
especial), cuando
personas, muy cuidadosas
del lenguaje que
empleaban, comenzaron a
introducir frases
abiertamente racistas y
asumir actitudes que
implicaban una nueva
posición hacia el otro,
hasta entonces su igual
y, ahora, su diferente.
Cuando, junto a
aspiraciones y gustos
generados en ciertas
latitudes, estas
personas quieren
distanciarse y
diferenciarse, por
condiciones económicas,
de los que, hasta
entonces, habían sido,
formalmente, sus
iguales. Lo peor es que
el prejuicio tiende a
trasmitirse, como el
VIH, y vemos personas
muy humildes con cargas
racistas que dan pena.
Porque muchos prejuicios
discriminatorios, como
el machismo y el
racismo, anidan,
justamente, en la
pobreza cultural,
matrona de la pobreza
moral. Esto a mí me dio
la señal de que el
racismo, junto a otros
graves problemas, no
solo sobrevivía, cosa
que todo el mundo sabía,
sino, lo más
preocupante, cómo y con
qué rapidez puede
recuperar los espacios
perdidos en cualquier
sociedad. Porque el
racismo no desaparece,
se reduce, se oculta,
pero en condiciones
propicias, vuelve a
florecer. Por tanto, la
lucha contra el racismo
es una batalla
permanente, sistemática
pero, sobre todo,
inteligente. No se
logró, durante estos
años, todo lo que se
quería acerca de su
superación. Cuando Ortiz
hablaba acerca de ‘lo
cubano’ y trataba las
zonas marginadas, no
creo que pensara que la
marginalidad iba a tener
la fuerza que tiene un
siglo después. La
marginación se mantuvo
pero se incrementó
durante el período
especial. Así,
todo joven que tiene
menos de 20 años nació
durante dicho período y,
para muchos de ellos, el
socialismo, la realidad,
es esta. Lo otro, lo
otro es una historia que
hacen los viejos.
“¿Cómo se fueron
agudizando, en las
últimas décadas, los
problemas de la sociedad
cubana? Fíjate que te
digo agudizando porque
es importante destacar
que siempre estuvieron;
en muchos casos eran
problemas no resueltos o
mal resueltos. Sus
causas, desde el origen,
es una extraña mezcla de
incapacidades,
oportunismos, burocracia
con cuotas repartidas de
poder, poder con cuotas
de prepotencia, doble
moral con un discurso
ético y una práctica
corruptora,
imposibilidad
burocrática de creación
y, por tanto, temor
paralizante a todo
riesgo. Todo ello
combinado, genera la
marginalidad de diversas
características como una
de sus manifestaciones;
y está unido, también, a
que es fácil trabajar el
prejuicio, aunque esté
escondido en lo último
del cerebro. Estos son
problemas que nuestra
sociedad debe y tiene
que eliminar si aspira
realmente a ser ella
y, de no ser ella, la
que venga va a venir
con esas mismas cargas
racistas a las que se
sumarán las que existen
en otras partes”.
Prejuicio-racismo-segregación-
marginalidad-discriminación
forman un proceso de
tumoración maligna que
puede destruir el más
hermoso proyecto de
dignidad humana.
Problema
inmigración-racismo en
el mundo, ¿cómo
resolverlo?
Actualmente, el problema
de la inmigración lo veo
sin solución alguna
pues, ante todo,
tendrían que producirse
verdaderas reformas de
fondo en las sociedades
capitalistas del norte y
en las sociedades
dependientes del sur. La
inmigración es un
resultado de complejas
composiciones y
dinámicas sociales. Si
no se resuelven las
causas, no solo se
mantendrán las
migraciones con las
características actuales
sino que, posiblemente,
se incrementarán. Es lo
que se llama migración
económica, o sea, en la
medida en que la riqueza
se ha ido concentrando
en determinadas zonas
del mundo, las
poblaciones más
desfavorecidas tienden a
emigrar a ellas, por
razones económicas.
“Desde los años 90 del
pasado siglo existen
datos que evidencian
dicha situación. Por
ejemplo, el 80% de la
producción mundial la
consume el 20% de la
población mundial, que
está, precisamente, en
el Primer Mundo; y, el
20% de la producción
mundial queda para el
80% de la población
mundial que está,
precisamente, en el
Tercer Mundo. Es natural
esa migración del sur al
norte.
“¿Cuál es el gran cambio
de los últimos tiempos?
Pues que esas
emigraciones de los más
desfavorecidos ya son
millonarias y son
capaces de cruzar el
desierto del Sahara o de
lanzarse al Mediterráneo
o atravesar Centro
América y México como
ríos humanos e
incontrolables, por una
causa: pobreza,
desnutrición, hambre;
falta de fuentes de
trabajo para lograr
condiciones mínimas de
existencia. Al vaciar
las economías del sur,
al saquear sus recursos
naturales, al limitar su
desarrollo —proceso
especialmente agudo en
los últimos 50 años—, a
las poblaciones de esos
países no les queda más
remedio que migrar.
Según estadísticas de
organismos
internacionales como
Naciones Unidas, UNESCO,
UNICEF… en estos
momentos existen en el
mundo un porcentaje
notable de zonas que
padecen de hambrunas. A
ello se unen importantes
factores subjetivos como
son los sueños y las
esperanzas: la búsqueda,
en el llamado Primer
Mundo, de la realización
personal, según la
imagen televisiva y
cinematográfica de la
sociedad de la
abundancia, es motivo
suficiente —aunque la
gran mayoría no lo
logra—, para lanzarse a
las más peligrosas e
inciertas aventuras; al
mismo tiempo, el
ofrecimiento a personas
intelectualmente
capacitadas de
condiciones de vida a
las que no pueden
aspirar en sus países de
origen, ofrece a esas
sociedades
primermundistas una
corriente nutricia de
alta calidad. Lo
significativo de esto
último es que el saber
de esas personas va a
contribuir al
enriquecimiento de los
países ricos, y no al de
los suyos que siempre
tendrán el consuelo de
una mejor o peor remesa.
Pero, y no se olvide,
son los países
receptores de
inmigrantes los que
escogen a quienes
reciben legalmente. Por
una parte, les interesa
la captación de
“cerebros”, necesarios
para mejorar sus niveles
de desarrollo. En estos
casos, el interés
científico-tecnológico
prima sobre el aspecto
racial. Por otra, está
la necesidad de “brazos”
—mano de obra barata—
cuya abundancia hace que
la oferta supere las
necesidades de países
con serias crisis
económicas. Aquí, en los
“brazos”, la
discriminación racial y
cultural es mucho más
directa y presenta todo
tipo de sistemas de
explotación, desde la
esclavitud, la migración
ilegal, las fábricas de
bajos costos y
clandestinas. En fin,
todos los horrores que
albergan las sociedades.
Migran “cerebros” y
“brazos” pero el
corazón, ¿emigra o se
queda? O ¿Debe partirse
en dos?”
En nuestro continente ya
se perfilan en algunos
países, en especial
miembros del ALBA, la
puesta en práctica de
algunas medidas
favorecedoras de la
presencia e historia de
nuestros pueblos y
comunidades autóctonas.
En su criterio, ¿este
siglo XXI nos deparará
un final de centuria
mejor al anterior, en
relación con el tema del
racismo? ¿Se atreve a
preconizarlo?
No, resulta muy difícil
hablar con o sin una
bola mágica del destino
y los accidentes futuros
de la historia humana.
Decía Engels, ahora casi
olvidado y antes tan
citado, que la sociedad
era como un
paralelogramo de fuerzas
y la resultante, en mi
opinión, no es como en
las Matemáticas, donde
usted toma todos estos
vectores de fuerza, los
va sumando y, al final,
tienes la resultante. En
ciencias sociales, el
vector aparentemente
menos importante, puede
ser decisivo. Podríamos
citar decenas de
ejemplos históricos de
sucesos que parecían que
no podían ser y fueron.
“Al respecto podría
citar el teórico
marxista italiano
Antonio Gramsci, ahora
tan de moda y antes
obviado, quien en una de
sus cartas —que estimo
genial—, escribió que
“lo único predecible es
la lucha”. Lo predecible
es que hay que continuar
luchando por lograr lo
mejor del ser humano y
de la sociedad humana.
Pero ello siempre va a
encontrar resistencia;
fuerzas de resistencia,
enemigas de ese proceso
que, por lo general,
también concentran
riquezas e
inteligencias. Por
tanto, la batalla nunca
va a ser fácil aunque se
tengan razones y, más
que razones, realidades
brutas.
“Lo que sí hemos
observado —desde finales
del siglo XX y
principios del actual—es
un fenómeno nunca visto
con anterioridad y es la
fuerza con que han ido
resurgiendo las
comunidades indígenas,
el pensamiento de
América, la propuesta de
sociedades americanas, e
incluso, cómo los
sectores populares han
ganado en espacio
político. Esto es una
gran esperanza para
pensar que el siglo XXI
—por lo menos,
claramente para nuestro
continente—, es una
centuria de desarrollo y
de construcción de la
verdadera América
Latina, entendiendo por
tal, la que nace
sangrante del interior
de sus entrañas. No
debemos olvidar que la
sociedad latinoamericana
estaba cimentada en esa
discriminación racial y
social del indio, del
negro, de espacios
dominados y dominantes
de las élites políticas
y, evidentemente, lo que
hemos visto en
Venezuela, Ecuador,
Bolivia, Perú… es la
ruptura de ese esquema
de dominio. Esto no
quiere decir que en esas
sociedades no se
mantenga solapada, la
cultura del dominador,
pero sí este esquema se
ha quebrado y, en estos
momentos, está sujeto a
importantes reajustes
que no pueden ser
subestimados. A esto hay
que agregar la
presencia, cada vez más
consciente, de las
grandes comunidades
latinoamericanas. Es en
ellas donde radica la
construcción de la
futura América Latina,
de aquella que expresa
la pluralidad, la
riqueza y todo lo que
significa el mundo de
tantas y tantas etnias y
composiciones sociales
que, en lugar de
hostilidad, crean
colaboración y
cooperación. En este
sentido van ganando un
espacio impredecible
para el futuro. Pero,
son fuerzas muy
difíciles y muy duras
—estructuradas y
perfeccionadas
sistemáticamente en el
ejercicio del poder
político y económico
durante siglos— las que
hay que combatir. Debido
a ello, lo más
importante es la lucha
inteligente; es la
conciencia de que lo que
se logre se ha de lograr
luchando. No hay otra
variante. Nada va a caer
del cielo, ni va a
ocurrir inevitablemente,
una teoría que
desafortunadamente
muchos marxistas
sostuvieron. La lucha
inteligente,
comprometida con lo
mejor del ser humano,
culta e informada es la
única que va a
garantizar un buen
contendiente en la lucha
por un porvenir mejor”.
Antiguamente, se
presentaba a las
religiones de origen
africano como
manifestaciones de
barbarie, que conducían
al delito. Se incluían
también en esto
manifestaciones de la
música y de la danza
(rumba, guaguancó…).
¿Cree usted que este
criterio persiste aún en
nuestro país?
Un problema que tenemos
los cubanos es la
tendencia a lo absoluto,
a descalificar lo que no
está en mi visión o en
mi línea de intereses.
Lo cierto es que en
Cuba, lo más
generalizado, es que el
“creyente religioso” no
excluye sino que incluye
en su cosmovisión todo
tipo de creencias. Lo
normal, hace 50 años, en
casi todos los pueblos y
ciudades cubanos, era la
presencia del cura del
pueblo, o del pueblo
vecino, del masón, de
los espiritistas —muy
abundantes hace 50 años,
y ahora algo escasos y
no siempre confiables—,
de alguna que otra
denominación protestante
—no muy generalizadas
por tener un cierto
sello norteamericano,
sobre todo en sus himnos
y juegos dominicales,
hoy, como una de las
expresiones de los
sentimientos religiosos
cubanos— y las
sincretizadas religiones
de origen africano. Era
un verdadero entramado,
con numerosos vasos
comunicantes, de
creencias entre las
cuales, tú armabas la
tuya. Lo que cada cual
le atribuye a lo que
cree, no siempre es
resultado de un
conocimiento; muchas
veces lo es más de la
imaginación y el deseo
de que sea así. Así que
no importaba lo que se
dice en tribunas y
púlpitos, porque la
práctica religiosa no es
un problema intelectual
es la interioridad
autoconstruida de mi
universo trascendente;
se trata de las
garantías para esta y la
otra vida. Por ello, la
religiosidad del cubano
es tan rica y compleja,
porque escapa a los
esquemas reductores de
las estructuras formales
de una iglesia o de una
secta. ¿Sabes?, he
pensado que son pocos
los universos religiosos
tan libres y
democráticos como el
nuestro. En este
proceso, pudo ser
condenado o
estigmatizado, en una
época u otra, por una
razón o por la
contraria, tal o mas
cual creencia religiosa,
pero lo que ocurre es
que solo se retrae,
para, en condiciones
propicias, volver a ser
reconocible en el vitral
religioso cubano. En la
doctrina cristiana, se
les llamó a las
creencias de origen
africano, bárbaras,
pertenecientes a una
etapa inferior del
desarrollo humano.
Fíjate que ello juega
con el racismo al unir
razas inferiores con
barbarie y con creencias
precristianas y
politeístas.
“En lo referente a la
música, ocurre otro
tanto. La presencia de
conceptos y actitudes
excluyentes y que, a
veces, se atribuyen la
expresión exclusiva de
lo cubano. Por ejemplo
y, en lo que respecta a
la música cubana, en
especial la del género
lírico y a la
cancionística, a autores
como Ernesto Lecuona
costó trabajo escucharlo
durante un buen tiempo
en nuestros medios de
difusión. Piezas creadas
por él como “La
Comparsa” y “Siboney”
son símbolos
extraordinarios,
acabados y exquisitos,
representativos de
nuestra cultura, de su
amplitud y larga
evolución. Igualmente,
ocurrió con José White
—extraordinario músico
negro cubano que vivió y
murió en Francia—, que
compuso otro símbolo
dentro de nuestra
música, “La bella
cubana”, con una
imbricación increíble en
géneros como la
contradanza y la
habanera. Otro
ausente —ausencia que no
justifica las críticas a
determinados criterios
que él pudo expresar— lo
es Eduardo Sánchez de
Fuentes. Su habanera
“Tú”, o su “Mírame así”
o “Corazón”, constituyen
tres expresiones
universales de la
cultura cubana. Nada
justifica su ausencia.
Igual ocurre con
otros autores de esta
Isla como Manuel Saumell
Robredo
, Amadeo Roldán,
Ignacio Cervantes…
¿Dónde están?
¿Enclaustrados para el
disfrute de un escaso y
selecto grupo de
oyentes? ¿Dónde los
puedo escuchar? En los
años 50 existía un
programa de televisión,
El Álbum Phillips,
que divulgó y popularizó
este tipo de música.
Después del triunfo de
la Revolución Esther
Borja continuó, durante
décadas, esa amorosa
labor. El programa se
llamó, desde entonces,
Álbum de Cuba.
Ello para decirte que,
en mi opinión de oyente,
la música cubana, en
cualquiera de sus
expresiones, contiene
todos los colores,
signos y notas,
inscritos en nuestro
pentagrama social.
“Tengo la impresión de
que los jóvenes cubanos
de hoy apenas si tienen
noción de la
impresionante herencia
que les pertenece.
Cuando pienso en la
década de los 50 del
siglo pasado, tengo la
impresión de que fue la
verdadera década
maravillosa o fabulosa
de la música cubana.
Pero ella es apenas
conocida. Cómo hablar de
nuestro universo musical
solo haciendo referencia
a cuatro o cinco
personalidades que se
repiten hasta el
cansancio; o
restringiendo el
conocimiento de ciertas
figuras o
acontecimientos
musicales a la
celebración de
centenarios y
cincuentenarios que solo
tienen la validez de un
día de recordación como
se hace con lo muerto.
Es un modo de ratificar
su defunción. Un simple
recuerdo. La radio, la
televisión, el teatro,
el mundo sonoro, lo
vuelve a colocar en el
olvido. Hemos creado
una cultura de fechas y
homenajes pero eso es
una falsa cultura. La
verdadera cultura es la
que nos acompaña día a
día; la que hace sonar
una melodía en el
interior de nuestras
mentes porque la tenemos
incorporada. No solo
están ausentes muchos de
los que se fueron, o de
los que hicieron su
carrera fuera de Cuba
desde antes de la
Revolución. Incluso,
están ausentes muchos de
los que se quedaron, con
el mérito de hacerlo a
pesar de lo bien
cotizado que estaban en
ese momento, y perdiendo
el mercado
internacional. Solo
algunos nombres:
Barbarito Diez (la voz
del danzón, y cuya
interpretación de “La
mora” marcaba la
herética Noche Buena
cubana), la Orquesta
Aragón (dueña absoluta
de la preferencia
bailable cubana), Ramón
Veloz (la voz más
popular de la música
campesina), El Jilguero
de Cienfuegos, Esther
Borja (la intérprete
cuidadosa de la
cancionística cubana),
Rosita Fornés (la
vedette por
excelencia), el Conjunto
Casino (que, con sus
cantantes no fue segundo
de nadie), y tantos
otros, a quienes pido
disculpas por no
incluirlos en esta
referencia. No es
hacerle el homenaje de
un día, es llevarlos a
nuestra vida cotidiana.
Del mundo bailable
cubano ¿Qué nos queda?
Quiénes son los que
recuerdan la música de
las orquestas Sensación,
Melodías del 40,
Sublime, Neno González o
la Riverside, Hermanos
Castro, Ernesto Duarte,
Bebo Valdés, Pérez
Prado, Chico O”Farrill o
de compositores como
René Touzet, Juan Bruno
Tarraza, José Antonio
Méndez, César Portillo
de la Luz, Frank
Domínguez, Osvaldo
Farrés (autor de
“Quizás, quizás”, el
número musical cubano
más interpretado en el
mundo); o las voces de
los que se fueron como
Rolando la Serie, Olga
Guillot, Blanca Rosa
Gil, Orlando Vallejo,
Orlando Contreras,
Panchito Riset,
Vicentico Valdés, ídolos
de los escuchadores de
boleros, sobre todo en
las vitrolas de esquinas
y bares y en las noches
de los barrios menos
lujosos de La Habana. Y,
lo interesante, es que
respondían a gustos
musicales diferentes.
Solo he mencionado
aquellos que me han
venido a la mente en
esta entrevista, faltan
muchos. Pero lo
importante es que, sin
sumergirnos en esa
riqueza musical, es
imposible reconocer
nuestro pasado;
resistente a todo cambio
superficial o por
decreto, pero
irremisiblemente perdido
si no llegara a estar en
la memoria de las
jóvenes generaciones. Y
es un mito racista
excluir a los negros de
cualquiera de las
expresiones musicales
cubanas o restringirlos
a determinados géneros.
“La compositora Martha
Valdés se definió, en
una oportunidad, como
alguien que formaba
parte de la clase de los
oyentes. No soy
musicólogo pero sí
pertenezco a esa clase
de los oyentes y
bailadores para quien
creo que se hace la
música. Mi buena memoria
me permite recordar que
hubo una época en que
solo en la ciudad de La
Habana había más de 20
emisoras de radio; en
ciudades como
Cienfuegos, más de
cuatro. La música estaba
en todas partes, llegaba
al hogar desde la
vitrola de la esquina,
desde el radio del
cuarto o desde el
televisor de la sala.
Como siempre hemos sido
dadivosos la hemos
puesto lo
suficientemente alto
como para que la
disfruten nuestros
vecinos. Emisoras como
CMBF permitieron
escuchar a Tchaikovsky,
Beethoven o Mozart. Pero
a la vez la música
popular ocupaba los
espacios de emisoras,
algunas como Radio
Musical, Radio Nacional,
Radio García Serra,
Radio Mambí, Radio
Suaritos, para no
mencionar
intencionalmente las más
famosas. El público era
el que imponía la música
que se tocaba a través
de sus peticiones. Usted
podía oír lo mismo un
guaguancó, que un paso
doble español, que una
ranchera mexicana o un
tango argentino.
Existían emisoras
especializadas en música
norteamericana pero, lo
más generalizado, era
que en todas las
emisoras podías escuchar
lo mejor, o por lo
menos, lo que estaba de
moda por allá, por el
norte. Sin embargo,
fueron los grandes
ritmos cubanos los que
ocuparon la mayoría de
los espacios. El mambo,
cha cha cha se
impusieron en todo el
mundo, este último,
justo cuando surgía con
fuerza el Rock and Roll.
Se entabló un diálogo
musical, lleno de
influencias mutuas, de
nuevas formas de
orquestación y de
interpretación. La
Aragón puso de moda un
cha, cha, cha, “En la
Capital”, donde se decía
que “en el interior o en
la capital, me divierto
más con el cha, cha,
cha”. Por eso considero
que no tiene sentido
imponer ningún criterio
excluyente. Boleros de
letras muy diversas en
su calidad, rumbas,
congas, todo formaba
parte de un universo que
determinaba no solo el
ritmo de la vida cubana
sino hasta una cierta
filosofía popular de la
vida. Piezas como el
“Negrito del Batey”,
“Espíritu burlón”,
“Negro de sociedad”, “El
Brujo de Guanabacoa”,
“Tiembla tierra”, para
solo mencionar algunas,
reflejan el sentido
crítico de la vida
musical cubana.
“Hay momentos en la vida
en los que necesitas
escuchar un tipo de
música porque mantiene
el espíritu tranquilo, y
existen otros en los que
deseas que vibre todo tu
cuerpo. En mi caso,
confieso que siempre he
sido bailador —aunque ya
no lo hago como antes—,
pero sigo bailando y he
bailado todos los ritmos
cubanos. Recuerdo que me
pasaba la vida cazando a
la orquesta Aragón
(comenta que posee 480
piezas de dicha
orquesta) para bailar
con ella. Casi todas las
emisoras de radio tenían
programas de media hora,
e incluso, de una hora,
con esa orquesta. Mi
esposa es fanática al
dúo Buena Fe, y
adquiere, aún antes de
que se lance
oficialmente, cuanto
disco nuevo crean. Por
la calidad de su letra,
su mensaje, su
interpretación, su
valor, su ritmo, forman
ya parte de la riqueza
creativa de nuestro
tiempo y, diría sin
temor a equivocarme, de
todos lo tiempos, porque
son la genuina expresión
de su época. Entonces,
¿cuál es la diferencia
entre White, Lecuona,
Lay, Portillo de la Luz,
José Antonio Méndez,
Tarraza, Touzet, Silvio,
Pablo, Juan Formell,
Adalberto Álvarez, José
Luis Cortés y Buena Fé,
o las
interpretaciones tan
extraordinarias de la
Camerata Romeu, Ars
Longa, del Ballet de
Litz Alfonso o las voces
de Elena, Moraima y
Omara? Para mí no
existen, a la hora de
hablar de lo que ha
hecho grande a nuestro
pueblo, diferencias en
sus expresiones
musicales, solo en los
gustos personales.
“Francamente, me
considero kantiano
—seguidor de Kant— en
cuanto a estética,
o sea, el gusto se crea,
no nace determinado; el
gusto se amplía si se
cultiva, o se reduce, si
se le abandona. Lo que
sí da pena es que
existan personas con
gustos reducidos, o que
nazcan y mueran sin
disfrutar de los
acontecimientos
extraordinarios que
hacen sublime parte de
nuestra existencia, que
permitan tensar todas
las capacidades humanas
de sentir, imaginar y
soñar.
“Me gustaría decirte que
la década de los 60,
también fue
extraordinaria. Estuvo
marcada por una amplia
inquietud por
transformar toda la
calidad de la vida y del
arte motivada por el
proyecto revolucionario.
Fue la época mayor del
filling, la de César
Portillo, Frank
Domínguez, José Antonio
Méndez, la de Freddy,
Moraima, Elena, Omara y
Gina León. La época de
los grandes cuartetos
como los Modernistas,
los Bucaneros, los Meme
y los Zafiro; pero fue,
sobre todo, donde surgió
lo más auténtico de la
nueva expresión musical
generada por la
Revolución, la Nueva
Trova con sus letras
críticas, poéticas y
comprometidas con el
amor y el hombre. Los
nombres de Silvio,
Pablo, Noel Nicola,
Lázaro García, Leo
Brouwer, llenan esta
época extraordinaria
donde pensar y cantar se
hicieron poesía. “Oda a
mi generación” o “Debo
partirme en dos” de
Silvio definen la
actitud de una
generación. El título de
una canción de César
Portillo de la Luz:
“Canto luego existo”.
Siento que en el mundo
artístico cubano actual
existe un renacer de
muchas cosas; pero ello
se verá en poco tiempo.
Existe una generación
muy buena, de
extraordinaria calidad
humana y artística, que
respira en un mundo que
invita a pensar y a
sentir, a recrear la
realidad. En suma, donde
haya arte, cultura,
inteligencia,
sensibilidad, gusto…
siempre habrá un
pedacito de Cuba que hay
que salvar y proteger; y
Cuba es multicolor.”
Teniendo en cuenta el
actual programa de
cambios o reformas que
se realizan en el país,
¿considera usted algún
tipo o basamento de
línea programática que
pudiera contribuir no
solo a eliminar la
pobreza en el país, sino
que también contribuyera
a la eliminación de los
prejuicios raciales y,
por consiguiente, al
ejercicio de la
discriminación?
Existe una razón básica
de toda discriminación
que es la situación y
condición económica:
mientras existan
diferencias en las
posibilidades y
potencialidades, habrá
discriminación. No hablo
de igualdad en el
sentido de
igualitarismo, sino de
igualdad de
oportunidades... Este es
un punto fundamental en
esos lineamientos para
el logro de la
estabilidad real de la
sociedad cubana. Todos
tenemos iguales
posibilidades, porque
sabemos que podemos
desarrollar lo mejor de
nosotros mismos en
nuestras propias
perspectivas de trabajo
y de vida. Pero no todos
tenemos las mismas
oportunidades. La
ecuación debe resolver
la relación entre
posibilidad y
oportunidad. Y todos los
lineamientos trazados
durante el pasado
Congreso del Partido
Comunista de Cuba se
encaminan a ello. Mis
mayores expectativas
están en la Asamblea que
se celebrará en enero
próximo, donde se
discutirán problemas
sociales y políticas
esenciales. Aspiro a que
todos seamos capaces de
discutir todo lo que sea
necesario, con la
profundidad y seriedad
que amerita y buscando
las soluciones más
inteligentes aún cuando
parezcan ser
arriesgadas. La base
para todo ello es un
amplio ejercicio
democrático sin
restricciones y limites
apriorísticos”.
En relación con este
tema, en nuestra
enseñanza educacional en
general ¿qué nos falta?
Igualmente, la creación
de cátedras de estudios
relacionadas con la
afrodescendencia, ¿no
podrían tenerse en
cuenta en nuestros
programas actuales de
estudios universitarios?
Nos hace falta corazón.
Saber que un aula es un
templo sagrado; cuando
usted le habla a un
grupo de alumnos saber
que les está comunicando
valores y conocimientos.
Por tanto, usted no
puede ser un farsante,
ni un ignorante. Saber
que tenemos una
tradición pedagógica que
nos sirve de asidero
para cualquier empresa
educacional y me
atrevería a decir, que
poseemos una tradición
pedagógica a la altura
de la mejor del mundo.
Al respecto hablo de
Félix Varela, de José de
la Luz y Caballero, de
Enrique José Varona, de
Aguayo, de Baldor, de
Dihígo, de los Vitier
(Medardo, padre y
Cintio, hijo)… de todos
los grandes pedagogos
cubanos.
“Estimo que, en lugar de
estarnos desgastando en
la confección de
libritos, hay que
poner en manos de los
maestros los libros que
enseñaron al Maestro
cubano una ética, una
profesión y un modo de
transmitir el
conocimiento. El
principio de Ciencia y
conciencia, es el
principio que todos los
pedagogos cubanos
debieran trazarse.
“Ciencia para crear
Conciencia, y Conciencia
para hacer Ciencia”.
“Recuerdo a una tía
abuela que empezó siendo
maestra cuando se inició
la etapa de la República
neocolonial en nuestro
país y, en su aula,
siempre estuvo presente
un retrato de José
Martí, al igual que en
su casa. A un lado del
retrato, siempre hubo un
florero al cual cada día
le ponía una rosa
blanca. Era una maestra
de Primera Enseñanza de
escuela pública a quien
incluso, a veces, ni le
pagaban. Y esa imagen
para mí siempre ha sido
inolvidable.
“El maestro es la base
de toda sociedad. Es
quien realmente
construye una sociedad
porque construye
ciudadanos, forja
hombres y mujeres que
son los ciudadanos que
hacen que el país se
desarrolle y crezca; de
aquí salen los
científicos,
intelectuales, obreros,
campesinos… La escuela
primaria es el primer
eslabón de toda
construcción social; es
la forja del ciudadano,
con deberes y derechos,
que ejerce
democráticamente su
acción cotidiana y
permanente. Por tanto,
lo que se necesita es
corazón, como punto de
partida de toda razón.
“En relación con la
creación de cátedras de
estudios relacionados
con la afrodescendencia,
estimo que debiéramos
tener varias cátedras.
Más que una cátedra de
problemas relacionados
con la afrodescendencia,
es crear una cátedra de
Cubanía. Si logramos
entender que ser cubano,
no tiene nada que ver
con el color; si
logramos decir que todos
los cubanos nos
relacionamos
—independientemente del
color o sobre el color—,
habremos ganado la
batalla, porque ninguno
puede discriminar a
nadie. Para mí esta
sería la batalla número
uno, pero también habría
que crear unas cuantas
cátedras de formación de
comportamiento
ciudadano. No solo para
exigirle a ese ciudadano
un correcto
comportamiento social
sino, sobre todo, un
ejercicio acertado,
inteligente e informado
de la democracia
colectiva que sería la
única que podría
conformar un siempre
creciente desarrollo
humano, en lo espiritual
y en lo social.
“Quiero apuntar algo que
aún no he podido acabar
de asimilar, y es el
concepto de Educación
formal. Siempre he
preguntado: ¿Desde
cuándo la educación ha
sido formal? La
educación se refleja de
una determinada forma,
pero es algo que se
lleva muy adentro y debe
llevarse de manera
natural. Por tanto,
usted forma a un
ciudadano, a una persona
que expresa su educación
a partir de un buen
comportamiento, de una
forma. Mientras usted no
toque el interior del
otro, todo lo demás es
un absurdo porque ahí se
genera la hipocresía
social: cuando yo me
comporto como no pienso.
Quiere decir que yo
pienso de una forma, y
me comporto de otra;
puedo cumplir con la
educación formal, y
continuar pensando de
otra forma. Es por ello
que nunca he asimilado
el concepto de educación
formal.
“Existe también otro
concepto que, en lo
personal, creo que se
utiliza equivocadamente.
Y es el de creyente y no
creyente. ¡Todos somos
creyentes! La esencia
del ser humano es la
esperanza, y esta
implica una creencia.
Creer en que es posible
un mundo mejor; en que
es posible un hombre
mejor. Despojar al
hombre de sus creencias
es despojarlo de la
condición humana, de
razonar para construir
un sueño; de tener fe en
lo que cree. No puede
vaciarse de ese
contenido al ser humano
porque solo quedaría una
masa amorfa desposeída
de toda fuerza
vivificadora. Otra
cuestión o tema es ser
religioso o no
religioso. Pero…
іcreyente! Yo me declaro
creyente, y no soy
religioso. Y este es un
problema conceptual”.
Pensemos que aquí, con
nosotros, se hallan dos
figuras de nuestra
Historia: José Martí y
Juan Gualberto Gómez. En
su reflexión, muy
personal, ¿qué opinión
en la actualidad
sustentarían estos dos
Grandes acerca del
problema de las razas en
EE.UU. y Cuba, teniendo
en cuenta que ambos
conocieron la nación
norteña?
En cuanto a EE.UU.
analizaría que la
evolución ha sido
extraordinaria —hay que
reconocerlo—, pero al
estilo norteamericano.
Recuerdo un serial
televisivo
norteamericano
transmitido por la
televisión cubana hace
años atrás, llamado
Raíces, de una
lectura sumamente
profunda, y en el que se
planteaba la evolución
del africano que llega a
la fuerza a ese país y
quiere retornar a su
patria en África, y
luego, sus
descendientes, negros de
clase media ubicados en
la sociedad
norteamericana y
formando parte de ella;
un sector triunfante.
“En EE.UU. existe una
historia doble,
múltiple, referida a la
evolución del fenómeno
racial, pero a la vez la
historia de un sector
desenvuelto que ha
logrado ocupar
determinados espacios.
Por tanto, en Obama,
existen varios
componentes que no se
diferencian de ningún
presidente
norteamericano blanco.
Primero, la referencia a
los Padres de la Patria,
o la consecuente
posición de heredero de
una nación forjada por
aquellos; segundo, la
búsqueda de la
realización del sueño
americano; tercero, la
visión del destino
manifiesto de EE.UU. con
respecto al resto del
mundo; cuarto, Obama
mostró como un “sello”
(propio) que él era
norteamericano, y su
orgullo sería que,
siendo negro, cumpliera
a cabalidad el “sueño
americano”. Por tanto,
el “sueño americano”, en
esta versión no tiene
color, sino
nacionalidad. En este
sentido, no es Obama el
único caso. No olvidemos
a la secretaria de
Estado, Condollezza
Rice, al lado del
presidente George W.
Bush. Ella, como cerebro
pensante de muchas
cuestiones en la
política exterior de una
de las Administraciones
más ultrarreaccionarias
y agresivas que hayan
existido en ese país.
“Considero entonces que,
en esta misma relación,
habrían analizado este
tema tanto Martí como
Juan Gualberto. O sea,
EE.UU. tiene un
presidente negro que
encabeza la ofensiva
imperialista en
cualquier parte del
mundo. Simplemente, se
comporta tal y como debe
corresponder a un
presidente
norteamericano. No se
trata de si es negro o
blanco, pues no es un
problema de razas; se
trata de que es un
norteamericano. Esta
lectura sería bueno que
la hicieran también
muchos cubanos, en lo
referente a que es el
ser cubano.
“En el caso de Cuba,
cuando Juan Gualberto
murió, él estaba bajo la
presión de uno de los
momentos más racistas de
nuestra Historia, y de
la frustración de muchas
cosas que tanto él como
Martí quisieron y no
fueron. Martí no vio la
República, pero el
presente, consecuente
con sus ideas, es una
lucha con los negros y
los pobres por la
eliminación del racismo
y la pobreza. Si
estuvieran ambos hoy
aquí lo más importante
para ellos sería la
lucha por los
desfavorecidos de
siempre”.
¿Desearía profundizar en
algún otro aspecto?
Recordemos que la
República neocolonial
surgida en 1902, pese a
declarar en su
Constitución que
todos los cubanos son
iguales y otorgar
el derecho al voto a
los ciudadanos negros y
analfabetos, creó una
instrumentación del
racismo que no es legal
—como lo fue en otra
época la esclavitud al
existir la propiedad
sobre el esclavo—, sino
que desarrolló otro
tipo de mecanismo
sustitutivo que, en
lugar de establecer una
frontera legal,
establece una frontera
social. De manera que:
“no tengo el instrumento
legal, pero sí tengo los
instrumentos sociales
para rechazarte”.
“Así y más allá de las
limitaciones sociales y
de las eliminaciones
legales —por ejemplo,
nuestra Constitución
de 1940 enfatiza en
que es punible el
racismo—, el racismo
se hace evidente en
todas las esferas de la
vida. Por ejemplo, si
apreciamos fotos de
claustros de profesores
y de grupos de
estudiantes
universitarios durante
las primeras tres
décadas del pasado
siglo, nos percatamos de
que en su mayoría son
blancos; con el cuerpo
diplomático sucedía
igual… Distinguiríamos
igualmente áreas de
trabajos donde el
prejuicio social, avala
al racial. A la vez, e
independientemente de lo
social y de lo legal,
existe lo mental. O sea,
aquello que se siembra
generacionalmente desde
la cuna: los prejuicios.
El prejuicio está antes
del juicio: prejuzga.
Por tanto, no juzga. Y
finalmente, el juicio se
altera por el
prejuicio.
“Por otra parte y no
obstante el triunfo de
una Revolución en Cuba,
que abre infinidad de
caminos a los humildes,
este problema continúa.
Las leyes no alteran las
mentalidades, y estas
funcionan directamente a
partir de donde puedan
ejercer o se les brinde
un pequeño o un gran
espacio de poder. Lo
cierto es que uno de los
temas más importantes a
estudiar en estos
momentos es cómo esa
mentalidad pudo
fortalecerse dentro de
un proceso
revolucionario… Las
medidas igualitarias no
son las que requiere un
problema sembrado desde
hace siglos.
“Diría que dentro del
período revolucionario
hay que también
distinguir generaciones.
Tengo la impresión de
que la instauración de
becas en nuestro país en
otra época ayudó a
romper fronteras en una
generación de jóvenes
—los muchachos en su
contacto cotidiano y con
todos los colores de
esta sociedad, crean
amistades, relaciones
mucho más sólidas—, no
así en los padres que
vienen con una carga
histórica del problema
y, por ende, les resulta
mucho más difícil
desarraigar prejuicios.
“Un aspecto que no
quiero obviar es el
referido a la
marginalidad. Al
respecto, sí hubo
marginalidad en nuestro
Socialismo, no como
cuestión de política de
marginación, sino de
cómo se logró preservar,
dentro de esa
mentalidad, el mantener
un sector importante de
la sociedad marginado de
las grandes opciones que
presenta el país… Esto
se observa en algunas
carreras universitarias
(selectivas), como las
de Ciencias Sociales,
Humanidades, a las que
llegó un número menor de
negros.
“Necesitamos ahondar en
el pensamiento. Dejar un
poco la emotividad, para
ser cada vez más
inteligentes en las
respuestas. Necesitamos
pensar, pero pensar
bien. Para ello se
requiere de cultura
verdadera, información
amplia y conocimiento
profundo que permitan
análisis certeros; tener
una mayor exigencia con
nosotros mismos, y una
crítica cada vez mayor.
Y aquí está el punto de
partida de todo
conocimiento. Cuba lo
necesita y no tiene
tiempo que perder. Y
necesitamos también que
nuestros jóvenes cada
día estén mejor
preparados desde el
punto de vista del
pensamiento.
“Hay algo que me alegra
mucho y es que me
encuentro constantemente
a personas muy jóvenes,
y otras que ya no lo son
tanto, quienes están
estudiando, trabajando,
indagando, investigando
y preguntándose con
inteligencia. Por ello
es que tengo el sueño y
la esperanza que dentro
de muy poco tendremos en
Cuba un pensamiento
nuevo, fuerte y crítico.
Y esto no es más que la
herencia de una
tradición de pensar y,
al mismo tiempo, de la
necesidad de pensar”.
Notas:
1.
En este complejo
proceso se fue
conformando uno de los
componentes de la
cultura y la nación
cubanas, generalmente
llamado afrocubano
—término que confunde
más que aclara al
presentar lo negro como
africano, permanente e
independiente de lo
cubano. Así, el
componente negro de la
cultura y la sociedad
cubanas, no será, en el
decurso del tiempo, el
resultado de la
permanencia de las
multicultural africanas,
sino que constituirá en
sí mismo una
manifestación cultural
nueva; distinta, en
primer lugar, de los
diferentes elementos
africanos originales, y
de todos en su conjunto
y, en segundo lugar,
integrado, interactuado
e interdependiente de la
evolución de la cultura
del blanco que, a su
vez, también se
transforma de lo español
a lo criollo. (Torres
Cuevas, Eduardo.
Historia de Cuba
1492-1898. Editorial
Pueblo y Educación. La
Habana, 2006)
Entrevista concedida por
el Doctor en Ciencias
Históricas, Profesor
Titular y ensayista
Eduardo Torres Cuevas al
Foro digital de CUBARTE:
El engaño de las
razas. |