La empaka se llevó al
Goyo… Vamo´ a decil que
falleció, Gregorio
Hernández Ríos, pa´
llamarle por el nombre
completo, porque él se
merece respeto como
cualquier apellida´o con
un Aguasclaras o un
Márquez. Se murió un
rumbero ilustre, uno de
los más ilustres entre
los rumberos. A estas
alturas quizá lo hayan
despedido con un itutu,
como es costumbre entre
los yorubas, pero lo que
anda comentando to´el
mundo es que lo llevaron
al Palacio de la Rumba,
en la calle San Miguel
de Centro Habana. Seguro
que se va felí, porque
en ese barrio apretuja´o
no falta la bulla de la
clave y la tumbadora,
que es lo único que no
puede faltarle jamás a
un rumbero de los
buenos.
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El negro nació allá por
el año 36 en la comunidá
El Moro y terminó siendo
un cantante famoso y un
profesor de respeto en
Cuba y en el extranjero.
Daba conferencias y to´
hablando de la historia
de la rumba, porque a
eso le sabía un mundo.
¡Cómo no iba a sabel si
desde chamaquito estaba
metío en fiestas de
santos y en cualquier
invento de los solares!
Decía que la rumba
siempre fue cosa de
gente pobre, de los que
no tenían dinero pa´ ir
a un cabaré o a un club
nocturno… que la rumba
era la diversión más
barata.
Se acordaba de la
parranda que se folmó
cuando cumplió los 17: a
las cuatro de la tarde
arrancaron la cumbancha
con una botella de ron y
después aparecieron
muchas más que alargaron
la cosa hasta la madrugá.
El Goyo contaba que se
hacían poninas con un
sombrero en el centro de
la fiesta, y que
recogiendo kilo a kilo
se armaba la guaracha.
En todos lados, repetía
que antes la rumba se
daba con lo que hubiera,
y que él se hizo músico
por amor y no porque
supiera que iba a vivir
de eso.
Tremendo cantante que
era el Goyo. Grabó
discos que tuvieron
mucho éxito, como ese
que se llamaba
Rapsodia rumbera y
el otro, La rumba es
cubana. Estuvo 25
años en el Conjunto
Folclórico Nacional y
organizó el Conjunto
Folclórico
Universitario. Actuó con
Los Muñequitos de
Matanzas, con Los Van
Van, con Tata Güines, y
con muchos artistas de
renombre. Ganó en los
Premios Grammy con
Ibrahim Ferrer y con el
guitarrista de Los
Zafiros, Manuel Galbán.
Pa´Gregorio rumbear era
“compartir la vida
misma”, era divertirse,
aunque el disfrute a
veces tenía sus riesgos,
porque costaba dinero ir
a las rumbas en Matanzas
o en los lugares
apartados y de vez en
cuando lo cogía alguna
bronca, alguna pelea por
haberse enreda´o en una
controversia con
alguien. De todas formas
bailaba como un loco,
con la camisa abierta,
echa´o pa´lante,
provocando, vacunando.
Era un tipo duro. Se
hizo abakuá a los 26 por
el racismo que había
antes de la Revolución.
Lo marginaban, y la
religión le permitió
sentirse “alguien”. De
niño lo habían botado de
la escuela dos veces por
fajarse con los
blanquitos, que le
hacían maldades y le
echaban las culpas. Su
mamá le rapaba la cabeza
pa´que no cogiera
piojos, y en el colegio
los otros niños le
pintaban la calva con
tiza. Tuvo que dejar de
estudiar y ponerse a
pesetear, a vender
periódicos y a limpiar
zapatos, porque tampoco
aguantaba los maltratos
de los patrones en los
otros trabajos.
El Goyo se juró y la
sociedad siempre tuvo un
significado muy grande
pa´él. Le dolía que los
muchachos de ahora no
vayan a la junta y se
pasen la vida alardeando
de ser abakuás. La rumba
era de los abakuás en
sus orígenes, “los
rumberos tienen
sentimiento abakuá”,
decía. Respetaba eso
como un altar. No se
cansaba de advertir que
en la música cubana, la
rumba le ha dado sentido
a la salsa, al jazz…
a todo.
Va a estar bien después
de muerto el Goyo. Ya
los rumberos tienen en
Cuba hasta un palacio, y
nadie puede mencionar la
música de Cuba sin decir
Los Papines o Los
Muñequitos. Sus
hermanos, como homenaje,
harán sonar el quinto y
lo escucharán desde allá
arriba aconsejando que
pa´ tocar las tumbas o
el bongó hace falta
estudio… y mucha
sabiduría.
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