Decía Rainer María Rilke
en una carta a Franz
Javier Cappuz: “Las
obras de arte viven en
medio de una soledad
infinita, y a nada son
menos accesibles como a
la crítica.” Sin
embargo, varias cartas
posteriores, el propio
autor de los Sonetos
a Orfeo hace
justamente eso: crítica
literaria, tratando de
orientar las lecturas
del joven poeta y amigo.
Hay que guardar con celo
algunas anotaciones de
las Cartas a un joven
poeta, como aquella
en que Rilke recomienda
“atenernos a lo
difícil”, de manera
parecida a como muchos
años después lo enunció
entre los cubanos José
Lezama Lima: “Solo lo
difícil es estimulante.”
Así inspirado, ningún
“prólogo”, ningún
comentario en carne de
poesía, estaría de más,
si un poco desea
escarbar sobre lo
difícil que es el hecho
poético convertido en
libro.
Yo no diría que la
poesía de Alberto
Acosta-Pérez (La Habana,
1957) es “rilkista”, y
ya se ve que tampoco lo
es “lezamiana”, aunque
esta última influencia
fuese una verdadera
vertiente de la poesía
cubana en los años en
que él comenzó a
publicar, al final de la
década de 1980 y durante
toda la de 1990. Sí hay
en su obra una línea
creativa, intelectiva,
que se aproxima más al
orbe lírico de Gastón
Baquero, otro de los
poetas cimeros del
llamado Grupo de
Orígenes. Pero un
estudio de literaturas
comparadas advertirá sin
rodeos lo que puede
enunciarse de manera
casi intuitiva: en el
quehacer de ese puntal
poético cubano del siglo
xx, abunda la
relación, incluso
estrecha, con Rilke, y
no pocos puntos de
contactos pueden ser
hallados respecto de la
obra y del sistema
poético del hermético
bardo de la calle
Trocadero. Entonces, las
fuentes en las que bebe
Acosta-Pérez bullen con
la contaminación
universal de la poesía,
pues muchas fueron los
veneros de Lezama y no
pocos los del alemán de
las Elegías de Duino.
Dentro de la poesía
cubana, sin escapar de
sus márgenes insulares
(lo que es bien
difícil), adviértase a
veces algunos versos que
podrían relacionar a
Alberto Acosta-Pérez con
un Félix Pita Rodríguez
muy de paso, con
gananciosas lecturas de
Eugenio Florit, o
encontrar algún contacto
siquiera sea
circunstancial con lo
sentencioso de José
Martí, o con el tono
elegíaco de Emilio
Ballagas. No hay poeta
virginal, irrelacionable,
“puro”, de una pureza
incontaminada.
Acosta-Pérez más bien es
un autor de la era de la
profunda contaminación
no solo atmosférica,
sino también en los
microespacios de la
literatura y sus géneros
transgredidos, poluidos,
intertextualizados.
No obstante los
esfuerzos de hallarle
sus filiaciones,
adviértase en su obra
poética un sentido de la
originalidad que no es
otro que el de la
personal percepción, el
filtro suyo muy
identificable tanto en
sus espléndidos versos
largos y vibrantes como
en sus frases más
recoletas. A la poesía
intelectual y refinada
de un Baquero, él añade
un matiz de corte
neorromántico que lo
lanza sobre la expresión
sentimental a lo Luis
Cernuda, o reflexiva, a
lo Antonio Machado, que
le ofrecen esa
singularidad de
asimilación y ruptura
con sus modelos, y un
sincero tono discursivo
en el que no elude lo
conversacional, junto a
un refinado aire
libresco. El matiz
dramático de algunos de
sus poemas a veces lo
acerca a un
coloquialista cubano:
Rafael Alcides Pérez.
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Alberto Acosta-Pérez no
va “hacia la poesía”, no
la busca para poseerla,
sino que es ella quien
viene sobre él, lo
asalta y lo somete.
“Poeta fatal” dice Juan
Ramón Jiménez de aquel
que no puede resistirse
a ese llamado salvífico
o arrebatador de la
poesía, que traduce la
vida en un montón de
versos, poemas,
poemarios, confesionales
o testimoniantes,
lúdicos o de afanes
estéticos marcados, de
lectura a veces difícil
y otras luminosas.
Sus hitos son cuatro,
pese a que ha publicado
numerosos cuadernos
líricos: El ángel y
la memoria (Soria,
España, 1990),
Monedas al aire (La
Habana, 1996), Música
vaga (La Habana,
2002) y ahora este
conjunto fuerte de
Fotos de la memoria.
En la era de la
abundancia de premios
—¿para
ser “poeta reconocido”
hay que tener ya carné
de premiado?—,
con el primero obtuvo el
Premio Internacional de
Poesía Gerardo Diego, y
con el tercero el Premio
de la Crítica, si bien
el segundo lo mereció
también con creces en el
año en que vio la luz,
pero ya se sabe que los
azares de los laureles
son inefables. Tal
currículo, pero sobre
todo tal conjunción de
buenos libros de poesía,
podrían haber
catapultado el nombre de
Alberto Acosta-Pérez
entre lo mejor que en
este género podría
exhibir Cuba en el
ámbito del idioma. El
poeta ha preferido el
modesto apartamiento, y
una desdibujada relación
con la suerte de jet
set del mundillo
intelectual, así como de
todo signo oficial o
cultivo de las
relaciones sociales.
Eso no es lo que busca
el poeta: el éxito
social. Antes bien, su
poesía arde de fiebres,
grita o susurra
soledades, canta al amor
y a la marginación que
la sociedad impone sobre
los amantes, sobre todo
sobre ciertos amantes,
aquellos que durante
tantos siglos ni
siquiera podían “decir
su nombre”. “El mejor
amigo es la memoria”,
dice Alberto
Acosta-Pérez al comienzo
de Música vaga,
mas esa memoria no está
hecha solo de simples
recuerdos, de fotos
fijadas en el archivo
mental, de instantes
selectos del vertiginoso
día a día, sino también
desde “la idea del mundo
brotando desde dentro”,
o ya en Fotos de la
memoria, de:
“pequeñas gotas de
sangre, sueños y
tendones lastimados a lo
largo del camino”. Es
una memoria que implica
temporalidad, y grande,
grave, es el espacio
concedido al curso del
tiempo dentro de esta
poesía existencial.
A diferencia de Baquero,
o Lezama, o Rilke u
otros maestros que le
llenan de fe en la
poesía (Cernuda,
Machado, Gil de Biedma,
Silvia Plath, Aimátova…),
nuestro poeta aspira el
aire impuro de un
ambiente febril, donde
no importa un posible o
imposible Más Allá que
le conduciría al tono
metafísico, porque hay
en su poesía una
profunda asimilación
existencial de su
circunstancia, y un
matiz sentimental que
corroe la
intelectivización
rilkista o baqueriana,
un sufrir callando que
prende fuego en los
versos, como en aquella
poética del dolor que
puede hallarse en los
orbes martianos.
Acosta-Pérez de pronto
dice en “Destino”:
No son dulces los
antiguos recuerdos
sino espadas que se
hincan
y dejan al aire los
tendones.
¿Adónde marcha la
belleza que se borra?
¿Adónde voy yo mismo?
Sólo hay una
certidumbre:
no nos veremos más
allá,
no nos inclinaremos
juntos otra vez sobre la
hierba,
nuestros rasgos no se
confundirán de nuevo en
el espejo.
Angustia, sed, anhelos
corporales de luz, aquí
y ahora y dudas ante la
existencia brotan todos
como una lumbre en esta
poesía más corporal que
cerebral. El cuerpo
sufre y ama. El poeta
sabe que el cuerpo dicta
sus exigencias de manera
patente: físicas,
instintivas, pero
también se enferma,
padece, muere, se
destruye. El divino
cuerpo, tan amado por
los grandes creadores
del Renacimiento
europeo, es una
preocupación constante
dentro de la poesía del
autor de Fotos de la
memoria: “Absorto en
la triunfal desarmonía
de este cuerpo / que no
tiene otro destino que
morir…”, “Escuchando
en la radio las viejas
canciones que me
emocionan, / dejo a mi
cuerpo creer que todavía
tengo tiempo”, “un
cuerpo es también algo
más que una isla de
savia blanca”, “creo
ver otra vez tu cuerpo
como un poema en busca
de una mano que lo
acabe”, “este
es mi cuerpo cuajado de
llamitas y alambres
retorcidos / que viene a
quejarse de su soledad”.
Esta obsesión por el
cuerpo, por la dimensión
corporal del ser, no es
insólita en la poesía
cubana, pero es el más
alto escalón que en este
sentido ella haya
alcanzado. Libro tras
libro, y sobre todo en
estas Fotos de la
memoria, Alberto
Acosta-Pérez vibra en
una sinfonía corporal en
la que el “alma” ha
cedido terreno a una
corporalidad, por cierto
espiritualizada. No hay
en ello contradicción,
pues el poeta siente:
“un eco que atraviesa
todo y deja sobre la
voluble arena de mi alma
/ la huella columbrada
de otro cuerpo”.
Bastaría con dedicarnos
solo a estudiar en su
poesía la dicotomía
entre cuerpo/alma que
bulle en sus versos, que
nos golpea a veces con
definiciones,
enunciados,
aseveraciones que
parecerían más
discursivas, reflexivas
o filosóficas que
propiamente poéticas,
cuando en verdad
provienen de una
sensibilidad excitada, a
veces atormentada,
siempre iluminada,
sugestiva.
Alberto Acosta-Pérez
logra extrañas
intensidades en dos
vertientes compositivas
del texto poético: en el
largo poema segmentado o
en el breve,
concentrado, de uno o
pocos versos. Nunca
apela a la métrica
tradicional hispánica,
pero su verso libre
tiene un ritmo que lo
acerca al semilibre, con
acentos bien dispuestos,
con encabalgamientos que
completan el sentido
rítmico de su “música
vaga”, a veces sujetos
al significado
oracional, al contenido
del discurso lírico. No
es un autor de grandes
rupturas experimentales,
pero sabe colocar los
espacios en blanco,
hacer expresivos los
silencios, los signos de
puntuación, los giros
lingüísticos y el
frecuente uso de la
tropología que, más que
decoración, es búsqueda
de un decir exacto para
lo que se quiere
expresar. Pero en
materia experimental,
algo ha derivado hacia
su obra del mundo de la
poesía visual, y no poco
deja ver su interés por
el ámbito de la ruptura
antitradicional. Le
importan las formas
expresivas aunque su
poesía sea “contenidista”.
Este poeta tiene un qué
decir que se sobrepone a
los hallazgos formales,
al formalismo
postvanguardista, porque
cuerpo y alma buscan
catarsis y emoción, más
allá del goce estético
del juego de/con las
palabras.
Fotos de la memoria
no es una
“consolidación” de autor
que ha marcado un
derrotero alto, creativo
y personalísimo dentro
de la poesía cubana,
porque ese momento lo
había alcanzado desde
Monedas al aire
hasta Música vaga.
Textos tan intensos como
la nueva versión de
“California” (uno de sus
mejores poemas) o “La
balada de Jack y Ennis”
deberían atraer más la
atención hacia un poeta
que no busca posiciones
sociales a tenor del
prestigio que alcance
por su obra, sino que
busca su obra como luz
en un camino, como
testimonio y confesión y
delirio de vida.
Dos veces máster en
estudios culturales en
universidades de Cuba y
España, Acosta-Pérez
podría exhibir su saber
en estrados docentes y
salas de conferencias,
pero sus conocimientos
se encuentran disueltos
en la sabiduría de su
creación poética, y en
función de esta. Con
razones propias para ser
sentencioso a veces, el
poeta tiene dones
suficientes para poder
también a veces
aconsejarnos, con
consejos que vienen no
de otros saberes que los
que dona la poesía:
No busques la revancha
ni el aplauso,
ríete de ellos como de
ti mismo:
son puros abalorios y
efectos especiales,
bástete saber que el
mundo, y el hombre,
están también en ti,
que el tiempo es un
anillo redondo y sin
estrías,
que el agua de los
sueños fecunda el jardín
mejor que el oro o el
discurso.
Ritmo esicástico, diría
Lezama, volvamos a
empezar, porque la
poesía es este corsi
e recorsi, este ir y
volver, este eterno
retorno de las fotos,
monedas o músicas
vagas. Como un sueño se
rompe a la intemperie y
el silencio, al ciclón y
la estocada, los anchos
espacios, vastos
palacios de la memoria
dejan ver sus antifaces
y figuras disecadas o
vivas en el gran
muestrario del mundo,
libro de las maravillas
de Alberto Acosta-Pérez,
presto a la grata,
honda, difícil lectura.
* Prólogo a Fotos de
la memoria, de
Alberto Acosta-Pérez.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
2009. |