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Rolando Rodríguez
prefirió declinar la
oportunidad de
responderme y optó por
que fuera uno de sus
jóvenes alumnos quien
asumiera esa
responsabilidad.
Elier Ramírez tuvo
que abandonar “todo lo
que estaba haciendo”
—dice— y escribir una
respuesta a mi
comentario sobre La
conspiración de los
iguales. Si, como
afirma el joven
historiador, su real
objetivo es que los
lectores interesados
acudan al texto de
Rodríguez, convendrá en
que los dos, seguramente
por distintos caminos,
hemos llegado a un punto
de encuentro.
Si quería, mejor que
rebatir mis argumentos,
procurar la lectura del
ensayo de RR, debe tener
por seguro que mi
comentario —que provocó
su respuesta— también y
sin que yo me lo
propusiera, va a
conseguir lo mismo que
Ramírez quiso. El libro
de Rolando (que no son
los poemas de Escardó,
ni tampoco la chanson
de la épica francesa),
estoy seguro de que será
demandado cuando se
presente en la inminente
Feria del Libro. Mucho
más demandado de lo que
lo fue en su lanzamiento
de octubre pasado, a
pesar de la presentación
de
Esteban Morales.
Elier Ramírez juzga
que mi comentario
“transpira un sesgo de
ataque personal más que
de análisis histórico”.
Es lo que más me
preocupa de su
valoración, y le
garantizo a Ramírez que
no tengo el menor
problema personal con el
autor de La
conspiración de los
iguales. Le conocí
hace más de 40 años,
cuando fue director del
Departamento de
Filosofía de la
Universidad de La
Habana, en la que fui
alumno desde 1962 y
donde he sido y soy
profesor en la Facultad
de Artes y Letras desde
1970.
Tuve muchos amigos en el
Departamento, y aunque
no fui propiamente
amigo de Rolando, no he
tenido nunca el menor
problema personal con
él, a menos que
Elier juzgue como
tal la opinión sobre un
libro.
Ramírez afirma que mi
valoración pudo
“resumirse a una o dos
cuartillas” y que:
“Rodríguez
Rivera podía haberse
ahorrado las 17
cuartillas que
dedica a
describir los infames
acontecimientos
ocurridos en 1912,
los cuales
han sido ya tratados por
varios investigadores
cubanos.”
Cada uno tiene su propia
idea de lo que es una
crítica y, francamente,
no me parece serio
dedicar una o dos
cuartillas a un ensayo
de casi 400 páginas
sobre un tema tan
complejo como el que
aborda el libro de RR.
Si lo hubiera hecho, con
certeza Ramírez “habría
dejado todo lo que tenía
que hacer” para acudir a
presentarme como un
analista superficial. No
lo hice, y así tenemos
la oportunidad de leer
su respuesta de 16
cuartillas (ocho
cuartillas a un espacio
sobre mis 17 a dos). Si
mi artículo hubiera
tenido la extensión del
libro de RR, ¿cuántas
cuartillas habría
escrito Ramírez?
Que la historia de 1912
ha sido tratada “por
varios investigadores
cubanos” lo sabía y lo
digo en mi artículo,
pero quise dar mi propia
opinión en esas 17
cuartillas. Me consuela
pensar que RR también
quiso contar su versión
de la historia que ya
abordaron Portuondo
Linares, Silvio Castro,
María de los Ángeles
Meriño, Tomás Fernández
Robaina, de Cuba, y la
suiza Aline Helg.
Ramírez se pregunta
—entre intrigado y
molesto— “de dónde he
sacado” que
Rolando Rodríguez
pretendía hacer una
analogía entre la
conspiración de Graco
Babeuf y la protesta
armada de los
Independientes de Color.
Aquí Ramírez me obliga
(sin mucho esfuerzo de
mi parte) a entrar en un
terreno que es
propiamente de mi
especialidad, porque yo
no soy historiador,
sino filólogo.
La intertextualidad, ese
diálogo entre dos
textos, puede tener
varias intenciones y,
también, sentidos
diversos. Puede ser
paródico, irónico,
puramente lúdico y,
también, una repetición
que aspira a ser una
analogía, una metáfora.
Analogía no es igualdad,
sino simplemente una
similitud entre dos
entidades que, a
excepción de algún
componente análogo,
pueden ser perfectamente
diferentes. Tal vez
Rolando Rodríguez no
haya pretendido
construir esa analogía
entre ambos hechos
históricos, pero lo ha
conseguido aunque no se
lo haya propuesto.
Durante todo su ensayo,
se trata la protesta
armada de los
Independientes como si
hubiera sido un
alzamiento verdadero,
que no lo era.
Además de la
intertextualidad —que
aborda inicialmente
Bajtin y luego es
sistemáticamente tratada
por Julia Kristeva—
Gerard Genette se
refiere a lo que llama “paratexto”:
un texto aledaño al
texto principal (un
prólogo o introducción,
una nota de solapa o de
contracubierta), que
condiciona su lectura.
Afirma una nota de
contracubierta en La
conspiración de los
iguales:
“Como no
se logró echar abajo la
desigualdad de raza,
los
hombres del partido
prohibido (Partido
Independiente
de
Color) comenzaron a
conspirar para lograr
con
las
armas en la mano la
restauración de la
legalidad y,
sobre
todo, para alcanzar su
gran objetivo: la
igualdad racial.”
Ese entrecomillado
indica una cita que, si
no especifica otro
autor, debe ser un
fragmento del propio
texto de Rodríguez:
conspiración y lucha
armada establecen
enseguida la analogía
con la ciertamente
diferente lucha de Graco
Babeuf. Aquí se
explicita la analogía
que da a entender el
título. La palabra, si
uno la descuida, puede
hacernos decir lo que no
pretendemos.
Ramírez dice que abordo
de manera sesgada la
prolija documentación
que RR maneja en su
libro. La carta —afirma
ER— que ignoro en mi
comentario, es una que
envían dos miembros del
comité provincial del
PIC en Oriente, al
presidente Taft. Preferí
centrarme en las cartas
de líderes nacionales,
como el general Pedro
Ivonnet, que me parecían
las más importantes, o
las que escriben los
Independientes
supervivientes, ya
encarcelados. Si hubiera
recorrido la amplísima
documentación a la que
RR ha tenido acceso, las
17 cuartillas que a
Elier le parecen
excesivas, corrían el
riesgo de convertirse en
170.
Ramírez me acusa de
tener criterios
preelaborados sobre el
libro de RR. Le aseguro
que no es así, aunque
confieso que sí tenía
criterios sobre los
conflictos raciales en
los primeros años de la
república, porque acabo
de terminar un libro
sobre la poesía de
Nicolás Guillén, en el
que quise estudiar esos
conflictos en la Cuba
que antecede a la
entrada del poeta en
nuestra cultura. Creo
que Elier, que es un
“lector permanente” de
RR, sí tiene criterios
muy establecidos sobre
su obra, hasta el punto
de que muchas veces
refuta un juicio mío
sobre La conspiración
de los iguales,
esgrimiendo una cita de
República de corcho,
que yo admito que no he
leído, ni tampoco
discutido.
Cuando señalo que RR
solo advierte la
existencia de lo que
llama “un racismo
larvado” en muchos
cubanos, señalo también
que el autor de La
conspiración…
esgrime, para no dar
mucha importancia a los
prejuicios raciales en
la Cuba de un siglo
atrás, el supuesto de
que las ideas de Martí y
de Maceo habían
“penetrado hasta el
tuétano de los huesos de
no pocos cubanos”. Pero
esos son años en que lo
más hondo de la obra
martiana era ignorado
por la inmensa mayoría
en nuestro país. Y ni
hablar del pensamiento
de Maceo. Martí era
admirado como el
organizador de la guerra
de independencia, el
héroe de Dos Ríos, el
poeta. Y nada más.
Martí empieza a ser
verdaderamente conocido
después de la primera
edición de sus obras
completas en 1919. El
texto de la famosa
“Clave a Martí” (Martí
no debió de morir…),
lo escribe Alberto
Villalón en tiempos de
la lucha contra la
tiranía de Machado.
Ahí está una de las
grandes
descontextualizaciones
históricas que marcan el
libro de Rodríguez y
hacen que la
laboriosidad del aporte
documental del
investigador esté bien
por encima del análisis
que el libro formula.
No lo explicité en mi
comentario a La
conspiración de los
iguales que Ramírez
refuta, pero ahora
quiero decir que me
parece abusivo impugnar
la rebeldía y la
resistencia de los
Independientes con estas
ideas de Martí:
“Todo lo que divide a
los hombres, todo lo que
los
especifica, aparta o
acorrala, es un pecado
contra
la humanidad […] La
república no se puede
volver
atrás; y la República
desde el día único de la
redención del negro en
Cuba, desde la primera
constitución de la
independencia el 10 de
abril
en Guáimaro, no habló
nunca de blancos ni de
negros.”
Esas ideas fueron
absolutamente
traicionadas —si las
conocían— por los
políticos que
hegemonizaban la
república, y no por los
Independientes de
Color.
El Partido Independiente
de Color no es la
especificación inhumana
contra la que escribe
Martí, sino la
resistencia contra ella.
No fueron racistas, ni
quisieron otra cosa que
la verdadera
integración.
La otra gran
descontextualización es
ver el antimperialismo
del pueblo cubano desde
una óptica actual o, al
menos, muy posterior a
1912.
Si el lector quiere una
muestra de erudición,
juicio ideológico
certero y síntesis, lo
remito a las pocas y
exactas cuartillas que
Fernando Martínez
Heredia escribe para
presentar el propio
número 557 de La
Jiribilla (7-13 de
enero) en el que aparece
mi comentario y la
respuesta de Elier
Ramírez al mismo.
Finalmente, en su
respuesta, Ramírez se
apoya en Rodríguez para
reclamar que los
Independientes, antes de
desarrollar una
“protesta armada”
debieron acudir a otra
solución. Hay que decir
que no la había. José
Miguel había diseñado la
encerrona perfecta: por
la Enmienda Morúa, el
PIC no podía concurrir a
las elecciones de 1912;
pero tampoco podía
cambiar su nombre,
porque a esas elecciones
solo podían acudir los
mismos partidos que
postularon en las de
1908 y, si cambiaba el
nombre, ya era otro
partido. La única
alternativa era
conseguir la derogación
de la Enmienda Morúa. De
ahí, la “protesta
armada”, que no era un
alzamiento.
En el propio dossier
de La Jiribilla
al que me he
referido,
Esteban Morales me
alude sin nombrarme. No
le hace falta, porque no
“circulan opiniones de
que se trata de ‘un
libro equivocado’”, sino
que yo he titulado así
mi comentario crítico,
que es el único que
circula. Yo no
lamentaría, como hace
Morales, la existencia
de un comentario de ese
tipo, sobre todo si está
exento de ataques
personales y aborda
exclusivamente el punto
de vista de la obra.
Yo no me eximo de correr
riesgos, aunque a veces
me tachen de aventurero.
Lo he hecho en varias
ocasiones, y la vida
muchas veces me ha dado
la razón. Esteban sabe
que a veces hay que
correr riesgos. No me
parece propio de un
hombre de pensamiento el
abolir el enjuiciamiento
de los libros. Morales
afirma que si uno tiene
reparos que hacerle a
una obra, tiene que
escribir otra que la
supere, y no “pretender
descalificarla con un
puñado de cuartillas”.
Me extraña que mi
antiguo decano de la
otrora Facultad de
Humanidades declare
abolida la crítica de
libros, a menos que se
haga para aplaudir.
Acaso sea ese rechazo a
las valoraciones
críticas, lo que
conduzca a pensar
—pienso en el juicio de
Elier Ramírez— que todo
desacuerdo implique un
“ataque personal”.
Pretender que en lugar
de una crítica se
escriba otra obra mejor,
puede suceder, pero
exigir que ocurra
siempre, me parece una
suerte de delirio
humanístico. Ese puñado
de cuartillas críticas
siempre ayuda de una
manera u otra, aunque la
vanidad no nos deje
aceptarlas de repente.
Menos mal que
Esteban Morales
reconoce que los
documentos —a pesar de
su importancia— “no son
la varita mágica ni el
tridente de Neptuno”.
No hay documentos que
pretendan ser más
precisos que las leyes,
y las leyes necesitan de
quien las interprete.
No voy a insistir en el
hecho, pero cualquier
lector desprejuiciado
notará que se hace mucho
más culpables a los
masacrados
Independientes que al
general José Miguel
Gómez, menos pro yanqui
que Estrada Palma y
menos autoritario que
Menocal, pero
enteramente responsable
de los crímenes de 1912.
No se puede culpar
únicamente a Monteagudo
y a Arsenio Ortiz que,
como esbirros, hicieron
lo que la mafia llama el
dirty work. Como
general, José Miguel
Gómez era un hombre
intensamente vinculado a
ese ejército permanente,
que él había fundado.
Suya es la máxima
responsabilidad. El
pueblo cubano lo juzgó
bien: nunca más pudo ser
presidente.
Además, con el resuelto
apoyo de los
conservadores, quiso
hacer algo más: aplastar
por tiempo cualquier
intento de los negros y
mulatos cubanos de
reclamar sus derechos.
Ni más ni menos, casi un
siglo después, que lo
mismo que había hecho
Leopoldo O’Donnell con
la Conspiración de la
Escalera. La Nueva
Escalera, acaso sería un
mejor título para un
libro sobre la masacre
de 1912.
Y ya estuvo bien. Espero
que si no enteramente
satisfechos (¿quién lo
está?), mi criticado,
mis críticos y yo nos
merezcamos el beneficio
de un descanso
reparador. Al menos,
hasta el próximo
round.
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