Vicente Revuelta, el
actor, director teatral
y pedagogo, protagonista
de la cultura cubana
—según le llamara en su
80 cumpleaños la doctora
Graziella Pogolotti—
falleció este martes en
La Habana. Cuentan que
se veía venir, pero como
a los grandes maestros,
nadie sintió que su
última entrevista fuese
“la última” o que fuera
definitiva su última
aparición en público.
Consciente hasta el
último minuto de cada
detalle que acontece en
este “país surrealista”,
como le gustaba decir,
Vicente era un joven de
83 años.
Nació en La Habana, el 5
de junio de 1929.
Graduado de la Escuela
Municipal de Arte
Dramático, integró el
Patronato de Teatro y el
Teatro Universitario. En
1950, como parte del
Grupo Escénico Libre,
dirigió su primera obra:
El recuerdo de Berta,
de Tenessee Williams. A
finales de 1954 se
incorporó a la Sociedad
Cultural Nuestro Tiempo
y, cuatro años más
tarde, fundó junto con
su hermana Raquel el
grupo
Teatro Estudio,
aquel colectivo que se
propuso (y logró) crear
“una conciencia
apropiada en nuestro
público, hablar a
nuestro pueblo, como él
espera”.
Entre sus trabajos más
significativos, Vicente
ofreció a la historia
del teatro cubano
contemporáneo montajes
como El viaje de un
largo día hacia la noche,
Fuenteovejuna,
El alma buena de
Se-Chuan, Madre
Coraje, El cuento
del zoológico, El
perro del hortelano
y Galileo Galilei,
aquella pieza que
irrumpió, polémica, en
medio de la polémica
generacional de los 70.
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Vicente Revuelta
en la puesta en
escena de
Galileo Galilei |
Por el conjunto de su
obra, recibió el primer
Premio Nacional de
Teatro, en el año 1999,
junto con su hermana
Raquel. El Instituto
Superior de Arte le
entregó el Premio
Honoris Causa en el año
2000. La Casa de las
Américas le otorgó en
1966 la distinción El
Gallo de La Habana, en
su primera entrega, por
la puesta en escena de
La noche de los
asesinos, de José
Triana; y acogió en el
año 2009 el
coloquio 80 Revueltas,
donde varios teatristas
y estudiosos de su obra
dialogaron sobre su
trayectoria, hasta
entonces en
construcción.
Rememorando la labor de
Vicente en las décadas
de los 70 y 80, apuntaba
Graziella: “¿Cuál era el
tempo y el diálogo que
podía establecerse entre
un texto paradigmático;
una realidad
histórico-concreta: la
de su presente, y un
público específico: el
de los jóvenes coetáneos
de esos estudiantes de
actuación y de
teatrología? Vicente
venció todo eso, lo que
significa que su
presencia es ineludible
en el teatro cubano y
también en la cultura
cubana del último
milenio. Él es, sin
duda, uno de sus
protagonistas desde
muchos puntos de vista,
aunque no siempre se le
haya escuchado y se le
haya entendido”.
Quizá nunca podamos ya
entenderlo y escucharlo
del todo; pero donde
quede su obra, Vicente
Revuelta seguirá
proponiendo y diciendo. |