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1
Sobre la mesa
enrejada de un cabaret
en penumbras, mientras
sucedía la fiesta de
clausura del Festival de
Camagüey de 1997, bajo
los acordes de una
orquesta humilde y
algunos sorbos de
cerveza barata, Vicente
Revuelta escribió, con
tinta roja, unas
palabras al dorso del
diploma que me
identificaba como
ganador de un premio.
Hechizo y profecía,
conjuro en el marasmo,
auguraba destinos y
reencuentros en aquellas
líneas, que firmó con su
letra tan singular.
Cuando años más tarde lo
entrevisté con motivo de
sus 80 años, no me
atreví a recordarle
aquel gesto. No hacía ya
teatro, al menos no en
las tablas, y en ese
otro momento, cercano a
un balcón que dejaba ver
el Vedado: su paisaje,
hablaba de poesía.
Buscaba la poesía. Quién
sabe si ahora, cuando
nos deja solo su
recuerdo, no la haya
encontrado al fin. O
acabe él mismo
volviéndose eso: un
aroma, un paisaje, un
sonido al fondo. Poesía
respirable en esta
Habana.
2
En el teatro era
todo lo que no podía ser
en la realidad. Joven,
flaco, feo, Vicente
descubrió muy pronto que
tenía otras artes para
seducir. El escenario
fue su cámara de
encantamiento, y
adolescente aún, se
arriesgó con papeles
complejos, a fin de
obtener aplausos que
demostraran, siquiera
por unos minutos, que
podía ganar la imagen de
roles más atractivos que
el ofrecido por su
propia vida: de ahí
quizás su temprano éxito
en la Cándida de
Bernard Shaw. El cine
fue otro espacio donde
halló modelos, rostros
de los cuales se
enamoró, y a los que, en
algunos casos, como
Gerard Philippe, pudo
ver luego tan cerca. Su
hermana era también
actriz, pero a
diferencia de él, tenía
un porte y una fotogenia
que la identificaban más
allá incluso de los
personajes que encarnaba
en la naciente
televisión de la Isla, o
en algunos escenarios
habaneros. El y Raquel
son un par inolvidable
en la escena, en la
cultura cubana: una
dinastía que uniéndose a
la presencia de Silvia
Planas, provenía de lo
más humilde, y acabó
siendo la realeza del
teatro nacional: los
Revuelta. Una realeza
sin más brillo que el de
las luces en el tablado,
pero asegurada en una
concepción de lo teatral
que aún nos alimenta. Un
mito. El muchacho
delgado que se reclina
en una silla para mirar
a la cámara con
estudiada pose quizás
soñaba con todo eso. La
realidad, que como dijo
Oscar Wilde, imita al
arte, le permitió
superar esos anhelos y
hacernos parte de todo
ello. Un teatro en La
Habana se dedicará a la
memoria de Raquel.
Habría que unir, cuando
se abra finalmente esa
sede en la calle Línea,
por la que tanto Vicente
transitó, sus nombres
otra vez, para que bajo
ese techo podamos
recordarlos, en una
misma foto. El, cargado
de delirios. Ella, con
un perfil que la misma
Habana extraña todavía.
3
El encuentro con
Adela Escartín fue
decisivo. La actriz
española traía el aura
de una profesional, y
acabó convirtiéndolo en
parte del elenco de
Yerma, dirigida por
Andrés Castro con Las
Máscaras. El la condujo
en La voz humana,
le enredó al cuello el
cable del teléfono que
dejaba oír los susurros
finales de un amor. Esa
línea ambigua y
explosiva que puede
enlazar a dos caracteres
se dilató entre ellos, y
marcó sus destinos.
Cuando dirige
Recuerdos de Bertha,
sobre el texto de
Tennessee Williams,
comienza su lucha como
creador para la escena.
Conocía y participaba
del movimiento del
teatro de arte que en
pequeñas salitas quería
renovar la Habana de
aquellos años 50; tenía,
también, relaciones
tensas con algunos de
sus líderes, aunque se
pusiera a la orden de
ellos en busca de
aprendizaje y nuevos
aplausos. Se forjó
viendo trabajar al
propio Andrés Castro, a
Francisco Morín, a
Modesto Centeno.
Prometeo, el Patronato
del Teatro, la sala
Talía, Arlequín, la
Hubert de Blanck. Allí
levantaría, en 1956, su
Juana de Lorena.
Raquel Revuelta fue una
vez más cómplice y
protagonista. Con Julio
García Espinosa, el
Vicente recién llegado
de su primer viaje a
Europa, se confabula
para adaptar la pieza de
Maxwell Anderson a fin
de acercarla a esa Cuba
que iba a aplaudir a una
de sus más celebradas
actrices. Raquel ganó
premios, se consagró,
demostró que la pantalla
televisiva no iba a
descerebrarla. Vicente
obtuvo sus propios
lauros, y el título de
sospechoso que le
endilgó el aparato
represivo de la policía
batistiana. Titón,
cercano a la Sociedad
Nuestro Tiempo, vuelve a
atraerlo, y Vicente
imparte conferencias,
edita cuadernos sobre el
ámbito de las tablas, se
acerca a Stanislavski
desde una perspectiva
entendida como método.
Prepara el camino para
Teatro Estudio.
4
Incluso hoy,
cuando ese grupo
fundacional es cosa más
bien de la memoria (la
delgada y vulnerable
memoria del teatro
cubano); Teatro Estudio
sigue siendo un
cardinal. Una rosa de
los vientos que agita
desde la nostalgia o el
cruce de anécdotas la
verdad escénica que
somos, o a la que
aspiramos. Sus
herederos, aquí o en
cualquier lugar del
mundo: los actores,
actrices, dramaturgos,
técnicos, que fueron
Teatro Estudio, pasan
por encima de rencillas,
broncas, desavenencias,
para enorgullecerse de
poder reconocer sus
rostros en las fotos de
los mejores espectáculos
de esa agrupación.
Marcados con el fuego de
las tablas, y del éxito
y los fracasos,
Ernestina Linares, Berta
Martínez, Ana Viña,
Myriam Acevedo, Isabel
Moreno, Leonor Borrero,
Marta Farré, Roberto
Blanco, Sergio Corrieri,
Lillian Llerena, Alicia
Bustamante, Manolo
Barreiro, Adria Santana,
Micheline Calvert,
Miriam Learra, Pancho
García, Eduardo Vergara,
Flora Lauten, Mónica
Guffanti, Paula Alí,
Adolfo Llauradó, Marta
Valdés, Carlos Repilado,
Alberto Oliva, Julio
Rodríguez, Michaelis
Cué, Abelardo Estorino,
Reinaldo Montero, Alina
Rodríguez y tantos más
se agrupan en esas
fotografías. Se les ve
reír juntos en una
imagen de La
duodécima noche.
Tensos, ante la
presencia de Raquel como
Madre Coraje. Algunos no
están en las fotos de
los primeros años 70,
aunque en Las tres
hermanas dirigida
por Vicente, se anuncie
un aire renovador que la
década luego iba a
mostrar como un destello
solo intermitente.
Algunos vinieron de
Teatro Universitario, de
Prometeo, del movimiento
de aficionados, de las
Escuelas de Arte creadas
tras el 59. En los 80,
la foto vuelve a
ampliarse, y Vicente,
que ha sudado las
fiebres de varias
etapas, los reúne en
Historia de un caballo,
los empuja a un segundo
Galileo Galilei
que concibe como terreno
de batalla de los
veteranos y los más
jóvenes, o se concentra
en los talentos de
Adolfo y Alina para
imaginar una larga noche
de desenmascaramientos
En el parque. Las
coordenadas de lo que
somos en la escena
cubana siguen
contenidas, contaminadas
y multiplicadas en la
historia de Teatro
Estudio, donde se
programaba El becerro
de oro y Contigo
pan y cebolla, La
noche de los asesinos
y En la parada llueve;
La casa vieja y
La vuelta a la
manzana; Todos
los domingos y un
recital de poemas a
cargo de Virgilio
Piñera, La toma de La
Habana por los ingleses
y se anunciaba Los
siete contra Tebas,
en vísperas de cambios y
crisis que el grupo
enfrentó amparado en la
sabiduría y los
arranques de Raquel,
combatiendo oleadas de
falso moralismo para que
hoy, en esos sitios del
planeta, los que
recibieron aplausos por
esas puestas en escena
se sepan acogidos en una
historia que deberá
contarse otra vez, hasta
que aprendamos de ella
la última gota de cuanto
puede alimentarnos.
Fundado en 1958 por
Vicente, Raquel y un
puñado más a los que
nunca hemos agradecido
lo bastante, Teatro
Estudio combinó los
aprendizajes de las
décadas anteriores para
revolucionarlos,
literalmente, en otro
sentido de coexistencia
de nuestra realidad con
el arte de la escena.
Nos dio una noción del
teatro, que en sus
mejores instantes,
incorporaba una verdad
crítica como músculo y
no simple
acompañamiento. Fiel a
su condición de Géminis,
Vicente palpitaba dentro
del grupo alternando
períodos creativos que
podían ser delirantes y
etapas en las que
expresaba una abierta
incomodidad ante la
desidia de sus colegas,
el acomodamiento ante la
idea de un nuevo tipo de
entrenamiento o riesgo,
lejanos los primeros
días del compromiso que
acrisoló al grupo,
establecido a partir de
1964 en la sala Hubert
de Blanck tras una fase
intensa en Marianao.
Trabajó a partir de esas
contradicciones, y ya
desde el inicio se
atrevió a contraponer el
depurado logro de
técnica stanislavskiana
que fue su Viaje de
un largo día hacia la
noche, con el
siguiente montaje: El
alma buena de Se Chuan,
nuestro primer Bertolt
Brecht. Cuando sale a
dirigir Peer Gynt
con los que deciden
abandonar la matriz y
crear Los Doce, cuando
da inicio a un proceso
que no culminaría en
estreno a partir de
La conquista de América,
cuando trae a los
muchachos irreverentes
del ISA para replantear
Galileo o ya, al
final, en 1998, al
convocar a una oleada de
adolescentes para
dirigir La zapatera
prodigiosa; Vicente
estaba proponiendo
también un acto crítico
a Teatro Estudio,
exigiéndole sacudirse la
garantía de su sitio
cimero en la cultura
teatral cubana. Quería
cambiarlo todo; quería
que, en la vida, lo
cambiáramos todo.
5
No todas las
imágenes se unen en el
mismo espejo. Vicente,
con su renombre, con su
aureola de hombre
delirante, con su
capacidad para seducir a
los jóvenes y guiarlos a
procesos que, en
dependencia o no de sus
depresiones, lograban
estrenarse o se
estiraban para concluir
abruptamente dejando a
esos discípulos en un
limbo del cual algunos
nunca consiguieron
retornar, podía ser
difícil. Que lo digan
sus colaboradores y
amigos. Vivió en tensión
con lo teatral, con las
ideas preconcebidas de
lo teatral, y eso lo
animaba o desanimaba por
temporadas. Solo la
persistencia de algunos
de sus fieles
relacionados con el cine
lo condujo a ese medio,
de ahí sus escasas
apariciones en pantalla,
aunque valga recordarlo,
sobre todo, en Los
sobrevivientes, de
su bienamado Titón,
quien le solicitó la
dirección de actores en
Una pelea cubana
contra los demonios.
La televisión, en la que
llegó a tener un
programa de figuras
animadas (su relación
con el arte titiritero
ha sido investigada por
Freddy Artiles y Rubén
Darío Salazar), no le
interesaba ya en los 60.
Se sabía un animal
teatral. Desde esa
postura, pidió ver a Mei
Lan Fang en su viaje a
China, trató
infructuosamente de
dialogar con Jerzy
Grotowsky, y no se
atrevió, mientras
viajaba por Europa con
su extraordinaria puesta
de La noche de los
asesinos, a fugarse
con los hermosos,
agresivos y desarrapados
actores del Living
Theatre. Cuando empieza
a dar clases en el ISA,
ser parte del grupo que
él guiaba devino una
suerte de privilegio,
que algunos de sus
alumnos lucían con la
frivolidad de un abrigo
caro mientras otros sí
supieron aprovechar la
experiencia. “Al ISA, a
estudiar con Vicente”,
se decían en cualquier
provincia los muchachos
que esperaban con
ansiedad las pruebas de
aptitud, imaginándose
ante el hombre que
podría recibirlos con la
simpatía y agudeza del
Bufón de La duodécima
noche, con la carga
filosófica y
vulnerabilidad de su
Galileo, con el halo
poético de su Duque en
Medida por medida,
o con la sonrisa
escéptica y desgarrada
de su Lalo o su Jerry.
A través de sus gestos
se recombina el teatro
cubano, incluso sin su
participación directa,
como demostró Víctor
Varela al recuperar, con
La cuarta pared,
el camino interrumpido
en los 70 que Vicente
había abierto con La
noche de los asesinos:
espectáculo liberador de
fuerzas que
desencadenaron
happenings,
performances, otros
textos, y muchos riesgos
que algunos pagaron
caro. O influye con su
puesta sobre el original
de Mark Ronovski al que
años después volvió
Antonia Fernández, para
debutar como directora
con su Historia de un
caba-yo, espejo
replanteado desde otras
sintonías de aquel
montaje de Teatro
Estudio, ya a tono con
los aires del 2000:
homenaje y secuencia a
lo heredado a través de
Félix Antequera, uno de
los actores a los
cuales, como Alexis Díaz
de Villegas o Caterina
Sobrino, marcó para
siempre Vicente
Revuelta. Trató siempre
de que ningún montaje
suyo se pareciera al
precedente: del
esplendor y el gran
formato de
Fuenteovejuna se iba
a lo minimal en El
cuento del Zoológico;
del Shakespeare opulento
de La duodécima…,
se iba a replantear un
Bertolt Brecht, o
conducía entrenamientos
con vistas a su
Historia de un caballo.
Podía ser genial e
impredecible, y en sus
anécdotas se mezclan lo
memorable y lo crispado.
En la inauguración del
Festival del Monólogo de
1994, debía compartir la
escena con Elena Huerta
e Hilda Oates, a quienes
exasperó diciendo sus
textos desde cualquier
sitio menos desde
el escenario,
demostrándome su
desapego radical hacia
las formalidades. Ya en
1998, cuando ofrece su
última aparición como
actor, elige, tras haber
revisado La zapatera
prodigiosa, textos
dispersos de Brecht para
que, en una función
única, lo reconociéramos
como un mendigo, un
marginal, un hombre que
transpiraba el teatro
desde su rechazo a
cualquier clase de
convención. En el patio
de la Casona de Línea,
allí donde ensayó y
ensayó y ensayó el
Milanés de Estorino
para luego no estrenarlo
jamás, recibió sus
últimos aplausos. Dijo
así adiós al teatro en
cierta forma, pasando a
la imagen final de su
vida, sobreviviendo
incluso a la muerte de
Raquel, sobreviviéndose.
“Teatro Estudio fue mi
campo de lucha”, me
dijo. Le faltaron
medallas por las muchas
contiendas que supo
ganar en tantas guerras.
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6
En la noche
particularmente luminosa
de 1998 en que subimos a
las alturas de la
Fundación Ludwig para
nombrar a Raquel
Revuelta y a Abelardo
Estorino como Maestro de
Juventudes, los que en
ese entonces éramos la
tropa de la Asociación
Hermanos Saíz no dejamos
de fotografiarnos con la
gran actriz y su
hermano. Cerrando con
ello un evento dedicado
al centenario de Bertolt
Brecht, miramos a la
cámara con la doble
alegría de recordar al
alemán esencial y
estrepitoso junto a dos
de sus defensores más
febriles en la Isla. Ahí
está Raquel, con el
escepticismo que a pesar
suyo le daba un raro
aire de esfinge; y
Vicente, con su mueca
acostumbrada, negado a
reír ante el lente.
Roxana Pineda se aferra
a su brazo como quien
busca, más que un
instante que pudiera
animarnos años después
en medio de nuevas
batallas, asegurarse en
la compañía de alguien a
quien podría nombrar
entre sus parientes más
queridos. En la imagen,
que he rescatado ahora
para combatir el dolor
de esta pérdida, éramos
jóvenes arriesgados. Nos
enlazamos en un conjunto
que hoy, como cualquier
otra familia, ha
encontrado sus propios
cardinales, pero sigue
hilvanado en ese raro
segundo que la cámara
eternizó.
Esa cordialidad
falta tanto en el teatro
cubano, como para unirla
a las sempiternas
carencias materiales y
al desdén con el cual se
le trata en tanto
expresión cultural,
cuando de discutir y
agitar ciertas verdades
se trata. Prueba de ello
fue la escasa cantidad
de personas y artistas
que se unió al cortejo
en el cementerio, cuando
el féretro estaba a
punto de hundirse ante
nosotros, y cuando
muchos debieron haber
estado allí para otorgar
a Vicente Revuelta, el
fundador de no poco de
lo que somos y a lo que
debemos fe, oficios y
empeños, una ovación
final. Ya sé que muchos
de sus colegas y amigos
habrán combatido con la
angustia, negándose a
verlo reducido a un
ataúd. Pero no dejo de
preguntarme dónde
estaban tantos,
incluidos los alumnos de
la ENA o el ISA que ya
no podrán contar, ni
siquiera, el haber
estado cerca de este
hombre en las últimas
horas de su estancia
entre nosotros. Los
irreverentes que hoy se
dicen animados a remover
el teatro cubano, a
experimentar, repitiendo
los gestos que él
organizó y lanzó al aire
por vez primera, tampoco
estaban. No pude
tomarlos de la mano,
como hice para que
Antonia Fernández no se
deshiciera en lágrimas.
La Cultura Cubana debió
haber estado mejor y más
fielmente representada
allí, aunque el entierro
de este héroe, como lo
llamó acertadamente
Helmo Hernández en sus
palabras de duelo, no
haya aparecido en la
portada del diario de
mayor circulación. A lo
que le debimos en vida,
se une esto también:
ojalá que los modos de
rescatarlo en la memoria
sean menos ingratos.
No fui uno de sus
alumnos, no fui su
amigo, fui su
espectador. Del Vicente
en la escena y del
Vicente que él elegía
ser en plena calle. Como
mi amiga Marilyn Garbey
puedo discutir con él
sus manías, para
respetarlo desde una
distancia que no
significa rechazo, sino
otra manera de
admirarle. Un saludo,
unas palabras, un par de
entrevistas, unas fotos.
Su voz en mi grabadora.
La memoria de sí mismo
en el libro que le
dedicó Esther Suárez
Durán, y en las páginas
de rescate que aún nos
debe Roberto Salas como
fe de sus testimonios.
Eso conservo y eso
espero aún de Vicente
Revuelta. Ni siquiera sé
por qué me duele tanto
su desaparición. O tal
vez sí, porque sin él y
sin los maestros a los
que ya hemos despedido y
los que por desgracia
nos tocará despedir, se
esfuman algunas
brújulas, ciertas
señales, estímulos que
nos hacían más ligero el
siempre arduo camino de
inventar un país teatral
sobre el otro país. Los
más jóvenes, ¿estarán
conscientes de ello, del
legado que les
corresponde salvaguardar
cuando, como al final
del día extraño en que
lo enterramos, arrecie
sobre nosotros la
tormenta? Vuelvo a las
palabras escritas por
Galileo/Vicente/Galilei/Revuelta:
cábala, broma, verbo
juguetón en su retórica,
juramento, tratando de
encontrar en ellas, en
las líneas rojas del
brujo, el chamán, el
hechicero, el maestro,
una profecía alentadora
que me haga menos duro
el viejo e
imprescindible acto de
recomenzar.
7
“En la azarosa
búsqueda del sentido,
sentados ante un mandala
de hierro forzado (no
forjado) en el término
medio del sentido,
sintiendo mucho el vacío
de sentido y ante dos
reales botellas de
cerveza, juro recordar
este diálogo dentro de
cinco años.”
Vicente.
8
Nos dijo en su
epitafio: vuelvo pronto.
Que así sea, Galileo. |